La democracia no nació en Grecia

Así es. La democracia nació en los Estados Unidos de América. La tan cacareada cuna de la democracia –más bien tumba, nicho mortuorio, o fosa común- no fue la Atenas de Solón, sino la América de George Washington, de Benjamin Franklin, de John Adams, que murió por defenderla de la metrópoli. Aquellos fueron los padres de la democracia liberal, esa democracia que como un virus se contagió por Europa; primero en Francia e Inglaterra, luego en España, Italia, Portugal y Alemania. No hablo en escala temporal, hay que decir.

Frecuentemente, se suele decir que la democracia se inventó en Grecia, pero aquello no era democracia. Principalmente, porque solo podían votar aquellos que tenían un nivel de ingresos determinado, es decir, el sufragio era censitario. Y solo podían optar a un cargo público aquellos que poseían el más alto nivel de vida. Un poco como ahora, pero con justificación divina. Por no hablar de que la existencia de esclavos era interpretada como algo normal, cosa que se mantuvo inalterada prácticamente hasta la Declaración de los Derechos del Hombre.

Alexis Tsipras, líder de Syriza. (Ilustración: Charis Tsevis)
Alexis Tsipras, líder de Syriza. (Ilustración: Charis Tsevis)

Estos dos párrafos introductorios son para hablar de lo perpetrado en Grecia. Un partido liderado por el Pablo Iglesias heleno ha vencido en las elecciones a Nueva Democracia, una suerte de partido de centro-derecha que obedece las órdenes de la Troika, los deudores y el mal personificado en la presencia de Angela Merkel. Fuera de bromas, es conveniente analizar los resultados de las elecciones griegas fuera de la ideología predominante.

Descontando los cincuenta escaños que la ley regala al partido más votado en Grecia, Syriza y Nueva Democracia no se encuentran tan lejos el uno del otro, les separan apenas 20 escaños. La mayoría de Syriza no ha sido tan aplastante como uno podría imaginarse si se para a leer el Twitter español. La nota preocupante es que un partido abiertamente neonazi ha quedado tercero. Y otro comunista, cuarto. 70 años después, las dos ideologías que llevaron a Europa a una masacre de decenas de millones de personas siguen contando con fervientes defensores.

Aristóteles defendió en varias ocasiones la conveniencia del punto medio en casi todo, que no podía ser siempre blanco o negro, vacío o lleno, sino que todo poseía su matiz, su contrapunto. No ha sido así hoy en Grecia. Ciertamente lo que ha sucedido ha sido el anhelo de un pueblo que ha pagado muy cara la desvergüenza de su clase política. Acusar a los griegos de ser responsables del dispendio, del lavado de sus cuentas públicas para acceder a la moneda única con el respaldo de Goldman Sachs, de los miles de millones de euros quemados en los fastuosos JJOO de 2004, es un ejercicio de escasa empatía. Es como si los españoles tuviésemos la culpa de que se potenciase más el sector de la construcción que el de la investigación científica o el de la exportación de bienes y servicios. No está en nuestra mano.

No somos conscientes, ni los grandes opinólogos españoles –empezando por el que firma estas líneas, el primero y pequeño– de lo que ha supuesto esta crisis económica para los griegos. Los helenos han visto cómo el 30% de la riqueza de su país se volatilizaba en 7 años, por no hablar de que 9 millones de griegos –casi la totalidad del país- se encuentran fuera del mismo. Una tendencia que miles de años no parecido revertir, pues el pueblo griego siempre ha destacado por carecer de miedo a lo desconocido. Aunque el pueblo griego actual poco o nada tiene que ver con aquellos helenos habitantes de la Hélade, valga la redundancia; al igual que los actuales españoles poco o nada tienen que ver con los iberos, carpetanos y vetones. Hoy Grecia ha levantado el grito, aunque saben que no tienen razón. Pero sí que saben que su vecino lleva en paro desde hace 4 años. Que su hermana no ha podido terminar la carrera porque no puede permitirse la universidad. También saben que Costas, el pescatero, ha tenido que cerrar el negocio porque no podía permitirse mantenerlo más tiempo abierto. Que Alexandra se ha tenido que ir a Reino Unido a trabajar de au pair, y como ella, 800.000 griegos más que han abandonado el país desde 2007. Uniéndose a esos valientes helenos que levantan los países en los que habitan desde hace años.

Normalmente, un pecado imperdonable que cometemos los liberales político-económicos es ponderar toda acción a su rentabilidad económica. Pensamos que el bienestar económico, el equilibrio presupuestario y la disciplina  traen el bienestar social. Lo que pasa es que por el camino nos olvidamos de que las acciones que llevan a dicho bienestar las efectúan personas. Quizá parezca justo que a priori que quien no paga su casa la pierda, pero a nadie le pueden parecer justas las consecuencias que acarrean que alguien sufra la ignominia y el abandono en sus carnes. He ahí posiblemente el mayor dilema con Grecia, si dejarlos caer y apechugar con las consecuencias de sus actos, o bien tomar en consideración que es posible que no puedan devolver todo lo que se les ha prestado, y no porque no puedan; sino porque estaremos lastrando su recuperación hasta el fin de sus días.

Mucho me temo que los griegos no han votado a Syriza porque se hayan vuelto comunistas o de izquierda radical de repente. Necesitaban darle un susto a Europa, decirle que así no. Que un país empobrecido, sin esperanza ni futuro, no puede devolverle lo que no tiene a sus acreedores. La austeridad debería ser el principio de cualquier economía, y gastar menos de lo que se ingresa, el axioma fundamental. Pero no se pueden solucionar de golpe y porrazo años de dispendio. La economía griega tiene primero que producir, y después pagar su monstruosa deuda, que si bien no admite a priori una quita –ya tuvo una de 100.000 millones de euros, probablemente necesite otra de una cuantía similar– sí que puede admitir una renegociación, como España solicitó con el rescate bancario .

Syriza puede que sea de izquierda radical, ultraizquierda, comunistas, etiquétenles como deseen. Dudo que sean tan desconocedores de la realidad como para emprender un camino de no retorno, que implique el abandono de la eurozona. Ni le interesa a Grecia, ni le interesa a Europa.  Grecia no puede financiarse en los mercados porque su deuda supera el 160% de su PIB, aproximadamente unos 240.000 millones de euros. Si no puede endeudarse más, porque no puede pagarlo, ¿cómo se supone que va a poder salir adelante y empezar a mover la rueda de la actividad económica?

El programa de Syriza es bastante de la ortodoxia de la izquierda. Nacionalizaciones, programas de ayudas públicas –el denominado rescate ciudadano- programas de empleo público, la inevitable relajación de las condiciones del rescate, así como otras reformas en lo social, la reversión de las políticas de austeridad en el gasto, principalmente en sanidad, educación y servicios públicos. Alexis Tsipras se encuentra con un país que recauda pocos impuestos, caros, y además los recauda mal. Un país donde la economía informal supera el 35% de los nuevos contratos, donde una camarera cobra más por hacerlo en negro que con Seguridad Social –estos países mediterráneos, cuánto se parecen– está abocado a un cambio que lo vuelva a introducir en la senda del crecimiento.

El mantel de la Hélade se encuentra en una posición en la cual es Grecia la que tiene menos que perder. Si Grecia cae, el descrédito de la UE y la troika será total. Y la UE tiene que hacer frente a otro problema, el fantasma de la deflación, el que provoca que se encuentre estancada y haya tenido que recurrir a la Facilitación Cuantitativa –QE- o en otras palabras, inundar los mercados de deuda de dinero barato con el fin de alentar el crecimiento y una pequeña inflación. Veremos si funciona o no. El epicúreo Tsipras tendrá que demostrar si debajo del discurso ideológico hay un verdadero sentido de la responsabilidad o simplemente, la intención de poner en riesgo todo lo conseguido por los griegos hasta hoy.

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