Irse a Lisboa

He venido otra vez a perderle el vértigo a la primera línea. A mirar fijamente el atardecer en el muro perimetral del folio y a escuchar la voz vertical del mayordomo de Juan Ramón cuarteando el silencio: Señor, el crepúsculo.

Ahora suave es la noche pero en Lisboa llueve como en la biblia. Los transbordadores dejan balanceando en el agua un alarido atroz. El río mastica cualquier palabra que decimos, se las lleva de un lado a otro de la boca, y las deja apartadas más tarde en Terreiro do Paço, a los pies de la sombra de una mujer que parece la hermana pequeña de un poeta.

Hemos alquilado un piso aquí en Lisboa. Nos iremos definitivamente en  septiembre. Siempre nos atrajo la idea de dejarlo todo inesperadamente y fracasar lo más rápido posible. De empezar a vivir con los bolsillos llenos de plomo y en suspense. Siempre hemos querido gobernar desde la cama el mundo, nuestra vida o los pedazos que vayan quedando de ella. Siempre hemos querido dormir juntos y poder soñar por nuestra cuenta. En verdad, nos horroriza cualquier clase de éxito. Aquí podremos olvidar a todos los fantasmas errantes que transitan por nuestras salas de recuerdos, que yo me las imagino ahora como la habitación donde Samsa asiste extrañado a la metamorfosis de su familia, que dice en el salón: «Yo creo que lo mejor sería dejar el cuarto igual que antes, para que Gregorio, cuando vuelva a ser uno de nosotros, lo encuentre todo como estaba.»

Id a Lisboa nos dijo un amigo que sólo ha leído a Tabucchi. ¡Irse a Lisboa!, pensamos. Y entonces no sé por qué vi o imaginé que vi una luz encenderse dentro de mí muy a lo lejos, y como de esa luz salía intermitentes fogonazos de vapor como si estuviera dentro cociendo piedras la mujer asmática del coronel o simplemente fueran los vestigios de niebla emergiendo de cualquier página dublinesca, pero esa blancura se fue transformando en la propia Lisboa, y sentí cómo podíamos movernos por la Baixa o subir Chiado una y otra vez, hasta fundirnos con la ciudad río abajo, quizá en busca de un tal Kurtz.

¡Irse a Lisboa!, repetí, y recordé que hacía algún tiempo había leído el artículo de Manuel Jabois, Irse a Madrid, y como éste citaba a Camba, que decía que los gallegos sólo iban a Madrid para ser ministros. Y los extranjeros, ¿a qué vamos a Lisboa los que nos sentimos extraños en cualquier sitio? Supongo yo que vamos a olvidar lo inolvidable y a respirar cerca del Tajo. Y a ver, como Pereira, el cielo azul feroz de los domingos. A forjarnos el carácter. A interesarnos más por la vida.

Irnos a Lisboa. ¡Qué acierto va ser eso! Ir allí a golpearnos los pies con una vida lenta y de nadie, una vida nueva donde podremos contar una a una las palabras. Y escribir los artículos sin necesidad de encerrarse en el cuarto con un poco de papel, porque ya no hace falta papel. Irse allí, a ver danzar los pensamientos y a desenterrar las mismas obsesiones de siempre.

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