El tigre y el poeta

No se lo que le ocurre a usted al levantarse, pero a mí se me amontonan las palabras en la cabeza como si fuera un diccionario roto. Un diccionario agitado con poco tino, con las palabras repetidas, deshilvanadas, cayéndose hacia dentro. Sólo significante. Dura poco la sensación y va acompañada de alguna idea macabra no verbalizada. Rastros de la pesadilla que no quiere morir en la claridad de la mañana. En esa primera hora, hay más que nunca, un afuera automático de buenos días y frases hechas, y un adentro tuberculoso de palabras reptantes a las que la realidad no le ha quitado todavía su resplandor simbólico. Ahí se divide el día. A un lado las palabras, ya despiertas y henchidas de significado; al otro una desconcertante amalgama de cosas, personas, interrelaciones y tiempo meteorológico con un montón de bisutería encima que las aplastan hasta la nada. Bien, salgamos de la cama y escojamos bando.

La primera de las palabras de ese día fue Habitación. Grande como un letrero luminoso, pero algo siniestra, como ese mismo letrero  corroído por las circunstancias y con la H colgante de un motel de carretera. En la habitación, con mi padre, que simula dormir. En la habitación de un hotel de una ciudad de costa, en el sur atlántico, desprotegido de los vientos y de los viajes del inserso. En una habitación rara vez está la felicidad, y de hecho las madres nos mandaban a escobazos a la calle. Sin embargo la palabra no tiene mala fama. Pero aquel que ha viajado lo suficiente sabe lo que significa estar adentro. Con la puerta cerrada puede ser una prisión. Y se conocen casos de gente que no salió nunca por no dar los tres pasos que les separaban de la puerta. Eso, por ejemplo, es una muerte por exceso de simbolismo. Donde nosotros vemos un pasaje de azulejos, él vio un abismo silencioso. Sobre las puertas y las ventanas -ese hombre- también tenía una teoría, pero nunca llegó a contarla. A esa gente conviene llevarla hacia la literatura, y eso es caridad. Mira los poetas. Cuando los ves tan quietos en el paso de cebra es porque  están esperando a que el tigre salte y los devore. Ellos piensan el miedo. Se sienten bien así. Un terror paralizante, continuado y que les da para vivir con cierta comodidad. Viven de la palabra y la palabra los salva. Como los antiguos cristianos comidos con alegría por los leones. Los leones, que según Lacan habitan un espacio pre-verbal. La jungla o el instinto, tanto da. La felicidad que hoy nos venden se viste parecido. Carpe díem, como me dijo un autista con sentido del humor.

Al otro lado de la pared se agita una discusión. Hay palabras dichas en voz muy alta y tono de reproche. Ella habla como con un niño que no le entiende bien, y él se defiende sin ninguna convicción. El tono se vuelve agrio por momentos pero las frases están vacías. Hablan del desorden, del mal tiempo, de un viaje pesado y de la habitación. Una habitación con vistas al mar que a ella nunca le gustó. Ahora se oye una puerta y el silbido del viento; y ella vuelve a decir -sin énfasis, sincera, por tanto- que detesta el mar, que se siente pequeñita al lado, que se quiere ir. Si yo lo escribiera diría que este mar oscuro es impenetrable. Y que de noche suena de una forma que no hay escapatoria. Y ese mar y esa playa vacía, anuncian una desaparición o una ruptura. Me puedo imaginar al hombre fumando en la terraza, insensible por infantil. Y ella sentada en la cama, mirándole -tantos años después- como a un extraño. Cuando ya estoy dispuesto a ponerle título al drama, suenan unas risas al otro lado. -Pero qué haces joder, que le puedes dar a alguien, serás cerdo!. Y más risas, ya carcajadas. Se oye descorrer la puerta y el hombre -imagino- entra triunfante en la estancia -Es para marcar el territorio, niña, lo hago en cada hotel.- Y le da 3 golpes a la pared, como si fuera un orangután. Retrocedo algo asustado como si me hubieran pillado en una falta. La mujer no para de reir y empieza a soltar onomatopeyas absurdas, seguido de pequeños jadeos. Puro significante que atraviesa la pared de forma pegajosa. Quien escribe no tiene palabras para este desaguisado y decide salir fuera. En busca del drama, del peso, de la ausencia y en general de todo lo que no es exactamente vida. Explorador del mundo como un niño bobo que sonríe en el día de los difuntos, y cuando está prohibido sufrir, en el día de fiesta: se castiga de cara a la pared.

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Afuera, de nuevo, todas las cosas quietas. Es curioso porque la inutilidad de los objetos no se advierte por contraste, se advierte cuando lo hecho para servir, no tiene a nadie a quién servir. Cuando lo hecho para ser mirado, no encuentra el ojo que lo sienta. Las cosas son  doblemente inanimadas. Se hace carne su falta de vida. Vida que antes sí tuvieron al servir de decorado al rastro de la gente. Andar por un pasillo quieto, sin nadie y sin el eco de las voces; es un travelling siniestro. Sin embargo la acumulación de palabras: moqueta, cortina, extintor, puerta, pasillo, sofá, lámpara, cuadro; no tiene relación alguna con lo que estos objetos hacen sentir al paseante solitario. Habrá que cambiar de lenguaje, me digo. O quizás de dealer, dice otro yo más íntimo y perspicaz. Vuelvo mi atención a las cosas quietas, que no parece que tengan la intención de moverse, y en esto llega el ascensor. Planta Quinta se oye con voz metalizada. Abre sus puertas y allí está una vieja con una barra de pan. Es una metáfora, pienso en un primer momento. La señora, vestida en chándal con un bolso a juego más grande que ella, me mira sin pestañear. Tiene más edad que la suma de todo lo inanimado de la habitación. No sale del ascensor, yo no entro. Ella también está completamente quieta. Casi inerte. Materia en el punto de no retorno. Las puertas se vuelven a cerrar y en el último momento la vieja pone un pie entre ellas, en un rapidísimo movimiento apenas perceptible para el ojo humano, y pregunta: ¿Tienes wi-fi?. Yo me miro las manos como si estuviera en la obligación de servirle una bebida con ese nombre y no acierto a responderle. Ella inquiere: -Internet inalámbrico, chico, que me dijeron que estaba en el último piso, pero me quedé a medias, porque no llego al ocho ni de puntillas-. Le señalo torpemente un enchufe, pero ella menea la cabeza. -Ven. Y mientras avanzo hacia ella arrastrado por la buena educación, siento nostalgia de aquel tiempo solitario entre objetos callados. Hace apenas un minuto, pero se fue, y presiento que no volverá.

En el ascensor, con la mujer, aprieto el botón ocho. La señora comienza a parlotear rápidamente, como para espantar el aire viciado, librándome de la carga de entablar conversación. Estaba dispuesto a desgranar una serie de automatismos que tengo para estas situaciones, pero no hizo falta.  Antes de que aterricemos en el último piso arranca un currusco de la barra de pan llenando el suelo de migas. Lo barre con el pie, dándome constantes pataditas que acojo con ira encubierta en amplia sonrisa. Cuando se abren definitivamente las puertas, le falla la energía, se queda quieta y no se atreve a salir. Intento rodearla. Imposible, está oronda. Las puertas se cierran y la vieja vuelve a poner el pie entre ellas con rapidez. La aparto con cuidado y salgo del ascensor. Me coge el brazo, su mano como una tenaza: -Mi nieta -dice bajito. La puerta vuelve a cerrarse y ella pone el pie de nuevo -Mi nieta se tiró desde allí-, y apunta con la barra de pan una ventana lejana protegida por un pesado cortinón. Yo la miro, tiene los ojos claros, y por un momento reconozco las facciones de una mujer mucho más joven en ella. Uno de los ojos parece caerse a la altura de los huesos y el otro me mira intentando encontrar algo.   -Y a ti que más te da, ¿no?-, dice apenas sin despegar los labios, sumergiéndose en el interior del ascensor, que cierra sus puertas. Siento una gran vergüenza y compruebo con alivio que no hay nadie que me espíe. Miro por primera vez el salón en el que estamos, muy amplio y con un gran televisor en el medio. Ando muy lento para no despertar ningún fantasma y aturdido, cabeceo hacia el centro de la estancia intentando no mirar hacia la ventana. Una columna tapaba la única persona de la habitación. Me siento cerca. Una mujer mayor intentando dominar un mando a distancia que parece escapársele de las manos. En la televisión -que no tiene sonido- hay una muchedumbre aclamando a un hombre vestido con una túnica blanca que se asoma al balcón de un palacio. El gentío es inmenso, el hombre tiene un micrófono y cada palabra es acogida con júbilo entre los fieles. Una cohorte de ancianos vestidos con aparatosos trajes rojos, cercan al hombre -también anciano-. Los sacerdotes están vigilantes,con sonrisas de terciopelo, impidiéndole algo. Algo no sabido, pero que se intuye a través de la retransmisión televisiva. De repente, la mujer que jugueteaba con el mando encuentra el botón de voz y el sonido de la retransmisión atrona distorsionado la acústica del salón. -El nuevo papa Francisco I, se dirige a los fieles haciendo gala de su humildad y sencillez- La mujer sigue peleando con el aparato y vuelve a quitarle el sonido. Desiste, quizás defraudada por lo dicho, se levanta de un salto y se larga con pasitos cortos. Me quedo solo, vigilado por las cortinas que amenazan con descorrerse. Siento la necesidad de mirar por la ventana, pero aguanto la sed. El cadáver de la chica ya no me espera allí, si alguna vez estuvo. Y la sangre contra los toldos es una mentira que suena bien, pero nada más. Todas las mentiras suenan bien y me acuerdo del tigre y el poeta. Me acuerdo también de los antiguos cristianos que levantaron la piel del mundo antiguo. Las formas, que se abatían en silencio por el brillo de la palabra. La palabra hermética, y tan hermosa que exigía obediencia para ser perfecta. Todas las construcciones y todos los derrumbes sucesivos y no han podido con la distancia primitiva. Excepto a primera hora de la mañana en la que se perciben las grietas de la realidad. No dura más que unos segundos esa lucidez. Y conviene olvidarla lo antes posible.

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