Rommies, o por qué Corea acabó enseñándome más que Friends

Skyline de Wellington, Nueva Zelanda.
Skyline de Wellington, Nueva Zelanda.

Cuando me fui de casa, al terminar la carrera, tenía tantas ganas de salir de mi ciudad y demostrar lo que valía que no me paré mucho a pensar en todo lo que estaba dejando atrás. No hablo en términos de amigos, familia, facilidades o costumbres, eso por supuesto, sino que quería centrarme en un aspecto muy concreto de la vida: nuestra habitación y con quién vivimos.

Siempre había pensado que compartir piso sería un suceso que me traería muchísimas alegrías, que sería fruto de ideas para novelas que me harían ganar millones, y caldo de cultivo del que sacar amistades duraderas de esas que se sellan poniéndole a tu primogénita el nombre de una de ellas. Os podéis imaginar cuán mayúscula fue mi sorpresa al descubrir que no solo no viviría en el tan anhelado piso de Friends con Rachel, Phoebe o Monica, sino que simplemente pasaría de dormir sola en una cama doble, a compartir habitación en espacios de unos cinco metros cuadrados tanto en Nueva York como en Nueva Zelanda. La falta de intimidad, que se deriva de hacer vida en sitios tan pequeños, hace que no te vayas nunca a dormir sin escuchar a tu compañera coreana de habitación eructar abiertamente mientras está planchándose su, ya de por sí, lacia cabellera y del susto te metas el rímel en el ojo, quedando así lista para ir a una manifestación contra el maltrato a la mujer o en defensa de los osos panda; o que mientras intentas escribirle una postal a tu abuela contándole lo espléndido que es vivir fuera de casa y las maravillas que te aporta tu recién adquirida libertad, le dé por llamar a su novio para recordarle que este mes le toca pagar a él las píldoras anticonceptivas y recordarle que no coma cosas muy amargas. (Abuela, si estás leyendo esto tranquila, como puedes ver vivir fuera de casa sigue siendo una experiencia inolvidable y harto enriquecedora.)

Y es que ahora, sin ir más lejos, mi querida y adorada roommate, se encuentra a unos escasos dos metros de distancia, tomándose una humeante y especiada sopa miso a la par que hace un desagradable ruido de succión cada vez que se lleva el bol a los labios, mientras yo me dedico a aporrear las teclas de mi ordenador portátil como si de una vieja Olivetti se tratara, intentando ahogar así la melodía de la sopa. Es como si entre las dos se hubiese levantado la Gran Muralla China o el Muro de Berlín, como si no nos importara que la otra formara parte de nuestro microcosmos más cercano ¿o es que no lo forma?

Las dos estamos sentadas en sendas camas —si es que le podamos llamar así al conjunto de somier y colchoneta de pilates sobre la que dormimos cada noche—. Para que os hagáis una idea, en estos momentos noto perfectamente las barras de acero de la estructura sobre la que me apoyo, es delicioso, jamás osaría quejarme de algo así, no, qué va. Bajo ellas se encuentran nuestros maletones tamaño ballena asesina joven, donde además guardamos la ropa sucia y, en mi caso, los miles de folletos, planos y revistas del país que voy acaparando cada semana para hacer honor a ese síndrome de Diógenes sin diagnosticar que se me desarrolló en algún momento durante la escuela primaria. Por lo demás, el habitáculo es realmente minúsculo. Aparte de las ya mencionadas camas, el único mobiliario es un burro metálico para colgar la ropa, mitad para ella y mitad para mi. No sé quién fue el genio que pensó que dos chicas en la primera mitad de la veintena podrían colgar todos sus efectos personales haciendo un fifty-fifty de una maldita barra. «Oh sí, esto es muy trendy, todas las it girls tienen uno; ahorra espacio y evita que se acumule polvo. Cuando lo probéis no vais a querer tener otra cosa.” Lo que queremos es poder rebajar la media de tres prendas por percha que, a efectos prácticos, lo que viene a significar es que cada mañana cuando suene el despertador y me levante a tientas hasta la ropa, no tenga que estar diez minutos levantando capas hasta que encuentre algo combinable. Eso si tengo suerte y consigo distinguir los pantalones negros de los azules marinos. Tragedia griega.

Por supuesto no disponemos de chiffonnier alguno, ni de ningún tipo de cajonera donde guardar nuestros enseres más íntimos como toallitas desmaquillantes, la segunda parte de la última distopía para adolescentes sacada de la biblioteca o el manual de protocolo de emergencias para casos de terremoto o tsunami que me entregaron en el trabajo el primer día. Tenemos, eso sí, dos ridículas sillas blancas de plástico como las que ponen en la terraza del bar más cutre de tu barrio, solo les falta la propaganda de Cruzcampo —¿o era Mahou?— para hacer la habitación aún más triste. Están una encima de la otra, con el precio todavía puesto: doce dólares. Demasiado me parece para la función de apoya-bolso que llevan desempeñando desde junio pero, en fin, la próxima vez recordadme negociar la calidad del mobiliario antes de firmar el inventario.

¿Cómo es posible que dos personas que apenas se conocen convivan en el mismo zulo sin caer en la locura ni autolesionarse? Creo que el truco de todo esto radica en la ignorancia.

Hace un año me resultaba prácticamente imposible concebir mi vida sin mi cama de metro cincuenta de ancho, sin mi lamparita para leer con la luz llegando de la izquierda y sin mis adoradas persianas. Ahora no solo no tengo persianas, lamparita o cama (insisto, no llamaré así a la alfombra sobre la que duermo) sino que en la mitad del poco espacio que tengo, hay otra persona. No hablamos mucho porque su inglés no es muy bueno, pero sé que tampoco tiene hermanos y que vivía en casa hasta venir aquí, así que el cambio de compartir habitación lo hemos dado prácticamente a la vez. Tampoco sé en qué momento decidimos que, en aras de una mejor convivencia y plena conservación de nuestras facultades mentales, nuestra mitad del cuarto sería territorio sagrado e inviolable. «My home is my castle», que dirían los antepasados de los neozelandeses entre los que vivimos.  Pero así ha sido.

Edificio en el barrio de Te Aro, Wellington, Nueva Zelanda.
Edificio en el barrio de Te Aro, Wellington, Nueva Zelanda.

Desde hace cinco meses, en un pequeño cuarto en el barrio de Te Aro, en Wellington, Corea del Sur y España, antaño separadas por aquellos fatídicos cuartos del mundial de 2002, ahora comparten sushi, anacardos, botellas de Pinot Noir, espejo de mano e incluso cargador de iPhone. Y es que, ya que no dispongo de un colchón en condiciones ni vivo con chicas como las de la serie Girls —pensándolo mejor, esto casi sea un alivio— , al menos la salida del enchufe es la misma para ambos países.

Dedicado a Angi y Ara, mis compañeras de cuarto coreanas a uno y otro lado del globo terráqueo. No sabéis cómo me he alegrado de que no supieseis español durante tantas y tantas sesiones de Skype. Y no, no es que fuese una apasionada de Pokemon, es que cada vez que decía «Pikachu» me refería a vosotras. No sabéis cuál fue mi sorpresa al comprobar que serviría el mismo mote en ambos países. Lamento no haberos inculcado el masticar con la boca cerrada, el asearse en el baño o cuando se está a solas y el poner el móvil en silencio antes de dormir. Supongo que se compensa por todas las mañanas en las que mi despertador sonaba puntualmente a las seis y diez, o la vez que os desperté en mitad de la noche porque se me habían olvidado las llaves de casa, o porque había un roedor comiéndose los restos de vuestra cheesecake. Creo que, tras este año, hasta me empieza a parecer atractiva la idea de compartir cama con un hombre durante el resto de mi vida.

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