Breve regurgitación sobre los ancestros de Leónidas

Tonight we dine in hell, monumento a Leónidas, Termópilas (Grecia). (Foto: César Poyatos | flickr.com)
Tonight we dine in hell, monumento a Leónidas, Termópilas (Grecia). (Foto: César Poyatos | flickr.com)

«Si la capital de los lacedemonios fuese devastada, y subsistieran solamente sus templos, creo yo que los hombres del futuro dudarían sobre su poder y su fama. En cambio, si esto mismo le ocurriera a Atenas, pensarían que su poder, a juzgar por sus apariencias, fue el doble del que fue en realidad.»

Empezar un texto citando a Tucídides coloca al autor en una posición delicada, cuanto menos, puesto que la obligación es doble: para con el lector, obvia deferencia natural de quien se decide a escribir algo y publicarlo, y para con el propio Tucídides, pues no es conveniente citar en vano al padre de la Historiografía moderna. En este caso, el autor soy yo, ferviente admirador del ateniense y profundo odiador del vocablo autor, palabro moderno que más le cuadra a Sabina y a sus sabinos, a gente así, pretenciosa y poeta en Facebook, que a mí, sencillo escribidor. La cosa es que he querido abrir con esa cita tucidiana, sacada de la Historia de la Guerra del Peloponeso, porque resume muy bien el tema del que quiero hablarles a continuación: qué asco le tengo a Esparta, rediós.

Atenas ha sido siempre, desde antiguo, el símbolo de todo lo portentoso que Grecia legó a Occidente, que es como decir, al mundo. Así, desde los romanos hasta el siglo XX, fue tenida como cuna civilizatoria del hombre; hoy día, naturalmente, Atenas sigue siendo un referente absoluto en los círculos académicos. Como no puede ser de otro modo, añado. No es así, sin embargo, para el gran público. No debería sorprenderme esta circunstancia puesto que con el nacimiento del hombre-masa y todas esas cosas (ya saben ustedes, de las que habló primero Ortega y que más tarde se afianzaron debidamente gracias a la soberanía inapelable de la televisión e Internet) se produjo una separación evidente: por un lado, entre lo establecido en los, digamos, contextos universitarios, científicos, intelectuales por decirlo así, que conforman la élite, y por otro lado, entre lo asentado como verdad general en los círculos de opinión globales, llamémoslo masa.

Si la élite se rige por el canon clásico del estudio y conocimiento de las fuentes antiguas y los autores -estos sí- reputados a través de los siglos, la masa construye su imaginario colectivo a través de los medios de comunicación, principalmente. De comunicación y entretenimiento: cine, cómic, videojuegos, et al. Sí, como dije antes, Atenas seguía siendo la referencia a ojos de la élite, la masa -es decir, todos nosotros, nuestros padres, hermanos y primos, nuestros vecinos, nuestros hijos, hasta mi abuela- abrazaron hace un tiempo el recuerdo de Esparta elevándolo a la categoría de icono occidental de no sé muy bien qué difusos valores. Esparta, de pronto, era todo lo que tu cuñado quería ser: fuerte, valiente, decidido, atlético, implacable, guerrero ardoroso y, ante todo, defensor de la Libertad; irreductible, invicto e invencible.

Esparta. O sea, tú. La endogámica e incestuosa tribu que inventó la eugenesia y no hacían más que levantar hierro en la palestra, todo el día, untados en aceite. Esparta, a quienes les duró el dominio sobre Grecia un cuarto de hora, desperdiciándolo en expediciones de saqueo absurdas que, además, les salieron como el culo.

¿Quién tiene la culpa de este zeitgeist sulfuroso? Frank Miller. Este fulano es a quien debemos Batman, el superhéroe más ridículo del cómic en franca competencia con la masa ladrillácea de color verde cuyo papel fue encalomado ominosamente a Michael Chiklis, el inolvidable protagonista de The Shield. No contento con imaginar un centinela urbano ricachón, esnob, friki; que no volaba, ni escupía fuego, ni trepaba, ni tan siquiera veía a través de las paredes y quien gustaba de travestirse por el mero capricho de ser apaleado una y otra vez -hasta la victoria final- por un clown inquietante; cuya relación con Robin es poco menos que de una perturbadora homosexualidad latente y quien, en definitiva, nos ha engañado a todos causándonos lástima agazapado tras el carisma de Spiderman o Superman; no contento, digo, con ello, a Miller se le ocurrió contarnos la Batalla de Las Termópilas desde el punto de vista espartano. El cómic, muy bien dibujado -todo hay que decirlo- ganó fama mundial y fue llevado al cine en 2007: Leónidas, interpretado por Gerard Butler puesto hasta el culo de winstrol, salvaba a la Humanidad enfrentándose a un Jerjes disparatado cuyo ejército se componía de monstruos y fieras infrahumanas. A los atenienses ni se les mecionaba en la delirante creación de Miller; Esparta, sociedad adánica compuesta por superhombres que hubieran hecho llorar de emoción a Himmler, liberaba a la execrable y débil Grecia de la peste persa a base de huevos y lemas de quinceañeros.

Toleré la primera, pero no pude pasar por alto la segunda: el año pasado estrenaron la continuación: una delirante recreación de la Batalla de Salamina en la que los espartanos llegan al final, a lo Séptimo de Caballería, «tirurí tí tí tirurí», John Wayne con un casco corintio, salvando al resto de pardillos griegos de la aniquilación. Siguiendo, claro, la estética de la primera película: espartanos hercúleos machacando cabezas y dejando en ridículo a sus aliados con su potencial de alucinógena virilidad.

Desde 2007, Esparta y espartano son sinónimos de lucha belicosa desde la adversidad. De resistencia numantina, de irreductibilidad. La gente en Twitter se llama a sí misma espartana, y hasta Álvaro Arbeloa lo ha tomado por blasón, con el consiguiente auge irrefrenable y mímesis universal que trae consigo cada acción pública de un futbolista de la dimensión de Arbeloa. La cuestión es que Atenas queda relegada, en este universo post-Miller, a un papel marginal. Y esto, que a nadie importa una higa, como es natural, a mí me toca bastante el cimbel. Yo entiendo que la narrativa filoespartana sea muy atractiva, sobre todo para las mentes impresionables, y que todo eso de luchar a oscuras y cenar en el infierno, y vete con tu escudo y vuelve sobre él, es muy bonito: como slogans, son preciosos. Una maravilla. Fetén. Pero los espartanos, en la Historia, tienen un rol minúsculo: básicamente, el asignado al de unos cabreros tercos y fanáticos venidos a más y pisoteados por el irreductible -éste de verdad- paso del tiempo.

De Esparta no quedan ni las ruinas. Pero abundando más en lo militar, el mito de la invencibilidad espartana es puro camelo: por no ir más allá, Tucídides nos cuenta el celebérrimo episodio de Esfacteria. Allí, en un peñón frente a Pilos, 300 hoplitas espartanos -qué casualidad-, lo más granado de la sociedad espartiata (que eran, puros de sangre ellos, los únicos que gozaban de la ciudadanía completa en Lacedemonia) fueron capturados vivos por Atenas; cogidos con el carrito del helado, vamos. Hechos prisioneros. Como chocos. Fue en el 425, en plena Guerra Arquidámica -primera fase de la Guerra del Peloponeso- y el asunto hizo fama porque pasó tras Las Termópilas y todo aquello.

Leónidas en las Termópilas, por Jacques-Louis David (1814), Museo del Louvre (París).
Leónidas en las Termópilas, por Jacques-Louis David (1814). (Foto: wikipedia.org)

«Contra lo que cabía esperar, este desenlace supuso para los griegos la mayor sorpresa de la guerra. No podían admitir que los lacedemonios entregaran sus armas ni por hambre, ni por ninguna otra situación de necesidad, sino que morirían luchando con sus armas en la mano mientras pudieran.»

Pero de Termópilas también les quiero yo hablar, no crean. La forja del mito espartano tiene en esta batalla su pieza clave, su santasanctórum. Termópilas es otra bomba de humo más que les quieren colar a ustedes todos estos espartófilos que leen a Heródoto como les interesa. De Termópilas no se cuenta que los 300 espartiatas tenían, cada uno y de media, 4 servidores ilotas: esclavos que portaban el material a su señor y, por supuesto, también luchaban. Sin contar al resto de aliados que combatieron allí con los espartanos de Leónidas, lo de Termópilas es, ante todo, una gran victoria propagandística: posiblemente, la mejor de la Historia. Esparta, en aquel momento, sufría bicefalia. Esto no es un dolor de cabeza insoportable: es cuando un Estado tiene dos reyes. A Leónidas lo despacharon hacia Termópilas, que estaba lejísimos del Peloponeso (que era lo único que les importaba a estos prendas) con 300 ilusos por lo que hoy llamaríamos cumplir: la opinión mayoritaria dentro de Lacedemonia era conservar el grueso de las fuerzas espartanas y aliadas y llevarlas hasta el Istmo de Corinto, confiando en que los persas jamás invadirían su territorio de influencia natural. Ya ven, generosa gente, la espartana: que les den por culo al resto de griegos.

Antes de que se vayan quiero hablarles de Maratón y Salamina. En la primera, choque decisivo de la I Guerra Médica y una de las batallas más trascendentales de la Historia de la Humanidad, los atenienses combatieron al Persa en solitud; los espartanos aludieron a la imposibilidad de combatir durante las Carneas, y apenas enviaron un contingente de cortesía. En Salamina, batalla posterior a Termópilas y de semejante magnitud histórica que Maratón, los espartanos, en cambio, sí estaban presentes; componían menos de la mitad de la flota griega, mayoritariamente ateniense, y fueron de la opinión, hasta casi el último momento, de evacuar las cosas del Ática y defender las del Peloponeso. Temístocles, que ya había abandonado Atenas a la devastación y contemplaba desde Salamina las llamas que destruían la ciudad (a la postre, circunstancia que permitiría la reconstrucción de la Acrópolis y del Ágora ateniense emprendida por Pericles) se opuso, y mediante una ingeniosa treta forzó el combate con la flota persa, impidiendo así el regreso de los lacedemonios. ¿Conocen ustedes a Temístocles? ¿a que no? De él no se han hecho dibujitos, ni se lo ha pintado todo musculado, ronaldáceo y tenso como la vena del cuello de un cantaor. Sin embargo, es a Leónidas, qué sé yo, lo que Di Stéfano es a Oleguer Presas.

Y sin embargo, puto Frank Miller.

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5 Comments

  1. Es curioso que Esparta sea una especie de fetiche de la masculinidad cuando representa el último reducto del matriarcalismo con su igualdad de sexos, su matrilinealismo y ese orgullo materno que hace exclamar a la esposa de Leónidas en la película 300 (inspirado en historia real, ciertamente eran buenos con los lemas) ante la extrañeza de que una mujer interviniera en “asuntos de honbres” mostrada por el enviado persa “porque las espartanas somos las únicas que damos hombres a luz”.
    Excepto algún Diálogo de Platón donde aun hay algún eco de matriarcalismo arcaico, Atenas es aburrida y moderna en este sentido.

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