Ciutat morta, documental vivo

Es harto conocido que la ciudad donde nací y vivo, Barcelona, se ha convertido en un escaparate de plástico que se contempla asépticamente desde las azoteas del Bus Turístic. Una meretriz que obedece sin rechistar a los pedidos de sus turistas y donde sus habitantes somos figurantes de un parque temático como bien definió el político David Fernàndez de la CUP. Una urbe que desde los noventa se ha tomado a pecho el lema del “posa’t guapa” perdiendo en personalidad todo lo que le dieron en galanura. Fácilmente uno recae en como la gentrificación ha hecho estragos y donde poco ha importado el color de la zamarra que luciera el consistorio con tal de lograr sus objetivos. Rincones emblemáticos, fachadas como la del edificio de La Rotonda o enclaves históricos al estilo de la Colònia Castells han sido (y serán) entregados a manos especuladoras. Todo ello bien custodiadito por unos cuerpos de (in)seguridad como la Guàrdia Urbana y los Mossos d’Esquadra que acumulan flagrantes denuncias por torturas. En este implacable proceso, donde surgen hoteles como topos, colectivos de estética disidente o incluso los mismos vecinos de toda la vida estorban.

ciutat

Es en este caldo de cultivo donde encontramos Ciutat morta (Xavier Artigas y Xapo Ortega, 2014), el documental que ha soliviantado a la opinión pública catalana al destapar un flagrante caso de corrupción policial en la ciudad condal. Emitido el sábado por Canal 33 y con un revelador share de pantalla del 20%, en él se cuenta la injusta encarcelación de unos jóvenes que fueron usados como chivo expiatorio tras una carga policial que terminó con un policía en coma el 4 de febrero de 2006. La gravedad de lo que revelan imágenes y testimonios, aunque tarde, es un motivo para estar de enhorabuena. Enhorabuena porque una televisión pública haya dado el paso de emitir semejante documento acusatorio – espero que los de CiU no se froten las manos al ser un caso de la administración PSC puesto que todos tienen sus muertos en el armario –. De enhorabuena porque hay fragmentos censurados y eso, en la época de las redes sociales lo único que consigue es crear mayor interés y enhorabuena también porque otra vez el cine ha conseguido sacar a la luz la mierda que se guarda celosamente en las comisarías barcelonesas tantas veces denunciada desde medios alternativos como cafeambllet. La misma porquería que el ínclito Felip Puig trató de ocultarnos quitando las cámaras de seguridad de las mismas y que por muy Conseller d’Empresa i d’Ocupació que sea ahora, no debemos olvidar su funesto paso por la cartera de Interior. Y sobre todo, enhorabuena y esperanza porque el vehículo del audiovisual ha agitado una sociedad (se habla de reabrir el caso), y qué es el cine sino una herramienta política y social que va más allá del entretenimiento.

https://www.youtube.com/watch?v=A-Kx8cXrP3Q

Ciutat Morta lo tiene todo: falsos culpables, una jueza insensible, torturas de brutales policías, corruptelas entre los estamentos de poder, filtraciones periodísticas, locuaces abogados, amenazas veladas y testimonios que dejan boquiabierto. Todo ello orbitando alrededor del trágico suicidio y la poesía que dejó una de las víctimas; la malograda Patricia Heras. Lo sobrecogedor del caso es que no discurre en los suburbios del Baltimore de The Wire  ni en la hedonista Atlantic City de Boardwalk Empire sino en El Raval, Les Corts, Plaça Sant Jaume,… Formalmente nos hallamos ante un producto de factura sobria donde se acompasan las imágenes de las entrevistas con fragmentos de cámaras de seguridad, grabaciones de móvil, fotografías, vídeos de YouTube o voces en off que relatan los poemas de la fallecida.

Pero donde más conviene poner el acento es en la elegancia con la que se trata el espinoso tema del suicidio. Vector que rige el documental y que es solventado con un respetuoso plano fijo de la ventana por donde saltó la madrileña y donde el viento agita testimonialmente una cortina amarilla. La sensibilidad con que se omiten los detalles escabrosos engarza con la difícil tarea que trata de levantar el documental y que no es otra que la de hacer visible algo que nadie vio y fue mistificado al gusto de los responsables políticos. Muchos son los debates que pueden plantearse a partir de la emisión de Ciutat morta y, a pesar de la sensación de vulnerabilidad que embarga tras su visionado, me gusta pensar que no todos los elementos policiales y políticos están igual de podridos. De ser así, siempre nos quedarán más realizadores dispuestos a taladrarles como han hecho noblemente Artigas y Ortega con su investigación y nos reconfortaremos al ver como nuestra panóptica sociedad de control también puede volverse en contra de quienes la pergeñan a conciencia.

 

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