Grietas generacionales, brechas digitales

La juventud curtida ha muerto. Murió hace ya mucho, cuando lo hizo la mili, al tiempo que despertaban la democracia y el boom de la formación universal, dejando paso a los smartphones. El cliché dice que somos la generación mejor preparada de la historia y yo creo que somos la que más fácil ha tenido el acceso a Internet; ese paraíso que convierte a cualquiera en experto de lo que sea, y a unos en novios de otros. La autosuficiencia y las soluciones alternativas quedaron en nuestros abuelos como si fueran una idea conservadora casposa.

Frank Underwood es de esos hombres medio chapados a la antigua y adaptado a traspiés al nuevo mundo. Lo demuestra en uno de sus encuentros con Zoe Barnes, la periodista a la que se beneficia a cambio de darle información candente sobre la política estadounidense. Entra en un piso de ambiente cargado y mugriento; tan ordenado como si acabaran de robarlo buscando la libreta de notas de Henry Jones padre. Ella intenta abrir un vino blanco que ha comprado para la ocasión. Algo torpe, como si no lo hubiera hecho en su vida. Descalza, metida en un vestido elegantemente negro. Desorientada, ajena a algo tan común como descorchar una botella. Intentaría abrir un bote de Nesquik con un abrelatas si dejaras los dos sobre una mesa:

—He comprado algo de vino, pero no encuentro ningún sacacorchos.

—Dámela. ¿Tienes un boli?

—¿La pluma que te dio el presidente?—la recoge de un lapicero, la tiende hacia el congresista y Fincher nos regala un primer plano del intercambio.

—Esto servirá.

Fotograma de House of Cards.
Frank Underwood y Zoe Barnes, en un fotograma de House of Cards.

Francis se desprende de su chaqueta y la deja en el respaldo de una silla. Se estira de los pantalones hacia arriba antes de sentarse. Meticuloso y disciplinado, sus modales contrastan con la habitación como una coleta en un cura. Se desabrocha uno de sus derby, introduce la punta del bolígrafo entre corcho y cuello y da un par de golpes secos con su zapato. El corcho queda flotando a la deriva dentro del vino como si fuera el futuro de la periodista. Es la sabiduría del hombre hecho a sí mismo, con soluciones tradicionales y alternativas ante la imposibilidad del acceso a los instrumentos habituales para el desempeño de nuestras tareas. La grieta generacional entre ambos, tan marcada que roza la vergüenza ajena, deja en evidencia que la periodista y su quinta no seríamos nada sin Google y 4G. «No es peor, es distinto», decimos para consolarnos.

Frank Underwood y Zoe Barnes son protagonistas de House of Cards, una de las series que Netflix ha producido dando la batuta a David Fincher. La plataforma de visionado es a la inversa lo que Francis a la periodista: la gota que colma el vaso de la brecha digital. Ni mi padre —no os digo ya mi abuelo— alcanzan a entender ni manejar cómo es eso de la tarifa plana. En cualquier momento. En cualquier lugar. Las veces que queramos. «¿Desde mi teléfono? ¿Cuándo yo quiera? ¿Y no me cobran si veo más de la cuenta?» Pinta bien, ¿verdad? Pero no todo iban a ser virtudes, claro. Lo son su precio, su cómoda instalación, la facilidad con la que podemos darnos de baja y su catálogo. O quizás esto último no tanto. O quizás sí. Hay bandos, como en todo en esta vida. Se esperaba un catálogo tan escueto y reducido que el que finalmente han ofertado en su lanzamiento supera con creces las expectativas. No mejora mucho pasar de mal a regular, pero ha contentado a muchos. Por añadir algo, la distribución del contenido es algo caótica, con demasiadas secciones que repiten material recomendado. Quizás sean sólo minucias de un detallista como yo.

Queda pese a todo ese mal sabor de boca de quien se siente engañado. Tenemos, por ejemplo, a nuestra disposición, los suscriptores, House of Cards y Orange is the new black, dos series de muchísimo éxito producidas por Netflix de las cuales ellos mismos no pueden emitir todas sus temporadas. Pero, ¿por qué ocurre esto? Principalmente por dos motivos: el coste de derechos de autor en España es tres veces el que se paga en países como Alemania o Francia, lo que evitó que la compañía llegara a nuestros hogares en 2011. Las soluciones que traía la Ley Sinde contra piratería no eran sino un mayor problema, ya que frenaban la llegada de un espacio variado, asequible y de calidad, que haría disminuir las descargas de dudosa ilegalidad.

Esto nos lleva de cabeza al verdadero motivo de la emisión coartada: la venta de derechos a otras plataformas. Para que estas series llegaran a España acordes a su estreno en los Estados Unidos la compañía tuvo que vender los derechos a otras plataformas, como la francesa Canal+. Nos encontramos ante la paradójica tesitura de que Netflix debe competir contra sus propias series por haber ¿malvendido? sus derechos a otras televisiones. Pese a todo han desembarcado, cuchillo entre los dientes, con Narcos, Daredevil, Beasts of no Nation y un mes de prueba gratuito como principales bazas. Además, desde su salida han aumentado su catálogo a una velocidad mayor a la esperada. Si saben jugar sus cartas y/o recuperar sus derechos con el tiempo, pronto harán lo que han hecho en todos los países donde han conseguido asentarse: ser el portal referencia de streaming online a la carta.

Aún así, no todo está perdido para el espectador más pícaro y exigente. Os lo cuento ahora que la mayoría ya se ha cansado y los que quedamos leyendo somos mi madre, mi novia, y tú: si combinamos nuestra suscripción a Netflix con la extensión Hola! de nuestro navegador Chrome —cambia nuestra dirección IP a la del país que elijamos—, podremos abrir nuestra sesión disfrutando del contenido estadounidense. Todo el material que ya está disponible en España, como House of Cards, tiene todas sus temporadas a nuestra disposición en VOS. Al resto de series y películas sólo puede accederse en versión original con subtítulos en inglés.

Seguro que estas navidades nos traen muchas sorpresas. Algo es algo. De momento.

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