Lo opuesto a Live Aid

Jim Wilson, alma máter del trío de rock duro californiano Mother Superior, es además un prestigioso músico de estudio que ha tocado la guitarra con Daniel Lanois, Alice Cooper, Meat Loaf, Bill Clinton e Iggy Pop, entre otros muchos. En febrero de 2008, Wilson acababa de terminar la grabación del disco Exotic creatures of the deep con Sparks. Era el vigésimo primer álbum de estudio de los hermanos Mael, los mismos que asaltaron los charts británicos en 1974 con la canción más bizarra (en letra y música) que jamás haya irrumpido por sorpresa en esas listas de éxitos discográficos que tanto suelen primar lo convencional y tanto penalizan lo que se aparta de los caminos trillados. Los mismos Sparks, sí, que en su aparición en el programa Top of the Pops hicieron a John Lennon exclamar, según cuenta la leyenda: «Mira, está Hitler en la tele». El contraste entre el histrionismo del cantante Russell Mael con el hieratismo supino de su hermano Ron, a los teclados, hipnotizó a la audiencia setentera.

Tras el inopinado éxito que tanto este single como el álbum que lo incluía (el legendario Kimono my house) supusieron, Sparks había continuado con una carrera extraordinariamente atípica: casi cuatro décadas de furioso inconformismo, solo muy ocasional éxito comercial, salvaje eclecticismo y logros pioneros (como la invención del formato de dúo electrónico que tanto explotarían los Pet Shop Boys o Erasure). En 2008, Sparks eran un grupo de culto que contaba, pese a su pasaporte estadounidense, con el grueso de sus incondicionales en el Reino Unido –no en vano fueron célebremente definidos como «El mejor grupo británico que jamás ha surgido de USA»-.  Aquella mañana de febrero Jim Wilson recibió una llamada de Russell. La llamada no le extrañó, pues llevaban meses hablando a diario –por teléfono o cara a cara- con ocasión de la grabación de Exotic creatures of the deep, pero esta vez Russell tenía un mensaje inesperado.

[mks_pullquote align=”right” width=”300″ size=”13″ bg_color=”#444444″ txt_color=”#ffffff”]«Jim, estamos manejando una idea completamente loca para la promoción del disco. Es algo tan ambicioso que aún no sabemos si se va a concretar. Caso de llevarse a cabo, nos gustaría contar contigo.»

Russell Mael[/mks_pullquote]

La ocurrencia era completamente descabellada: se trataba de ofrecer para sus seguidores 21 conciertos a lo largo de 21 noches consecutivas, o casi, porque se dispondrían algunas noches de descanso somewhere in the middle. La primera noche tocarían en su integridad, de la primera a la última canción, su primer disco, Sparks/Haffnelson (1971). La segunda de esas 21 noches tocarían también en su integridad, y respetando asimismo el orden de las canciones, su segundo álbum A woofer in tweeter’s clothing (1972), y así sucesivamente hasta completar la lista de 20 discos publicados hasta la fecha. La vigésimo-primera y última noche se destinaría a la Première mundial de Exotic creatures of the Deep, que hacía el número 21 de los discos en su catálogo. Siendo Inglaterra la tierra donde siempre cosecharon mayor éxito, semejante epopeya musical solo podía tener lugar en Londres.

Los hermanos Ron y Russell Mael, integrantes de Sparks.
Los hermanos Ron y Russell Mael, integrantes de Sparks.

«Era una extravagancia de tales dimensiones que uno no podía negarse», recuerda Wilson, con quien hablé por teléfono recientemente. «El reto era colosal. Estamos hablando de un total de 253 canciones. La aventura era ingente incluso para un fan tan entregado como yo, que había aprendido a tocar la guitarra con los riffs de Sparks y conocía al dedillo toda su producción. Incluso para Ron y Russell se trataba de un desafío mayúsculo. Habían hecho muchas giras a lo largo de su carrera, pero cuando un grupo o artista sale de gira no suele tocar su último álbum entero, sino que construye su repertorio con una mezcla de nuevos temas y viejos favoritos. Eso significaba no solo que hacía lustros que no tocaban algunas de esas canciones, sino que la mayoría de ellas no habían sido interpretadas en directo jamás. Muchas no las habían vuelto a escuchar en años. Ensayamos durante cuatro meses en Los Angeles, en total aislamiento, antes de lanzarnos a esa aventura mastodóntica e irrepetible.»

Ocurrió. No mucha gente conoce esta gesta extenuante y singular en la Historia de la música pop. Pero ocurrió: 21 conciertos consecutivos en 21 noches (casi) consecutivas. Disco a disco. Canción a canción. Acorde a acorde. Las geniales letras de Ron Mael –compositor que (faveen) ocupará cuando falte un lugar a la altura de Simon o Dylan– no son fáciles de recordar, especialmente los intrincadísimos versos de canciones incluidas en sus primeros cinco o seis discos, obras maestras como Propaganda o Indiscreet. Un prodigio de amor a los fans y a su propia dedicación profesional, pero también un tour de force  de memoria, concentración, aguante. Una carrera de fondo sin precedentes por entonces, y de muy difícil réplica futura por parte de ninguna otra banda.

«Para poder tocar tus 21 discos en 21 conciertos tienes, para empezar, que haber publicado 21 discos», subraya Wilson, en un afán casi perogrullesco pero imprescindible para poner las cosas en su sitio. «Solamente eso ya es algo que está al alcance de muy pocos grupos. Después, necesitas tener la habilidad y la ductilidad para ir pasando de un disco a otro de una noche a la siguiente, gran reto cuando además la obra de Ron y Russell se distingue por su heterogeneidad. Y otro importante detalle: tienes que estar razonablemente orgulloso de toda tu obra. Imagina que hubiese en tu producción un disco, tan solo uno, que a día de hoy no te gustara en absoluto. Esa noche dentro de la serie de 21 noches sería un infierno de tal calibre que haría imposible la aventura».

El lugar elegido fue, entre finales de mayo y mediados de junio de 2008, el Carling Islington Academy al norte de Londres. Dado que la duración normal de un LP de música pop no suele sobrepasar los 40 minutos, se decidió agregar a cada una de las 21 noches algunos bises con canciones oscuras, caras B de singles o temas inéditos. El resultado es un experimento único, un hito de muy difícil catalogación como sucede con cada uno de los pasos de la carrera de Sparks, tan longeva como impredecible. De algún modo, hablamos de un acontecimiento histórico (o de 21 acontecimientos históricos) que representan justo lo contrario a lo que el rock ha hecho cada vez que ha querido hacer Historia. El rock quiso (y logró) hacer Historia a través de macroconciertos míticos como Woodstock o Live Aid. La serie de actuaciones en directo de Sparks de la cual hablamos son lo contrario a Woodstock o Live Aid. Son una hazaña en sentido inverso.

En Live Aid vimos a una audiencia masiva (cientos de miles de personas en Londres y otros tantos en Filadelfia) disfrutar la presencia de muchos grupos de éxito sobre el mismo escenario en un periodo de tiempo muy corto, la jornada de un día. Sparks Spectacular (así se le llamó) consistió en una audiencia relativamente modesta –el aforo del Carling Islington Academy no es abrumador ni aunque multipliques por 21 su audiencia potencial- disfrutando de la presencia de un solo grupo (de culto más que de éxito) en un periodo de tiempo muy largo, con interludios a través de los cuales los fans seguían con sus vidas antes de volver para el concierto del día siguiente.

Live Aid fue un milagro de acumulación, un milagro de resumen por así decirlo. Sparks Spectacular fue un milagro extensivo, pormenorizado, homérico: el Tristram Shandy de los hitos del Rock & Roll.

En Live Aid, todos los grupos y solistas participantes lidiaban con la necesidad de seleccionar un repertorio de su vasto catálogo de canciones, pues solo disponían de un set de 20 minutos cada uno. En Sparks Spectacular, la única banda participante se enfrentaba a la restricción contraria: nada podía quedar fuera porque disponían de un set de casi un mes de duración, y porque tal era la promesa ante los ojos de los fans.

Live Aid marca el punto de máxima densidad en la Historia del Universo Rock: es el Big Bang. Sparks Spectacular nos muestra el Universo en su máximo grado de expansión, aunque sea una única estrella (rara, desconcertante, arriesgada) la que centra nuestra atención.

Escudriñando YouTube, se hallan imágenes de la práctica totalidad de los 21 conciertos. Son vídeos amateur con mala calidad de sonido e imagen. Pero constituyen, rodados por los fans en medio del fervor del público, documentos históricos. Este es un vídeo filmado en la sexta de las 21 noches, la que ilustró su (lógicamente) sexto disco, el impagable, gloriosamente incorrecto «Big beat». Como veréis, la rendición de la audiencia es absoluta ante sus ídolos. La canción, «I bought the Mississippi river», es a mi juicio un paradigma sparkoniano, una irresistible combinación de música épica y letra magníficamente tonta. La historia del multimillonario que compra el Mississippi («Por supuesto esto no incluye las casas o la gente alrededor del río»), pero luego no sabe qué hacer con él, siempre ha excitado sobremanera mi intelecto. Ved a Jim Wilson a la guitarra, clavando el solo abrasivamente.

Entre la apasionada audiencia que acabáis de ver se contaba Kevin Stride, un fan acérrimo (en el caso de los fans de Sparks esto es casi un pleonasmo) que -según me contó cuando lo conocí en la cola de otro concierto de Sparks en 2012- eligió la noche de Big Beat precisamente porque era el único disco de los Mael que no le convencía. Salió de la sala completamente entregado a ese álbum en concreto.

Cada persona que deseara acudir a Sparks Spectacular podía optar por dos posibilidades: comprar entradas para uno o varios de los conciertos de manera individual, o hacerse con el llamado Golden Ticket, que permitía la entrada a todos y cada uno de ellos. Quienes adquirieron el Golden Ticket recibieron un póster firmado por Ron y Russell, además de un CD con una canción exclusiva llamada Islington N1, en alusión al distrito postal londinense donde los conciertos tuvieron lugar. No he logrado averiguar cuántos Golden Tickets se vendieron, aunque me consta que fueron muy pocos. Era una importante inversión, un desembolso muy considerable.

Uno de estos Golden Tickets lo compró Tosh Berman, un editor californiano que por entonces era un modesto empleado en una librería de Los Angeles. Berman publicó un libro («Sparks-Tastic») en el que narraba su experiencia a lo largo de su ‘mes con Sparks’ en Londres. Inicialmente, Berman consideró la posibilidad de acudir a tres o cuatro de los conciertos, pero su mujer le convenció de abrazar la experiencia en su conjunto. «It´s a once in a lifetime thing», le dijo, ignoro si refiriéndose a la vida de su marido o a la del planeta Tierra. Berman compró el Golden Ticket, pidió una suerte de excedencia en el trabajo  para pasar un mes en Londres, y se hipotecó para pagar el billete al Reino Unido y su estancia allí.

Los hermanos Mael, nuevamente.
Los hermanos Mael, nuevamente.

Una de las cosas más interesantes que Berman cuenta en su libro es su relación con otros fans de Sparks durante la sucesión de actuaciones. Esa relación puede resumirse en una palabra: nada. A medida que los conciertos iban transcurriendo, determinadas caras entre los compañeros del público se iban haciendo más y más familiares (personas que habían comprado entradas para un buen número de espectáculos, y hasta en algunos casos quizá propietarios de Golden Tickets), pero nada les movía a aproximarse al otro para entablar conversación. Tiene todo el sentido, aunque resulte extraño: los fans de Sparks, quizá (o no) en agudo contraste con el tono desenfadado de muchas de las creaciones del dúo, se toman terriblemente en serio su vocación. Nada habría sido peor que dar a entender que las actuaciones de Sparks eran para ti una mera excusa para hacer amigos. En este sentido, mi conversación con Kevin Stride en la cola de ese concierto de 2012, al que antes aludía, constituye una notable excepción, y (no lo digamos muy alto) una profanación casi.

Los conciertos, sí, se sucedieron uno tras otro en el empeño meticuloso de trasladar al escenario las 253 canciones en cuestión tal y como fueron grabadas en los discos originales. Aquel tema para cuya grabación de estudio en 1976 se empleó un cuarteto de cuerda demandaría el mismo tratamiento en su correspondiente noche dentro de Sparks Spectacular.

En 1997, Sparks publicó Plagiarism, apropiado título para un trabajo en el cual los Mael se copiaban/versionaban a sí mismos a través de nuevas aproximaciones a temas ya conocidos. En algunos casos, artistas invitados compartieron estudio con Ron y Russell para grabar estas versiones. En lo posible, la interminable extravagancia de 2008, al alcanzar la velada de Plagiarism, respetaría el concepto. Aquí les vemos con quien fuera la voz de Bronsky Beat y The Communards, Jimmi Somerville, interpretando la icónica «Number One in Heaven»… con un cuarteto de cuerda también. No hay duda de que «Number One in Heaven» es otra de las más perfectas composiciones de Ron Mael, con esa letra inquietante, atrevida, autoalusiva, macabra: «Esta es la canción número uno en el Cielo / ¿Por qué la estoy escuchando ahora?, te preguntas / Quizá estás más cerca de aquí de lo que crees / Quizá estás más cerca de aquí de lo que te gustaría».

Decenas de preguntas rondan la mente de cualquiera que se interese por esta inconcebible demostración musical en 21 entregas. 253 canciones. Es imposible que no se produjeran errores, por ejemplo.

«Los hubo, aunque muchos menos de los que puedas pensar», responde Jim Wilson. «Cada concierto era comentado por los fans en un foro creado a tal efecto en la página web oficial de Sparks. En una ocasión, Russell cometió una más que comprensible cagada, considerando lo abrumador de la tarea. Los fans reaccionaron en el foro con comentarios del tipo ‘Jim Wilson olvidó los acordes’, cuando lo cierto era que la cagada había sido del propio Russell. Pero los fans siempre tenderán a justificar todo lo que hagan Ron y Russell, ellos nunca serán los responsables. Me parece comprensible. Y así debe ser, qué coño.»

Wilson debe de referirse a una cagada distinta a la que ahora mismo os muestro, porque en esta el propio Russell admite su fallo. «Comencemos de nuevo. La jodí.» Por su parte, Ron toma el micrófono para disculparse también: «Estas cosas pasan cuando uno se adentra por canciones oscuras con oscuras progresiones de acordes». No se sabe si los fans les aman más cuando cometen el error o cuando lo enmiendan. El amor –la palabra se utiliza a la ligera en multitud de ocasiones pero no en esta- se palpa en la textura vintage de estas imágenes de museo, en su sonido manifiestamente mejorable pero cargado de intensidad, de sentido, de eso que llamamos emoción y que si uno lo piensa se parece casi siempre a la gratitud.

Tuve el privilegio de entrevistar a Ron y Russell en Los Angeles en junio de 2013, así como el honor de mantener después algún contacto con ellos. Estuve con ambos en Madrid cuando vinieron a tocar a España, en diciembre de ese mismo año. Les hablé de Sparks Spectacular con un brillo en los ojos que en nada se parecía a la mirada de mal disimulado hastío que cruzaron. Fue el único momento poco grato de un encuentro para mí maravilloso. Tal vez el ser tan innegociablemente vanguardistas, el mirar siempre hacia el futuro sin ninguna complacencia pretérita, les haga referirse a sus propias hazañas con algún desapego. O quizá simplemente fue una tarea tan extenuante que cinco años después seguían mentalmente, físicamente agotados.

[mks_pullquote align=”left” width=”300″ size=”13″ bg_color=”#444444″ txt_color=”#ffffff”]«Verás, Jesús —me dijo— comprendemos que la gente hable mucho de aquello. Pero para nosotros es algo que tuvo lugar y punto. Es agua pasada.»

Ron Mael[/mks_pullquote]

La conversación derivó hacia cualquier otro tema llevada de la máxima naturalidad. Son educadísimos y muy cordiales. Uno tiene que respetar esta actitud reacia a descansar en los propios laureles. Son por encima de todo personas inquietas. Es inevitable, eso sí, sentirte como si estuvieras charlando con Moisés y este soltara de pronto: «Ah, sí. Aquello que hice con el Mar Rojo. No estuvo mal, pero tampoco es algo que merezca que la conversación se atasque en este punto, ¿no te parece?»

Es inevitable, asimismo, lamentar con todo el poder de tu corazón el no haber sabido de la existencia de Moisés antes de la separación de las aguas. Los descubrimientos tienen a veces un timing terrible. No hay día en que no lamente no haber empeñado mis escasas posesiones para, allá por abril de 2008, hacerme con uno de esos malditos Golden Tickets.

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