Bajo la batuta del maestro italiano

Hace una década, el guionista y director Greg Daniels asombró a la televisión estadounidense con el lanzamiento de The Office, la adaptación de una serie británica que el comediante Ricky Gervais había creado pocos años antes. Con cierto garbo, Daniels supo amoldar el irreverente estilo de Gervais a la no menos peculiar perspectiva de la audiencia yanqui.

Filmada en formato de falso documental y con marcado ritmo ágil, The Office presenta con franqueza la vida cotidiana de unos empleados sombríos, que consideran a su jefe un hombre molesto e impopular. Una historia sencilla que es contada de forma aparentemente original. Pero no tanto, porque hay que darle al César lo que es del César; y en este caso, al Federico más venerado en la historia del cine italiano.

Fellini ya había utilizado tal recurso en 1978, cuando Ensayo de orquesta emergía de su prolífica mente. Esta película, que podría enmarcarse en la etapa de madurez del cineasta, plasma la evidente retroalimentación que existe entre la pequeña y la gran pantalla a partir de la década de los 70. Puede que él no fuese el pionero, pero sí de los primeros en sacar todo el jugo de un formato arriesgado.

Con una propuesta más convencional, el director de Rímini cocina una sugerente cinta empapada por influencias del vídeo doméstico, y con las limitaciones presupuestarias que de ello se derivan. Así nace un film de loable envergadura artística, a pesar de su desarrollo casi exclusivo en un único emplazamiento. La faceta osada, de nuevo.

Fellini Highway 2

Una antigua iglesia del medievo se convierte en el escenario idóneo para un rutinario ensayo orquestal, envuelto en el clima de tensión sociopolítica por el que atraviesa Italia. La metáfora resulta algo burda, pero es una manera sencilla de mostrar al espectador lo retrógrada de la sociedad en la que se desenvuelve. Si es capaz de identificar eso, buena parte del experimento funcionará cuan melódica se torne la película.

Esa crispación cristalizará en una «revuelta» popular, que busca derrocar a un director caracterizado por su tono imperativo. Su aparición, producida al consumir el primer tercio de metraje, marca el primer punto de inflexión. La retórica y la banalidad se dejan a un lado; comienza el ensayo. La severidad de la que hace gala su batuta se vuelve más exigente por momentos, hasta el punto de que los componentes de la orquesta se rebelan contra el «tirano».

Infinidad de personajes vienen y van a empujones, entremezclando historietas absurdas y surrealistas, mostrando la frustración de una orquesta que solo sale de su burbuja cuando acecha una bola de demolición. El caos cobra peaje y el tributo pasa entonces por reanudar el ensayo, de similar nivel en adustez y reproches desde la dirección.

Se trata de una realidad carnavalesca que Fellini nos brinda a modo de reflexión. Aunque su abertura interpretativa le costó algún que otro disgusto, viéndose tildado como atacante de la democracia o promotor de una sociedad totalitaria, él siempre negó las alusiones a la situación italiana del momento. Palabra de Federico, se ensaye o no.

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