La libertad de Charlie Hebdo

No fue en noviembre de 2011 cuando descubrí Charlie Hebdo, sino unos años antes, pero sí fue a partir de ese momento que empecé a seguir la revista con una atención especial. Su redacción acababa de ser atacada con cócteles molotov tras la publicación de varias caricaturas de Mahoma, especialmente por la última portada protagonizada por el profeta del Islam (“Cien latigazos si no has muerto de risa”). Ese mismo día llamé a una de mis tías en Francia, para que tratara de conseguirme ese ejemplar. Recorrió varios kioscos y finalmente lo recibí, una semana más tarde, por correo postal. La misma semana que la revista publicaba su nuevo número, en la que se dibujaba a un musulmán y un redactor de Charlie besándose apasionadamente. “El amor es más fuerte que el odio”.

Hay algo que hace menos doloroso -si cabe- el nuevo y brutal atentado contra Charlie Hebdo: la muestra de solidaridad y unidad mostrada por los franceses ante el terror. Por motivos personales, seguramente tengo más vínculos -especialmente familiares, pero también de amistad- con la vecina Francia que el ibérico corriente, y por ello algo más de contacto con la sociedad francesa. Frente a los kalashnikovs y los lanzagranadas, los franceses han agitado lápices de colores y caricaturas. Frente a la barbarie, multitudes han salido a las calles gritando que no tienen miedo. Frente a quien dice matar en nombre de Dios, comunidades musulmanas se han puesto del lado de las víctimas.

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Uno de los mejores análisis sobre este caso lo he leído este viernes en el nuevo número del semanario The Economist. La prestigiosa publicación británica asegura en su editorial que “los islamistas están atacando la libertad de expresión”, pero, sin embargo, advierte que “vilipendiar a todo el Islam es el camino equivocado para contrarrestar el medievalismo sangrante”. Y hace un apunto muy interesante: la revista se niega a aceptar que estemos ante un “choque de civilizaciones”, como el que teorizó el politólogo Samuel Huntington en su obra The Clash of Civilizations?, sino que nos encontramos simplemente ante “criminales”.

Charlie Hebdo era un emblema de la libertad de expresión. Por eso, y no por un supuesto mandato de Alá, fue atacada por quienes les prefieren amordazados. George Orwell afirmó algo así como que la libertad de expresión era decir aquello que la gente no quería oír. Otras versiones dicen que lo que dijo fue que el periodismo era publicar lo que alguien no quería que se publicase. Que más da, la idea de fondo es la que importa. Lo que los dos hermanos quisieron atacar es ese derecho a informar e informarse libremente, a enfrentar posturas mediante el diálogo y no la sangre, a que uno pueda decir lo que le pasa por la cabeza sin temer por las represalias. Ellos no querían que se oyera ni se publicara.

El Islam no ha sido la única víctima de sus viñetas. Cuando el Papa Juan Pablo II visitó Francia, le recibió con un “Bienvenu au Pape de merde” (la traducción no es necesaria). Esta Navidad publicó a la Virgen María abierta de piernas, de las cuales salía el niño Jesús. Y sobre la ultraderechista Marine Le Pen, dibujó una gran mierda sobre una bandera francesa y tituló: “La candidata a quien se parece”. Esperemos que en la próxima etapa siga siendo ese azote de todos, sin sutilezas ni medias tintas. La revista, que busca seis nuevos dibujantes, ya ha anunciado que seguirá, con su tradicional humor de línea dura: “El espíritu de Charlie no ha muerto”.

Ahora, como siempre, salen analistas de la política francesa de todas partes, más preocupados por agitar el alarmismo que por las propias víctimas. Claro que es preocupante que Marine Le Pen, que parece no haber tocado techo electoral, salga reclamando un referéndum sobre la pena de muerte, y más si tenemos en cuenta que fue su padre quien dijo que las cámaras de gas fueron “un detalle en la historia de la guerra”. Pero también es preciso señalar que el presidente Hollande -así como todos los fuerzas políticas y actores sociales demócratas- aún dispone de dos largos años para demostrar que una respuesta opuesta a la del Front National no sólo es posible, sino que es necesaria.

Como persona con vínculos con Francia -más que un pasaporte, más que una nacionalidad-, me duele ver cómo dos conciudadanos míos pueden llegar hasta este punto, y me duelen también las consecuencias políticas que se puedan desencadenar en un país donde la ultraderecha se ha normalizado política e institucionalmente. Como demócrata, me hiere que se puedan aprovechar los hechos para introducir discursos xenófobos en el debate público o que se pueda llegar a defender un recorte en la libertad de expresión. Como periodista, me aterroriza pensar que todas estas posiciones puedan ser defendidas por compañeros de profesión, que pese al hashtag no todos seamos Charlie.

Precisamente fue un ciudadano francés nacido en París tres siglos atrás, François Voltaire, quien sostuvo que quizás no estaría de acuerdo con lo que uno dice, pero que, sin embargo, defendería hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte si fuera necesario, su derecho a poder decirlo en libertad, sin represalias. Y Charlie Hebdo era, en palabras de Libération, “Voltaire en viñetas”. Pese a la premonición del pensador francés, que el miedo no se apodere de nosotros. Sin libertad, estamos condenados a ser esclavos de por vida.

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1 Comment

  1. “Ahora, como siempre, salen analistas de la política francesa de todas partes, más preocupados por agitar el alarmismo que por las propias víctimas”. Supongo que esto es una autoreferencia. Es precisamente lo que hace este simplista artículo, más preocupado por agitar el alarmismo contra Le Pen que por las propias víctimas.

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