Tonos de gris

El universo es más simple de lo que parece. Al menos, en la mayor parte de su soberana amplitud. Suscritos a unas creencias u otras, a menudo tenemos la capacidad de llegar a comprender (o creer que así lo hacemos) la gran mayoría de las cosas que nos rodean. Sin embargo, si en este baile plano de utilidades vacías existe algo difícil de penetrar, ese algo es la propia humanidad. Recibimos la herencia de poder comprenderlo todo excepto a nosotros mismos. Esta condición, extendida a través de las arterias de toda una sociedad y sus convenciones, tiende a su máximo en ciertos individuos que, paradójicamente, son los denominados «genios» por la cultura popular. La fórmula es clara y contundente: cuanto más complejo seas, más admiración causarás. El gran pero de todo esto, es decir, la inevitable otra cara de la moneda, es que de la mano de la complejidad suele llegar el sufrimiento.

Repasando la historia de la literatura no es difícil encontrarse con la calaña de los genios atormentados. En la vorágine del romanticismo, el taciturno Edgar Allan Poe se desvaneció sumido en su propio dolor. Lo mismo ocurrió, ya en el siglo XX, a voces como las de Hart Crane, Ernest Hemingway, Stefan Zweig o la espléndida Sylvia Plath, a quien me limitaré a nombrar porque me parecería indigno hablar de ella sin dedicarle el espacio que su significancia merece. El culmen de todo este género de autores implacablemente tristes y poseedores de un talento descomunal fue, sin embargo, una mujer conocida como Virginia Woolf, a quien el tiempo y la perspectiva han colocado en el lugar que su extraordinaria visión merece.

Para Woolf, de nacimiento Virginia Stephen, el universo era «de color gris Londres». Nacida y criada en Kensington y curtida en Bloomsbury, esta mujer -que vivió su infancia bajo el cobijo de las últimas décadas victorianas y encumbró su juventud en el seno de las vanguardias europeas- brilló sobremanera en un campo que nadie había explorado con esa fiereza hasta su llegada: la poesía narrada. Virginia Woolf, desde su mirada inconfundible, imaginó universos paralelos en los que ubicarse, alejada de la realidad que tanto la ahogó durante toda su vida.

Una de las innumerables maravillas que colmaron la trayectoria de esta difícilmente imitable escritora, más allá de su innovador estilo narrativo y la importancia que tuvo como influencia de cara a las vanguardias de la segunda mitad del siglo XX, fue su forma extraordinaria de amar. Empleo la palabra extraordinaria en toda su significación, y es que si de algo huyó Woolf durante sus casi seis décadas de vida, fue de lo ordinario.

Virginia Woolf, por Man Ray. Gelatinobromuro de plata sobre papel. (Foto: museoreinasofia.es)
Virginia Woolf, por Man Ray (1935). Gelatinobromuro de plata sobre papel. (Foto: museoreinasofia.es)

Virginia Woolf fue una persona inestable e inaccesible durante toda su vida. Su infancia, marcada por la enfermedad, la muerte y el maltrato, supuso una losa demasiado pesada para recobrar la sonrisa. Sin embargo, dentro de su complejo y maltrecho «yo interior», yació un alma profundamente arraigada a la poesía, la belleza y, por causa-efecto, al amor. Pero no al amor como concepto soberbio, voluntarioso y egoísta, sino a una clase de aprecio limpio, sincero y cristalino como las aguas del río Ouse en las que entonaría su tan llorado arrivederci.

Woolf amó y apreció sobre todas las cosas al hombre que le entregó su apellido, Leonard Woolf, un editor sobrio y pausado que sirvió de cauce para evitar que la volatilidad de su esposa se interpusiese en el camino de su talento creativo. Siempre se sintió culpable por generar preocupación en su entorno, deseosa de huir, de reinventarse, de no sentir presión. Woolf vivió con la nostalgia bajo el brazo, sobrepasada por una sociedad de la que nunca se creyó parte activa. En su obra reflejó su afán por retratar personajes desvalidos, apartados, solitarios y frágiles, en consonancia con lo que ella misma fue y odió ser.

El sentimiento de apego que siempre sintió por su marido quedó grabado en una dulce carta que dejó posada sobre la encimera antes de partir para no regresar, ataviada con piedras en los bolsillos y dejándose llevar por la corriente, un inevitable símbolo de que, finalmente, no le había quedado más remedio que rendirse. El documento decía así:

«Querido:
Siento con absoluta seguridad que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Yo sé que esta vez no podré recuperarme. Estoy comenzando a oír voces, y me es imposible concentrarme. Así que hago lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que uno puede ser. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros, hasta que ha venido esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Sé que lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo a ti toda la felicidad que he tenido en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme, ese alguien hubieras sido tú. Ya no queda en mí nada que no sea la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido tú y yo.

V.»

Woolf, Plath, Poe y otros tantos genios literarios sufrieron en su pecho la pesadez de la toma de conciencia de la humanidad. Desde sus primeros años de vida, la escritora británica fue testigo de la vida, ese elemento plomizo que se posa sobre los hombros de cada individuo sin preocuparse por la piedad.

Lo que hizo diferente a Virginia Woolf de entre sus compañeros de condición, pese a todo, fue su elegante forma de celebrar la existencia. Alejada de la autocompasión y el lamento, fue capaz de gestionar su dolor y transformarlo en pasión artística. Una pasión que se puede comprobar al leer un par de líneas o, si se me permite la licencia, casi-versos, de Las olas (1931). Celebró, al igual que su impecable Sra. Dalloway, que fingir una sonrisa puede causar felicidad en más de una ocasión. Convirtió el gris en un arcoíris y bailó descalza sobre él. Y trabajó. Lo hizo durante toda su vida, para demostrar que pocas cosas alivian en mayor medida el dolor de lo que lo hace el bálsamo de la escritura.

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