Vírgenes suicidas

¿Es el recuerdo un insuflador de vida? ¿El tiempo es realmente esclarecedor o fomenta un tramposo intercambio de datos entre sueño y realidad? Estos son los interrogantes que nos plantea Jeffrey Eugenides con Las vírgenes suicidas, una magnífica novela, que nos da testimonio de la longeva fascinación, nacida en una pretérita adolescencia.

«No importa la edad que tuvieran, o que fueran chicas. Sólo que las amamos.»

Jeffrey Eugenides nos narra la trágica vivencia de una familia tras el suicidio de la hija menor, Cecilia. A partir de dicho acontecimiento se enrarece, todavía más, la situación familiar. Los padres, el señor  y la señora Lisbon, se dedican a sobreproteger al resto de sus hijas, Lux, Mary, Therese y Bonnie,  obligándolas a recluirse en casa, aislándolas así del mundo exterior. A través de los chicos del barrio;  las vamos conociendo mejor, nos vamos internando en su desesperación, en su jaula, y se va envenenando el ambiente poco a poco. Pero, como suele ocurrir en estos casos, tanta represión se vuelve irremediablemente en su contra. Es entonces cuando nace la leyenda de estas cinco hermanas, a las que conocemos a través de los recuerdos de los chicos que se obsesionaron con ellas, con su belleza y con el misterio que rodeó su existencia.

El libro está redactado a modo de crónica de lo acontecido durante aquellos días: amigos que conocieron a las Lisbon recopilaron toda la información disponible, iniciaron una serie de pesquisas y han redactado un informe que incluye anexos con pruebas trascendentes que tratan de desentrañar lo ocurrido, intentando dar una respuesta lógica a un suceso tan impactante. Eugenides cuenta toda la historia en primera persona del plural: ese nosotros enmascara la identidad del narrador o narradores, pero deja en evidencia una obsesión casi irracional por las Lisbon, que es compartida.

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La historia es sencilla pero efectiva, pesimista en su conjunto, con ligeros momentos de hipérbole crítica -o eso se extrae de ellos- hacia la sociedad americana en lo referente a la vida familiar de los adolescentes durante la época en la que se desarrollan los hechos. Las vírgenes suicidas constituye la representación de la dureza educativa de las familias americanas de clase media, casi enfermiza que es llevada hasta el extremo de la infelicidad. La novela habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los hombres, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso al que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta. Todos deben aceptar que esa vida a la que se encaminan es demasiado estrecha para albergar los anhelos que albergan en su interior.

La paradoja a la que llegan las hermanas Lisbon es que la muerte es más grande; más legendaria que la vida. Convertirse en leyenda. Eso es lo que hacen estas vírgenes suicidas, observadas desde lejos por sus admiradores – y por el lector -, testigos mudos de su decadencia y su acto de autoinmolación. Ellos intentan buscar, durante toda la novela, cuáles fueron las causas que hicieron que las hermanas Lisbon acabaran con sus vidas. Pero, en realidad, la causa es que no hay causa: intentado reconstruir el rompecabezas de su historia, llegarán a la conclusión de que la verdad es demasiado compleja como para intentar reducirla a una montaña de relatos falseados por la memoria de unos cuantos adolescentes que han dejado de serlo. Eugenides describía su novela como una historia detectivesca sin una conclusión, protagonizada por un narrador colectivo que habla de un mundo que ha desaparecido y no volverá jamás. En el libro, las hermanas Lisbon son la viva imagen de un retrato cubista: vistas desde diferentes perspectivas, se convierten en personajes angulosos, esquinados, enigmáticos. Ellas son a la literatura de los noventa, lo que el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, fue a la de los cincuenta: Holden sufre por el modo en que ocurren las cosas en un mundo sin suficiente amor. En el fondo, es lo que les sucede a las vírgenes suicidas. Todos  acabarán muriendo por exceso de sensibilidad.

«Nunca llegamos a entender por qué a las chicas les preocupaba tanto hacerse mayores ni por qué se sentían obligadas a dedicarse cumplidos, pero a veces, cuando uno de nosotros había leído en voz alta alguna parte del diario, debíamos reprimir la necesidad de echarnos los unos en brazos de los otros o de decirnos que estábamos guapísimos. Supimos de esa cárcel que es ser chica, de los impulsos y los sueños que genera y por qué acaban sabiendo qué colores combinan y cuáles no. Supimos que las chicas eran  gemelas nuestras, que todos existíamos en el espacio como animales con idéntica piel y que si ellas lo sabían todo de nosotros, nosotros en cambio no podíamos sacar nada en claro de ellas. Supimos, finalmente, que las hermanas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas.»

Tal trauma paradójicamente conservará siempre vivas a aquellas beldades incomprensiblemente malditas. Y es que el amor y la sensualidad, lograrán moldear unas persistentes memorias masculinas, que mantendrán vivas a las dulces y turbadoras chicas, no precisamente en el plano terrenal. Las vírgenes suicidas, es un relato melancólico, sugerente, triste, ilusorio, frío y húmedo como una tarde de otoño. Más que una pequeña historia, refleja los sueños rotos, las estaciones perdidas, esas que nos hacen contraer las tripas con su mera evocación.

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