Scotland the brave

Cuando el cocinero entra en la sala portando el haggis, todos los comensales se ponen de pie al son de A man’s a man for aw that. La obra, escrita por el poeta escocés, Robert Burns, es interpretada por una gaita y concluye cuando el anfitrión recibe el manjar. Es éste el encargado de cortar y servir mientras recita el llamado Discurso al Haggis, en cuyo interior hallamos pulmón, hígado, corazón y hierbas aromáticas. La noche avanza y las corbatas empiezan a aflojarse a medida que la botella de whisky se vacía. Es el punto álgido de un Burns Supper que no podría concluir sin el particular debate sobre el estado de la nación que se celebra cada 25 de enero en los hogares escoceses.

Casi seis meses después del referéndum, es obvio que todas las tertulias iban a girar en torno al día más importante de la historia reciente del país. Los que votaron no argumentarían por lo general que Westminster ha concedido poderes a Escocia y que el país ha adquirido una estabilidad envidiable; los que dieron el visto bueno a la independencia, en cambio, alegarían que las promesas del primer ministro, David Cameron, fueron a parar al fondo del cajón tras la victoria de los unionistas.

Luego están los indecisos, aquellos que decidieron su voto en el mismo colegio electoral y que, finalmente, se decantaron por no salir del Reino Unido. Gran parte de ellos se opuso a la independencia porque desde el bando unionista prometieron un aumento de las competencias del Parlamento escocés mediante el llamado Vow, algo que, medio año después, sigue sin ocurrir. El enfado de aquellos que titubearon hasta el último momento se ha visto reflejado en las encuestas, pues de celebrarse hoy un nuevo referéndum, los independentistas se llevarían la victoria. Aun así, con las elecciones generales a la vuelta de la esquina, se prevé un triunfo absoluto del SNP ­—siglas del Partido Nacionalista Escocés, en inglés— ante el descalabro de unos laboristas que, si bien tienen políticas sociales y económicas similares, fueron uno de los máximos exponentes de la campaña del Better Together.

Las encuestas daban también ventaja a los independentistas hasta dos días antes de las votaciones. Sin embargo, el unionismo terminó venciendo pese a que ciudades como Glasgow o Dundee dieran el visto bueno a la salida de la unión. Con la participación de un 84% de los escoceses con derecho a voto, la alegría y la decepción de unos y otros se vio eclipsada por el orgullo de todo el país. Se había dado una lección de democracia a todo el mundo y Escocia volvía a tener voz en la Cámara de los Comunes.

Alex Salmond.
Alex Salmond, ex-presidente de Escocia.
Sturgeon toma el relevo

Unas horas después de la derrota, el primer ministro de Escocia, Alex Salmond, anunció su dimisión en un discurso triunfalista y sin rastro de pesimismo. El líder histórico del SNP abandonaba el gobierno para seguir luchando por la independencia escocesa en Westminster, una decisión que si bien fue aplaudida por unos pocos, para la gran mayoría iba a suponer dejar huérfano al partido.

La número dos de Salmond, Nicola Sturgeon, fue la encargada de tomar el timón tanto de la formación independentista como del Gobierno de Escocia. La oposición no vio y sigue sin verla capacitada, pero la popularidad de la ministra principal de Escocia ha ido en aumento desde el primer día y cuenta con el apoyo unánime del SNP al no ceder ante la presión de Westminster. Además, ha sabido canalizar las promesas incumplidas de Cameron y convertirlas en un aliciente que ha llegado a otorgar la mayoría absoluta a la formación independentista en las últimas encuestas. De hecho, el 45% de los escoceses tendría intención de votar al Partido Nacionalista Escocés si las elecciones se celebraran hoy, mientras que los laboristas mantendrían el 29% que ya lograron en los comicios de 2011. Jim Murphy, líder del Partido Laborista Escocés, ha advertido de las consecuencias que tendría el fracaso de su partido al decir que la pérdida de fuerza de Labour en Escocia supondría un nuevo gobierno de los conservadores en todo el Reino Unido.

El SNP ya ha anunciado que no pactará con David Cameron bajo ningún concepto, pero que estarán dispuestos a apoyar a una minoría laborista si estos trasladan importantes competencias a Edimburgo. Algunas como la gestión del medio ambiente, servicios sociales y educación ya fueron concedidas al Parlamento de Escocia en el pasado, pero la Cámara de los Comunes sigue siendo la encargada de decidir en materias como la seguridad social, inmigración o comercio e industria.

Ante el auge del Yes en las semanas previas al referéndum, el Partido Laborista, Partido Conservador y Liberal Demócratas accedieron a negociar las competencias que actualmente recaen en el Parlamento escocés. El llamado devolution max, que se convirtió en la principal baza de los unionistas, consiste en dotar al país de una autonomía fiscal absoluta y la capacidad de decidir sobre gran parte de las materias salvo defensa y asuntos exteriores. Aun así, la única concesión de Westminster desde el referéndum ha sido la de poder gestionar sus propias señales de tráfico, algo que ha sido interpretado como una provocación más que un avance.

¿Qué competencias serán trasladadas?

Laboristas, Conservadores y Demócratas Liberales dejaron los deberes hasta el último momento. La campaña del Yes Scotland había socavado a Better Together y no hacía más que crecer a medida que se acercaba la fecha. El 16 de septiembre, dos días antes del referéndum, YouGov daba una ventaja del 2% a los independentistas, por lo que los pesos pesados de Westminster, Gordon Brown incluido, se desplazaron a Escocia para hacer que la opinión pública reflexionara.

El Vow, firmado por el líder de los laboristas, Ed Miliband; el viceprimer ministro, Nick Clegg y David Cameron, estaba compuesto por una serie de concesiones que Wetminster trasladaría a Escocia si estos permanecían en el Reino Unido. Sin llegar a cumplir el Devo Max, ofrecía más autonomía que nunca y, según Cameron, convertiría al país en algo similar a un Estado Federal. Aun así, el ex primer ministro, Gordon Brown, tachó dichas concesiones de insuficientes y aseguró que se obtendrían los beneficios que ofrecía la independencia pero respaldadas por la garantía que supone pertenecer al Reino Unido. Además, insistió en la campaña del miedo al decir que la independencia era irreversible y traería consigo dosis de riesgo y peligro incalculables.

El discurso de Brown terminaría calando en los escoceses y daría un vuelco a las encuestas que, una vez más, postulaban a los unionistas como claros favoritos. Y así fue. A las seis de la mañana del 18 de septiembre y con el escrutinio finalizado, el sueño soberanista de Salmond tocaba techo ante la alegría de todos aquellos que no imaginaban al Reino Unido sin Escocia. La Reina Isabel felicitaba poco después a los escoceses por la cordura y el sosiego a la hora de votar. Cameron, por su parte, se puso manos a la obra y creó la Smith Comission, formada por representantes de los principales partidos en la que se debatiría qué poderes deben recaer en el Parlamento escocés y cuáles deben permanecer en Westminster.

Una de las múltiples imágenes que trasladan el claro mensaje de los Conservadores.
Una de las múltiples imágenes que trasladan el claro mensaje de los Conservadores.
SNP, el tercero en discordia

Escocia jugará un papel crucial en los comicios del 7 de mayo, pues si bien han sido históricamente un bastión laborista, todo indica a que será el SNP la fuerza más votada. Los motivos se centran en la falta de compromiso de Ed Miliband y la excesiva calma que tanto el líder de Labour como el resto de los partidos unionistas están mostrando hacia la cuestión escocesa. Saben que no pueden olvidarse de las promesas que hicieron en campaña ya que reavivaría un descontento que acabaría con todas sus opciones en un futuro referéndum. Asimismo, parece que tendrán la potestad de elegir al nuevo inquilino de Downing Street ya que ninguno de los partidos principales obtendría a día de hoy una mayoría absoluta.

Nicola Sturgeon afirmó en rueda de prensa que aunque un pacto con los Conservadores resultaría utópico, apoyaría a una minoría Laborista si estos siguen adelante con el Vow. Cameron coincidió con la líder del SNP y sostuvo que «votar a Miliband es votar a Salmond». Por su parte, Miliband advierte a los británicos al decir que cuantos menos votos tenga el Partido Laborista en detrimento de la formación independentista, más se exponen a «otra legislatura de austeridad» a cargo de los Conservadores.

A la pregunta de por qué los escoceses deben votar al SNP, Salmond se limitó a guiñar un ojo y sonreír. Como si un simple gesto valiera más que todas las palabras. Como si el nerviosismo y la inquietud que se respira en Wetminster no fuera con él.

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