Un cuartito de seis duros con frío

La infancia es la patria de cada uno, y la Navidad el hospedaje envuelto y feliz de la niñez. Hubo un tiempo en que la vida era un inacabable letargo hasta los días de nieve y frío, como un casete familiar que espera el segundo certero para detenerse y disfrutar de la cara joven de un abuelo o el embarazo de una preciosa madre. Y así año tras año.  Los recuerdos de crío, al menos los míos, hunden sus raíces en un abeto sobre el que plasmábamos las excentricidades artísticas que considerábamos la revolución del interiorismo, y la angustia por una nueva consola. Ahora que hemos crecido y que sabemos las (des)lealtades con las que se sirve el champán en los días señalados, la Navidad aparece como una época transida rodeada de meretrices, copas y puros, lo cual está muy bien, pero no es digno. Desde el niño de pies inocentes hasta el hombre que se lanza sospechoso a los reencuentros.

Hace un par de semanas me froté los ojos cuando vi a Carlos Pintos, un amigo que se embarcó hacia Chicago porque Galicia le quedaba pequeña y ya ni con calzador le entraba. El ambiente era llamativo: dos sillas y un tocadiscos que hacía sonar un jazz empolvado y negro. Un vis a vis inesperado entre dos hombres que nunca han tenido suerte con las mujeres. Fumamos y bebimos hasta que surgió la idea: hay libros que se enmarcan en ambientes propios, únicos, como si se hubiesen atribuido un súbito grado de  inclinación del Sol y una temperatura que ni en otro espacio ni tiempo existirá. Unas pinceladas alquiladas eternamente a esas páginas; una pátina de frío o calor, humedad o su contrario que se dilata entre cada coma. Incluso, en los espacios vacíos, donde nada se dice ni nada se habla, reina cada uno de los suspiros personalísimos del autor.

Praga —«¡Ay!, Praga, Praga, darling Praga/ los condenados pagan cara su salvación»— es Kafka. París es, entre muchos, Cortázar. Madrid, esa infinita superposición de bidés a media luz y alcobas revueltas y grifos goteantes, es Umbral; y los cafés La Colmena. La carretera, el sendero que es siempre lo que viene, es Kerouac. La elegancia de escaleras barrocas es Scott Fitzgerald en un traje de tres piezas preparado para el fracaso. ¿No es Rayuela el espejo de una rue francesa de edificios blancos, ventanas abiertas y rubias de blanca seda? Dylan es a Woodstock lo que Patti Smith es a Brooklyn. O viceversa. Cualquier obra que resista el paso del tiempo sin arrugas es el reflejo pálido y difuso de quienes han conseguido escribir para un lugar sin estar allí. La sutil conquista de unas vistas que se incrustan en cada línea con la altanería de quien quiere que le imagines allí y no aquí o ahí. El fantasma de Tom Joad baila sobre una armónica adusta y profunda y Roma ha alcanzado la perfección en La gran belleza. Y en este punto, ¿qué es la perfección? El empaste rotundo de unas letras con donde suceden; la elevación poética de unas sílabas hermanadas con un entorno. Quizá, incluso, la esfumación del escritor para ser tinta en una alcoba.

Dijo Virginia Woolf, quien orilló el río Ouse perdiendo alma paso a paso tras querer en vida la muerte, que una mujer si desea escribir necesita dinero y una habitación propia. Un amparo nuestro decorado maniáticamente sin mucha cosa burguesa, pues los ricos nunca han escrito bien. Ese lugar que abandonado haga sentir el vértigo a la propia recepción. Y me despido con una cita del maestro vilanovés: «esos tres cuartos se escriben más dignamente a la luz de un quinqué, bajo el techo ahumado de un cuartito de seis duros, en el quinto piso de una calle cualquiera.»

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