Yerma

«Al levantarse el telón está Yerma dormida con un tabanque de costura a los pies. La escena tiene una extraña luz de sueño. Un pastor sale de puntillas, mirando fijamente a Yerma. Lleva de la mano a un niño vestido de blanco. Suena el reloj. Cuando sale el pastor, la luz azul se cambia por una alegre luz de mañana de primavera. Yerma se despierta.»

Así describía Federico García Lorca (1898‐1936) la puesta en escena del primer acto de la tragedia rural Yerma (1934). Bajo la excelente dirección de Miguel Serrano, la compañía García Lorca, teatro para un instante, lo ha vuelto a hacer. Ante un lleno absoluto, el pasado 4 de abril en el Teatro Isabel la Católica de Granada, representó una de las tragedias lorquianas más importantes de la literatura del siglo XX, en la tierra de quien fue su autor.

Yerma participa de la paradoja de estar bien abonada sobre los fértiles terrenos de la obra del genio granadino. No hay ningún terreno yermo aquí. El resultado es sobrio y riguroso. Es un poema trágico andaluz donde todo el acento lorquiano está presente. Con temas de ayer vigentes hoy en día como la religión, el misticismo, la tradición trasnochada, la necesidad de lo sobrenatural cuando la vida ahoga, la sensibilidad frente a la rudeza, la honra, la ignorancia, las ataduras de las buenas costumbres. Los personajes,  descontentos con sus vidas, terminan por estallar mediante la violencia.

Federico García Lorca.
Federico García Lorca.

La actriz que da vida a Yerma, Concha Medina, es muy racial. Ha sabido dibujar un personaje con un mundo interior muy fuerte, que transita por estados de ánimo siempre al límite. Personaje que le cuenta a la mujer los problemas del matrimonio y las relaciones de poder en él. Yerma es una antiheroína.

La época que se nos representa sobre las tablas era difícil. A las mujeres no las enseñaron a ser mujeres –ojo-. Algunas hicieron lo que pudieron, pero odiando al marido mortalmente; mujeres sometidas por la familia a las que hacían casarse con su primo o cuñado cuando éste, por ejemplo, enviudaba, y para más inri tenían que cargar con los hijos de éste y criarlos como propios. En medio de todo este contexto se encuentra Yerma, una mujer a quien la obsesión la conduce a la enajenación; pero es un ser humano normal, del mundo rural, quizá con más sensibilidad. Desde luego, no es una heroína; se transforma en otra cosa por la frustración que siente en su interior al no poder conseguir lo que más anhela:

«Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos y cuando no los tienen, se les vuelve veneno, como me va a pasar a mi.»

Su nombre ya presagia su fatal destino: «no tiene vegetación y no está cultivado o no se puede cultivar.» Mujer estéril, que lucha desesperadamente defendiendo su verdad, cada vez se vuelve más conflictiva y no cede en ello hasta consumarla. Instinto frente a represión. El mismísimo García Lorca calificó la obra como un poema trágico, «la imagen de la fecundidad castigada a la esterilidad» en la sociedad rural española de principios del siglo XX, en donde el papel de la mujer estaba condenado a las labores domésticas.

Adscrito a la llamada Generación del 27, Federico García Lorca es el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Tenía un talento innato, con una gran capacidad creativa y poder de síntesis. La música y los cantos tradicionales son elementos constantes en su obra. Profundizando en el espíritu tradicional de su tierra y de la gente -el desgarro amoroso, la valentía, la melancolía y la pasión-. Por ello, cuando hablamos de Lorca, es imposible no hacer alusión a la simbología que inunda toda su obra. En Yerma utiliza símbolos como recursos para marcar los sentimientos o las situaciones de los distintos personajes a lo largo de la trama, como la imagen y mención al agua de lluvia o la fuente, que representan la fecundidad; del agua corriente y la leche, que son la esperanza que tiene la mujer de quedar embarazada; las flores son la alegría ante la maternidad; en cambio, la roca, la sequedad, la arena y las sombras simbolizan la esterilidad, así como el muro, que representa la opresión; la sexualidad y el erotismo quedan siempre reflejados en el caballo y en su jinete.

A lo largo de esta obra  vemos como los prejuicios sociales toman cuerpo en el personaje femenino que da nombre a la obra y van construyendo la narración a través de sus padecimientos y reflexiones. Yerma tiene un único proyecto en el que se entremezclan tanto el deseo personal como la imposición social de ser madre. Un matrimonio impuesto, sin deseo ni amor; un marido, además, estéril y la presencia de un antiguo amor. El desenlace final, es la última defensa de su sueño imposible y una afirmación rotunda de su destino trágico ante la ciega fatalidad en medio de una sociedad impersonal, hipócrita, violenta y desgarrada.

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