Jean Behra y el orgullo patrio francés

Jean Behra drives his Gordini Type 16 through the Karussell, German Grand Prix, Nurburgring, August 3, 1952
Jean Behra conduce su Gordini Type 16 en el gran premio de Nurburgring, el 3 de agosto de 1952.

En 1952, un joven campeón francés de motociclismo llamado Jean Behra ganó el Gran Premio de Francia que se disputaba en Reims. Una victoria de escasa importancia debido a que la carrera que realmente contaba para el Campeonato del Mundo era el Gran Premio del Automóvil Club de Francia, celebrada en el circuito de Ruan-Les Essarts, y que acabó en el bolsillo del italiano Alberto Ascari.

Pero en Francia no existe nada digno de admiración si no tiene origen francés, por lo que cuando Behra atravesó la línea de meta en primera posición, por delante del campeón del mundo Alberto Ascari, a lomos de un Gordini francés en aquel Gran Premio de Francia, instantáneamente se convirtió en un héroe nacional. Daba completamente igual que aquella competición no tuviera casi ningún tipo de relevancia.

Por aquella época, lo cierto es que no había ya casi rastro de talento francés en cuanto a la disciplina automovilística se refiere. La mayoría de los grandes pilotos del pasado ya se habían retirado o estaban muertos, a excepción de Maurice Trintignant, un hombre modesto, humilde y calmado. Fue entonces cuando llegó Behra, cinco veces campeón de Francia de motociclismo y ahora trabajando para Gordini.

El hecho de haber superado a Ascari en aquella carrera irrelevante fue suficiente para erigirlo como el mejor corredor de todos los tiempos por la prensa francesa y especular sobre el brillante y exitoso futuro que tenía el piloto francés por delante, pero lo cierto es que Behra era un completo desastre.

La capacidad de Jean Behra para acabar estrellando su vehículo en buena parte de las carreras que disputaba resultaba realmente llamativa. El número de heridas que se había provocado debido a su gran número de accidentes era tal, que una revista llegó a publicar una fotografía a toda página en la que enumeraba cada una de las lesiones que había sufrido. Pero para los franceses aquellas cicatrices no eran más que una prueba de su tremendo valor a la hora de perseguir la victoria para Francia.

En la imagen, fechada en torno al 1957, Jean Behra las consecuencias de sus múltiples accidentes.
En la imagen, fechada en torno a 1957, Jean Behra muestra las consecuencias de sus múltiples accidentes.

Behra había conseguido agenciarse más de una docena de carreras menores y varios Campeonatos de Francia frente a Trintignant, pero por aquel entonces nunca había logrado un solo punto que contabilizase para el Campeonato del Mundo. Lo cierto es que los periodistas estaban obligados a escribir sobre el francés, puesto que a medida que su popularidad crecía aumentaba el interés por éste y el desdén hacia verdaderas leyendas como Mike Hawthorn o Stirling Moss. La locura llegó a tal extremo que, cuando en 1959 se disputaba en Reims el Gran premio del Automóvil Club de Francia y Behra contaba con sólo dos puntos en su casillero, en el programa de la carrera se dedicaba una página completa a «Las dos grandes esperanzas para el campeonato mundial: Stirling Moss y Jean Behra.»

Después de haber pilotado para Gordini, Maserati y BRM, fue en aquel año cuando consiguió firmar un contrato con Ferrari y ganó su primera carrera para la escudería italiana: las 200 Millas de Aintree. Pero esta eventualidad no sirvió para sentar ningún tipo de cambio en el carácter de Behra, quien continuaba conduciendo de forma inconsciente y exprimiendo los motores sin cuidado alguno.

Era el único corredor de la Scuderia que hablaba italiano correctamente, lo que le situaba en una posición ventajosa a la hora de asegurarse los mejores coches y justificar sus infortunios ante la dirección de la casa, pero a aquella victoria siguieron una larga serie de averías y accidentes que sirvieron para acabar sacando de quicio a los dirigentes de la escuadra italiana.

Siete años después de lo que podríamos llamar el inicio de su carrera, y también en Reims, fue donde ésta llegó precisamente a su fin.

Durante aquel Gran Premio, cada vez que Behra hacía acto de presencia o los altavoces pronunciaban su nombre, los aplausos y vítores del público ensordecían hasta el ruido de los motores. Francia estaba rendida a los pies de su piloto, y éste no correspondió como todo el mundo esperaba. Behra pifió la salida y no consiguió poner su coche en marcha hasta que ya se encontraba clasificado en la última posición. El bochorno que sintió el piloto ante semejante humillación delante de su propio público le sirvió para aplastar el acelerador con una furia desmedida e intentar resarcir a los fans, al menos, con un buen espectáculo.

Behra conducía con un ímpetu casi irresponsable, adelantando competidores como quien desgaja una mandarina, pero un coche de Gran Premio no podía aguantar un rendimiento por encima de sus capacidades demasiadas vueltas. El francés lo sabía, pero también era consciente de que ganar aquella carrera suponía una empresa imposible, por lo que cuando el motor comenzó a soltar humo dando señales de que ya había ido demasiado lejos, Behra se dio cuenta de que aquella era la justificación perfecta y se negó a detener su vehículo.

El motor podría haberse salvado si Behra hubiese decidido detenerse tras los quejidos de su coche, pero la salida fallida ya había sido suficiente humillación y estaba empeñado en demostrar que la culpa de su desgracia estaba en su máquina y no en su inconsciente forma de correr. Así, paseó su humeante Ferrari por todo el circuito para que el público pudiera ver que su macchina había vuelta a fallar y cuando por fin detuvo el monoplaza, el motor ya estaba completamente arruinado.

Cuando llegó a boxes, el director del equipo, Romolo Tavoni, acusó al piloto de haber quemado el motor de su Ferrari y dejarlo para el desguace, a lo que Behra contestó con una sonada bofetada por haber ofendido su honor profesional. Enzo Ferrari no tardó en despedirle de forma fulminante.

El francés lo intentó todo para redimirse: procuró dar explicaciones, mandó una carta de disculpa a los principales diarios franceses e italianos y hasta trató de comprar uno de los coches de la casa para competir como piloto privado, pero Enzo no quería saber nada de él.

Ningún equipo quería en sus filas a Jean Behra y tuvo que disputar el Gran Premio de Alemania con uno de los coches que guardaba en su propio garaje, un monoplaza Porsche modificado por el mismo piloto y pintado en azul, el color de carreras de Francia. Pero aquel Porsche era condenadamente lento, Behra estaba acabado, y únicamente los franceses seguían confiando en sus aspiraciones por el título.

En la capital alemana llovía como si no hubiera mañana, la pista se deslizaba con la facilidad de un cuchillo afilado por la carne de una manzana, y en la cuarta vuelta Behra perdió el control de su coche a más de 180 kilómetros por hora. El monoplaza dio varias vueltas de campana y despidió al piloto por los aires, quien acabó chocando contra el mástil de una de las banderas que se elevaban al final de una de las curvas del circuito y entre las que se encontraba la francesa.

Behra se mató aquel 1 de agosto de 1959, fracturándose el cráneo, cuello, y un gran número de costillas. Tenía treinta y ocho años, mujer, un hijo de diecinueve años y un rostro lleno de cicatrices. Seis días y tres funerales más tarde, Jean Behra fue enterrado en Niza, su ciudad natal, donde una multitud formada por miles de personas despedía el féretro, sobre el que estaba colocado su caso.

Jean Behra fue nombrado póstumamente caballero de la Legión de Honor como si de un héroe nacional se tratara y casi todas las personalidades y escuderías relacionadas con el mundo de la competición presentaron sus respetos o enviaron alguna corona de flores al entierro. Enzo Ferrari no estaba entre ellos.

Maurice Trintignant, quien acompañó al cuerpo de Behra hasta su última morada, volvía a ser el último de los pilotos franceses.

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