Un cuento de Navidad

Llegamos a Extremadura después de un viaje en el que, como siempre, me tocó conducir a mí. Y yo que pensaba que este año me libraba, pero por supuesto, también me tocó pagar el depósito, cosa que a mi suegro no parecía apetecerle. Feliz Navidad a ti también, amigo. Mi mujer, al lado, me miraba con cara de circunstancia y una combinación de pena y compasión. Como diciéndome: “Hay que cumplir”. Mis suegros iban detrás, y justo en el coche que se encontraba paralelo a nosotros, mis cuñados y su perro, que por no dejarlo solo en casa, se lo habían traído consigo.

Nos detuvimos, a la hora de comer del día 23, en un pequeño restaurante que se encontraba próximo a Hervás, un maravilloso pueblo que otrora perteneció a Salamanca, pero finalmente, vicisitudes del destino, se lo quedó Extremadura. Y allí nos encontrábamos, descansando tranquilamente y yo apurando los dos chatillos de vino, uno detrás de otro, para poder aguantar la que me esperaba. Por un lado, mis suegros, con mi respectivo pre Alzheimer -todos mis respetos a los que sufren, silenciosamente, esta enfermedad- mi suegra, que tiene que aguantarlo, y mis cuñados, cada cual más insoportable. Y su perrito, un bulldog llamado Michi; yo tengo la teoría de que el pobre perro no les aguantaba a ninguno, sobre todo, por los alardes de ilusión que ponía cuando se acercaba a nosotros en vez de a mi querida cuñada.

En el restaurante nos encontrábamos, decía, yo apurando el último chatillo de vino y mi señora esposa dando cuenta de un morcón ibérico fantástico. Mientras, mi suegro batallaba con unos judiones con almejas, y mi cuñada se peleaba con su esposo por ver quién se comía el último de los percebes, mientras la matriarca prefería abstenerse de comer nada, porque engorda. Entre tanto, un autobús aparca a las afueras del restaurante, y una marabunta de dentaduras postizas, gorras de Caja Rural, olor a medicamentos y repiqueteo de bastones toma la entrada del restaurante: toda una colección de jubiletas que habían decidido pasar juntos las Navidades, en lo que para algunos serían sus últimas Navidades.

Se animaba la cosa con los jubiletas. Yo pedía el tercer chato de vino. “Esta vez, ponme copa”, le dije al camarero, que advirtió, de forma muy inteligente, que lo necesitaba con urgencia. Para cuando me llegó el caldo, atisbé cómo mi suegro hacía ademán de levantarse e ir a arrejuntarse con el hogar del jubilado, mientras mi mujer trataba de impedirlo. Me atraganté cuando observé que, efectivamente, mi suegro se había puesto a bailar agarrao con los jubiletas -mejor dicho, con LAS jubiletas- y su esposa, al borde de la disnea, estaba tratando de asimilar que a su esposo se le acababa de terminar de ir la chaveta. Para colmo, lo de agarrao implicó tocamientos muy incómodos de ver en un señor de 78 años. Mi mujer lo sacó de allí y yo pedí la cuenta. Eran las 6 de la tarde. Había previsión de bajas temperaturas y en todo el día, no habían subido de los 2 grados centígrados.

Salimos de allí escopetados. Le rogué a mis cuñados que se hiciesen cargo de los abuelos, puesto que yo había tenido que llevarles desde Madrid y deseaba cierta intimidad para hablar con mi mujer. Estos aceptaron, a regañadientes. El perro, mis cuñados y mis suegros, qué estampa, pero tuve libertad para hablar con mi mujer. “Tu madre es una santa”, es lo más suave que le dije, claro está. No obstante, decidimos no ir todavía a la finca porque mi mujer y mi cuñada decidieron que no sería mala idea pasarse por Plasencia a tomar un café por donde la catedral, y dar un paseíto a la rivera del Jerte. Con el frío de mil demonios que hacía. Evidentemente, el perro no podía entrar en la cafetería, por lo que lo dejaron, atado debajo de una maceta térmica de esas modernas, para que no pasara frío.

Me pedí un té, no estaba para nervios y quería dormir bien esta noche. Insistí para ir de una puñetera vez a la finca, porque habría que encender la calefacción, ya que esas casas tan enormes requieren de bastante tiempo para calentarse. Subimos a los dos coches y finalmente, llegamos a la finca. Nos tocó la habitación más fría, perfecto para que a mí y a mi mujer nos salieran sabañones del tamaño de una pera en cada pie, y por supuesto, a mis cuñados y a mis suegros la estancia más cercana a la calefacción, los cachondos de ellos. Hicimos una cenita ligera, y nos dimos cuenta de que había comenzado a nevar y a soplar un viento del demonio. Nos soplamos un Ribera del Duero ligerito y me fui a dormir, consciente del coñazo soberano de día que me esperaba mañana.

Como a las tres de la madrugada comencé a escuchar un griterío tremendo procedente de las habitaciones de abajo. “¡Ay mi Michi!”. “Ay mi Michi”. Efectivamente, era mi cuñada. Y el grito no procedía de la habitación de abajo, sino de fuera. La temperatura era de -3 grados y había caído al menos medio palmo de nieve. Me puse rápidamente unas botas, una manta, y salí a ver qué demonios sucedía. En esto de que abro la puerta, y veo a mi cuñado sujetando entre los brazos lo que parecía un jabalí empapado, pero no. Era el perro. Nadie se había dado cuenta de que se lo habían dejado en el coche con la ventanilla bajada. Nadie. Ni siquiera yo. Comenzaron a discutir. Yo quería desaparecer, quería matar de envenenamiento a toda esta gentuza, y quedarme más a gusto que dando palmas. Mi cuñado me miró con cara de: “Hay que hacer algo con esto”. Y a las 3:47 de la mañana, con las luces del coche, una pala y una bolsa de basura, enterramos a Michi como si estuviésemos dando sepultura a un represaliado de la mafia. El perro, desde luego, había sido el más inteligente; decidió morirse de frío a tener que soportar un minuto más a esta panda. No se acaba el asunto aquí. Volví a la cama, oliendo a una mezcla de perro mojado y humedad. A la mañana siguiente, desde la ventana, observé cómo lo que se parecía a un guarro estaba desenterrando el cadáver de nuestro querido Michi. Bajé, armado con un palo de golf y comprobé la dantesca escena. Una cabeza de bulldog, separada de su cuerpo, todo lleno de sangre, y el guarro, al otro lado corriendo, después de haberse puesto fino con lo que quedaba de Michi.

A mi suegra le dio un vahído y mi cuñado y yo decidimos que lo mejor sería que nos marcháramos. Finalmente, haciendo las maletas que no me había dado tiempo a deshacer, no encontraba las llaves del coche. No podía encontrarlas. No estaban ni en la repisa, ni debajo de la cama, ni en ninguna parte. Bajé corriendo hacia el improvisado cementerio y no, ahí no estaban. Desenterré lo que quedaba de nuestro querido Michi, que a día de hoy debe ser el cadáver más exhumado de la historia, después de Pablo Escobar, pero no encontré mis llaves. Así que, finalmente, decidimos que o entrábamos todos dentro del coche, o teníamos que pagar un taxi hasta Madrid. Siete personas en un coche pensado para cinco, hasta Madrid, atasco y gasolina, que nuevamente, tuve que pagar yo.

Pocas semanas después, llamó mi cuñada, hermana de mi mujer, comentándonos que se iba a divorciar. Parece ser que el detonante había sido la muerte del perro, pero que ya venía de lejos. Y tanto se fue de madre la cosa que al final, el único que pareció pasárselo bien fue el abuelo, gracias a esa maldita enfermedad que te roba la memoria y te convierte en una sombra de ti mismo. Feliz Navidad, y recuerden: no se dejen a las mascotas en un coche con la ventana abierta a las 2 de la mañana. Su peludo amigo se lo agradecerá.

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