En el sur también se llora

Nunca antes —ni después— me había llorado nadie en una entrevista. Siempre hay una primera vez para todo, dicen. Los hechos ocurrieron en una céntrica cafetería de Santiago, durante el medio año que viví en Chile, la pasada primavera (otoño en el sur). Charlaba con Erika Hennings, presidenta del colectivo Londres 38 Espacio de Memorias. Había visitado unos días antes ese centro de detención y tortura clandestino de la DINA, la policía política de Pinochet. Y quería saber más de lo que ocurrió en esa casa del número 38 –oficialmente 40, en un burdo intento de la dictadura para borrar lo imborrable—— de la santiaguina calle de Londres. Y quién mejor que Erika, que había pasado por ese infierno, que, poco antes, había sido una de las sedes del Partido Socialista en el centro de la capital.

En ese entonces, julio de 1974, ella tenía veintidós años. Su marido, Alfonso Chanfreau, veintitrés. Les unía el amor, claro está, una hermosa niña de dieciocho meses y, también, su militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que llegó a tener 10.000 miembros en el Chile de 1973. Esa militancia compartida, un año después del brutal Golpe de Estado de Pinochet y sus lacayos, primero les llevaría detenidos a Londres 38 y después les separaría para siempre. No era el momento ni el lugar para militar en la izquierda. Al menos si se quería llevar una vida tranquila, sin demasiados sobresaltos.

Primero fueron a por él. A las once y media de la noche del martes 30 de julio de 1974, una treintena de agentes armados irrumpieron en su domicilio y se lo llevaron al centro de torturas clandestino, en pleno centro de la capital. Erika y su hija fueron trasladadas en una pick up sin matrícula a casa de sus padres. Sin embargo, al día siguiente regresaron a por ella. Alfonso no había abierto la boca en toda la noche. Querían que delatara a compañeros, y él no cedió ante los matones de la dictadura, pese a las torturas. Para hacerse una idea, en  se llevaron a cabo prácticas como violaciones sexuales, simulacros de fusilamiento, el teléfono (golpes con la mano abierta en ambos oídos que puede provocar lesiones auditivas graves) o el ahora famoso waterboarding. La CIA quizás aprendió las técnicas de interrogatorio a terroristas de su colega Pinochet.

La última vez que se vieron fue el 13 de agosto de 1974. Pudieron despedirse. A él lo trasladaban a otro centro (y se perdió definitivamente su rastro), y a ella la liberaron unos días más tarde, después que el gobierno francés intercediera a su favor. Hoy Alfonso Chanfreau es lo que se conoce como un «detenido desaparecido». Erika me hablaba de su marido con mucha tristeza aún, dándolo por muerto después de cuarenta años sin saber de él. «No me arrepiento para nada, a pesar de que estuve presa y de que mi marido está desaparecido.», me confesaba, antes de hablar de las torturas a las que fueron sometidos en Londres 38. Fue a partir de ese momento que empezó todo, y yo me las apañé como pude, que fue de forma torpe.

«En general no me gusta hablar de la tortura, pero había lo clásico de las torturas: electricidad, colgamientos, electricidad… —explicaba a medida que su relato se encallaba y caía la primera lágrima— sumergimientos de la cabeza en agua… Además, la detención en sí misma era una tortura, porque te privaban de la… vista, no te daban alimento, te desnudaban…»

Pasaron los segundos y no supe cómo reaccionar. Seguí preguntando por su propia experiencia en la casa hasta que la escena se repitió.

– En algún momento usaban el recurso de nuestra hija para presionarnos… —relataba mientras su voz volvía a entrecortarse y se sacaba un pañuelo del bolso.— Nosotros intentábamos estar juntos, sacarnos la venda y vernos…

– ¿Quiere que pare la grabadora? —le pregunté con un desafortunado y frío trato de usted—.

–No, no pasa nada, siempre me emociono con esto.

–Si hay algo de lo que no quiera hablar —le respondí—, sólo tiene que decírmelo.

–No, no. Es normal que me emocione, es imposible que no lo haga.

– Pero… —empecé una frase sin saber muy bien cómo acabarla.

– Estoy aquí también para explicar mi historia, sigamos.

Aunque aparentemente tenga poca relación, he pensado en ello después de entrevistar a Xavier Aldekoa, corresponsal de La Vanguardia en África. En noviembre publicó Océano África (Península, 2014), un testimonio excepcional de más de una década recorriendo una veintena de países del continente negro. Entre las muchas historias que explica en su obra, me dejó impactado un caso con el que se encontró en Togo. Emmanuel y Adeline eran dos hermanos, de nueve y seis años, que vivían solos en la calle. Su madre había fallecido y su padre no había aparecido por allí en veinte meses. Tomando algo con ellos, cuando se acabó la Coca-Cola, el pequeño patriarca de la familia inclinó su cuerpo hacia Aldekoa y le dijo: «Señor Xavi, si quieres mi hermana puede pasar la noche contigo.» Xavi se quedó paralizado, roto por dentro. No sólo por la oferta en sí, que también, sino porque, si le proponía eso, era porque alguien antes había dicho que sí. No lograba ni logra aún entender que este tipo de ideas puedan salir de la cabeza de un chaval de nueve años porque sí. «Me tumbé en la cama y, por primera vez en África, me puse a llorar como un niño.», confiesa.

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