El espía al que amé

Vivir la infancia con cómic español ha desaparecido junto con casi todos los entretenimientos sin pantalla táctil, y ha sido sustituido por la generación de chavalería que recibe un ‘smartphone’ en su primera comunión. A modo de guiño entre proles, como cuando mi abuelo me ve escuchando a Frank Sinatra desde el móvil, han reaparecido los trompos: ahora con luces y sin monedas de cinco duros. Puede que mi generación, la de principios de los 90, a la que se nos ha bautizado con más nombres que a alguna infanta, fuera la última que disfrutó de los comics como entretenimiento. Por eso para mí a la edad de nueve años, la palabra “espionaje” sólo me recordaba a Anacleto, agente secreto. Vivo aún el gran Ibáñez, que me perdone, el concepto ha ido evolucionando en mi cabeza hasta convertirse en un hombre británico -escocés-, frío, elegante, educado, inteligente, reservado, huérfano, y con licencia para matar (352 secuaces, malvados y villanos perecidos hasta la fecha). Pero el personaje de James Bond no es lo único que me asalta al pensar en espías. Como si fuera la Virgen de Lourdes, siempre se me aparece el mismo texto cada vez que pienso en agentes secretos: un artículo dominical en el que Pérez-Reverte especulaba hilarantemente cómo habría sido la operación militar en la que dicen que mataron a Osama Bin Laden, si hubiera sido llevada a cabo por el ejército español, línea directa mediante con Mariano a través de un interfono. Todavía lloro de risa al recordar algunas líneas.

La evolución del personaje en el cine ha sido mucho más variada que la mía. Le descubrí en sus primeras películas, me metí en su piel con un juego de la Nintendo 64 (mi primera novia), alquilaba cada vez que podía alguna cinta antigua que no hubiera visto, y he acabado leyendo las novelas originales. No como a mí, mucho le ha llovido al comandante de la Orden de San Miguel y San Jorge desde que fue creado por el escritor y periodista Ian Fleming (1908-1964) en su casa -llamada Goldeneye (1995); posterior título de una de sus obras que Pierce Brosnan protagonizaría en el cine- de Jamaica. Tras su servicios a la Armada Naval Británica, el autor tenía todo lo que necesitaba para dar vida con su pluma a un espía. Estuvo a cargo de la Operación Ruthless -finalmente no llegó a ejecutarse-, que pretendía llevar a cabo el robo de Enigma, la máquina que los alemanes utilizaban para codificar sus comunicaciones durante la Segunda Guerra Mundial, cuya historia podemos conocer ahora en el cine de la mano de Benedict Cumberbatch en The Imitation Game (2014). Ya retirado y con más de 15 obras dadas a luz, se dedicó beber whisky y libros a partes iguales. Es curiosa la relación recíproca de admiración que compartía con Kennedy, ya que su libro favorito era Profiles in Courage, y lo que más gustaba leer al ex presidente norteamericano eran las novelas de Fleming. No es casualidad que por petición personal expresa se le mandara a la Casa Blanca una copia de Desde Rusia con amor (1963), antes de su estreno en cines.

Si echamos desde ahí la vista atrás, su salto a la gran pantalla lo abanderó un desconocidísimo Sean Connery, que repitió hasta 7 veces encarnando al personaje, con un parón de 4 años en los que dejó paso a George Lazenby. De profesión modelo, fue llamado para captar a un público joven, dando a Bond un toque coqueto, sensible y más amable, menos serio que su predecesor. Debutó y se retiró en Al servicio secreto de su Majestad (1969), única película en la que podemos ver llorar al personaje, en el entierro de su mujer. El primero de la lista que no era británico (la norma no escrita del actor Bond británico quedó tan comúnmente aceptada, que Clint Eastwood y Burt Reynolds rechazaron en su día papeles por no serlo). Consagrado por las críticas como el mejor Bond de la historia, quizás porque recibió clases de artes marciales de Steven Seagal para su papel, Connery hace sombra a dignos competidores contemporáneos que nada pudieron hacer con el descaro, la ironía y el atractivo del actor escocés. Más tarde llegó Roger Moore -actor con más películas Bond en su historial-, que otorgaba un aire distinto al personaje debido a su edad, siendo el actor más longevo hasta la fecha en afrontar el papel. La espía que me amó (1977), Moonraker (1979), u Octopussy (1983) son obras muy valoradas de la saga gracias a sus fantásticas interpretaciones. Dando un salto de realismo hacia las novelas, se busca un actor idéntico al del Fleming, calcado tanto física como personalmente. Así llega Timothy Dalton, el Bond favorito de Sean Connery. Frío, violento, agresivo, solitario; aunque con interpretaciones más discretas que actores anteriores, es lo más parecido al personaje de las novelas. Para sus films Alta Tensión (1987) y Licencia para matar (1989), se actualizó la cronología de las obras a los años 80, dejando atrás la Guerra Fría: fue imprescindible para adaptar la tecnología, armas, artilugios y vestuario a la época de rodaje. Pese a los 3 millones que le ofrecieron para renovar su contrato, Dalton no quiso protagonizar Goldeneye (1995) –cuyo guión había sido elaborado pensando en él-, por lo que recurrieron a Mel Gibson. Acabó siendo rechazado por ser demasiado bajo, y Pierce Brosnan ocupó su lugar. Atrevido, descarado y elegante hasta parecer una mujer, el irlandés es protagonista de una de las escenas que establece un enlace mimetizado con el personaje de Fleming: en Muere otro día (2002), Bond se presenta como ornitólogo para ocultar su verdadera identidad, siendo el famoso ornitólogo James Bond el hombre que inspiró el nombre del agente secreto en las novelas. Siempre le recordaré como el hombre que nos salvó de ver a Orlando Bloom o Hugh Grant, que fueron candidatos, como ‘cercerosietes’. Y de igual manera que ocurrió con Dalton, el guión del remake de Casino Royal (2006) era para Brosnan, pero decidió no seguir debido a su edad y fue sustituido por Daniel Craig. Apodado ‘duckface Bond’ (algo así como el Bond morritos) por la disposición de sus labios y su gesticulación, es perfecto en cuanto a semejanza, en carácter y personalidad, a las novelas. El más parecido a las obras de Fleming junto con Dalton. Carga ya con tres películas en su haber, y va camino de la cuarta: Spectre (2015), con un altísimo grado de expectación que algo tiene que ver con Monica Bellucci, y Craig aún como protagonista. Más allá de este más adelante, sólo rumores que harían removerse en la tumba al pobre Fleming, como un Bond negro o una Bond mujer.

Bulos escalofriantemente inquietantes aparte, desde el estreno de James Bond contra el Dr. No (1962) hasta Skyfall (2012) se han cumplido en mayor o menor medida las bases que se dejaron marcadas en las novelas: paisajes exóticos, elegancia, efectos especiales, violencia, ‘chicas Bond’ (81 hasta ahora en el cine), y estrambóticos artilugios de combate. La prosa descriptiva y elegante de Fleming, de altísimo nivel, dejaba un guión prácticamente finiquitado para que el cine sólo tuviera que grabar y proyectar. Cada detalle de las obras está descrito con precisión, y la gran pantalla ha honrado el trabajo del autor con películas fidedignas a las novelas, aunque a veces se hayan mezclado tramas de distintos libros. Hasta la última particularidad queda reflejada. El  carácter de Moneypenny y su tensión sexual con Bond; los artilugios de la Sección Q; el famoso Dry Martini y el cóctel de ginebra, vodka, y Kina Lillet al que apoda Vesper en honor a la chica Bond de la novela –Casino Royale– donde nace la bebida; o los flamantes Aston Martin –hasta 6 modelos distintos en toda la saga- con ametralladoras, asientos eyectables, lanzacohetes, lavavajillas, y camping gas. Imprescindibles en cada misión del agente doble cero. Para cubrir de oro este regalo, como ya ocurrió con la secretaría de Goldfinger en la homónima película, diversos compositores (destacando a John Barry y David Arnold) han colaborado en la famosísima banda sonora, ambientando a la perfección cada compás de saltos y tiros del hijo de Andrew Bond y Monique Delacroix; el agente 007 del servicio secreto británico MI6: “Bond, James Bond”.

BOND

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