Visado a la mendicidad

La entrada del Empire Metropolis Cinema es una algarabía de niños parloteando en árabe, con ciertos tintes de francés e inglés. «Hi!, kifak, ça va?»,  pregunta uno a otro con un marcado acento francófono mientras sostiene en una mano un paquete de palomitas recién hechas y en la otra lucha por escribir en su móvil.

Es lunes a las 9:30 de la mañana y el tráfico es intenso en Achrafieh, el barrio cristiano con más carácter de Beirut. Los cláxones de los services (taxis compartidos) que rivalizan por atraer a los pocos peatones, se mezcla a intervalos con el atronador sonido procedente de un edificio en construcción. Es un zumbido incesante sólo roto cuando alguno de los pocos semáforos que reglan la ciudad cambia a rojo.

Al otro lado de la calle,  Nour observa con curiosidad al grupo de escolares que está terminando de bajar del autobús. Se coloca con delicadeza su viejo sombrero negro, y en un instante, cuando su mirada se cruza con la de uno de los niños, saluda con timidez al grupo. «Ahlan» –Hola–, exclama con una media sonrisa. El niño sostiene la mirada unos pocos segundos, la analiza con arrogancia y finalmente decide centrar su atención en el interior del edificio.

Nour tiene 10 años, una edad similar a la de aquellos escolares, pero la diferencia radica en que ella es siria. Forma parte de los más de 300.000 mil niños que, según datos de UNICEF, no van al colegio y se dedican a trabajar las calles. Una discreta carretera separa dos mundos enfrentados: la indiferencia de la mayoría de los sectores libaneses y la mendicidad de los niños sirios en Líbano.

Nour llega a las 9 de la mañana a Achrafieh dispuesta a vender bolígrafos BIC a los coches que paran en la intersección de la avenida Charles Malik. Una irónica casualidad, Charles Malik fue el principal impulsor en el Líbano a la hora de elaborar la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y trabajó celosamente junto a la Comisión de Derechos Humanos para defender la igualdad en un país con 18 sectas religiosas. Una descortés coincidencia o una muestra del contraste imperante en este confuso país.

Seguramente Nour no se llame así, cómo todo lo que rodea a estos niños la verdad es algo difícil de averiguar. Según dice, su padre es el hombre que está en la esquina junto a una pequeña de 5 años de saltones ojos azules, con una caja de bolígrafos en una mano y un plátano en la otra.  La niña sonríe con picaresca al verse observada, mostrando una hilera de dientes marrones y medio carcomidos. «Ismi Nour»  –Me llamo Nour–, exclama entre risas mientras abre la mano y muestra tres bolígrafos y un par de chocolatinas a los viandantes.

Ahmad limpia con cuidado ciertos restos de alimento de las comisuras de Nour y comienza a confesar con titubeos su historia. Su voz es bronca, característica de todos aquellos que han convivido largo tiempo con el tabaco. «Tenía una pequeña tienda de ultramarinos en Daraa pero el Ejército Libre de Siria me la arrebató.», se atreve a decir. Daraa es una ciudad ubicada en el área sureña de Siria, a 90 kilómetros de Damasco, conocida por ser el epicentro de la primavera árabe en el país tras el arresto de 15 jóvenes que escribieron eslóganes anti-régimen en los muros de sus escuelas.

«Decidí huir en verano, las cosas se estaban poniendo peligrosas después de lo sucedido por las elecciones.», continua con más confianza. Ahmad alude a mayo del 2014, cuando en el seno de una reunión sobre las elecciones presidenciales del 3 de junio, un ataque con morteros dirigido por los rebeldes del Ejército Libre de Siria causo más de una veintena de bajas, desatando el terror de los locales. «Decidí venir al Líbano. Me dijeron que allí podría conseguir un visado para Libia y luego desplazarme a Egipto. Mi familia vive allí.»

El conflicto sirio se ha convertido en un verdadero negocio para las mafias que operan en la frontera entre Siria y Líbano. Pasaportes, visados e incluso niños pueden conseguirse por un buen fajo de libras libanesas. Todo está permitido en este nuevo sub-estado donde los contrabandistas son la máxima autoridad. Según subraya la Agencia Fides «Existe un próspero negocio multimillonario que se ha desarrollado en torno a la crisis de refugiados en Siria.»

Ahmad prosigue con su historia «Cuando llegué al aeropuerto me dijeron que la Visa estaba mal hecha. No me dejaron salir del país.» Ahmad invirtió más de un millón de libras libanes, unos mil dólares, en ese teórico visado que le abriría las puertas a una existencia más respetable.  «Ahora no tengo dinero para poder mandar a mis hijas a la escuela. Las ONG no me hacen caso.» se justifica. «Soy viudo» recuerda finalmente, como si aquello cambiara todo.

El reloj marca las 6 de la mañana en la Corniche. El paseo marítimo de la capital presenta una calma infrecuente sólo detenida por algún corredor deseoso de batir al cronómetro y algún pescador que intenta probar suerte entre las rocas que bordean la costa. Súbitamente un autobús destartalado para enfrente de un deslucido y diminuto café, similar a más de la veintena de cantinas que pueblan el litoral. Una hilera de niños se apresura a bajar con su cajón en mano, dispuestos a sacarle brillo al cuero. Van bien vestidos y se mueven con una agilidad pasmosa: son los niños limpiabotas.

Las mafias dedicadas a la trata de infantes imponen jornadas extenuantes a estos pequeños trabajadores. Entre las seis y las seis y media de la mañana proceden a dejar al grupo en los aledaños de la Corniche y deciden recogerles a las seis o siete de la tarde, cuando el negocio comienza a decaer. Son 12 exhaustas horas de trabajo tratando de recaudar algo de dinero, algunas cuantas libras libanesas, que sirvan para poder malvivir un par de semanas más.

Pasear por la Corniche es como observar a cámara rápida la pluralidad de la raza humana y el éxodo que una guerra puede acarrear. El rango de edad varía, niños de los 4 a los 15 años, así como el sexo y el aspecto físico. Nada tienen en común excepto Siria. Algunos tienen padres que no pueden afrontar el gasto que una familia conlleva y necesitan más manos trabajadoras. Otros, en cambio, lo han perdido todo y encuentras en las mafias un sentimiento parecido al de familiaridad o, por qué no, confianza.

«Dicen que a nosotros nos hacen más caso», sostiene orgulloso Mohamad, mientras termina de sacar brillo a los zapatos de su cliente. Es menudo y con cara de pícaro.  Mueve con agilidad y fuerza sus manos mientras su cara se torna en una mueca por el esfuerzo. Cuando se le cuestiona por el dinero que puede ganar en un día se detiene de súbito. «Mabaref» –No sé–  responde, expulsando con temor y rapidez las letras. Después, vuelve a centrar su atención en el calzado.

Las calles de Beirut ofrecen una aproximación bastante acertada del modus operandi de las mafias en la región. Estas organizaciones saben que los niños y las mujeres son un filón a la hora de sensibilizar a la población, especialmente a los extranjeros que pasean por las calles de la capital libanesa. En este mundo de pobretería no hay espacio para los hombres, ni siquiera para los ancianos que imploran por conseguir sus medicamentos.

Diciembre en Beirut está siendo suave: abundante lluvia y un calor veraniego que se resiste a desaparecer. Aquellos que habitan en la ciudad son unos privilegiados en comparación con los residentes de los campos de refugiados en el valle de la Bekaa, donde las temperaturas son alarmantemente más extremas. Muchas organizaciones no gubernamentales temen que la llegada el invierno profundice la brecha social y provoque un éxodo de refugiados a una ciudad a punto de desbordar. Además, les alarma que la avalancha de niños haciendo la calle aumente tras declarar la ONU que dejará de alimentar a los refugiados sirios a partir del 13 de diciembre debido a la inviabilidad económica del Programa Mundial de Alimentos.

Es lunes de nuevo, otra vez las 9:30 de la mañana, otra vez en Achrafieh. Nour se asoma a la ventana de un todoterreno que ha decidido parar. Le enseña el fajo de bolígrafos al conductor pero este, con el característico gesto libanés, levanta las cejas mientras pronuncia: «La, la» –No, no–.  Nour se sienta en la acera esperando a que el semáforo vuelva a ponerse en rojo para poder trabajar. Mientras: se gira, coge el vaso que reposa en el suelo y se lo lleva a los labios. Starbucks reza el logo de la bebida.

En la misma calle donde ejerce Nour hay también hoy un niño intentando hacer negocio. Es la primera vez que está allí pero lleva en su mano un par de bolígrafos BIC. Ninguno habla, el trabajo es silencioso y las palabras no pueden malgastarse. Sólo rompen su hermetismo con los coches que deciden parar, vale la pena hacer ese esfuerzo. Desde la esquina de todos los días, Ahmad observa a los dos niños y Nour desayuna un plátano de nuevo.

Flores, chicles,  chocolatinas, bolígrafos o, simplemente, limpiar un par de botas son los oficios de estos seres humanos. A sus espaldas acumulan horas, las mismas que las de una jornada escolar pero el ambiente no es el mismo. La inocencia ha dado paso a la malicia demasiado temprano. Son demasiados rostros anónimos, demasiadas historias truncadas. Son demasiados. Y es que Beirut es gente, sobre todo gente.

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