Por qué dejé Twitter

Los cafés de las estaciones de metro son lugares curiosos. Los hay más encantadores, los hay menos. Los hay más bien limpios y los hay tan pulcros como los nidos de las ratas que le dan a uno los buenos días cuando va a subir al vagón a altas horas de la madrugada. Ya se sabe que en general las ratas y las personas caen más simpáticas cuando es de noche.  Pero a lo que íbamos. Los bares de las estaciones de metro son como la vida misma: hay de todo en la viña del señor. «¡Demonios!», pensarás, querido lector. «Nadie con dos dedos de frente elegiría tomarse un café o una caña bajo tierra pudiéndolo hacer a pie de calle.» 

En defensa de los dos jóvenes que toman una Coca-Cola en la mesa de enfrente a la mía en el café de la parada Universidad de la línea roja de Barcelona he de decir que quizás la vida en la superficie está sobrevalorada. En su defensa, y en la mía. Mucho coche, mucho humo. Mucho estudiante repartiendo propaganda a la salida del metro y mucho cargo de conciencia sobre qué hacer con el vale de promoción dos calles más adelante: si lo tiro, le hago un feo al pobre chaval; pero puestos a hacerlo tendré que buscar un contenedor de reciclaje para papel, porque no se puede joder al medio ambiente y a la juventud con empleo precario al mismo tiempo. O quizás sí, pero para hacerlo con todas las de la ley («Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes», que dice el Maestro) se necesitan las siglas de un partido tras el que escudarse y muy poca vergüenza – sólo así cuando luego le echas las culpas a otro queda convincente. Y como quien escribe tiene poco de lo primero y mucho de lo segundo, a menudo sólo queda una opción disponible: guardar el maldito papel. Pero si lo guardo, acabará o en la lavadora o reproduciéndose (exponencialmente, además) dentro de algún bolso. Gran fenómeno, lo del kipple. Se multiplica. Se expande.  Por eso los que lo sabemos acabamos tomándonos los cafés allá donde nadie va a venir a buscarnos.

 Periodismo (Tmblr)

La charla de los chicos de la Coca-Cola no es excesivamente interesante.  Hablan de sus planes para el fin de semana, de no se qué pelea de no se qué programa de Telecinco, que si «Qué tramposa es La Esteban», que si otras consideraciones sobre el físico de la susodicha que  ahora mismo no vienen a cuento. Pero pronto la conversación vira hacia otro terreno más sustancioso. Curiosamente, la vida imita al arte – considerando que los realities lo sean – y el cotilleo se adueña de la sonrisa conspiratoria de los dos adolescentes:

— Una lástima, una lástima que hayan roto.
— Son cosas que pasan.
— Oye, ¿y a ti qué te parece?
— Pues que me va a parecer. Mal.
— ¿Pero sabes qué pasó?
— …

Ah, silencio. «La música callada, la soledad sonora.» El mundo sigue girando a nuestro alrededor – se cierran las puertas del metro, los viajeros caminan apresurados hacia la salida mientras se abotonan el abrigo, chirrían los raíles, las ratas se asustan y comprenden que todavía no es hora de ir a saludar, que no van a ser bien recibidas, la camarera suspira y mira por enésima vez su teléfono móvil; quizás, como todos, espera alguna respuesta – . Mientras, el chico Coca-Cola no sabe qué decir. Sí, ha opinado. Sí, le parece mal. Pero, ¡oh!, sorpresa. No nos sabe explicar qué ha ocurrido.

Y entonces me doy cuenta: no estoy oyendo el final de una historia amorosa que probablemente no sea más que una versión aguada de Madame Bovary (sigo escuchando: menudo bicho la muchacha, menudo inocentón el galán y menuda la cornamenta con la que acabó); no sólo estoy oyendo eso. El mismo karma – suponiendo que tal cosa exista – que me riñe si en plena calle me deshago del folleto que el estudiante casi me ha suplicado que coja me está plantando un consejo en mis propias narices, y todo por el módico precio de un café con leche  (querido lector, no vayas a pensar que en Barcelona atamos a los perros con longanizas; lo de módico es un decir). Agudizo el oído, porque las casualidades no gritan sus razones pero sí las susurran: «Querida M. , informar, explicar lo que ha ocurrido, es mucho, mucho más difícil que opinar».

Para informar hacen falta recursos, tiempo, ganas y cabeza. Para opinar, agallas y 140 caracteres. Informar no es hacer un RT. Informar no es dar un titular y acompañarlo de un hashtag. Twitter, para qué engañarnos, es una plataforma de opinión, movilización y discusión, pero no (o no debería ser) un lugar al que acudir para informarse. Quizás sí de difusión de información, pero desde luego no de información. No se trata de si promueve el debate público de una manera sensata o si no hace nada más que favorecer al llamado «narcicismo de la opinión». Como cualquier cosa, depende del uso que se le dé. No hay más que pasarse de vez en cuando por los quiscos para saber que también en  los periódicos más reputados de España se publican sandeces. Aunque puede que reputados no sea la palabra adecuada; los últimos sondeos siguen situando a los periodistas en las posiciones más bajas de las listas de confianza profesional. Sólo los jueces, los publicistas, los sacerdotes y los políticos están por debajo.

La situación puede parecer grave, pero no lo es en absoluto. Es decir, lo sería si lo que predominara en los medios tradicionales fuera la información, y no la interpretación sesgada y además pasada por el cedazo de la opinión. Tomando esto en consideración, la pésima valoración que reciben los periodistas en términos de confianza – y por extensión los medios – es más bien lógica. Ninguno abordamos de la misma manera la información y la opinión. La opinión siempre tiene gato encerrado, y la tarea de la información es abrirle la puerta al felino y ver si maúlla, araña, muerde o lame. El problema viene cuando las portadas de los periódicos se convierten en escaparates de gatitos apellidados Sánchez, Rajoy, Iglesias y demás, que maúllan y maúllan y no dicen nada. «¡Adóptame! Voy a acabar con los malditos roedores que roban el dinero de los contribuyentes». «¡Adóptame! Porque mejor unidos». «¡Adóptame! Los gatos de raza son casta». Pero, ¿dónde está el Gato de Schrödinger? ¿Quién se atreve a explicarnos quién vive y quien muere, quién miente y quién no? No lo quiero en 140 caracteres. No quiero una opinión. Quiero información, y la quiero sin tener que encontrarme con rastros de pelo que insinúen que alguien ha estado acariciando al gatito antes de escribir sobre él. Las bolas de pelo que se las traguen sus señores dueños. A Twitter lo que es de Twitter; al periodismo lo que es del periodismo.

Entiéndeme, querido lector, no creo que la opinión sea mala, ni en Twitter ni en el periodismo de opinión. Tampoco lo son los folletos de propaganda que reparten los estudiantes a la salida del metro. Pero cuando día tras día te bombardean una y otra vez con lo mismo, a veces acaban por parecértelo. Es una ligera intoxicación. Algo que se cura con descanso, reflexión y un par de temas de los Beatles. Por eso dejé Twitter y por eso últimamente me dejo caer por los cafés de las estaciones de metro. Pero volveré, claro que volveré. De hecho, no estoy haciendo sino tirar piedras sobre mi propio tejado: si no me equivoco, llevo un par de párrafos opinando. En fin: ya debo de estar curada. Quizás sea hora de volver.

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1 Comment

  1. Yo también he tenido vaivenes con Twitter, por ello me llama más la atención y por ello siempre acabo volviendo.

    Muy buen artículo… Aunque no quieras opinión

    Me gusta

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