50 sombras de (Jane) Grey

La Ejecución de Lady Jane Gray, por Paul Delaroche (1833).
La Ejecución de Lady Jane Gray, por Paul Delaroche (1833). (Foto: wikipedia.org)

«La noche de mayo era cálida. Ella tan sólo tenía unos tiernos quince añitos. Pero aunque se había criado en un ambiente donde sensualidad y sexualidad rebosaban cada poro de la piel de quienes la rodeaban, y aunque su vida se había orientado a aprender a satisfacer y agradar a su futuro marido, la ingenua y delicada Jane temblaba al encaminarse por vez primera al lecho conyugal, donde esperaba entregarle su rosácea flor al gallardo Guilford.»

El párrafo previo es una basura, como la novelucha de marras cuyo título reciclo, pero al menos yo me atengo a hechos consumados. Y hablando de consumar, es poco factible que Jane y Guilford consumaran su matrimonio aquella noche, pues él sufrió una intoxicación alimentaria en el banquete nupcial. Que se cagó vivo, vaya. Aun así, seguro que folgarían días después: si algo nos han enseñado Geordie Shore y las noches de Magaluf es que arrimar cebolleta es el principal afán de la juventud británica.

Por desgracia, no vamos a disertar sobre folleteo ni literatura barata –la Highway no es la Nueva Vale–, sino sobre Jane Grey (o Juana I), la primera y más breve reina de la historia de Inglaterra. Nueve días de reinado, que se dice pronto. En mi caso, menos de un segundo.

Jane Grey nació en 1537, gobernando Enrique VIII (1509-1547), quien de hecho era su tío abuelo. Hija de los nobles Henry Grey y Frances Brandon, el pedigrí de Jane era envidiable: tataranieta de Eduardo IV, bisnieta de Enrique VII y sobrina segunda de los futuros monarcas Eduardo VI, María I e Isabel I, quienes eran, a su vez, hijos del citado Enrique VIII, plusmarquista mundial del divorcio. Y qué risas con Enrique VIII, cuánto cuñao con su «Enrique VIII lo peta por mandar a la mierda a los fachas y meapilas del Vaticano.» sin saber que ese mismo rey castigaba con la muerte la brujería y la sodomía.

En 1543, barruntando la que se podía liar tras su muerte, el pichabrava Enrique VIII dictó la Tercera Acta de Sucesión. El acta decretaba que la corona sería para Eduardo, su único varón legítimo, hijo de su tercera mujer, Jane Seymour; y si éste falleciera sin descendencia le heredarían sus hermanas María e Isabel, que bueno, vale, aunque fuesen consideradas ilegítimas seguían siendo hijas habidas de matrimonios previos. Al margen del acta quedaron otros cinco bastardos reales (como mínimo), pero no Jane Grey, cuarta en la línea sucesoria por el pedigrí del que hablábamos en el párrafo anterior.

Enrique VIII falleció en 1547. El recién proclamado Eduardo VI era un niño enfermizo y asaz piltrafilla, de ahí que asegurar su sucesión –y, por ende, la continuidad de la reforma anglicana– se convirtiera en razón de estado. Como en cualquier mercado de fichajes, abundaban los rumores sobre qué doncella de intachable virtud se convertiría en la consorte real. Sonaba Míchel.

Nuestra Jane Grey, por supuesto, había entrado en las quinielas para casarse con Eduardo VI. La chiquilla era un partidazo: de sangre real, protestante, con derecho al trono y un estrecho vínculo afectivo con el rey. Asimismo, Jane había vivido en la corte de uno de los miembros más influyentes del consejo de regencia, Thomas Seymour, quien además era tío del monarca (sí, hermano de la difunta Juana Seymour) y marido de Catalina Parr, la última esposa de Enrique VIII. Entre las aficiones de Thomas estaba flirtear con sus púberes invitadas, como Jane Grey o Isabel I, cuyo culo llegó a manosear y a la que incluso pidió matrimonio nada más fallecer Catalina Parr.

La inconsolable viudedad de Thomas Seymour sólo duró medio año. A comienzos de 1549 fue ejecutado al acusársele de alta traición por querer derrocar a su propio hermano, el Lord Protector Edward Seymour. Poco después también se ejecutaría a Edward, quien fue reemplazado por John Dudley, duque de Northumberland. Dudley, a diferencia del resto de regentes, entendió que la llave del poder no estaba en casar a Eduardo VI (total, iba a palmarla más pronto que tarde), sino en sucederlo. Y ello implicaba mearse en la Tercera Acta de Sucesión, esto es, que Eduardo VI rechazara a sus hermanas mayores. De este modo, el escalafón correría a favor de Jane Grey… y del mismísimo hijo de Dudley, el Guildford del principio. Sí, el de la cagalera.

Enrique VIII, Eduardo VI, Jane Grey, María I y Cate Blanchett
Enrique VIII, Eduardo VI, Jane Grey, María I y Cate Blanchett

A Dudley no le costó convencer a los padres de Jane, antaño rivales políticos, de la idoneidad del matrimonio: sendas partes deseaban ver a sus mocitos entronizados y la boda se celebró en mayo de 1553. En junio, un agonizante Eduardo VI contravino los deseos de su padre y estableció en su Devise for the succession que a María e Isabel podrían darles muchísimo por saco, por bastardas, y que nombraba heredera a Jane Grey. Detrás de esa decisión estaba, cómo no, la mano de Dudley.

Eduardo VI falleció el 6 de julio, pero la proclamación de Jane Grey no se produjo hasta el día 10. El desfase se debe a que Dudley ocultó la muerte del rey para ganar tiempo frente a los partidarios de María, que sería bastarda pero no gilipollas y ya había comenzado a reclutar tropas incluso antes de conocer la defunción de su hermanastro. Alertado, Dudley abandonó Londres el 14 de julio para salir a su encuentro.

En Londres, mientras tanto, las cosas sólo podrían ir peor si de fondo sonase Leonardo Dantés. Si bien había sido muy reticente a aceptar el trono, una vez en él Jane Grey (ya Juana I) se negó a concederle el título de rey a su Guilford y éste, despechado, abandonó el lecho nupcial. A la crisis marital se añadió la política cuando el Consejo Privado, que primeramente había jurado lealtad a la joven reina, aprovechó la ausencia de Dudley para retirarle el apoyo a Jane Grey y dárselo a María en previsión de lo que se les venía encima.

Jane Grey fue destronada el 19 de julio y encerrada en la Torre de Londres junto a su marido; Dudley también fue apresado en su campamento. El 20 de julio, el Consejo Privado coronaba como reina de Inglaterra a María I, quien hasta agosto no entraría en Londres en medio del fervor popular. Ese mismo mes se ejecutó a Dudley, acusado de traición; por el mismo motivo se juzgó a Jane Grey y Guilford en noviembre, condenándolos a muerte.

La sentencia tardó en cumplirse. María I quiso congraciarse con Jane Grey (de hecho, incorporó a su madre a su corte) y pacificar los ánimos, pero su polémica decisión de casarse con el megacatólico futuro Felipe II desató a inicios de 1554 las iras de los protestantes en la llamada Rebelión de Thomas Wyatt, uno de cuyos líderes era el padre de Jane Grey. La pobre Jane, que no estaba involucrada en la revuelta, sirvió como chivo expiatorio y fue decapitada el 12 de febrero de ese año junto a Guilford.

Memorial de los ejecutados en la Torre de Londres
The Scaffold Site Memorial, un recuerdo a ejecutados en la Torre de Londres.

Después de su única y desastrosa experiencia en el BDSM, Jane y Guilford fueron enterrados en la iglesia de San Pedro ad Vincula, en la Torre de Londres. Todavía continúan ahí, ignorados por los turistas. Y casi que mejor: se ahorraron sufrir 50 sombras de Grey. Y este artículo. Y los paloselfis.

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