La vieja y la nueva política

Hace unos días me pasaron una cita muy interesante de José Ortega y Gasset sobre Joaquín Costa y la construcción nacional española, y quise comprobar si era cierta y en qué contexto se dijo, ya que no me gusta citar nada sin tener la certeza de no equivocarme —lo paso fatal con los errores y prefiero no pillarme los dedos con ellos—. Lo que hice fue dirigirme al primer volumen que tengo por casa de sus obras completas, pero al buscar en el índice el artículo sobre Costa, vi un título que me fascino: Vieja y nueva política. Me llamó la atención porque esto de la Nueva política es un término que hoy en día está muy de moda gracias a los nuevos partidos que han florecido estos últimos años. Todos sabemos a qué me refiero: la Nueva política del populismo patrio frente a la Vieja política de la Casta y el Sistema. El texto trata sobre una conferencia que pronunció un joven Ortega el 23 de marzo de 1914 en el Teatro La Comedia de Madrid. Es una conferencia que ocupa unas cuarentas páginas que se leen muy fácilmente y que dan para mucho. En esta conferencia presentó una asociación llamada Liga de Educación Política Española (LEPE) que se dedicaría en cuerpo y alma a derribar el régimen de la Restauración. El lema de la asociación era: «Liberalismo y nacionalización». Y consistía en una mezcla avant la lettre de los Círculos podemitas pero formados por gente de orden. Y no lo digo por decir, juzguen ustedes mismos:

«Vamos a inundar con nuestra curiosidad y nuestro entusiasmo los últimos rincones de España: vamos a ver España y a sembrarla de amor y de indignación. Vamos a recorrer los campos en apostólica algarada, a vivir en las aldeas, a escuchar las quejas desesperadas allí donde manan; vamos a ser primero amigos de quienes luego vamos a ser conductores. Vamos a crear entre ellos fuertes lazos de socialidad —cooperativas, círculos de mutua educación; centros de observación y de protesta. (…) Vamos a tender una red de nudos de esfuerzo por todos los ámbitos españoles, red que a la vez será órgano de propaganda y órgano de estudio del hecho nacional; red, en fin, que forme un sistema nervioso por el que corran vitales oleadas de sensibilidad y automáticas, poderosas corrientes de protesta.»

Ortega en esta conferencia dio una certera y durísima radiografía del sistema político y social de la época. Una radiografía que muestra que este país un siglo después continúa teniendo la misma estructura ósea y, por tanto, también los mismos problemas derivados de ella. La degeneración de todas las instituciones, el pasteleo entre ellas, el anquilosamiento y pudrimiento generalizado de todo lo relacionado con el Estado. Las palabras son absolutamente actuales:

 «Con todos sus terribles defectos, señores, habían, hasta no hace mucho, los partidos políticos, los partidos parlamentarios, subsistido como inmersos en la fluencia general de la vida española; nunca había faltado por completo una actividad de osmosis y endósmosis entre la España parlamentaria y la España no parlamentaria, entre los organismos siempre un poco artificiales de los partidos y el organismo espontáneo, difuso, envolvente, de la nación. Merced a esto pudieron ir renovando, evolutivamente, de una manera normal y continua, sus elementos conforme los perdían. Cuando la muerte barría de un partido los miembros más antiguos, los huecos se llenaban automáticamente por hombres un poco más jóvenes, que, incorporando al tesoro ideal de principios del partido algo de esa su poca novedad, dotaban al programa, y lo que es más importante, a la fisonomía moral del grupo, de poderes atractivos sobre las nuevas generaciones. Pero desde hace algún tiempo esa función de pequeñas renovaciones continuas en el espíritu, en lo intelectual y moral de los partidos, ha venido a faltar, y privados de esa actividad —que es la mínima operación orgánica—, esa actividad de osmosis y endósmosis con el ambiente, los partidos se han ido anquilosando, petrificando, y, consecuentemente, han ido perdiendo toda intimidad con la nación. (…) Lo que sí afirmo es que todos esos organismos de nuestra sociedad —que van del Parlamento al periódico y de la escuela rural a la Universidad—, todo eso que, aunándolo en un nombre, llamaremos la España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie los elefantes. Esto es lo grave, lo gravísimo.»

Joaquín Costa. (Foto: rtve.es)
Joaquín Costa. (Foto: rtve.es)

Vemos el distanciamento entre la España oficial —lo que hoy llamaríamos Casta— y la ciudadanía. La España oficial convertida en una burbuja inpermeable a ningún estímulo exterior, endógamica y fosilizada. La coincidencia de este texto con la actual situación llega incluso al extremo de encontrarnos a un Pablo Iglesias en él —según Ortega, el único político con un nuevo lenguaje—. Éste Pablo Iglesias I era el fundador del PSOE, no como el otro, que presumiblemente será el sepulturero:

«…entonces sobreviene lo que hoy en nuestra nación presenciamos: dos Españas que viven juntas y que son perfectamente extrañas: una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia. (…) …salvo Pablo Iglesias y algunos otros elementos, componen esas Cortes partidos que por sus títulos, por sus maneras, por sus hombres, por sus principios y por sus procedimientos podrían considerarse como continuación de cualesquiera de las Cortes de 1875 acá. Y esos partidos tienen a su clientela en los altos puestos administrativos, gubernativos, seudotécnicos, inundando los Consejos de Administración de todas las grandes Compañías, usufructuando todo lo que en España hay de instrumento de Estado. Todavía más; esos partidos encuentran en la mejor Prensa los más amplios y más fieles resonadores. ¿Qué les falta? Todo lo que en, España hay de propiamente público, de estructura social, está en sus manos, y, sin embargo, ¿qué ocurre? ¿Ocurre que estas Cortes que ahora comienzan no van a poder legislar sobre ningún tema de algún momento, no van a poder preparar porvenir? No ya eso. Ocurre, sencillamente, que no pueden vivir porque para un organismo de esta naturaleza vivir al día, en continuo susto, sin poder tomar una trayectoria un poco amplia, equivale a no poder vivir. De suerte que no necesitan esos partidos viejos que vengan nuevos enemigos a romperles, sino que ellos mismos, abandonados a sí mismos, aun dentro de su vida convencional, no tienen los elementos necesarios para poder ir tirando. ¿Veis cómo es una España que por sí misma se derrumba? Lo mismo podría decirse de todas las demás estructuras sociales que conviven con esos partidos: de los periódicos, de las Academias, de los Ministerios, de las Universidades, etc., etc. No hay ninguno de ellos hoy en España que sea respetado, y exceptuando el Ejército no hay ninguno que sea temido. La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación.»

Para Ortega era inprescindible derrocar el sistema la Restauración para salvar la nación. Un sistema biparatidista creado por Cánovas del Castillo, un sistema controlado, una componenda, una ilusión de sistema democrático atado para que nada pudiera cambiar y afectar a ciertos intereses. Pero todo había degenerado tanto que veía inevitable su próximo fin:

«La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría. (…) Y para que sea imposible hasta el intento de atacarlos, el partido conservador, y Cánovas haciendo de buen Dios, construye, fabrica un partido liberal domesticado, una especie de buen diablo o de pobre diablo, con que se complete este cuadro paradisíaco. Y todo intento de eficaz liberalismo es aplastado, es agostado. Recordad si no la izquierda dinástica, que se parece tanto a ciertas evoluciones de nuestros días. (…) …fue Cánovas, señores, un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible. (…) Pero, además de esto, fue la Restauración, como hemos visto, la corrupción organizada, y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción. Por fin, yo casi estoy por decir que, como más característico que todo esto, como más pernicioso, como raíz y origen de todo lo dicho, el fomento de la incompetencia. (…) …esa conducta de fantasmas que llevan los organismos de la España oficial frente a la nueva, debían recibir una sencilla denominación histórica; eso tiene un nombre, hay que ponérselo: es que asistimos al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos y hasta de su vocabulario; en estos años, en estos meses concluye la Restauración la liquidación de su ajuar; y si se obstina en no morir definitivamente, yo os diría a vosotros —de quienes tengo derecho a suponer exigencias de reflexión y conciencia elevadamente culta—, yo os diría que nuestra bandera tendría que ser ésta: ‘la muerte de la Restauración’. Hay que matar bien a los muertos. (…) Toda una España —con sus gobernantes y sus gobernados—, con sus abusos y con sus usos, está acabando de morir.»

En 1914 la Restauración estaba moribunda, pero todavía tardó quince años en expirar en unas simples elecciones municipales; donde gracias a la confluencia de republicanos de derechas, izquierdistas varios y los chicos de Pablo Iglesias I se logró cambiar el Sistema. La Restauración cayó tal como Ortega había previsto, pero su proyecto de Nueva política de tendencia liberal fracasó. Fue otra forma de Nueva política la que se impuso, y ya sabemos cómo acabó todo. La historia nunca se repite, la historia sólo rima. Y por eso les puedo asegurar que este principio de siglo no va a terminar como el principio de siglo pasado, pero aún así debemos fijarnos en las coincidencias y estar atentos y prevenidos a las posibles rimas que nos puedan llegar a través de los ecos del pasado.

«…y allí, sin ruido, lentamente, ocultamente, se viene preparando un momento fieramente justiciero. Es natural. Tardará más o menos en venir; pero el más humilde de vosotros tiene derecho a levantarse delante de esos hombres que quieren perpetuar la Restauración y que asumen su responsabilidad, y decirles: «No me habéis dado maestros, ni libros, ni ideales, ni holgura económica, ni amplitud saludable humana; soy vuestro acreedor, yo os exijo que me deis cuenta de todo lo que en mí hubiera sido posible de seriedad, de nobleza, de unidad nacional, de vida armoniosa, y no se ha realizado, quedando sepulto en mí antes de nacer; que ha fracasado porque no me disteis lo que tiene derecho a recibir todo ser que nace en latitudes europeas».»

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6 Comments

  1. Las largas citas de Ortega, interesantes, como lo es siempre ese autor. Por el contrario, los cortos comentarios de Biel Figueras me parecen “light”, o –por no ofender– notablemente mejorables. El artículo parece escrito para anunciar que posee las Obras Completas de Ortega. Vale, felicidades. Sobre la repetición de la Historia, y de los hechos en general, más le hubiera valido recurrir a Eliade o a Nietzsche, autores de quienes, no nos cabe duda, también posee unas Obras Completas.

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    1. Muchas gracias por leerme siempre con tanta intensidad y sentimiento, aunque debería hacerlo con más atención. Mi intención no es demostrar si la historia se repite o no —que no, en verdad no lo hace—, por eso no acudo a Eliade (del cual sólo he leído sus trabajos sobre el Grial). Y las citas a Ortega son largas porque son lo importante, es importante e interesante recuperar este texto para la actualidad, especialmente los pasajes que transcribo. Es un trabajo de recuperación. Y mis comentarios son breves y concisos porque los pasajes citados ya hablan suficientemente bien por sí solos, no necesitan grandes aclaraciones ni presentaciones.

      Continúe con salud, tenga muy buen día, y hasta el próximo artículo.

      PD: No es culpa mía tener ciertos libros o no. Y creo que es de buena educación mencionar dónde encuentro las cosas sobre las que hablo, por si alguien quiere ampliar lo expuesto lo tenga más fácil.

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      1. Pues, señor Figueras, me temo que tiene razón Pablo Martínez. No es bonito firmar como propio un artículo de Ortega al que sólo aporta unas acotaciones tipo “vuelve la burra al trigo”, o sea “Delenda est Hispania”. ¡Que nos vamos conociendo, amiguete!… Y cuando usted replica, aún se nota más que va justito: ¿Qué es eso de que “mi intención no es demostrar si la historia se repite o no –que no, en verdad no lo hace–“? ¿Qué sabrá usted? ¿Le enmienda la plana a Hegel? ¿Figueras contra Hegel? Jajajaja. ¿No conoce usted ni siquiera la famosa frase de Marx matizando a Hegel en “El 18 Brumario de Luis Napoleón”, donde habla de la Historia repitiéndose dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa? Escriba sobre fútbol, hombre, deje las ideas y la Historia para alguien más dotado…

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  2. Una valiosa aportación que muestra la pervivencia de antiguos problemas. Un matiz, tampoco creo que la historia se repita pero sí que debieramos aprender qué puede ocurrir cuando se legisla contra una buena parte de los legislados.

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