Clichés en secreto

Kingsman: secret service
Fotograma de Kingsman.

Todos hacemos a veces cosas que odiamos. Yo vengo de hacerlo –ir al cine justo después del estreno de la película-, y voy a reincidir ahora mismo; comenzando un escrito citando a alguien. Decía Jabois, en una entrevista de no hace mucho, que «La gente que te busca los defectos […] es mucho más leal que los admiradores. Si te quieren joder todos los días, te tienen que leer siempre.» Y es que no ser criticado sólo puede significar tres cosas: o lo haces siempre bien, o nadie te lee, o no tienes lectores habituales. Descartando por falta de vanidad lo primero, y por falta de humildad lo segundo, creo que me encuentro aporreando teclas en el tercer grupo. Quizás por eso pueda permitirme el lujo de mandar a la redacción dos textos casi seguidos sobre el mismo tema. Si estoy en lo cierto, bien por vosotros que no os saturáis. Si estoy equivocado, bien por mí y mis hasta ahora desconocidos lectores habituales. Mi santa madre no cuenta.

La parodia actual, en comunión con la más clásica parodia griega, es una corriente resurgente que mezcla antípodas como la admiración y la crítica feroz, si sabe utilizarse de la manera adecuada, como hace Matthew Vaughn en Kingsman con los agentes secretos, y como no ha conseguido hacer Scary Movie en no sé cuántas insoportables entregas con el cine de terror. Aquí se pueden separar como agua y aceite las dos piezas que ofrece la sátira, siendo una película de agentes secretos al mismo tiempo que una crítica a las películas tradicionales de agentes secretos.

Colin Firth, encarnando a Harry Hart (y Galahad) en Kingsman.
Colin Firth, encarnando a Harry Hart (y Galahad) en Kingsman. (Foto: 4eye.com.uk)

La duración y el ritmo, la elegancia en la vestimenta y los variopintos artilugios de combate son inconfundibles: Bond, James Bond, por supuesto. Anillos con descargas eléctricas y granadas de mano en mecheros. La Sección Q estará muy orgulloso de los chicos Kingsman. Semejanzas con las escenas de persecución de la saga Bourne, con violencia cuerpo a cuerpo que intercala primeros planos bruscos y veloces con slow-motion que hace las delicias de quienes han leído los cómics en los que se basa la película. El resultado es muy parecido al de los golpes y movimientos narrados a través de una viñeta. Se cuida la figura del caballero y los modales que debe guardar, apoyándose incluso en referencias culturales que citan a Hemingway. «Hombres del rey» sería su traducción cuasi literal, de ahí que los apodos de todos los miembros del servicio secreto sean nombres de caballeros de la mesa redonda del Rey Arturo: Lancelot, Galahad… y hasta un ayudante técnico cuyo nombre en clave es Merlín. Tres referencias más a otra saga histórica como es Star Wars, que no es de agentes secretos, pero aquí queda: el nombre de uno de los proyectos de la agencia, llamado Guerra de las Galaxias, las huidas a través de túneles laberínticos perseguidos por soldados vestidos de blanco que bien recordaban a los Stormtroopers, y la aparición de Mark Hamill (Luke Skywalker).

Enfrente, la caricatura de un villano interpretado por Samuel L. Jackson, que en vez de una tara física como muchos enemigos del señor Bond, aparece en escena con un hilarante ceceo. Capaz de destruir la humanidad pero intolerante a ver una gota de sangre, el personaje es el calco invertido de un villano tradicional; hasta tal punto que es capaz de ofrecer de cena hamburguesas de McDonald’s en bandejas de plata. Todo rodeado de secuaces con extensiones de metal y planes malvados muy frescos y actuales: el control de la tecnología sobre la sociedad y el poder que las compañías de comunicación tienen sobre sus usuarios. Giros del guión impredecibles con menciones literales del tipo «este es otro tipo de película», crítica a las tramas obvias donde el chico salva al mundo, mata al malo con alguna frase épica, salva a la chica, y acaba con ella, enlazados en una escena de amor. Dosis de humor ridículo que recuerdan a Austin Powers, combinada con muchísima violencia, humor negro y escenas sangrientas que podría firmar el propio Tarantino: un plano secuencia que se salda con 40 muertos en 3 minutos y 12 segundos utilizando 6 armas distintas. Si pestañeas te lo pierdes.

Yo, fan y defensor número uno de la saga Bond, que iba camino al cine con miedo a ver de cuántas maneras distintas le iban a faltar al respeto al británico con bromas de adolescentes, me encuentro claudicando a una obra con buen ritmo que no aburre en ningún momento, entretenida, con humor y violencia para adultos. Les puedo perdonar incluso que rechazaran a  para uno de los papeles protagonistas.

Como el chiste de un amigo que se ríe de tus gustos favoritos, y que te acaba sacando una sonrisa porque sabes que en el fondo, tiene razón.

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