Los gallegos

Manuel Jabois y Juan Tallón son esa clase de escritores que se ridiculizan a sí mismos con su ironía en prosa y a ti en persona. Además, su elegancia provoca admiración en lo primero y asombro en lo segundo. Yo no suelo coger bien las ironías, por lo que las entrevistas (Tallón y Jabois) fueron un suplicio. Cuando le preguntaban a mi abuelo paterno por un futbolista del Atlético de Madrid siempre decía que era lento pero malo, una definición en la que me he encuadrado muy bien.

La entrevista a Manuel Jabois era un gran acontecimiento: asistía en calidad de fotógrafo con una cámara que no era mía, que no había usado en mi vida y que era mejor que cualquiera que fuese a tener en veinte años. De esta forma me encontraba con Alejandro Menéndez a las 21:00 en las cercanías de Avenida de América. El bribón venía con una mujer, con la correspondiente confianza que le da eso a uno.

-Que no, Alejandro, que te digo que un periodista no llega nunca a la hora.

-Que sí, que es Manuel Jabois.

Se despidieron y quince minutos más tarde el periodista gallego envió un mensaje tan brillante como irónico: «En siete minutos y 43 segundos estoy abajo, que estoy terminando un encargo.» Inocentes como en la primera visita de un niño al dentista, nos aferramos al mensaje y nos acercamos al bar más próximo para reservar una mesa. El gallego casi cumple lo prometido, salvo en un retraso de media hora.

Juan Tallón llegó a la puerta de El Cock groseramente puntual con Rafa Cabeleira. Yo, precavido hasta la exageración, había llegado veinte minutos antes de la hora pero sin abrigo, olvidado en el tren. Cuando llegaron ambos vieron a un joven con cara de quinceañero, tiritando del frío y de los nervios: la imagen fue de película. Unos segundos después no sé ni cómo ya estábamos sentados en el bar esperando a Alejandro, que hacía de fotógrafo. Él siempre se ha declarado fan de Jabois así que llegar a la hora en cualquier situación sería una ordinariez hacia sus principios. Lo entendimos: cualquier puntualidad hubiera sido de mala educación. Llegó el camarero y nos tomó nota.

-¿Qué van a tomar, caballeros?

Tallón me hizo señas con la cabeza para que pidiese y yo me puse a sudar. Tenía que salir de aquella como fuera. Sabía que a los gallegos y especialmente a la Atlantic Class (Cabeleira, Tallón y Jabois, ese triunvirato) les gustaba beber en sitios oscuros. Beben tan bien como escriben. Además, todas las referencias que había obtenido del autor de Libros Peligrosos eran con una copa en la mano. Pero no me podía arriesgar. ¿Y si yo pedía un whisky y ellos reclamaban un vaso de agua sin hielos? Me los imaginaba preparando un orujo en Ourense exclamando: «¡Tiñades que ver a súa cara de parvo: pediu un whisky e nós un té. Menuda carallada!» ¿Y si pedía un café y Tallón levantaba la vista, recogía sus cosas indignado y se iba? Como si fuese una mujer primeriza que va a tener un hijo, me empecé a sofocar con los primeros calores. Volví a tartamudear:

-Pues… estoy pensando, id pidiendo vosotros.

Foto: Carlos Jiménez Barragán
Barra de El Cock. Foto: Carlos Jiménez Barragán

El primer contacto con Jabois fue visual. Andaba con esa zancada propia de los romanos en tiempo de guerra, a modo de legionario. Nos preguntó que si éramos los de la entrevista y antes de decir que sí nos cuestionó:

-¿Vais a hacer fotos o también a grabar en vídeo?

Nosotros recibimos la primera coña mal. ¿Lo diría en serio? ¿Y si le grabábamos en vídeo para aparentar? Nos guió hasta una terraza pese al frío y solo se le ocurrió decir mientras se sentaba: «Mierda, se me ha olvidado la chaqueta.» Pedimos tres cervezas. Acompañando a las bebidas llegaron varias tapas.

-Comed vosotros, que yo tengo que ir al gimnasio después de la entrevista (eran las once de la noche).

Fue la segunda ironía que no encajé. ¿Lo diría en serio? Ante la duda, comencé a hacer fotos como si delante de mí tuviese al mismísimo Jesucristo. Las hice desde todos los perfiles. Yo temblaba del frío y de los nervios, porque Manuel Jabois podía levantarse en cualquier momento e irse. No todos los días se tiene delante a uno de los mejores escritores de artículos cortos de España, que diría Camba. No me salía ninguna aceptable. Mis manos empezaron a helarse, cada vez eran peores. En cada inciso de la entrevista Jabois me miraba incrédulo, pensando quizá que yo cobraba por foto. Se acabaron las cervezas y me levanté apresurado para ir a pedirlas: tenía que escapar de ese torbellino. Llevaba 100 hechas y todas eran desastrosas. Pedí en la barra y aproveché para calentarme las manos: no sentía el índice de tanto pulsar el botón. A la vuelta escuché sus palabras como un dardo directo al corazón:

-Oye, a tu colega le gusta hacer muchas fotos ¿no?

El muy ingenuo pensaría que yo era el nuevo Henri Cartier Bresson y que solo necesitaba un par de clicks para captar la mejor imagen. No: yo estaba muy a gusto en mi mediocridad y nadie me sacaría de ella. A partir de ahí le hice fotos malas a propósito: con la boca abierta, bizco, bebiendo cerveza como si fuera la séptima… Sin éxito. Fue un fracaso rotundo, comencé a desesperarme. No paraba de hacerle grandes planos. ¡Qué suplicio!

Off the reccord, al principio de la entrevista, Juan Tallón me comentó que estaba durmiendo en casa de Jabois en su visita a Madrid, antes de la presentación de su nuevo libro. Yo siempre he sido muy empático, así que decidí preguntarle varias veces por él o nombrarle en cada una de mis cuestiones. Si le preguntaba sobre literatura, le mencionaba las afinidades de Jabois, y si le preguntaba por la marca de alcohol favorita, le recordaba la de Manuel. Comencé a entrever que Juan se mosqueaba, con esa cara que pones cuando te tratan como un idiota por tercera vez en la misma frase. Yo empecé a sudar, porque sabía que se me podía escapar en cualquier momento su nombre. Miré a la copa de whisky: solo quedaban los hielos. Me agarré a ella entre sudores como el niño que no quiere dejar nunca el pecho de su madre. Tocaba la copa y me ponía la mano en la frente para aliviar mi calor, que pronto comprobé que era de alma. Las gotas de sudor abundaban y mi dependencia hacia la copa era cada vez mayor. Tallón y Cabeleira me miraban ansiosos, con ganas de que me pidiese otra para poder imitarme y no sentirse avergonzados.

Yo sabía que aquello no iba a acabar bien. Si algo he aprendido gracias al colegio ha sido que lo que empieza mal, continúa mal y acaba peor. La frase nos la soltó una profesora en el viaje de fin de curso para comunicarnos a dos amigos y a mí que nos teníamos que volver a Madrid por haber encontrado varias litronas de cerveza (vacías) en nuestra habitación. Uno de mis amigos, que detesta la literatura, le espetó: «¿Pero entonces nos volvemos o no?» Al día siguiente cayó una nevada histórica en Praga y el aeropuerto canceló sus vuelos, lo que me hizo creer en los milagros, pero eso ya es otra historia.

Decidí dejar de hacer fotos. Jabois me miraba con incredulidad. El camarero trajo más comida y volvió a decir la misma broma del gimnasio. Me crecí y solté: «Beber cerveza antes de ir a hacer deporte es lo más apropiado para cualquier deportista de élite.» Yo, que pensaba que mi broma sería correspondida, vi cómo el periodista me dirigía una mirada de seriedad (¿y furia?) que me achantó para lo que quedaba de noche. Me callé y no volví a hablar. Aún sigo dudando cuándo me hablaba en serio y cuándo lo hacía en broma.

Mientras tanto, con Tallón, yo había procurado evitar a Jabois, con éxito. Comencé a sentirme con confianza hasta el punto de perder el calor sofocante y romper mis cadenas con el frío de los hielos. Le empecé a preguntar sobre el periodismo deportivo para ir finalizando la entrevista y, de repente, me veía pronunciando las malditas palabras. «Co-mo-me-di-jo-Ma-nuel-Ja-bois.» Tallón levantó la mirada con ganas de soltar un guantazo, pero se quedó en una sonrisa a medias. Antes de que comenzase a responder me levanté y me fui al baño excusándome torpemente dando la entrevista por finalizada. Tenía que librarme de ese sofoco. Si El extranjero de Camus había matado agobiado por el calor, yo estaba a punto de hacer algo parecido. Definitivamente había decidido abandonar el alivio de los hielos semiderretidos y me puse a pensar en la Navidad en Madrid. Ese cielo azul que tanto envidian los de provincias, el frío de diciembre que corta los labios y cala hasta los huesos… Lo necesitaba, pero por educación sabía que no podía abandonar el bar sin antes despedirme. Me metí en el baño y se me inundó el alma de tranquilidad.

Por fin. Por fin se había acabado la entrevista.

Me mojé la cara. Sí, ahora me sentía mejor. Pese al desencuentro último no había salido tan mal como me esperaba. Me mire al espejo y, de repente, exclamé aterrado:

«¡No le he preguntado por su libro!»

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