Hemingway, amigo

Ya nos pedía perdón Bradley Cooper en su nombre en El lado bueno de las cosas después de tirar un ejemplar de Adiós a las armas por la ventana; que por qué no podía Ernest Hemingway ser un poco más positivo y darle un final feliz a la historia, decía, pero la verdad es que cuesta imaginarse al duro de Hemingway siendo esencialmente positivo, sobrio e insignificante en alguno de sus relatos.  Francis Scott Fitzgerald, del que llegó a ser amigo, decía que nunca había creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Y aunque sus personajes, marcados por un claro componente autobiográfico, estuvieran destinados a la soledad, también bebían de aquel ateísmo que acabó conformando el dogma de la Generación Perdida. No creer en la felicidad no era otra cosa que posicionarse frente a ella.

Según un prólogo de El gran Gatsby, la principal diferencia entre los personajes de ambos escritores era que «a los de Hemingway les suele ocurrir lo que a él le hubiera gustado que le pasara, y a los de Scott Fitzgerald, por el contrario, lo que a su creador no le hubiera gustado que sucediera». Sin embargo, los protagonistas de Fiesta -la primera novela de Hemingway- podrían suponer una excepción.

Durante la I Guerra Mundial, el autor de El viejo y el mar pasó dos meses trabajando como conductor de ambulancias en la zona enemiga, hasta que resultó herido. Mientras se recuperaba conoció a su primer amor, Agnes von Kurowsky, quien acabó rechazándole y condicionándolo emocionalmente de por vida. Jamás volvería a comprometerse de la misma manera con alguien -como Brett Ashley en Fiesta-, y tampoco escribiría nunca un final feliz para Adiós a las armas. 

Hemingway
Ernest Hemingway.

Brett Ashley, junto a Robert Cohn y Jake Barnes personifican la trama de la primera gran obra de Hemingway. Los tres personajes, desgraciados cada cual a su manera, son el tridente argumental de Fiesta. 

Las primeras páginas del libro bastan para saber que uno no quiere acabar como Robert Cohn: acomplejado, tímido, casado «con la primera chica que fue amable con él» (a la que nunca quiso) y de la que más tarde se divorció, iluso y rechazado; un antihéroe por el que el lector siente más lástima que envidia, un perdedor entrañable que sólo logró enamorarse de la mujer equivocada. Por otro lado, Jake Barnes, álter ego del escritor, es un hombre valiente y desdichado que también tuvo la mala suerte de enamorarse de quien no debía. Brett Ashley, simplemente, fue la mujer equivocada de ambos -y de tantos otros-. La única diferencia es que Brett y Jake se quisieron de verdad. Es decir, se siguen queriendo, pero son solo amigos.

Y es que «tener amistad con una mujer es una cosa estupenda. Realmente estupenda», pero «en primer lugar, uno tiene que estar enamorado de una mujer para que la amistad tenga una base». Y no lo digo yo, sino Hemingway. Y esto no sólo me ha traído problemas a mí, sino también a Jake Barnes, que «había considerado a Brett como una amiga, sin tener en cuenta su opinión sobre el caso». No obstante, qué importancia tiene una opinión cuando el hecho es inevitable.

La «zona amigo» (del inglés friendzone), a la que Hemingway jamás se enfrentó en la guerra, es pura estrategia emocional: un qué podría ser y un qué quisieras que fuera permanente; una derrota, un desconsuelo, una brillante decepción; un poco como sus novelas, un poco como su vida. Es una resignación tan claroscura como el final de Fiesta:

«—¡Oh, Jake! —dijo Brett—, ¡qué bien lo hubiéramos podido pasar juntos!

Ante nosotros, un policía a caballo, vestido de caqui, regulaba el tráfico. El coche disminuyó repentinamente de velocidad, impeliendo a Brett contra mí.

—Sí —dije—. ¿Verdad que resulta agradable imaginárselo?.»

Y así es como pasamos la vida: imaginando lo que nunca llegamos a escribir, amando demasiado, pidiendo muchísimo y acabando con todo, como el protagonista de Las nieves del Kilimanjaro (otro cuento de Hemingway). Cambiamos de libro y seguimos leyendo, pero siempre como amigos. Sólo como amigos.

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