Ataos y seréis libres

Tú. Sí, sí, tú. El que tuitea cada sábado noche con el hashtag de La Sexta Noche en lugar de irse a tomar unas cañas con los amigos. El que está más al quite de lo que se cuece en el hemiciclo de las Cortes Generales que de lo que sucede en su círculo de Google+. Sí, tú. Tú, que te alegraste más de poder seguir las sesiones del Congreso por streaming que de que Netflix llegara a España. Quiero contarte algo sobre alguien de quien últimamente no se habla demasiado bien. Ella es mayor, pero no lo suficiente como para creer en la vieja idea de las dos Españas. Es joven, pero no lo suficiente como para encajar con todo el mundo. Tuvo siete padres y ninguna madre. Nació en 1978. Ella es la Constitución.

Seas quien seas, la Constitución está de tu lado. En el campo de batalla de la demagogia y la picaresca española, ella es tu ángel de la guarda. Puede que ahora te estés preguntando cómo va a ser tu ángel de la guarda algo custodiado por doce diablillos con toga. Quizás tu objeción es incluso más profunda. Quizás te preguntas por qué esos doce magistrados que no has elegido pueden oponerse a decisiones que las Cámaras, que sí has votado, han tomado democráticamente. Permíteme, pues, que te cuente una historia.

Érase una vez América. Érase una vez los Estados Unidos (omitiremos la parte en que los españoles exterminamos a unos cuantos millones de indígenas, por razones de economía expresiva y por vergüenza nacional). Érase una vez Pensilvania, donde en 1787 se celebró la Convención de Filadelfia y se redactó la Constitución de los Estados Unidos. Érase una vez «We the people».

Ni siquiera en los Estados Unidos, país edificado sobre la libertad de no tener pasado, la norma suprema estuvo exenta de críticas. Hubo incluso quienes exigieron su retirada antes de que pudiera ser ratificada. En respuesta a esas críticas, alguien llamado Publius escribió un total de 85 artículos al Independent Journal y al New York Packet. Bajo ese pseudónimo se escondía Alexander Hamilton, el primer tesorero de los Estados Unidos. James Madison, presidente entre 1809 y 1817, y John Jay, primer presidente del Tribunal Supremo, también participaron en la redacción de los artículos.

Los textos que Hamilton publicó entre 1787 y 1788, hoy considerados la primera fuente de interpretación de la Constitución americana, se recopilarían tiempo después bajo el título de The Federalist o The Federalist papers. En ellos se asentaron las bases del llamado judicial review o control constitucional de las leyes. De acuerdo con el judicial review, ninguna norma promulgada puede contradecir lo que dispone la Constitución.

Pocas cosas son menos impopulares que decirle a la gente lo que no puede hacer (a ellos, o a sus representantes). Pero defender la Constitución es defender límites y eso fue precisamente lo que hizo Hamilton. Las críticas no se hicieron esperar. En paralelo a los artículos de The Federalist, el New York Journal empezó a publicar las cartas de un hábil adversario de Hamilton que se hacía llamar Brutus. Ferviente antifederalista, Brutus se oponía a que el poder de interpretar la Constitución —y, por lo tanto, de declarar nulas leyes aprobadas por las mayorías parlamentarias— estuviera en manos de unos pocos jueces. «No hay ningún poder por encima de ellos que pueda corregir sus errores. Sus juicios son definitivos e irreversibles, puesto que sus decisiones no pueden ser recurridas ante una corte superior», se lamentaba.

El poder judicial y el poder legislativo estaban en liza. ¿Quién debía mandar sobre quién? ¿Había un poder superior y un poder inferior? «El poder del pueblo es superior a ambos», contestó Hamilton. «Donde la voluntad de la legislatura, declarada en las leyes, se halla en oposición con la del pueblo, declarada en la Constitución, los jueces deberán gobernarse por la última de las preferencias». Para Hamilton, los jueces son los auténticos guardianes de una Constitución que, cuando instaura límites, lo hace en beneficio de los derechos de las minorías, las libertades civiles y los derechos de participación política. Ahora bien, esos jueces deben ser independientes.

Tú, que sabes muy bien lo que significa la palabra «democracia», sigues pudiendo objetar que eso de que «la voluntad del pueblo se expresa en la Constitución» vale hasta que ese pueblo pasa a mejor vida y, con él su voluntad. Ahí es donde radica la importancia de la interpretación. Cuando el texto habla por boca de personas de carne y hueso (porque los jueces también tienen colesterol, estreñimiento y dudas), ese texto se actualiza y se adapta a los nuevos tiempos. Por eso las Constituciones no pueden ser programas electorales. Cuando no hay margen para la interpretación, el consenso se quiebra. La Constitución deja de representar al ciudadano común —al que piensa que, por lo general, es bueno que nadie se muera de hambre, que los políticos no roben o que no se gaste su dinero en nimiedades— y pasa a ser el coto de caza privado de unos pocos.

Por supuesto, solo tú tienes derecho a decir quién está o quién no está de tu lado (qué sabe nadie, de tu verdadera forma de pensar, de tus llantos y tus risas; qué sabe nadie). Pero si tú, yo, la vecina que deja la bolsa de basura en el rellano y Juan Carlos Monedero tenemos que vivir en el mismo Estado y bajo las mismas leyes, tendremos que ponernos de acuerdo. De todos los posibles modelos de gobierno, deberemos elegir uno. Lo de no empezar la casa por el tejado también vale para las democracias modernas. El consenso, el ser capaces de estar de acuerdo con un paquete de normas que sea lo suficientemente bueno para todo el mundo aunque no ideal para nadie, será lo que dé estabilidad al edificio final.

Incluso sobre unos cimientos viejos podemos construir un país nuevo. Nuestra Constitución no tiene cláusulas de intangibilidad. No hay nada que no pueda reformarse y es por eso que el sistema electoral español admite partidos que se presentan con programas contrarios al orden constitucional actual. No sucede lo mismo en otros países, donde cuestiones como la organización territorial del Estado (Alemania) o la unidad de la Nación (Portugal) son materias excluidas de la reforma.

'Ulises y las sirenas', Herbert James Draper ( 1909) Ferens Art Gallery.

Jon Elster – político, filósofo y profesor de la Universidad de Columbia – comparó las Constituciones con el mástil al que Ulises se ató para resistir a los cantos de las sirenas. En realidad, Elster elevó a la épica algo que Friedrich Hayek había expresado en términos mucho más mundanos: «La Constitución es una atadura que el Peter sobrio le impone al Peter bebido».

Nadie puede negar que el Ulises atado y el Peter sobrio son la versión más racional de sí mismos y que, por lo tanto, están en mejor posición de escoger y acertar. Por supuesto, eso no significa que no puedan soltarse y volverse a amarrar cómo les plazca. Pero para hacerlo hay que estar con el barco atracado, y bien lejos de la taberna. ¿Por qué? Porque solo un hombre sometido a los límites de la razón es un hombre libre.

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