Los Reyes son los padres

«¡Los reyes son los padres, hostia!», me dijo una vez el mío con cierta irritación, intuyo que desbordado por el acoso al que lo había sometido durante días y ciertamente disgustado por la desconfianza que le demostraba al apuntar cada respuesta suya en una pequeña libreta de alambres, idéntica a las que mi abuela utilizaba para recordar las fiadas de las clientas, alguna tan larga que yo no fui capaz de sumarla hasta poco antes de terminar bachillerato. Por otro lado, la auto inculpación paterna en el misterio de los magos era la respuesta que esperaba pero no la que tenía pensado aceptar. Simplemente, sí, confirmaba lo escuchado en el recreo, un par de días antes, pero, díganme: ¿alguien se fía de lo que dice un mentecato cualquiera en un recreo, mientras chupa un Calippo, por mucho que se esfuerce en poner cara de haberse hecho pajas con su propia hermana, de haberlo visto todo?¿y de la palabra de un padre?¿se fían? Por supuesto, yo no lo hice.

Repasando mis notas, y recordando navidades pasadas, pronto caí en la cuenta de lo absurdo de la afirmación. En algún lugar de la casa, recordé, existía una fotografía de mi viejo junto a los tres magos de Oriente, en uno de aquellos actos a los que siempre me llevaban obligado, y vestido de Domingo, durante su etapa como concejal del Concello, en tiempos de Alianza Popular. Pregunté a mi madre, y me remitió a las cajas que apilaba sobre los armarios bajo amenaza de dejar todo como estaba o atenerme a las consecuencias, por supuesto apocalípticas, así que me lancé a la caza de aquella fotografía como si fuese lo único importante en la vida, y creo que no exagero al confesar que nunca he vuelto a perseguir ninguna otra cosa con tanto ahínco, en estos treinta y tantos años que llevo deambulando por la vida sin demasiado rumbo ni beneficio, para qué engañarnos.

A la quinta caja destripada apareció, por fin, el famoso retrato y allí estaban los cuatro farsantes juntos, en primer plano, lo cual echaba por tierra cualquier posibilidad de que mi padre fuese uno de los tres impostores habituales, aunque también tuviese cierto delito. Lo apunté en la libreta y me fijé en el imponente colmillo de oro que lucía en la sonrisa el supuesto Baltasar. Me pareció magnífico, y sin duda el único detalle de la grandeza apabullante que uno presuponía a unos seres casi mágicos, no las pelucas y barbas lastimosas que mal llevaban como podían, ni aquellos paños baratos y sin planchar que lucían sin altura histórica ni pompa alguna. Cerré la libreta y decidí esperar a la cabalgata, para terminar de componer mi teoría.

Unos días después, el de los Santos Inocentes, para ser más exacto, sucedió el triste episodio de la Comunidad de Montes. Al parecer, y según alegaron los comuneros por entonces, para la recreación del portal de Belén en la escuela se habían derribado pinos y eucaliptos suficientes como para construir una réplica exacta de Fort Laramie, lo cual dio paso a un reguero de acusaciones cruzadas e insultos velados a varios honores que, por desgracia, terminaron en urgencias del Hospital Provincial, con varios heridos de cierta consideración. El disgusto debió de hacer mella en Don Vicente, el presidente de los comuneros del Monte de Mon, que se murió aquella misma tarde, sin apenas avisar.

Al día siguiente, en el entierro, Doña Herminia se abalanzó sobre la caja de su difunto, besando las tablas con tanta fuerza y tanta sonoridad que el delegado de la funeraria empezó a temer por el barnizado, supongo, así que solicitó que alguien detuviese aquella sinrazón sin demasiado éxito, por otro lado. Cuando pudieron meter la caja dentro, por fin, reparé en el señor que se encargaba de tapiar el nicho con ladrillo y un poco de masa. Al levantar la vista, y cruzar su mirada con la mía, el hombre me regaló una sonrisa amable, intuyo que por quitar hierro a tan comprometido oficio, sobre todo a ojos de un niño pequeño, pensaría él, pero yo no le quité los míos de encima por motivos bien distintos, escrutando aquel canino de oro con precisión y ansiedad de matarife holandés, como si planease robárselo, o algo por estilo, hasta que mi madre me agarró por el hombro y me arrastró al coche de muy malas maneras, incapaz de comprender qué perra me había entrado, de repente, con quedarme hasta el final de los sepelios. «¡Era lo que me faltaba!»

Esta misma semana, rebuscando entre mis propias cajas de recuerdos, a la caza de alguno que me facilitase unas líneas con las que atender al encargo navideño de los amigos de Highway, me encontré con aquella vieja libreta azul cuadriculada, marca Centauro, por cierto, en la que desarrollé toda mi investigación acerca de la verdadera identidad de los Reyes Magos de Oriente. La conclusión, todavía escrita a lápiz, aunque un tanto palidecida, puede resultar tan demoledora hoy como entonces por lo que rogaría, en principio, que mantengan a sus hijos alejados de tan triste final antes de que comiencen a gritar por los pasillos, o en la mismísima clase de religión, cosas del estilo de «Baltasar se llama Dionisio y solo es enterrador»; no sería el tipo de Feliz Navidad que venía a desearles.

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