La Frick Collection

No voy a mentir, la primera vez que pasé por delante de la mansión de la Quinta Avenida situada entre las calles 70 y 71; ni siquiera me detuve más de cinco segundos a admirarla «otra casa de principios del siglo pasado perteneciente a alguna acaudalada familia de la época, sigamos». Nunca me he alegrado tanto de estar equivocada.

Ya han sido tres las visitas a la colección personal de Henry Clay Frick y ha sido después de esta tercera cuando por fin me he lanzado a escribir. Aunque siempre me ha interesado el arte, he de confesar que jamás he escrito sobre un museo, una galería o nada parecido; creo que lo más cercano fueron esos comentarios a pinturas o estilos arquitectónicos que todos tuvimos que hacer en su día en el colegio, pero fuera de eso, mi inexperiencia es total. Ruego por tanto la paciencia y comprensión del lector, especialmente la de aquel lector más entendido en la materia ante los posibles errores que pueda cometer, no obstante, no pretendo hacer un análisis detallado de la colección entera, sino contar de forma más o menos cercana, qué me ha llamado la atención y por qué. Algo totalmente subjetivo que está abierto a reproches, críticas, preguntas y sugerencias. Espero que disfruten tanto leyéndolo como yo contemplando las obras de esta maravilla.

Antes que nada, deberían saber que la Frick Collection no es una galería o un museo en el sentido estricto de la palabra sino que es, primero y ante todo, una casa. Una casa que fue diseñada y construida para el deleite del matrimonio Frick de su amplia colección de obras de arte. Un hogar donde poder vivir cómodamente contemplando todo lo que habían ido adquiriendo a lo largo de su vida con la idea de abrirla al público tras su muerte para seguir fomentando el estudio y la admiración de, me atrevería a decir: la belleza.

De Henry Frick baste decir que era un tipo de Pittsburgh (Pennsylvania) nacido a mediados del siglo XIX, de familia sencilla pero con un gusto exquisito que se hizo patente ya de jovencito. Se dedicó a la industria del acero, aliándose con los Carnegie Brothers y en seguida logró una fortuna. A finales de siglo hubo una huelga muy grande en Pittsburgh y el señor Frick pagó a mercenarios para que arreglaran la situación y «metieran en vereda a sus obreros», la cosa, evidentemente, no fue muy bien recibida entre la población y perdió el favor de los ciudadanos de Pittsburgh. Además en aquel momento hizo crack su relación con los Carnagie y Henry, que por aquel entonces ya era un hombre maduro, casado, con la vida resuelta y cuatro hijos adultos; decidió dar el paso e irse a vivir a la ciudad de Nueva York. Una vez ahí, en 1913, tomo la decisión de construirse una casa que, en palabras del propio Frick fuera: “simple, with good taste and not ostentatious”. Un año y cinco millones de dólares después la amplia  y luminosa mansión Frick estaba acabada. Sin embargo su acaudalado propietario no pudo disfrutarla más que los años que duró la Primera Guerra Mundial, pues moriría en 1919. Su esposa habitó de la casa hasta su muerte doce años más tarde y después de eso, se acondicionó el inmueble para poder abrirlo al público. Sin duda lo más destacado de esas obras es el atrio que se hizo uniendo las calles 70 y 71, único sitio que permiten fotografiar y que deleitará a cualquier visitante.

Stitched Panorama

Con respecto a qué contiene la colección, es decir, qué es lo que vamos a ver cuando visitemos la mansión. Principalmente los 131 cuadros que adquirió Henry Frick en vida y 47 nuevas adquisiciones que se han ido haciendo por sus administradores para enriquecer el legado después. Además cuenta con mobiliario, esculturas, alfombras y otros objetos artísticos que datan desde el Renacimiento hasta finales del siglo XIX.

De la casa se nos permiten visitar las 16 estancias de la planta baja, la mayoría de las cuales han sufrido algún cambio en su estructura original para poder adecuarlas a los visitantes con la excepción del cuarto de estar principal, que permanece intacto desde hace 76 años.

De todas las estancias, me gustaría destacar las que más me llamaron la atención, sobre todo por la disposición de los cuadros que en ellas se albergaban. Recordemos que no es solo tener buenas obras sino saber exponerlas para que luzcan. Para empezar, me gustó muchísimo el hall sur, al cual accedemos nada más empezar la visita y que nos conduce hacia el cuarto de estar y hacia las magníficas escaleras que, si se nos permitiera el paso, nos llevarían al segundo piso. El hall sur es una estancia pequeñita, sin «nada especial» si la comparamos con la galería oeste o el comedor, pero a mí me cautivó porque en ella están dos de los tres Vermeer de la colección Lección de música interrumpida y Militar y muchacha riendo. Mientras que el tercero, uno de los preferidos del señor Frick, Mujer joven con una sirvienta que entrega una carta que además fue el último que adquirió, se encuentra en la galería oeste. Pues bien, yo me quedo con el primero que he citado.

Militar y muchacha riendo

A finales de siglo XIX el pintor holandés por excelencia seguía siendo Rembrandt, pero poco a poco ha sido suplantado por Vermeer. En contraste con el esplendor y las emociones descontroladas que reflejaban las obras del primero, podemos decir que Vermeer trata de calmarnos y serenarnos, con obras llenas de orden y tranquila armonía. Me limito a decir que lo que me maravilló nada más ver este cuadro es que es una de esas pinturas fáciles de reconocer pues presenta muchos componentes típicos de las obras de su autor: un hombre y una mujer compartiendo un rato de intimidad, un interior que destaca por el juego de luces y sombras o el mapa de Holanda al fondo. En mi opinión, una pequeña joya que nos abre el apetito para lo que se viene a continuación.

La siguiente estancia que quiero destacar es, sin lugar a dudas, mi favorita; y me refiero cómo no, al cuarto de estar. En él se encuentra el que probablemente, sea uno de los retratos que más me gustan, el Sir Thomas More de Holbein el joven. Es una imagen que lleva acompañándome desde los libros de Historia de la E.S.O y cuesta tanto creer que el original esté ahí, en ese saloncito de Nueva York, que cada vez que vengo y lo veo me tiemblan las rodillas.

Cuando Holbein viajó a Londres por primera vez, había realizado ya su famoso retrato a Erasmo de Rotterdam, este lo envió a la capital británica con cartas de recomendación y logrando que contara con el favor del círculo de humanistas del que formaba parte Sir Thomas, quien en seguida se dio cuenta del increible talento que tenía el pintor y accedió a que lo retratara.

Llamándolo por su nombre españolizado, siempre he sentido una gran admiración por Tomás Moro: padre de familia, buen marido, excelente jurista, escritor, Lord Canciller, consejero del rey y un hombre de fe, coherente con sus principios. Tanto que, como todos sabemos, le costaron la cabeza y lo convirtieron en mártir. Siempre he dicho que si alguna vez ejerzo de abogada, me gustaría tener una copia del retrato de Tomás Moro presidiendo mi despacho, recordándome hasta dónde hay que llegar por defender lo que creemos justo y verdadero. Me parece que, incluso sin saber quién fue Tomás Moro, podemos apreciar que el hombre del retrato no es cualquiera, casi podríamos hasta aventurarnos a sugerir que tenía un gran carácter debido a ese porte elegante y seguro, y los ojos… ¡qué ojos! No sabría decir si eran negros o de un azul muy oscuro porque se confundían con los brillos que se reflejaban sobre el propio cuadro. Y sin embargo le asoma esa barbilla descuidada, como si ese día no hubiese podido afeitarse; y además tenemos esas mangas de terciopelo rojo, que me producían unas ganas tremendas de estirar la mano y tratar de acariciarlas cuando el vigilante de la sala no estaba mirando. Por último, destacaría esa gran cadena de oro, un símbolo de servicio al rey (podemos ver la rosa de la casa Tudor) compuesta por eses a modo de eslabones que son las siglas de «souvent me souvient» que significaría algo así como «piensa en mí a menudo».

Sir thomas more

Si antes he dicho que los dos cuadros de Vermeer estaban en la misma estancia a la par, no era casualidad, a Henry Frick le encantaba reunir parejas de retratos. Y así, a unos metros de distancia de Sir Thomas More, nos encontramos con otro cuadro de Holbein el joven, el Retrato de Thomas Cromwell. Este cuadro no me llamó especialmente la atención per se, pues tiene tonos más fríos que el anterior, típicos del segundo periodo inglés del artista, pero sí me gustó la historia que hay detrás. Resulta que Thomas Cromwell fue contemporáneo de Sir Thomas More, pero a diferencia de este, provenía de la clase trabajadora aunque acabó ocupando puestos administrativos importantes en la corte de Enrique VIII, llegando a ser guardián de las joyas de la casa real. No simpatizó nunca con More y al contrario que este, firmó el Acta de Supremacía que convertía al rey en cabeza de la Iglesia Anglicana. Sin embargo de poco le sirvió pues cinco años después de la decapitación de More, perdió el favor real y corrió la misma suerte que su tocayo. Qué caprichoso es el tiempo que ha puesto a estos dos hombres en la misma sala, uno a cada lado de la chimenea, como mirándose el uno al otro, esperando que ahora por fin, dejen a un lado sus diferencias y aprendan a apreciarse.

thomas cromwell

Si giramos sobre nuestros talones, veremos otra pareja de cuadros que también es digna de admirar. Esta vez son dos obras de Tiziano, correspondientes a los primeros y a los últimos años de la vida del artista, respectivamente. Una vez más, el señor Frick ha vuelto a «jugar» con sus pinturas y nos permite saborear las diferencias entre el seductor y anónimo joven del cuadro de la izquierda Retrato de hombre con sombrero rojo y el famoso y poderoso anciano de la derecha Pietro Aretino, reflejando tal vez, la competición entre generaciones. El joven es muy atractivo, con un fuerte cuello, rostro refinado, ojos espirituales y una boca llena de sensibilidad, alguien de quien uno (yo la primera, por si no ha quedado claro) se enamora. Incluso la mano apoyada levemente sobre la espada nos indica que estamos ante un hombre de gran sensibilidad, tal vez un poeta o un artista. Tiziano acentúa la riqueza y elegancia de su vestido, la suavidad de la piel o el destello plateado del puño de la espada en contraste con el brillo de la seda dorada.

retrato de hombre con sombrero rojo

Y es que hablando de contrastes, no podría haber uno mayor con este joven de ojos soñadores que el retrato de Pietro Aretino. Aretino fue un extraordinario personaje autor de vidas de santos, de innumerables cartas y de versos lascivos, chantajista literario y armado caballero por los papas. Entre sus amigos y mecenas se contaban muchas de las más prominentes figuras de la época, como el propio Tiziano, que hizo al menos tres retratos de él. De todas las cualidades que el pintor italiano reproduce aquí, la más patente es el sentido del poder y la fuerza bruta que predomina en este hombre grande y corpulento, seguro de sí mismo y muy rico, envuelto en tejidos y pieles. Imaginen el peso que debía de tener esa gran cadena de oro, una de las muchas que recibiría de sus mecenas. La delicada armonía de los tonos oro, óxido y marrón, crea uno de los grandes esquemas de color de todos los tiempos, típico de la escuela veneciana y esos brillos que recorren la manga de raso casi como si fueran oro líquido son, seguramente, una de las mejores muestras del genio de Tiziano.

 pietro aretino

A pesar de que alguno pueda pensar que después del cuarto de estar ya no habrá nada mejor, se equivoca. Si echan un vistazo a sus relojes, se darán cuenta de que ha pasado casi una hora desde que entramos al museo, y que ya va siendo hora de adentrarnos en la maravillosa biblioteca. En esta estancia de la casa, queda patente que a Henry Frick le gustaba coleccionar cuadros de damas hermosas y aunque los había mayores y más llamativos, a mí me cautivó esta preciosa chica pelirroja Lady Hamilton de George Romney. Lo admito, tengo una fijación por las pelirrojas, no puedo evitarlo, y este cuadro no es para menos. Vivimos en una época en la que se dice que «no hay Emma fea» (Watson, Stone, Roberts) pues bien, quizá esta fuese la madre de todas las Emmas, el origen del legado. Hart era su apellido de soltera, hija de un herrero, sin apenas educación, pero con una belleza extraordinaria, que le sirvió para ser la prometida de Charles Greville quien mandó hacer este retrato cuando ella tenía solamente 17 años. Sin embargo más tarde, Greville le presentaría a su tío, Lord Hamilton (embajador británico en Nápoles), y se la cedería como prometida para sorpresa de la joven. El anciano estaba encantado con su belleza y le proporcionó educación literaria, musical y de protocolo social; poco después se casó con ella y se la llevó a Nápoles. Lady Hamilton, consciente de sus encantos y de la diferencia de edad con su marido, mantuvo un notorio affair con Lord Nelson que duró muchos años, hasta que este murió en la batalla de Trafalgar. Lord Hamilton no dejó de idolatrarla nunca, llegando a decir que «ella es mejor que cualquier cosa creada por la naturaleza, a su modo es más admirable que cualquier objeto de arte clásico». A pesar de que Lady Hamilton heredara tanto de su marido como de su amante, sus extravagancias le costaron su fortuna y murió pobre. Lo que me gusta de este cuadro es que está desprovisto de todo eso, aquí Lady Hamilton aún no existía y vemos solamente a Emma, una bellísima y encantadora adolescente que se ha detenido a mirarnos en medio de su  paseo; como si uno de vosotros (¿quién será el afortunado?) le hubiera llamado la atención.

lady hamilton

Aunque nada me gustaría más que llevaros hasta la galería del pórtico, que cuenta con unas preciosas cristaleras con vistas al jardín y que albergaba una exposición temporal sobre esculturas de terracota de Houdon y Clodion, necesito hacer selección, y por ello creo que es mejor que me sigáis hasta la sala que el señor Frick mando diseñar exclusivamente para sus mejores y más grandes obras. La sala a la que venía en mitad de la noche enfundado en su batín a sentarse en una butaca y contemplar su colección. Damas y caballeros: el ala oeste de la mansión Frick (que además comunica con un cuarto oval, pero esa similitud con la Casa Blanca la dejamos para otra ocasión).

De esta estancia quisiera resaltar otra pareja de cuadros, obra del inglés Joseph Malloph William Turner, artista muy en vogue últimamente debido a película de su vida que se estrenó estas pasadas navidades (una delicia de colores y paisajes, según me han dicho). Las obras son sendos puertos marítimos El puerto de Dieppe y El atardecer en el puerto de Colonia. Ambos formaban parte de un trío de cuadros que Turner realizó calificándolos como puertos continentales del norte; el tercero, un puerto holandés, se expone en el centro de arte británico de Yale. Lo más sorprendente de ellos es que los hizo a partir de bocetos que había realizado en sus primeros años.

Aunque las mejores obras de este artista se encuentran en su Inglaterra natal, estas dos escenas bastan para dejarla a una boquiabierta. Debido a que a estas alturas nos estaremos acercando a la segunda hora de la visita, es normal que nos empiecen a fallar las piernas; por ello es una suerte contar con un banco justo a los pies de cada uno de estos dos cuadros, que son de dimensiones generosas, y podemos aprovechar para sentarnos a admirarlos mejor.

Dieppe es un puerto francés que era clave para las mercancías que iban y venían de Inglaterra, mientras que Colonia contaba con una larga historia de navegación a lo largo del Rhin, sin embargo, Turner no eligió estos puertos para documentar la historia de la navegación sino por la luz, elemento central en todos sus cuadros. En Dieppe vemos cómo está amaneciendo y el sol se refleja en el agua, en Colonia no obstante, el sol ya se ha retirado pero todavía envía rayos que se pierden en el infinito. Lo precioso de las obras de Turner, es que maneja tan bien la luz que consigue que en medio de ese resplandor de colores no se nos cierren los ojos ante tanta claridad ni tanta brillantez, no tenemos que hacernos visera con las manos, podemos disfrutar del reflejo y la luz del sol sin que este nos ciegue.

Puerto de Dieppe

puerto de colonia

Por último pero no por ello menos importante, el último cuadro de esta minúscula selección que he hecho es El descenso del cuerpo de Cristo de Gerard David, un artista flamenco de principios de siglo XVI que nos muestra una de las primeras pinturas al óleo procedentes del norte de Europa. El sustituir el temple, que usaba agua como líquido base, por óleo, permitió a David conseguir pintar un sutil abanico de colores brillantes y matizados. La verdad es que siempre se me va el ojo hacia los cuadros flamencos en cualquier exposición que visite. Mi pintura favorita es de hecho la del matrimonio Arnolfini cuyos tonos se me vinieron a la cabeza al contemplar esta escena plagada de figuras dolientes pero llenas de dignidad. Vemos a María Magdalena sujetando los clavos de la crucifixión, a Nicodemo sosteniendo las piernas de Cristo mientras José de Arimatea baja el resto del cuerpo de Jesús de la cruz; y abajo, un joven San Juan consuela a la virgen María bajo la atenta mirada de las santas mujeres. En primer plano hay una calavera rota y unos huesos esparcidos que añaden un tinte dramático a la austera composición que sin embargo es de una belleza inquietante. Arriba se puede observar cómo el cielo está empezando a cubrirse con la oscuridad que se cernió sobre el mundo tras la muerte de Jesucristo. Pero sin lugar a dudas, lo que más me gusta es que pese a todo el realismo con que el artista reproduce la escena tradicional, no puede resistirse a introducir una referencia a su propio mundo: un pequeño molino de viento arriba a la derecha, directamente traído de su Holanda natal.

El descendimiento

Bueno, pues finalmente, hemos llegado al atrio interior que mencioné al principio, si les parece, podemos sacarnos una foto ahí todos juntos, con la fuente de fondo y después estaría bien ir a comer algo, a mí el arte me abre el apetito. Hacen unos eggs Benedict maravillosos en la Boathouse de Central Park, invito yo.

image1

Mientras vamos yendo, me gustaría que me dijeran qué les ha parecido la visita. Sé que hay cientos de detalles que se podrían haber mencionado de las obras anteriores, y que probablemente muchos de ustedes habrían elegido otras, pero también considero que en la diversidad está la auténtica belleza. Si solamente nos pudiesen gustar tres cuadros que fuesen los objetivamente hermosos, no tendría sentido detenerse a contemplar el resto, y sin embargo lo increíble es que a cada uno la pintura le evoca cosas distintas. Yo puedo quedarme minutos enteros embelesada ante aquel retrato de Sir Thomas More, mientras que muchas personas apenas le dedicarán una rápida ojeada y pasarán de largo.

En fin, si se han quedado con curiosidad, no dejen de visitar la pagina oficial de la Frick Collection, allí hay un tour virtual por todas las estancias de la mansión en las que pueden detenerse con cada obra tanto rato como deseen. Para los más afortunados que tengan pensado visitar Nueva York, sepan que los domingos la entrada es gratuita de 11am a 1pm.

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