El político más brillante del momento

Pablo Iglesias. (Foto: ara.cat | Alberto Di Lolli)
Pablo Iglesias. (Foto: ara.cat | Alberto Di Lolli)

Una de las muchas cosas que nos ha enseñado la historia es que los populismos y los totalitarismos únicamente se agolpan al poder en épocas de crisis económica. De ellas se nutren, de ellas viven y por ellas son lo que son y lo que llegan a ser. Esta premisa se cumple por la regla lógica que reza que, cuando uno ha tocado el fondo de la miseria, no le importa votar a cualquier otro que le prometa salir de ella, por muy radical que sea su discurso y por muy absurdo que suene lo que le asegura que va a conseguir con su voto.

El encumbramiento de Podemos en España o el de Syriza en Grecia nace por esa misma razón y se desvanecerá el día que el flujo monetario vuelva a circular por los bolsillos de la clase media de sus respectivos países. No hay nada mejor que un estado próspero para derrocar a la extrema derecha o al ala más radical de la izquierda. Mientras tanto, el crecimiento y el auge de ambas se ha hecho ya palpable en la cuna de la democracia y no dudo que, de seguir la cosa así, no tardaremos en ver cómo junto a Podemos se alza un partido del otro extremo aprovechando la coyuntura emocional. Ojalá me equivoque.

La figura de Pablo Iglesias, la más sobresaliente tanto comunicacional como políticamente del momento, nace ahí, en el pozo sin fondo de una sociedad cansada de sufrir las consecuencias de la incompetencia de sus gobernantes. Sin embargo, al líder de Podemos no hay que relegarlo al papel de un simple mensajero, porque es mucho más que eso.

Iglesias aúna el carisma que ya quisiera para sí Rajoy, la dialéctica con la que sueña Sánchez, el rejuvenecimiento de imagen que no tiene la Izquierda Unida de Alberto Garzón y la alianza con los medios de comunicación con la que sueñan Rosa Díez o Albert Rivera. Es, en bloque, un orador de gran calidad y un político como los de antaño, de palabras emotivas, directas y firmes, de gesticulación abrupta y expresión convincente, que se apoya en los deseos de una sociedad distanciada de su cúpula política y que se nutre de éstos para formar su programa. El decir, el prototipo del populismo latinoamericano por excelencia. Sin embargo, Iglesias tiene un matiz diferenciador en mi opinión con otros líderes de la izquierda: está mucho más preparado intelectualmente. Es un político que sabe que precisamente en política no importa qué dices sino cómo lo dices y que tiene perfectamente claro cuáles son los puntos clave que la gente demanda. Es, sin ningún género de dudas, el mejor vendedor del país, un hombre con el que te sientas a hablar sabiendo que lo que dice es una locura y terminas la charla creyendo que su ideología, la más nefasta de la historia de la humanidad, puede que sí tenga cabida en nuestra sociedad.

Decía Machado que «El buen político pone la vela donde sopla viento y no espera a que el viento sople donde él pone la vela.» y creo que no hay una definición mejor para hablar del fenómeno Podemos en general y de su candidato a la presidencia en particular. Como comentaba, Pablo Iglesias no llega al primer escalón de la actividad política por casualidad, sino que se nutre de la crisis para ganar votos poniendo el foco de su programa donde la ciudadanía demanda, cosa que, lejos de parecerme criticable, me resulta lo más loable para alguien que se dedica precisamente a eso, a recolectar votos.

Iglesias afirma, aún a sabiendas de que miente, que su partido no es ni de izquierdas ni de derechas, y que su electorado procede de un sector descontento de los dos grandes partidos. No es así, pero esa táctica no es sino una nueva estratagema para desmitificar su radicalismo, para alejarse de la izquierda bolivariana que tan mala propaganda tiene en la sociedad occidental. «La palabra dictadura no vende, ni siquiera con del proletariado detrás.» afirmaba el propio profesor de Universidad en una de sus conferencias. Y es que el líder de Podemos podría considerarse la excepción de una de las dos carreras universitarias más inútiles de las que se tienen constancia, Ciencias Políticas y Periodismo. Él, estudioso de la primera, sí ha sabido encontrar en los grandes conferenciantes del siglo XIX y XX el modelo a seguir. Sus arengas vuelven a llamar al obrero y al trabajador, palabras que parecían desterradas de significado. Rechazan a esa casta a la que seguramente él no tardará en pertenecer pero que ahora, en el fragor de la batalla, producen connotaciones en la población que equivalen a cientos de miles de seguidores y, con ellos, a cientos de miles de papeletas en las urnas.

Para enmarcar fue su discurso de la semana pasada en la Puerta del Sol. Apenas quince minutos de palabras que cualquier español haría suyas sin pensarlo. Con tono emotivo y firme volvió a recurrir a una de las historias más bellas de Europa, la española, para hacerla suya y animar a la muchedumbre: «No fueron los reyes ni los generales lo que se opusieron a la invasión, fue el pueblo de Madrid (…). Fueron los de siempre, los de abajo, los que se opusieron a la cobardía de unos gobernantes que sólo defendían sus privilegios.» Conmovedor, directo, histórico y real. Por fin la historia de España salía de los libros llenos de polvo para entusiasmar a la ideología que, probablemente, más la ha repudiado. «Hay que soñar, pero tomándonos muy en serio nuestros sueños» afirmaba como queriendo dejar claro, no sólo ante la masa que se concentraba allí sino ante toda el país que lo observa con admiración o con el cuchillo en la mano, que son la alternativa al gobierno actual. Pese a quien pese.

Pablo Iglesias desterró en un cuarto de hora ese «Muera España viva Rusia» anarquista y consiguió que diez o quince mil personas ondeando banderas de la URSS, de Venezuela, Cuba o Grecia, se sintieran más españoles que cualquier cabeza rapada en un mitin de la Falange. Y todo fue, única y exclusivamente, por su forma y su modo de arengarlos. Iglesias le devolvió la patria a la mitad de un país que se sentía huérfana de ésta mientras que Rajoy, con un electorado deseoso de términos como ese, se esconde tras el plasma de una televisión cabizbajo y asustado de que lo tilden de facha si nombra demasiadas veces palabras como España nación. Es la diferencia entre un gran político y otro mediocre.

Podemos nació como un partido que prometía una renta universal de la que se ha tenido que detractar, que aseguraba que nos jubilaríamos a los sesenta años y que ahora, meses después, dice que eso es inviable. Surgió como una formación que otorgaría un salario mínimo universal y que no pagaría la deuda si se alzaba victoriosa, cosa que ya no tiene en su programa. La copia culta del chavismo venezolano dejó de prometer hace tiempo que no habría despidos en empresas con beneficios o se eliminarían las de trabajo temporal. Es decir, en menos de un año, Podemos se ha metamorfoseado en una organización totalmente distinta pero sigue teniendo algo fundamental que los agolpa, según todas las encuestas, a ser ya la segunda fuerza política del país. Esa diferenciación viste camisa blanca y luce una coleta en su pelo, porque no hay otra figura más llamativa a nivel político que la de Pablo Iglesias en la actualidad política de España y, si me apuran, de Europa.

Podemos no habría existido en otra época y, a buen seguro, no tendría la misma fuerza sinese profesor que los lidera, porque éste ha vuelto a enarbolar a una sociedad cansada de un PSOE ruinoso, de un PP corrupto y de una Izquierda Unida que sigue encabezonada en que el Muro de Berlín nunca cayó. Podemos no es más que una formación que se guía por lo que esta España demanda y que ningún otro partido político parece querer o poder darle. Pero ese partido depende de manera casi total de un general formado, preparado, leído y arrogante. Despotricar contra su discurso es lícito, tildarlo a él de mal orador no, porque no hay mejor político que aquel que sabe leer lo que su pueblo quiere y es capaz de hacerles creer que él es la única alternativa para conseguirlo. El problema para Iglesias es que, siendo un gran político, nunca podrá ser un gran gobernante. Eso, por desgracia para él, es otra de las lecciones que nos enseña la historia: que cuando el populismo consigue el poder significa, sin lugar a dudas, la ruina total de su país.

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