Leyendas navideñas

Cuando esta pieza se publique ya estaremos en medio del carrusel de las fiestas navideñas. Estamos tan atareados con los preparativos, los regalos, los problemas familiares que nos vamos a encontrar que rara vez nos paramos a pensar por qué las celebramos. El motivo. Simplemente están allí desde “siempre” y se celebran y punto, es la tradición y es lo que toca —y como no te comportes y no pares de hacer preguntas y no cumplas tu madre te va a meter la bronca del siglo—. Pero, ¿por qué existen? ¿De dónde surgieron? ¿Cuál es la verdad? La verdad. Hay gente que no puede vivir sin la verdad, cosa bastante horrorosa, ya que la ignorancia de ciertas cosas te hace más feliz —más tonto, sí, pero también más feliz—. Veamos la verdad que esconden estas fiestas —y no dejen que los niños se acerquen a la tercera parte, que no quiero quejas ni querellas—.

De pastores helados y cultos solares

Jesucristo nació en la noche del 24 al 25 de diciembre del 1 antes de él mismo —entre el 25 de diciembre del 1 a.c. i el 1 de enero d.c. hay una paradoja de 6 días muy interesante—, y en los países de tradición cristiana es costumbre celebrar esta efeméride —no todos, aclaro, pero la gente por muy atea o poco cristiana que sea no suele perderse una fiesta ni loca—. Los más creyentes van a la Misa del gallo, y la mayoría se reúnen con sus familiares y seres más queridos —no siempre son los mismos— para atiborrarse en cenas o comidas —en algunos sitios la celebración es el día de Navidad en sí, no la víspera por la noche—. Se cantan villancicos, se come turrón, se cuentan las mismas anécdotas… Lo de siempre. ¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué y por qué lo estamos celebrando? Que sí, que el nacimiento del Mesías, pero no todo es lo que parece.

En primer lugar, en ningún sitio del Nuevo Testamento se dice ni en qué año nació ni cuándo. ¿Qué quiere decir esto? Que para los primeros cristianos no era una cuestión importante, para nada, ni tampoco era un motivo de celebración especial. Además, es imposible que naciera el 25-12–1. Todos los evangelios dicen que nació bajo el reinado de Herodes el grande, y sabemos por fuentes judías que este murió en el 4 a.C.. Y también que en el momento de su nacimiento los pastores estaban pasando la noche en el campo con sus rebaños, cosa inusual en aquella época del año, ya que hubieran muerto congelados, ellos y las ovejas. Siguiendo los datos que tenemos debió de nacer entre marzo y octubre de algún año antes del 4 a.C., pero tampoco muy lejos de esta fecha, ya que murió con treinta y tres años bajo el gobierno del prefecto Poncio Pilato (26-36 d.C.).

¿Y de dónde sale la fecha del 25 de diciembre? Del Concilio de Nicea, celebrado en el 325, donde los obispos de la época pusieron las bases del cristianismo que conocemos hoy, el cristianismo oficial. Se eligió esta fecha —según ellos— porque la tradición contaba que los patriarcas y profetas siempre morían el mismo día del calendario en que habían sido concebidos. Ergo, si Jesús había muerto por Pascua quería decir que fue concebido —por el Espíritu Santo convertido en paloma y la Virgen María— por la misma fecha treinta y cuatro años antes y por tanto había nacido nueve meses más tarde, o sea, a finales de diciembre. Facilísimo.

Esta es la razón oficial, pero puede haber otra razón. Además, esta explicación tampoco nos cuenta cómo una cosa hasta entonces sin importancia —la fecha del nacimiento— pasó a ser central. Para eso.creo que debemos mirar a “La competencia”. Por aquel entonces el cristianismo no era la única religión que florecía en el Imperio. Además de la religión romana y griega tradicionales también existían varias religiones orientales con gran poder popular, especialmente entre el estamento militar y político, como eran el culto a Mitra, los egicpios Isis y Horus, o el Sol Invictus. Eran “la competencia”. Y todas estas religiones tenían algo en común: celebraban las fiestas principales a finales de diciembre. Las Leneas griegas en honor a Dionisio, las Brumales latinas en honor de Baco, las Saturnales romanas dedicadas a Saturno, el nacimiento de Mitra el 26 de diciembre —¡Ejem, ejem!, el nacimiento de Horus el mismo día —¡Cof, cof!—, el renacimiento del Sol Invictus durante el solsticio… El poder y la fascinación que ejercía y ejerce el solsticio. Y el cristianismo no podía ser menos. O no podía ser menos o había sufrido una especie de sincretismo, una permeabilidad con estos cultos durante esos siglos…

Puede que el cristianismo entre la muerte de Jesús y Nicea hubiera absorbido ciertas cosas de otros cultos. Por ejemplo. El día de descanso para el cristianismo, el día religioso, era el domingo, no el sábado judío, el domingo, que era el día consagrado al Sol Invictus —en inglés todavía es sunday, por ejemplo—. En los mosaicos de la tumba del Papa Julio I en San Pedro —cercanos al 250— se representa a Cristo con una corona radial —símbolo del Sol— conduciendo un carro solar. Los sacerdotes de Mitra tenían como símbolos una mitra en la cabeza, un báculo y un anillo; además de tener el pan y el vino como alimentos sagrados durante sus celebraciones —puede que esto fuera del cristianismo al mitraismo, vasos comunicantes—. Y qué decir del culto a Isis. Vayan a Google imágenes y busquen ’Isis y Horus’, lo entenderán rápido.

Siempre nos quedará la duda de si en Nicea se eligió el 25 de diciembre por afán competitivo o es una cosa que se había ido forjando en los últimos tres siglos por puro sincretismo y mestizaje y en Nicea sólo levantaron acta de una tradición cristiana arraigada.

Los doce melones de la suerte

Es tradición por Nochevieja comer doce uvas al ritmo de las doce campanadas de medianoche que anuncian el nuevo año; se dice que si lo consigues tendrás buena suerte durante el nuevo año entrante, y que si no tendrás mala suerte —asfixiarse durante el intento entra dentro de la última categoría—.

Veamos, está por ver que la buena o la mala suerte existan, pero lo que es seguro es que la suerte no tiene nada que ver con la ingesta alocada de uvas. Estoy convencido de ello, y si no miren a Hugh Hefner, que nunca en su vida ha tomado las doce uvas, y ya lo ven. O sea, tranquilos, no hace falta que se atraganten, que van a tener la misma suerte se las tomen o no, como mucho van a experimentar cierto efecto placebo al conseguirlo, o el contrario, el efecto nocivo, al haber fallado, pero poco más.


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Ahora vayamos al origen. La tradición se origina en la Nochevieja de 1882-1883 en Madrid. En esa época los madrileños salían la noche del 5 de enero a celebrar la llegada de los Reyes Magos, cosa que aprovechaban para hacer escándalo público —un botellón avant la lettre—. El alcalde de Madrid, José Abascal, decidió que esto daba mala imagen a la ciudad, e impuso uno tasa elevada para poder salir de fiesta esa noche —los alcaldes de Madrid también tienen sus tradiciones ancestrales—. Esta decisión sentó bastante mal a los madrileños, los cuales decidieron chotearse del alcalde. El alcalde por Nochevieja daba una recepción oficial donde asistía la “gente bien”, la “gente guapa” de la capital. En esta recepción se tomaban uvas y champán. Y los madrileños decidieron que ya que no podían celebrar el 5 de enero celebrarían el 31 de diciembre, harían celebración al modo de los ricos. Grupitos de ciudadanos se dirigieron a la Plaza del Sol, donde a imitación de la fiesta del alcalde se dedicaron a comer uvas, y para hacerlo en plan más burlesco se las tomaron al ritmo de las doce campanadas. Sí, si nos tomamos uvas por Nochevieja es por culpa de una tasa del ayuntamiento de Madrid. La tradición se fue afianzando, pero ya no como acto burlesco, a partir de 1897 ya se decía que si te tomabas las doce uvas correctamente tendrías buena suerte.

Durante años no pasó de ser una curiosidad local. Y llegamos a 1909. Ese año fue un año magnífico climatológicamente hablando, y los agricultores de uva de mesa de Alicante y Murcia se encontraron con un gran excedente de uvas. No sabían qué hacer con ellas. Pero he aquí que uno de ellos conocía la tradición madrileña. Y se les encendió la bombilla. Idearon extender la tradición de las doce uvas de la suerte a toda España, ya que sabían que la gente puede llegar a creer en cualquier cosa, y con la campaña adecuada se podían tragar el rollo de las uvas. Y francamente, les salió muy bien, fue un acierto total. Y hasta el día de hoy. Ya les digo, tomar las doce uvas no condiciona nuestra suerte, pero en lo que sí hemos tenido suerte es en que los agricultores de Alicante y Murcia tuvieran excedente de uvas y no de melones.

 

Ni tres, ni reyes, ni magos

 

Cuenta la tradición que tres reyes magos del Oriente siguiendo una estrella llegaron hasta el establo de Belén donde había nacido hacía pocos días Jesucristo. Le llevaban como presentes oro, mirra e incienso, reconociéndolo como verdadero Mesías. Eran tres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Cada uno representaba a una raza (blanco, semita, negro) y a una edad (joven, maduro, viejo). Y como son magos continúan desde entonces llevando regalos a todos los niños por la misma fecha, la noche del 5 al 6 de enero —si eres malo te traen carbón— en recordatorio de la primera vez que lo hicieron.

Empecemos. Primero: los Reyes Magos son los padres. Yo ya les he avisado al principio del artículo, no se quejen. Esto lo primero, ahora vayamos a ver cómo se origina la leyenda. En todos los textos bíblicos canónicos —los oficiales— sólo hay una referencia a ellos, en el evangelio de San Mateo. Pero allí sólo se dice que eran magos. No se dice ni el número, ni de qué color eran ni sus nombres. Unos magos —esta era la palabra para designar a los sacerdotes del culto a Zoroastro— que siguiendo un astro —¿Metafóricamente hablando? ¿Astrólogos?— llegaron a Judea buscando al Mesías recién nacido, a quien llevaron presentes. Por su culpa Hérodes se enteró de la llegada del Mesías, y organizó la famosa —e inexistente, no hay fuentes judías o romanas que hablen de ello— matanza de los Santos inocentes —mató a todos los niños recién nacidos ya que los Reyes Magos se negaron a decirle cuál era el elegido, pero por suerte la familia de Jesús pudo escapar a Egipto— para así eliminar al Mesías, que podía suponer un rival a su poder.

Es sospechoso que sólo salga mencionado en uno. Además, este evangelio —como todos— fue escrito como mínimo treinta años después de la muerte de Jesús y 60 después de su nacimiento. Las otras referencias a los Reyes Magos se encuentran en evangelios apócrifos —no oficiales— de origen gnóstico, y todavía más recientes que el de Mateo. Parece que fue una leyenda que surgió en Armenia —recordemos que el primer gobernante en convertirse al cristianismo fue el rey de Armenia—. En Armenia se contaba que eran doce sacerdotes de Zoroastro —la religión “oficial” del país— que estando en la cumbre sagrada del Sabatán vieron en las estrellas el nacimiento del Mesias. Como curiosidad dejo los nombres: Hormitz, Jazdegard, Peroz, Hor, Barander, Karundas, Melco, Melichior, Caspare, Fadizzarda, Bithisarea y Gataspha. Ya ven que hay tres nombres que les suenan bastante. En la Roma paleocristiana de las catacumbas, ya un siglo más tarde, eran solamente dos. Y en la Ravena bizantina —en un mosaico de la basílica de Sant’Apollinare Nuovo— del siglo VI nos encontramos ya a los tres que conocemos actualmente, pero todos de la misma raza. En la Edad Media se les dará el título de reyes. Y ya a partir del siglo XVI, se les ha dado la fisonomía actual con la diversidad de razas y edades. Es una leyenda cambiante, sólo se mantiene el reconocimiento de Jesús como Mesías.

Pero veamos las causas que llevaron a la creación de tal leyenda. Con este leyenda política-religiosa se quería simbolizar la sumisión de las distintas religiones, reinos, razas, al verdadero Dios. Por eso es un leyenda tan cambiante, ha ido cambiando con la expansión de la cristiandad. Primero en Armenia eran zoroástricos; después eran representantes de Persia, India, Arabia; más tarde de distintos continentes; ya más para aquí les damos el título de reyes —la sumisión del poder terrenal a Dios, tema candente en la Edad Media—; y ya finalmente todas las razas —es un milagro que no se haya incluido un Rey Mago asiático, por ahora…—. Hay que señalar que en el siglo XIX y en recuerdo de los regalos que recibió Jesús los padres empezaron a regalar juguetes a sus hijos.

Pero cuidado, ocurre una cosa muy curiosa, son una leyenda, pero una leyenda con restos mortales En el siglo IV Santa Elena, por aquel entonces todavía no santa y madre del emperador Constantino, se dedicaba a la arqueología bíblica. En verdad fue la primera arqueóloga, aunque no tenía un método muy científico, y se fiaba demasiado de los lugareños y estos la timaban bastante —mucho— con sus informaciones. Si la señora quería reliquias los lugareños se las iban a dar. Pues Elena estuvo haciendo excavaciones en Jerusalén y alrededores buscando restos de los primeros cristianos. Encontró de todo. Y entre lo que encontró -o le encontraron— estaban los restos mortales de los tres reyes, que vayan ustedes a saber de quiénes eran en realidad esos cuerpos, pero ella dijo que eran los suyos —palabra de reina madre, a ver quién le discutía—. Primero fueron trasladados a Bizancio, y de allí a Milán por petición del obispo —y futuro santo— Eustorgio, ya que una reliquia de este calibre daba mucho empaque. Los tres reyes magos descansaron junto a Eustorgio en la basílica de su mismo nombre —Eustorgio se hizo enterrar a su lado— hasta 1162,cuando Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico arrasó Milán. Una de las mayores atracciones turísticas de Milán era el sepulcro de los Reyes Magos —la gente peregrinaba para ver la reliquia, y esto generaba grandes ingresos—, y Federico decidió que se los llevaría como botín. Regaló los cuerpos al arzobispo de Colonia, y desde entonces reposan en la monumental catedral de la ciudad. Si se pasan por esa ciudad no duden en visitarlos, su sepulcro es una joya arquitectónica, aunque estén venerando a tres judíos anónimos del siglo III.

Pero esta no es la única tumba. Marco Polo en uno de sus viajes se encontró con el reino de Saba, y en su capital halló la tumba —investigadores modernos no han sabido identificar este país ni la ciudad—. Pero hay que tener en cuenta que Marco Polo sufría de lo mismo que nuestro “Pequeño Nicolás“, vaya, que la mitad de lo que contaba eran puras trolas y exageraciones. Pero es así cómo se crean las leyendas. Una mezcla de interés político, religioso, exageraciones de soñadores… Para al final crear a través del tiempo las tradiciones. Por culpa de unos obispos reunidos en Nicea que querían eclipsar el poder del Sol Invicto tenemos una excusa para reunirnos con nuestros seres más queridos. Por culpa de un alcalde muy asín y un verano muy lluvioso en Murcia nos divertimos por Nochevieja. Y por culpa de unos armenios que querían subyugar a los zoroástricos todos hemos recibido y dado regalos el 5 de enero. Esta es la verdad más importante. Muchas gracias a todos ellos. Felices fiestas a la gente de bien.

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