Borja Sémper: «No soy poeta, ni siquiera sé si soy político. Soy un tío al que le pasan cosas»

Borja Semper 3
Borja Sémper y Luís Teira, madridistas, escritores y runners.
On the record, de carallada.

¿Esto se oirá? Nunca lo he probado.

Charlamos y ya sacas tú cuatro chorradas. Mientras me dejes regular, yo encantado. Maquilla lo malo y potencia lo supuestamente bueno.

Me apetecía mucho, porque tengo tendencia en meterme en líos, pero porque hago cosas que creo que en la política actual no se hacen. Me gusta decir a todo el mundo que sí, a la hora de una entrevista, y sobre todo decir lo que pienso queriendo haberlo pensado antes. Para mí eso que alguna gente dice «Yo digo lo que pienso», no es, necesariamente, una virtud. Sobre todo cuando dices lo que piensas sin haberle dado una  vuelta antes, sin haberlo pensado. Esto me ha servido para meterme en muchos líos, aunque creo que la política actual necesita un poco de reflexión más que titulares. Ser claro y no rehuír ninguna pregunta me ha servido para meterme en muchos líos, aunque creo que la política actual necesita un poco de reflexión más que titulares. Y mucho de dar la cara.

Así empezó  Borja Sémper (Irún, Guipúzcoa, 1976), hoy en día gran faro de la política vasca para los que vivimos fuera de aquellas tierras, esta entrevista. No acotaré las intervenciones del entrevistado, las acotaciones serán mis añadidos, para interrumpir lo mínimo las ideas del líder pepero guipuzcoano. Se trata de una entrevista de mucha intensidad, no al galope como aquélla a  Pedro Nimo, sino con el tempo de un buen partido de fútbol. Diríase, para satisfacer el espíritu merengue de los dos implicados en esta cita, que un recital de ataques tal no se veía en este país desde el Real Madrid más vistoso de nuestra era: aquél de Mourinho en la 2011/2012. La temporada del récord de goles, ciento y veintiuno; como esta entrevista toca ciento y veintiún asuntos. De gran relevancia la mayoría de ellos, con especial protagonismo para uno muy reciente: el libro de poemas Maldito (des)amor— con el que Sémper ha sorprendido a propios y extraños, a ambos, por cierto, en igual medida. También se habla, con claridad, del aborto, el terrorismo, la corrupción. Y del Estado, de descontento social y de running. En la Highway, como en botica, cabe todo.

Al parecer del entrevistador, que hizo un sesudo trabajo de improvisación en lugar de preparar la ocasión como cualquier persona juiciosa hubiese hecho en su lugar, el estilo y el fondo de las ideas de Sémper suponen una novedad rotunda en el panorama político patrio, que amén de sucio está estancado. Vienen del norte, parece, aires originales y cargados de patriotismo responsable. No todo está perdido en España, pese a que nos empeñemos en disimularlo.

Póngase cómodo el lector, llegan los entrantes.

Borja Sémper: (…) Se puede afrontar de dos maneras el ejercicio político: midiendo, teniendo cuidado y siendo prudente en la peor de sus acepciones –lo cual me convertiría en un tipo más del saco-; o intentando trascender de eso y aportando reflexión.  Compartida o no, pero reflexión. ¿Qué sucede? Que si en algún momento de una entrevista te entresacan una frase que descontextualizada suena muy heavy, se activa la bomba de relojería… Entiendo que tiene que haber ganchos, para atraer a la gente, pero me importa poco la polémica siempre y cuando sea algo que se pueda defender.

Así también generamos algo de debate, para aportar alguna idea de vez en cuando.

Si además, si todos los que nos dedicamos a la política decimos lo mismo, para eso podemos votar todos desde casa con un ordenador: «sí» o «no».

De cierta época en que estuve activo en política, recuerdo un instrumento pavoroso: los argumentarios. ¿Se utilizan todavía?

Sí. Todos los partidos políticos, desde el PP hasta Podemos, tienen argumentarios. El argumentario no es una mala herramienta, sino cómo se utiliza. Una cosa es que exista una manera de explicar por qué se realizan determinadas cosas desde el partido, y otra es que eso sea la Biblia. Que no es lo mismo.

Hay que distinguir dos factores de riesgo: cómo está redactado, y cómo se acata por parte del receptor.

Sobre todo el receptor. Que es el que… Vamos a ver. Si tú te dedicas a algo tan serio y tan trascendente, a mi juicio, como es la política, se supone que tienes que tener criterio sobre las cosas, estar bien informado para transmitir las posiciones que defiende el partido o el porqué de las decisiones. Con lo cual, si tú recibes un argumentario por ejemplo, en mi caso, una explicación a los dirigentes territoriales sobre la postura del Gobierno en la Ley X. Vale. Entonces puedes tener tu criterio, o tu manera particular de contar las cosas, y no tienes que reproducir el argumentario como un papagayo. El problema está en el uso de la herramienta.

Recuerdo la polémica en torno a la reforma de la Ley del aborto, de Gallardón, que estaba en la presentación de tu libro, que hasta que tú, Feijoo, Cifuentes… os pronunciasteis con claridad en contra de las intenciones del Gobierno, nadie dentro del partido se atrevió a formular su opinión. ¿Es la cantera de los grandes políticos una pléyade de recitadores de argumentarios, con sus respectivos puntos y comas?

Fíjate, una materia tan sensible en un partido de corte conservador, que evoluciona pero en el que muchas personas tienen gran influencia de determinadas doctrinas de la Iglesia católica, fuimos capaces de provocar un debate interno que en partidos de izquierda no se produce. En el resto de partidos no hay debate sobre grandes cuestiones, se establece un dogma de partido –«El aborto es un derecho subjetivo de la mujer.»– y ya no se debate más.

Bueno, pues el PP es un partido con un abanico amplio de ideologías y sensibilidades. Y esta materia, que es especialmente complicada, en la que influyen muchos factores a la hora de posicionarte –culturales, religiosos, etcétera-, el gran mensaje es que hay un elemento que nos une: que la defensa de la vida es prioritaria. Que el aborto no es un derecho como tal, es un fenómeno terrorífico al que hay que dar respuesta legal, al que los poderes públicos tienen que responder. Unos creen que hay que regularlo de una manera, y otros de otra. Unos creen en plazos, y otros en supuestos. Pero no perdemos la perspectiva de que el aborto es un drama, y eso es lo importante. Todos creemos dentro del partido que lo ideal sería una sociedad en la que hubiese muchas cosas previas, para que el aborto fuese algo residual.

Como decía, en el PP se produjo ese debate, y muchos nos posicionamos. Tengo gran amistad con Gallardón…

Se fue antes de tiempo de la presentación del poemario, no sé si guardará rencillas…

(Risas) No, yo a Gallardón le tengo un respeto intelectual y político de primer orden. Creo que es uno de los políticos más cultos y de mayor talla de la política española. Al final, cuanto más elevada es una persona, más debate genera, más contradicciones tiene. Todos tenemos enormes contradicciones, y las intentamos resolver como buenamente podemos, pero la vida es eso. Si alguien pretende que el político, su tarea pública, deje de tener contradicciones, virtudes y miserias, matices y particularidades como ser humano, se equivoca. Para eso yo militaría en un partido colectivista.

Mucha hipocresía en cuanto al rechazo que suscita la unidad de voto, disciplina de partido y demás historias, y la hoguera pública a la que os someten a los que os salís del guión. ¿Cuántas veces has escuchado de ti, «¿Este tío por qué está en el Pepé?»

Hay una confusión enorme en España sobre los partidos. En el momento en que alguien no encaja exactamente con los estereotipos de su partido, se le etiqueta de verso suelto, se le tacha de ir por libre… Etiquetas fáciles. Cuando me dicen: «¿Éste por qué está en el Pepé, reto a cualquiera a que me indique cuál de mis posiciones no responde al ideario de un partido de corte liberal, como a mi juicio debe ser el PP. Nunca he contradicho una de esas posiciones. No soy socialdemócrata, no soy de izquierdas, pero tampoco soy de derechas. Soy un tío liberal.

El PP es un partido en cuya base ideológica está el liberalismo, el respeto a la libertad del individuo por encima de todo lo demás.

¿Te sientes identificado con lo que dijo Esperanza hace unos días, que en las candidaturas del PP entran «Todos los que están a la derecha de la izquierda»?

Curioso ese relativismo en Esperanza. Es una persona que admiro porque es un animal político de primer orden, pero luego hay cosas que comparto y otras que no. Admiro a esa gente auténtica y echada para adelante. A partir de ahí, tenemos muchas discrepancias y hay muchas cosas de su estilo que seguramente no comparta, pero creo que es un valor tener este tipo de gente que cree en lo que hace.

Hay un libro muy interesante de Lakoff, No pienses en un elefante, que habla de que a cualquier ciudadano cuando medio oye la palabra izquierda o derecha le vienen a la mente una serie de cosas y de ideas para cada una de esas palabras, un marco. A mi juicio, es incontestable que los conceptos tradicionales de izquierda y derecha se dotaron de contenido mundo que no es comparable a hoy día. El mundo de hoy es de tal complejidad que ninguno de esos conceptos entendidos de manera tradicional da respuestas satisfactorias a nuestra realidad. Por eso creo que lo moderno, a partir de lo que hay que dar forma al futuro, es el liberalismo, entendido como el individuo por encima de cualquier otra consideración dogmática o ideológica. «Es que entonces Podemos no es de izquierdas», no, es diferente. Podemos, por ejemplo, es una solución de extrema izquierda, otra cosa es que les interese maquillarlo con no sé qué cosas. El relativismo total, en el que no creo porque no soy un joven centrista ñoño tal y como me llaman tan a menudo, no es liberal.

Ni joven, ni centrista, ni ñoño, haciendo la via negativa de Valle-Inclán.

Exacto, ni joven, ni centrista, ni ñoño. Hombre, a veces soy ñoño porque no me queda más remedio (risas). Bueno, porque tengo el deje, como todos.

Pero el problema está en que algunos creen que liberalismo sólo es de bolsillo. Es un doctrina que abarca al bolsillo, al corazón y a la cabeza. Creo que el Estado, y lo mismo aplica a los partidos políticos, debe intentar inmiscuirse lo menos posible en la vida de la gente. El Estado lo único que tiene que hacer es crear las condiciones para que el individuo se pueda desarrollar en libertad, y garantizar con eficacia y eficiencia una asistencia a quienes no han tenido suerte, a quienes necesitan de la solidaridad para salir adelante, para tener oportunidades, además de una educación de calidad que forme individuos libres y críticos, etcétera… y todo con pocas leyes, breves y claras. Esto no es relativismo, es un principio básico y fundamental. Iba a decir ideológico, pero cada vez creo menos en las ideologías y más en las buenas ideas.

Un Estado mínimo no significa que sea pequeño, sino sea útil para solucionar los problemas de la gente. Un Estado eficaz.

¿Lo crees posible?

Ahora no.

Pero ni en España ni en ningún lado.

Tal vez Estados Unidos sea el paradigma, aunque no todo es bueno en Estados Unidos. Vivimos en un mundo en que los conceptos de la socialdemocracia se han impuesto. Hayek dedicaba su famoso libro –Camino de servidumbre- «a los socialistas de todos los partidos». En el fondo, esa realidad objetiva todavía perdura.

¿Te incluyes, no?

(Risas) No, yo no soy socialista. Pero hoy hay algunas cosas que rompen, sorprenden viniendo de alguien que aparentemente debería responder a un cliché.

Por las New Balance.

Sí, por eso. Vivimos en la sociedad de la imagen, de la descripción fácil de hechos complejos, como es una persona y sus posiciones ideológicas. No las mías, sino las de cualquiera.

*El señor Sémper se mantiene firme en su referencia a las ideas, las posiciones, no a la ideología.

Si en mi tiempo libre voy con camiseta, pantalón vaquero y zapatillas y tengo un acto de partido el fin de semana, voy con camiseta y zapatillas. La estética afortunadamente es sólo eso, estética. Pero bueno.

*Pasada la pequeña puya del entrevistador, que por naturales motivos llevaba la corbata de la mesa, Borja vuelve a hablar de su libro, que no es su poemario, sino el ideario liberal.

En los países de corte anglosajón, el individuo como político tiene una responsabilidad política. Existen los partidos, pero no son paraguas sino cauces de participación.

No son excusas.

Exacto. El político es un individuo que decide dar un paso adelante para representar a sus iguales. Remarco, representar a sus iguales, y ejerce política siendo él el responsable de lo que dice y hace, defiende y deja de defender.

Nosotros tenemos una democracia en la que los partidos políticos tienen un peso brutal, fruto también de que había que construir con cierta prisa un sistema democrático e institucional, y por el cual los partidos tienen el monopolio de la representación política. Fue una orden clara, «¡Hacedlo!», en un momento determinado. El trabajo hecho en estas casi cuatro décadas de democracia es magnífico, pero agotado. En las formas y en el papel que juegan los partidos políticos.

¿Llega la hora de que la sociedad empiece a caminar sola?

Ya estamos asistiendo a eso. La generación de entre veinte y treinta y cinco –entre la cual me incluyo porque tengo tendencia a quitarme años– es menos partidista de lo que los partidos políticos creen, y probablemente está menos ideologizada de lo que los partidos políticos creen. Quieren eficacia, quieren partidos que sean útiles, no un fin. En buena medida, los partidos políticos nos hemos olvidado de que no somos un fin en sí mismo, sino una herramienta. Cuando el partido se convierte en un fin, aparece el sectarismo, el clientelismo, esas prácticas que hacen que la política sea muy poco eficaz.

Borja Semper Gallardón
Gallardón y Sémper, en la presentación del libro Maldito (des)amor.

Y que la gente se mosquee.

La gente se mosquea, porque la nueva generación formada, parte de un mundo cada vez más abierto, que a través de Twitter o Internet se informa y genera opinión. Ya no sólo se recibe, Highway es un ejemplo de eso.

Qué buen capote.

Se comparte opinión y se genera información. Esa ruptura del monopolio de la generación de información ha hecho que la política tenga que evolucionar.

A raíz de esto, aterrizando en País Vasco, he estado alguna que otra vez recientemente, y se percibe cierto cambio de tercio por parte de la sociedad. No se palpa una preocupación clara, las heridas parece –desde fuera– que están cicatrizando de forma ordenada. ¿Cómo se ve desde dentro?

Hay que entender que la sociedad vasca es una sociedad muy machacada desde hace unas cuatro décadas. Tú podías vivir muy cómodamente en Euskadi, siempre y cuando fueses de la secta nacionalista o bien no te implicaras en política ni pronunciases en alto cualquier opinión contraria al nacionalismo o a ETA. Una sociedad en la que una mafia minoritaria se imponía a la mayoría.

En el momento en que dejan de asesinar, la gente ha manifestado una voluntad de pasar página. Hay una necesidad vital de mirar al futuro, incluso los más batasunos ahora parece que no han roto un plato, si los oyes. Eso podrá ser bueno o malo, pero es un comportamiento social. Lo que nos toca a los políticos, a mi juicio, es construir un futuro mejor que el pasado inmediato, siempre que impere el Estado de Derecho. Que imperen las normas, que los que han cometido delitos paguen por ellos, que no haya impunidad, que no haya memoria. Euskadi no era una sociedad dividida, no todos mataron ni todos murieron. Era una sociedad en la que unos pocos atacaban a una mayoría.

Sólo desde esos principios sólidos seremos de inmunizar a la sociedad vasca para que en el futuro no suceda nada parecido. Euskadi necesita apología de la democracia, apología del Estado de Derecho. La gente ha pasado página, la política debe dar una batalla extraordinariamente importante en este momento para enterrar a ETA.

Os queda el papel de notarios para zanjar asuntos pendientes y pasar página.

Sí, pero pasar página significa enterrar y poner la esquela a ETA. Conceptos como el perdón, la reconciliación… Vamos a ver, la sociedad vasca no estaba enfrentada. En Euskadi había un grupo que no aceptaba el orden constitucional de libertades y pretendía implantar un Estado socialista de corte revolucionario a través de las armas, del terrorismo.

No cabe ninguna reconciliación. Si acaso, son aquéllos que hicieron de la violencia una bandera los que tendrán que incorporarse al Estado de Derecho. No va a ser fácil, porque desde la izquierda abertxale se ha dicho durante muchas décadas que la violencia no sólo era útil, sino también necesaria, justificada éticamente.

Las sociedades modernas no tienen que reconciliar a sus ciudadanos, tienen que crear espacios de convivencia. Que en la plaza pública se conviva, que es lo que esta gente ha pervertido: la convivencia normalizada en libertad. Que es lo que pasa en las sociedades democráticas, que son sociedades complejas, en las que existen conflictos, choques. Madrid es una sociedad compleja, por muchos motivos. Pero aquí nadie se organiza para asesinar.

A veces…

(Risas) En Euskadi sí. Yo no me tengo que reconciliar con nadie, en todo caso no es indispensable para que la sociedad funcione, no tenemos que querernos, con respetarnos ya conseguiríamos mucho. Yo no he roto la convivencia. Lo que quiero es que me respeten. Pero los que estamos en política tenemos que intentar trascender de las tripas, para ser conscientes de que dentro de veinte años mi hijo va a compartir espacio con los hijos de los que me quisieron matar. Mi obligación es que ni mi hijo, ni los hijos de los que a mí me quisieron matar, vivan con las cicatrices que a mí me haya podido dejar la utilización de la violencia contra mí o con el odio que los que me quisieron matar tuviesen hacia mí. Eso que es un principio, parece, buenista, yo creo que sólo se puede conseguir con la observancia estricta del Estado de Derecho, del cumplimiento de la ley y de memoria, dignidad y justicia. Sólo a partir de esa base podemos conseguir esa Euskadi inmunizada frente a la violencia.

¿Y cómo adivinas el panorama?

Extraordinariamente complejo.

¿Se está avanzando hacia tu idea o no tienes muy claro el rumbo?

La política vasca es muy parecida a una noria. Se mueve pero no avanza. La política en general… (risas). No…

¡La política española!

No, no, no (poniéndose serio). Llena de eufemismos, llena de palabras biensonantes que lo que pretenden no es que aquéllos que cometieron delitos o pervirtieron la convivencia tengan que ponerse frente a su espejo. Creo que la política en Euskadi es mezquina. Otra cosa es la sociedad, que tiene espacios de mezquindad, pero que avanza mucho más que la política vasca.

Tengo confianza. Los políticos podremos o entorpecer esa evolución positiva o impulsarla.

¿Cómo carallo se mete un vasco en política? ¿Ideal, herencia? ¿Por qué?

Nadie de mi familia se ha dedicado a la política. Voy a decir algo que va en mi contra: soy de esos políticos que no ha hecho otra cosa en su vida que hacer política. Y cuando tengo oportunidad lo defiendo y lo explico.

Me acerqué a la política con diecisiete años. En Irún no había sede del PP, busqué en las Páginas Amarillas dónde estaba la sede del partido en San Sebastián, cogí el tren a San Sebastián, me fui a la sede, que estaba en un barrio a las afueras, en un piso, y llamé al timbre. ¿Por qué lo hice? Porque estaba deslumbrado por la figura de Gregorio Ordóñez, que era, cuando lo asesinaron, lo mismo que soy yo ahora: portavoz del PP vasco y presidente del PP en Guipúzcoa. Porque se enfrentaba a ETA, al nacionalismo obligatorio.

*La comida discurría, y las bebidas. Y llegaron los carpacci –plural de carpaccio, como spaguetti es plural de spaguetto, y por tanto es aberrante el «qué ricos los espaguetis»-, y con ellos nuestras exclamaciones, cual Cristiano Ronaldo que recoge un balón dorado, y la consiguiente interrupción de la conversación. «Parece más de lo que es, ¿no?», comenta Sémper sobre la carne, lo cual equipara todavía más al susodicho plato y al Balón de Oro.
«Esto es sano, esto con una carrera de diez kilómetros lo quemamos.», dijo el entrevistado. El entrevistador, que es amigo del combustible, piensa que bien podría ser así, si no hubiésemos zampado otro tanto previamente.

Gregorio Ordóñez se enfrentaba al  nacionalismo, a ETA fundamentalmente, de una manera desprejuiciada. Con una valentía inédita, y haciendo política de una manera acojonante. Le resolvía los problemas igual a un votante de Batasuna que del PP. Si tenía que discrepar con el partido lo hacía, es un tipo que se ganó el voto de gente que no hubiese imaginado nunca acercarse al PP.

Sobre todo, yo me siento muy español, me toca los cojones que me impongan algo, y quería hacer algo para acabar con ETA. Y sobre todo para decir que se podía ser igual de vasco que un nacionalista sin ser nacionalista. Con diecinueve años me ofreció Gregorio ir de concejal en Irún. No porque fuese un superdotado, sino porque no había nadie que quisiese serlo. La política vasca engancha por una cuestión de compromiso. Si yo no iba, a lo mejor ese espacio se queda vacío.

Voy con diecinueve años y salgo concejal. Con veintitrés me ofrecen ser el candidato a la alcaldía en Irún, voy de candidato. La siguiente me dicen: «¿Oye, por qué no vas al Parlamento vasco?», voy al Parlamento vasco. Pasa una legislatura y aquí estoy.

Quien crea que hacer política en Euskadi es un privilegio se equivoca, es un honor. Pero soy consciente de que hay que hacer frente al mantra. El ejercicio de la política es muy curioso, porque la experiencia, al contrario que en otras dedicaciones, parece que es un problema.

Hay quien dice que quiere políticos que hayan trabajado antes en otra cosa. Vale, ¿en qué? Para unos los empresarios son casta, otros querrían una democracia censitaria de que el político tiene que haber pagado nóminas para poder serlo. Creo que son comentarios fruto de la exageración.

En política, como en la empresa privada, lo importante es si eres bueno o malo. En tu empresa conocerás gente que pensarás «¿Cómo es posible que éste esté encima de mí?»

En la empresa, cuando piensas en estas cosas, actualizas el curriculum y empiezas a mandarlo a todas partes. ¿Qué alternativa hay en política?

Otro gran debate. ¿Qué hacemos con el día después? Yo por ejemplo soy abogado, pero he perdido punch en mi profesión por dedicarme a la política. La que supuestamente debería ser mi profesión. Es verdad que colaboro en elaborar leyes, pero no es lo mismo.

Cuando deje la política, que la dejaré algún día, porque me echen o porque habré cubierto una etapa, a ver adónde voy también. Porque si vas a según qué sitios, te pueden achacar lo de las puertas giratorias. Otro mantra, que en algunos casos es lamentable, pero que es comprensible que las empresas privadas quieran a gente con experiencia en gestión en sus filas, y con capacidad de relaciones humanas…

Sobre todo la parte de relaciones…

Sí, es la parte negativa.

A raíz de lo que hablábamos, recuerdo de mi época de milicia en el partido político que tenemos en Galicia…

¿Así que tú…? ¡Ostras!

Sí, recuerdo que antes de las elecciones se ofrecía ir en listas vascas, fundamentalmente guipuzcoanas. Y se ofrecía gente que no sabía ni colocarlo en el mapa.

Claro, a día de hoy aún tenemos muchos problemas para llenar las listas electorales. Hoy no hay amenaza de la violencia, pero en determinados lugares significarte como simpatizante del PP te convierte en un paria. La política en Euskadi sigue siendo muy diferente a lo que es en el resto de España. La militancia en un partido no nacionalista sigue siendo muy complicada.

¿En el día a día?

Depende. No es inocuo. Ser del PP en un pueblo de la Guipúzcoa profunda y tener una tienda es incompatible. Ser un empresario o un profesional liberal de éxito y ser concejal en la capital de la provincia es muy complicado. Conozco mucha gente que profesionalmente goza de gran reconocimiento, que en Madrid querría ser cargo electo porque le gusta la política, quiere contribuir… Pero en Euskadi no se atreve.

Es una desventaja competitiva evidente respecto a los demás partidos políticos. No es victimismo, es una descripción.

¿Sigue con la misma intensidad que antes?

Con el matiz de que ahora te señalan y antes te mataban. Es un cambio brutal, lo que era miedo ahora es prudencia. Y a esto se suma el mal que nos aqueja en toda España: hoy en día la política no es lo más popular. Es mejor ser el cobrador del frac, cualquier cosa.

Es verdad que hemos hecho grandes esfuerzos para que la profesión esté desprestigiada, por falta de empeño no ha sido.

¿Por ejemplo ahora se hacen todas las cuentas en A?

Es como cuando me dicen que si yo he recibido sobres. Pues sí, claro, amenazas de ETA.

Por eso en el País Vasco nos indignó tanto todo esto. Porque dices, hostia… Como para que mi compromiso y mi nombre se manchen porque no sé qué concejal o alcalde se han aprovechado de su condición para enriquecerse. Jode mucho.

¿Notáis que la actitud del simpatizante medio ha cambiado, o sólo ha molestado al adversario?

El simpatizante del PP está más mosqueado que cualquiera. Nosotros hemos llevado siempre por delante honradez, capacidad de gestión, eficacia… Cuando se cae, o al menos se cuestiona de manera tan importante, la honradez de un partido, quienes creen y defienden los principios del partido se enfadan. Porque quieren un partido sin estos errores.

Un partido que no mande mensajes de «Luis, sé fuerte».

Hay que conocer a Rajoy, que es un tipo muy humano.

¿Le gusta mucho el SMS?

No, lo circunscribo a un mensaje puramente humano, personal. Si hubiese dicho: «Tranquilo Luis, que te quitamos al fiscal y lo solucionamos así y asao, pero no fue así. Un tipo con el que había compartido veinte años de militancia, que se encontraba en una situación realmente jodida, pues le pareció oportuno darle ánimo.

Me parece una respuesta humana. Es muy fácil criticarla, yo el primero, a toro pasado. Pero la realidad es que Luis Bárcenas ha chupado casi dos años de cárcel y el PP está pagando las consecuencias de haber tenido un pájaro así en sus filas. Y te aseguro que hemos aprendido la lección.

A veces hay situaciones que tienen una explicación sencilla. A este tío se le dijo: «Tú gestiona las cuentas, que yo tengo que hacer política». Y él se convirtió en el todopoderoso hombre de los dineros. Cuando juntas tantos millones de euros en Suiza, algo hay.

*Llegan los cafés, Borja apaga un par de incendios en el móvil, a raíz de la cual nos vamos a otro tercio: periodistas juguetones que manipulan declaraciones.

Recuerdo una entrevista para Jot Down, que esperaba sobre regeneración política y acabó siendo un monográfico sobre Bildu, ETA… El titular era Bildu no es ETA, cuando yo lo que había dicho era «Es verdad que Bildu no es sólo ETA, pero en ella están todos los que defendieron a ETA». Le sacan el contexto y claro, todos a por mí.

Libertad Digital, Federico Jiménez Losantos y demás me dieron hasta en el carnet de identidad. Y el problema es que no admiten explicaciones o matices. Tienen que reproducir un esquema, de un PP bueno, que mantiene las esencias, y un PP que se ha rendido, que es felpudo de ETA.

*Y tras tan breve tercio, al de muerte: Maldito (des)amor.

Vamos con el tema. Aparte de la génesis del libro, los primeros poemas subidos a Instagram, fenómeno que fui siguiendo desde su inicio y cuya acogida me sorpendió muy gratamente, ¿en qué momento te atreviste con un libro tan personal?

Así, sin más. Con lo de Instagram. No deja de ser un juego, una gamberrada compartida con los seguidores.

Los semperers

Tengo un Instagram particular, lo reconozco, no es propio de un político. Me divierte más así, no entiendo por qué el hecho de ser político impide que pueda tener otras inquietudes. Me convierte en un blanco fácil, pero prefiero ser un blanco fácil que un blanco aburrido.  Y me va mucho mejor.

Total, que le pasé unos cuantos poemas a una amiga editora, apasionada de la poesía, advirtiéndole que muchos no eran ni siquiera poemas. Yo no soy poeta, ni siquiera sé si soy político. Soy un tipo al que le pasan cosas.

Ni runner, que lo tienes abandonado…

No soy nada.

No quería desnudarte la vida, perdona.

Te estoy dando muchos titulares: «No soy poeta, no soy runner, ni tan siquiera sé si soy un político.» (Risas)

Lo tengo hecho.

Intento ser gallego pero no me sale.

Total, que le doy el texto y le digo «Oye, no sé si es una basura, si es aceptable… ¿lo puedes leer y me dices?» El feedback fue buenísimo. Le pareció actual, sin rima pero socarrón. Y dije, «¿Qué cojones?» Lo mandé a una editorial y me hizo mucha gracia porque lo primero que me dijo el editor –ya lo sabes, lo dijo en la presentación– fue que no iba a publicar nada a ese pijo del PP. Le rompí los prejuicios y está funcionando de puta madre.

¿Por qué? Creo que porque huyo de pedantería, comparto algo que a todos nos pasa o nos ha pasado, y sobre todo procuro ser divertido, que es lo que me apasiona.

¿No te dio pudor publicarlo? Hay poemas que pienso: «Joder, joder, joder, lo que está contando, me tapo, un hombre desnudo.»

Mucho pudor, pero lo maquillo diciendo que no son sólo experiencias propias.

*El entrevistador se descojona, esto le sirvió a Flaubert para evitar la cárcel, pero no cuela. El entrevistado aprovecha para pedir unas gotas con el  café.

Soy un tipo pudoroso, pero no considero que sean momentos personales, sino que a todos los que me rodean les han pasado estas mierdas. Empecé a escribir para soltar demonios, y acabé escribiendo para recrearme.

Me gusta la estructura, porque bajo una apariencia de que no hay rima, no hay forma, no eres poeta… El libro tiene una clara estructura de introducción, nudo y desenlace. Cambia el ritmo de los poemas, y de algún modo su espíritu. El libro es más serio de lo que parece.

(Risas) Me gusta jugar a que no lo es.

Y muchos poemas dejan un regusto a rencor.

Creo que es escepticismo, de todo lo efímero, tanto del amor como del desamor.

Un libro muy impulsivo…

Está hecho con las tripas. Hablo de muchos intentos, pero soy muy escéptico. El hecho de intentar las cosas no basta, aunque hay que saber reconocer la voluntad. Puedes no haber dado la talla, o no haber sido capaz, pero por lo menos has hecho un esfuerzo para probar.

…con los fracasos, las desilusiones, siempre descritas. No se dejan implícitos los malos momentos, cierran un número importante de los poemas del libro. ¿Es también parte del papel de notario de los comportamientos sociales, como aquello del entierro y la esquela del terrorismo?

La crudeza y la ironía a veces describen mejor determinadas situaciones. Yo creo que rencor… No, no hay rencor, no tengo rencor.

Aunque las cosas terminen mal, siempre queda constancia.

Creo que es mejor afrontar las cosas de cara. No por intentarlo, ni por hacerlo bien, es suficiente. Con el amor no basta, es la inmensa putada de las relaciones humanas. No sólo vale con el amor, el afecto, hacen falta otras muchas cosas.

Creo que soy igual de crudo conmigo, afrontemos lo que no ha salido bien. ¿Para qué engañarnos? En la política también, en todos los ámbitos.

Tengo escrito un libro de ensayo, Sin complejos, en el que explico las cicatrices que me ha dejado dedicarme a una actividad por la que me han querido matar. Es algo que te hace relativizar muchos problemas, y que te hace afrontar con más determinación los fracasos. Prefiero afrontar los fracasos de frente, porque es una manera de empezar a cerrarlos. Vivir tu juventud de esa manera hace que, cuando llegas a la edad adulta, seas crudo en muchas cosas. Que no insensible.

Insensible no, pero no hay tiritas. La cagada siempre se narra.

(Dubitativo) Sí… Sí.

Decías en la presentación del libro que te resulta más fácil escribir cuando estás jodido que cuando estás bien. ¿Es más fácil crear a partir del desorden, de la cagada, del fracaso?

Pregunta muy interesante, no tengo una respuesta. Creo que los fracasos y las decepciones marcan mucho más que el aplauso. Te hacen poner los pies en la tierra, lo cual para coger impulso está mucho mejor, y te ayudan a valorar los momentos buenos. Cuando has saboreado un fracaso, en los momentos buenos te acuerdas de que lo bueno se puede acabar, y de lo jodido que se pasa cuando se acaba.

Aprendes más de los fracasos que de los momentos buenos. Nos hemos puesto muy metafísicos.

Sí. Estaba pensando que a ver quién redacta esto, pobre becario.

A ver cómo lo ordenas.

Vamos a ponerle el lacito antes de que me lo desordenes más. ¿Cómo de runner eres, ahora que ya has dicho que no eres runner, ni poeta, ni político?

Mi distancia son los diez quilómetros. Diez-quince… Es verdad que lo tengo un poco abandonado, tuve una lesión que iba para un mes, que se convirtieron en seis. Llevo un par de meses que no salgo mucho. Estoy en esa fase en la que, para recuperar el tono y poder correr bien, cómodo, hay que trabajar y sufrir mucho. Estoy muy parado, pero voy a volver pronto porque es lo que más me estimula.

Borja Sémper e hijo surf Highway
«No entiendo por qué el hecho de ser político impide que pueda tener otras inquietudes.»

¿Es lo que más disfrutas?

Sí. No he encontrado nada, ningún deporte, que me genere tanta satisfacción como el correr. Cuando esquiaba me parecía algo único, porque te olvidas de todo, pero corriendo también lo conseguí. Física y mentalmente no me he sentido nunca tan fuerte como corriendo. Habría que ser Murakami para contarlo, a lo ¿Qué pienso cuando corro?, una paja mental genial sobre por qué corre. Está muy bien ese libro. Leí mucho de Murakami una época, pero acabé saturado.

No tengo el gusto, lo lee gente como Russian Red o Granero… Es complicado ponerse.

(Risas) Ayer estuve con Granero, mira.

Pese a lo de antes, soy muy fan del Pirata.

Un tío con una clase… Mucha clase, ¿no?

Sí, pero se dejó ir, iba a ser nuestro príncipe y lo dejó todo. Se fue al Queens Park Rangers…

Era un superclase, parecía que iba a explotar… Una pena. Pero muy majo.

Correr es cojonudo. La satisfacción que me ha dado correr no la he encontrado en nada. Es más, correr me ayudaba a hacer mejor política. Todo esto de anima sana in corpore sano y todas estas cursiladas son más ciertas que la hostia. Tú que eres corredor lo sabes, te pones como una moto. Después de unos buenos kilómetros a las siete de la mañana, llegas a la oficina a las ocho y media…

Un político a las ocho y media, ¡que llamen a la policía!

(Risas) Tarde me parece. Después de correr te sientes una máquina. Es la mayor satisfacción que he encontrado. Acabas un poco chalado, creo, pero es que es una experiencia tremenda.

Y aquí lo dejamos, hablando de chaladuras, entre ellas la próxima visita del entrevistador a la tierra del entrevistado, a recorrer casi noventa kilómetros por las serranías de Aratz y Aitzgorri, y de otras muchas cosas. Al modo de Antonio de Guevara, en su célebre Menosprecio de corte y alabanza de aldea, Sémper se marca una descripción antológica de las rutas que usa para entrenar pasando por la bahía de La Concha. Lo cual, comparada con la actividad hamsteril que supone dar vueltas al Retiro, o a la Casa de Campo en el mejor de los casos, es de una crueldad absoluta hacia los que, siendo de aldea, residimos en la meseta.

Y aquí, tras tocar tantos palos, termina esta conversación sobre las cosas importantes de la vida: las mujeres y la poesía. Y algún comentario aislado de política, que a todos entretiene.

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