Sobrevivir al país de la muerte

Las campañas electorales son los que son: una fuente de donde no paran de brotar promesas, promesas y más promesas. Inversión pública, puestos de trabajo, rebajas de impuestos, más y mejores escuelas y hospitales, nuevas infraestructuras, ayudas a los más necesitados, a los jóvenes, a la gente mayor con una pensión miserable, a los parados, a las madres trabajadoras, a los excluidos de la sociedad. Promesas las hay de muchos tipos. Incluso, en el caso de la ciudad de Tegucigalpa, en Honduras, ataúdes. Todos los candidatos, sin excepción, desde el alcalde hasta el humilde aspirante, se comprometen a una tumba gratuita por cada voto. Envían a alguien a la morgue, y ese alguien da el pésame a los familiares en nombre del candidato y les ofrece un féretro a coste cero. En un país donde la muerte parece ser más la norma que la excepción, estas escenas se producen.

Es una de las anécdotas que recoge el periodista Alberto Arce (Gijón, 1976), quien fuera corresponsal en Honduras para Associated Press entre 2012 y 2014, en su libro Novato en nota roja: Corresponsal en Tegucigalpa (Libros del K.O., 2015). El panorama que dibuja es francamente desolador. Cada línea es un golpe. Si bien introduce el matiz necesario a las frías estadísticas, que son muy duras, los datos nos sitúan el marco de referencia de lo que es Honduras: «Un tanatorio con bandera y constitución».

Solamente algunas cifras: entre 2012 y 2013 murieron de forma violenta más personas en Honduras que en Irak, pese a tener el primer país una población tres veces inferior a la del segundo y no estar oficialmente en guerra; cada veinte horas es asesinada una mujer en esa nación centroamericana; San Pedro Sula ha sido durante cuatro años consecutivos la ciudad más peligrosa del mundo, con quince muertos al día. Honduras es el país donde la hija de Alberto Arce, con tan solo un año y medio de vida, vio su primer muerto. Y sabía que no era un hombre de los que duermen en la calle.

Para el común de los mortales, la nota roja, que da nombre al libro, es la labor rutinaria de ir al lugar del crimen e informar. Cadáver, bloc de notas y bolígrafo. Averiguar el nombre, los apellidos, la edad y la profesión de la víctima. Si hay fortuna, encontrar a alguien dispuesto a hablar más de lo debido. Arce lo resume así: «El reto para el fotógrafo es mostrar la muerte sin joderle el desayuno al lector del diario; el reto para mí, conseguir que le importe a alguien por qué murieron esos hombres». Pero rectifica: «No. Eso es una frase hecha. Entregar a mis editores una historia que se pueda publicar y justifique el gasto».

Pool Hall Attack, por Esteban Félix (2013). (Foto: worldpressphoto.org)
Pool Hall Attack, por Esteban Félix (2013). (Foto: worldpressphoto.org)

Explica cómo los periodistas locales se dedican a hacer una simple enumeración de los hechos. No quieren saber más sobre la historia que hay detrás, no por falta de interés sino como una forma de evitarse problemas a ellos mismos. Es una forma de no acabar como los muertos que tienen enfrente. «Ahí, frente a la muerte, hablamos de las vacaciones, de los alquileres, de sexo, de una película, de nuestros hijos, de España, de Perú, del calor, de la playa, de las ofertas de billetes de avión a la isla de Roatán, a media hora de aquí».

El origen de tanta violencia, el de siempre: el narcotráfico. Arce habla de «la maldición de la geografía»: Honduras es un lugar de paso de la droga que se dirige a Estados Unidos y consumen los estadounidenses. Es el país donde el gramo de coca cotiza a diez dólares (es poco). Según las estimaciones de las Naciones Unidas, hasta el 13% de su producto interior bruto está directamente relacionado con el tráfico de drogas. Éste es el drama. Y, también, el caldo de cultivo de muchos de sus males: la violencia, la impunidad, la corrupción. Un Estado que por muchos podría ser considerado fallido.

«En el momento más nihilista de nuestras noches hondureñas siempre nos gusta solar eso de que cada tirito horizontal sobre la mesa es un hondureño muerto», confiesa Arce. El periodista habla de una guerra desconocida, de baja intensidad pero letal, y en desigualdad de condiciones: «Es una guerra asimétrica. A un lado, los policías hondureños con míseros salarios y mal equipados; al otro, sicarios mejor amados defendiendo cargamentos que valen millones de dólares». Y la guerra lo corroe todo, el poder y, también, el contrapoder.

En Honduras hay policías que se toman la justicia por su mano, policías que de día trabajan de policías y de noche ejercen de sicarios, policías que organizan sus propios escuadrones de la muerte, policías que matan, policías que asaltan, policías que roban, policías que incluso extorsionan a los empresarios como si fueran pandilleros. Hay muchos tipos de policías en Honduras. Los hay tantos que ni el ministro de Seguridad saben con cuántos efectivos cuenta a su disposición. Aún menos con cuántos puede realmente confiar.

Los políticos, cualquiera que sea su color ideológico, tampoco parecen ofrecer soluciones a los problemas de Honduras. «La primera vez que alguien me propuso ir a Honduras pensé que llegaría a un lugar parecido al Chile o la Argentina de los años setenta», admite. Y se lamenta: «Vi el país en blanco y negro. Creí que sería reportero bajo una feroz dictadura militar golpista y convertiría a valientes opositores, periodistas y heroicos defensores de los derechos humanos en mis mejores fuentes. No podía estar más desubicado». Desde luego que los golpistas no le convencieron. Pero la oposición tampoco.

Para describir a todo el espectro ideológico hondureño, tanto a los nacionalistas de Porfirio Lobo como a los revolucionarios de Manuel Zelaya, Alberto Arce se sirve de una frase que pronunció hace más de un siglo Samuel Zemurray, delegado norteamericano de una empresa bananera: «En Honduras es más fácil comprar a un diputado que un burro». Y el periodista agrega a la cita: «Esta frase se extiende a activistas, periodistas y cualquier en el país que tenga algo que decir o callar a cambio de alguna prebenda o amenaza. En el Gobierno y en la oposición».

En este contexto, el periodismo también sale maltrecho. Alberto Arce resume la relación entre prensa y poder con una anécdota: «El ministro de Defensa, Marlon Pasqua, se vio obligado a interrumpir una entrevista conmigo para decirle con insistencia a una periodista de radio que no, que no iba a darle una donación para la boda de su hija». El periodista también lo sintetiza con un listado de fenómenos, que empieza con «insultos, racismo, machismo, homofobia, politización extrema, diputados periodistas, periodistas diputados», y termina con «justificaciones en la prensa de los asesinatos extrajudiciales, noticias sin fuentes, mentiras, errores y faltas de ortografía en cada página».

Y para Arce, ejercer de periodista, de corresponsal extranjero en Honduras, también fue un trabajo complicado. No debe ser fácil informar desde un lugar así, donde «nos matarían por lo que llevemos en los bolsillos en un momento cualquiera elegido al azar». Equipara su trabajo con el de un periodista en Bagdad. Y lo hace con conocimiento de causa: también ha pasado por allí como corresponsal. «Honduras no es Irak. Pero yo en algún momento lo viví así. Podría serlo si así decidiera contarse, si la agenda lo demandase. Es cuestión de focos que se mueven al dictado de decisiones que no se toman ni en Bagdad ni en Tegucigalpa».

Un año después de aterrizar en Honduras, su mujer y su hija tomaron el avión de regreso. Pese a la distancia que les separó, cree que tomaron la decisión más correcta: «A ellas no tenía por qué pasarles nada por mi culpa». Se quedó, solo, a acabar el trabajo al que se había comprometido, que era explicar Honduras: «Aguanté un año más sin ellas, a trancas y barrancas, tachando los días, sufriendo primero la transformación de casa en oficina y de oficina en bebedero, luchando contra las adicciones, la tristeza y la depresión, a las que creo que gané. Pero solo porque contaba cada mañana los días restantes para irme». Es así como se sobrevive al país de la muerte.

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