Manuel Jabois: «Estoy bastante más orgulloso de lo que no he escrito que de lo que sí he escrito»

Pontevedrés pero tan castizo como cualquier señorito de Chamberí, Manuel Jabois Sueiro (Sanxenxo, 1978) es gallego y no en el sentido más peyorativo del término. Representa, o eso dicen, la nueva hornada de periodistas que crecen a la sombra de un pasado glorioso, que rompen lo monótono con la ironía, estilo que creó Camba y perfeccionó Fernández Florez. Quedamos con él en el Barrio de Salamanca. Con el pelo y barba desgreñados da la impresión de escritor fino que balbucea palabras acompañadas de un lirismo al alcance de pocos prosistas. Ni ha presentado libro ni ha compuesto disco. Por eso le llamamos: porque no tiene nada que decir. Los discursos encorsetados no hacen reír. Con una retranca que esmera en sufrir conversamos con él durante un par de horas que rodean sutilmente sus obras, vivencias y todo lo que hemos creído inoportuno preguntar. Vestido con camisa, pitillos y botas de cuero se dispone a responder con la mejor sinceridad que se puede esperar de quien se sabe esclavo de la intensidad y no de la necesidad. O lo que es lo mismo: estrella del rock en la intimidad. 

¿Hasta qué punto ha influido la homosexualidad en tu obra?

Para saber eso me parece que hay que tener obra. Pero bien, en la vida mi heterosexualidad asimétrica ha influido bastante como para no contener actitudes homófobas, y eso se traslada a lo escrito. En mis épocas de soltero, hace años, me costaba acostarme con quien me gustaba. Las chicas que no me gustaban nada me apetecía mucho verlas desnudas. Y de repente también me empezó a pasar con algunos chicos: me parecían tan feos que tenía el impulso de irme a la cama con ellos. Hacer el amor era para mí una forma de rechazo, una manera de decir: «Mira, no me gustas.»  Era un extraordinario lenguaje, porque yo creo que a mí se me estaba diciendo lo mismo. Sexualmente, uno ha de morir habiendo probado de todo.

Autocrítica: ¿cada cuánto naufragas en el intento literario?

Cada semana, y es fácil de comprobar. No hay nada que no haya escrito en lo que no encuentre cosas que debería cambiar, a veces todo. De hecho soy uno de esos obsesivos que una vez enviado el artículo está cambiando cosas. Y porque la hora de cierre no permite más… (risas) Si pudiese estaría cambiando eternamente. Escribo no sólo cosas que me parecen malas, sino algo peor: escribo cosas con las que al cabo del tiempo no estoy de acuerdo. Estilísticamente, soy un obsesivo que llevaría el cambio de la columna a límites peligrosos incluso para mi propia salud.  En ocasiones, eso me hace no dormir. Y soy muy joven para martirizarme por mis errores de juicio.

¿Cuál fue el impulso que te llevó a escribir A Estación Violenta? ¿Con qué edad lo escribiste?

No sé, empecé muy pronto. Quizá con veintiún o veintidós años. Es una novela con un estilo que yo fatigaba entonces y quería relatar de forma groseramente snob la vida de unos jóvenes, traducida poéticamente a un lenguaje en el que yo entonces creía y que suponía el estadio superior de lo que yo estaba viviendo con mi grupo de amigos. Sí, es una elevación poética de aquellos años nuestros.

Manuel Jabois
Foto: Carlos Jiménez Barragán

Matices autobiográficos.

Sí, sí hay. Siempre. Además yo soy periodista y trabajo con lo que veo. (Damos las gracias al camarero: llegan las tres primeras cervezas) Pero teniendo en cuenta que es un libro mío y comparándolo con lo que he escrito después, está muy alejado. No lo he vuelto a leer. Es probable que se haga una película: va a ser la oportunidad de reconciliarme con él. El cine no deja entrar ciertas metáforas.

Se habla de una manera brillante sobre Claudia Córdoba. El primer amor para ti, un sollozo, una elegía al amor. ¿Te influyó mucho?

El primer amor influye cuando han pasado muchos años. Dentro de un tiempo escribiré sobre él. Además, en este libro se habla mucho de las primeras veces, de los finales, de lo cerca que está todo.  (Comenta que el Madrid va ganando) Hay una parte en la que la idealizaba físicamente, sobre todo, por un parecido que tiene a una amiga muy querida y muy guapa: Ana Cristina, que vive ahora en París. Ella ha sido una influencia real y que abarca una pequeña y significante parte del personaje. Hay una evocación absurda de Daisy Buchanan, del Gran Gatsby, libro que entonces leía casi de forma cíclica: soy un pesado con ese libro. ¡Y aún no lo he entendido!

También es donde se comprueba con mayor claridad la influencia de Umbral.

Siento decirte que no me reconozco yo en la influencia de Umbral porque fue un gigante que no admite sombras ni discípulos. Sí hay giros, sí hay ecos, pero lo mejor es alejarse de Umbral y tratar de no contagiarse mucho porque cuando un tío como Umbral alcanza la categoría de único, de una voz representativa y absoluta, andar con esa influencia te lleva a un punto de frustración. Conseguir tu propia voz, tu propio estilo, tu prosa cuesta mucho trabajo. Al propio Umbral le costó. Es mucho más grato que la gente te diga esto parece de este tío o este otro, a que te digan esto le recuerda muchísimo a Umbral. Cuando tienes tu propio instrumento estilístico eres más libre para hacer cosas; si lo tienes prestado, y además se lo has cogido prestado a Umbral, estás jodido. Con su forma de escribir sobre el otoño de Madrid, sobre los personajes sociales de la época, acabas visualizando al dandi de bufanda. No sé, es una forma también de ser, y él era un enfermo de literatura. Y su personaje, el cual se creaba antes de escribir, era el de la melena, el gabán, las gafas y la bufanda. Me enseñó muchísimas cosas, pero si yo escribiese en El País no me habrían dicho esto de ser el nuevo Umbral. Eso me lo dicen a mí y a media docena de columnistas de El Mundo. Estoy en un periódico donde él tuvo una pegada inmensa y toda voz nueva que llega recuerda a él. Cualquiera que haya leído a Camba sabe que, si soy reflejo pálido de alguien, lo soy de Camba. Y además un estilo lo conforma la vida de cada uno, las circunstancias, no sólo las lecturas. Mi forma de escribir se parece más a mi vida que a los libros que he leído.

A propósito de esto, en un curso de verano de la Complutense, donde participaste junto a Antonio Lucas, dijiste que leer mucho a Umbral acaba acaparando la prosa.

(Antes de responder se lastima por haberse dejado el paquete de tabaco en la chaqueta y la chaqueta en casa) Y de cualquier otro. Yo soy autodidacta: no he leído nada nunca para saber escribir, nunca he tenido la tentación de asistir a ningún tipo de curso literario. Yo me he encontrado muy jovencito en un periódico imitando a la gente a la que leía. Si yo leo continuamente la columna en El Semanal de Pérez-Reverte termino adoptando sin querer todos esos ecos suyos. Me pasaba con Millás, del cual era devoto en los años de Aznar. Me pasaba con José Luís Alvite, el gran maestro gallego contemporáneo. No tengo excesivo miedo a empezar a leer un libro de alguien y escribir como él, porque si eso ocurriese no pararía de leer a Faulkner. Pero se quedaría en tentativa, no en hecho. Y el efecto es bastante grotesco. Para ser ambicioso tienes que saber hasta dónde puedes llegar, cuál es tu frontera. El arte de este trabajo es borrar, no escribir. Ojalá yo pudiese no escribir lo que consiguieron no escribir los grandes. Estoy bastante más orgulloso de lo que no he escrito que de lo sí he escrito, pero eso exige un esfuerzo tremendo, una verdadera disciplina.

Dijo el periodista David Torres que no sabía si te habían dado una buena hostia de esas que te derrumban en el suelo. Desvela el secreto: ¿ya la has recibido?

A mí me dan muchísimo miedo las hostias de la vida, sobre todo porque de ésas no he recibido ninguna. Tengo alrededor a todos los que estaban hace veinte años, y los tengo intactos, sanos, hermosos: con alguno hasta tengo que restregarme los ojos. Las enfermedades de todos, familia y amigos, las mías propias, nunca han sido serias. Y esto no va a durar siempre, por eso tengo miedo. David se refería a las del oficio, entiendo, y de ésas se reparten a diario. Un tío que escribe opinión y que no tiene cuarenta años por fuerza tiene que ser alguien hostiable. No lo llevo mal, y a lo que pensé que nunca me iba a acostumbrar, me he acostumbrado ya, que es la mentira sobre uno. Hay valoraciones subjetivas, caes bien, caes mal, se interpreta de una forma lo que escribes y de la contraria: todo eso está muy bien, es el juego, y a quien  no le guste o le afecte, que no juegue. Pero la mentira sigue siendo tan desagradable como el primer día, cuando me dieron el premio Julio Camba, que daba Caixanova, y en Pontevedra empezó a correr la noticia de que mi padre era un alto directivo de la caja; mi padre es empleado del Popular. Por lo demás, siempre estás escribiendo al dictado de alguien, siempre estás a sueldo de la izquierda o de la derecha, siempre eres amigo íntimo de un señor que no sabías que existía, siempre hay unas intenciones ocultas en tus textos como si, en el caso de haberlas, le importasen a alguien. En España no se concibe que alguien se ponga delante de un teclado y escriba lo que le apetezca. Sería divertido si no fuese porque los primeros que no lo concebimos somos los propios periodistas.

¿Te dio en algún momento miedo la recepción fuera de Pontevedra?

No, no, porque a mí no me conocía nadie fuera de mi ciudad. Yo tiré el anzuelo fuera para ver qué pasaba. Estaba siendo leído en Pontevedra –dentro de lo que cabe-, una ciudad muy pequeña. Tenía muchos y muy buenos lectores y yo tenía la curiosidad de ver qué ocurría más allá de esas fronteras, donde no se me leía ni conocía nada. Publicar un libro con Pepitas de Calabaza fue la mejor idea que tuve en mi vida, y aquí tengo que citar a Txani Rodríguez, Iñaki Uriarte y Julián Lacalle. Recibí críticas que yo no esperaba; hice una entrevista para Abc; escribió Kiko Amat en La Vanguardia y, en lo que me sigue pareciendo un milagro, Elvira Lindo escribió unas cosas de mí en El País que tengo subrayadas para tratar de parecerme. Lo de Elvira, lo que hizo conmigo y lo que está haciendo de forma anónima con mucha gente joven, es espectacular. Están las grandes escritoras y están las grandes escritoras que son grandes personas y no se preocupan de exhibirlo. Elvira Lindo es una de ellas.

 «A quien escribe en los periódicos no le queda otra que mantenerse joven. Joven significa tener siempre algo de aspirante a columnista serio, ser un poco tonto (es muchísimo mejor que ser un listo), tener capacidad de asombro, no acabar de casarse con nadie, ver el mundo con alegría y creer que en la próxima limpia de colaboradores tú serás el primero que salga por esa puerta. Cuando leo a un joven que cumple estos requisitos me entran ganas de fundar un periódico y contratarlo, o de arrimarme un poco a la esquina de esta página para hacerle sitio. Siento ese entusiasmo lector cuando leo a Manuel Jabois, que ahora acaba de reunir en un libro, Irse a Madrid, alguna de sus columnas publicadas en el Diario de Pontevedra, en El Progreso o en su blog. “Si te gusta escribir”, le han dicho desde siempre sus paisanos, “vete a Madrid”. Pero lo humorístico de la mirada de Jabois es que es la del muchacho que no acaba de prosperar, la del joven de provincias (como antes se decía) que convierte en oro las noticias más insustanciales. A mí me daría miedo que el joven Jabois se viniera a Madrid a hacerse un columnista de provecho, me daría pena que dejara esa crónica de la ciudad pequeña, de los políticos locales y las aventuras amorosas que no acaban de aterrizar en el mundo adulto. Me daría mucha lástima que se peinara ese flequillo que le cae sobre la cara, se hiciera mayor y perdiera el punto de vista del joven que considera que, entre todos los desastres que la actualidad le pone ante los ojos, el mayor con diferencia es él mismo. Si tuviéramos un rato para charlar (lo tendremos) le diría que el mejor elixir para la eterna juventud del columnista es el candor, que se mantenga lejos del humor cañí, de los aduladores que quieren acabar de leer una columna con los dientes llenos de sangre. Al cabo de los años, al columnista se le distingue no solo por lo que escribe sino por los clientes que acuden a su puesto en el mercado. Eso le diría.»

Irse a Madrid fue la herramienta que yo utilicé para que mis artículos saliesen de Pontevedra y conocer el eco que estaba teniendo fuera. El blog que tenía, y donde iba colgando los textos, cada vez recibía más visitas. Pero miedo no porque hostias no me iban a meter. Joder, era un desconocido. ¿Qué iba a decir un crítico? «Este tío que no sabéis que existe no vale para nada.» Eso no. Había, por mi parte, expectación. Lo peor que pudo haber ocurrido era la indiferencia.

Viviste un viaje a Holanda que de vez en cuando diseminas en páginas de periódico. ¿Qué ocurrió en esos días?

Lo que se puede contar está básicamente ahí, lo otro no se podrá contar nunca. Pero vamos, que hicimos un viaje en grupo los amigos, sin un duro. Fue todo muy exagerado. Teníamos 21 años. Compramos un Polo destartalado para volver a casa desde Vlissingen (Holanda), nos hicimos amigos de un camello negro que se llamaba Blanquito, dormimos en un hotel de cinco estrellas de Niza con las chicas de una despedida de soltera (sólo triunfó la novia), nos grabamos con ellas y robamos la cámara de video, nos interrogó la policía porque uno de nosotros, al escaparnos, dejó escrita una nota con frases de Jim Carroll, el de Diario de un Rebelde, y la policía creía que era la amenaza de un psicótico, que lo era. Paramos en Barcelona, corrimos en San Fermín y dormimos en Bilbao. Ahora que lo pienso fue un viaje divertido de cojones. Llegué flaco como en mi vida, y al entrar al periódico me dijo mi amiga María Varela: «Por ahí viene la mitad de Manuel Jabois.» Los 21 años deberían durar una década. De hecho eso fue lo que duraron.

Fue el primer viaje que hicimos todos los amigos y he de confesar que me avasalló un miedo infundado, que aún hoy me dura, hacia mi posible muerte. Siempre que llego a una nueva ciudad pienso: ¿podrán encontrar a ese tío si me mata? Ahora menos. Si no morí en el intento de aquel viaje, puedo vivir tranquilamente.

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Foto: Carlos Jiménez Barragán

«Gistau es una de esas personas que cuando las estás disfrutando tú te da pena por los demás.»

David Gistau ha hecho una cosa que se hace muy poco en este oficio. Yo escribo en las mismas secciones que él. Hacemos artículos de opinión, crónicas parlamentarias y del Real Madrid (él se ha quitado, pero espero que no dure) y cuando hay un acontecimiento relevante vamos allí y lo contamos a nuestra manera, siempre buscando la otra cara; la que no se comenta tanto. Movió cielo y montaña para traerme a El Mundo. Seguro que hay gente en El Mundo de generación diferente y de ocupación distinta que no hubiese movido un dedo para meterme ahí. Y el tipo que menos interés debería tener, sabiendo que la novedad crea siempre una expectación, no tuvo ningún reparo en asediar a Baeta y a Pedro J. para que yo entrase. Eso define a alguien. Es generoso hasta la irresponsabilidad. Y muestra un rasgo de él que luego he aprendido a valorar, y que es fundamental en esta profesión: el grado de seguridad que tiene en sí mismo, la convicción que tiene en su trabajo para traer a alguien que, visto desde fuera, amenazaría su estatus. Esa frase que citas del libro es muy buena, y siento decirlo porque la escribí yo, pero es que es así. 

Llegaste tú a El Mundo y él se fue al ABC.

No tuvo nada que ver, fue mucho después, más tarde. Una oferta fulminante del ABC. Pero hubiera estado bien. Yo le dije: «Joder, ¿llevas dos años preparando esto?» Y se marcha cojeando, ¿te imaginas?, como Keyser Sozé en The Usual Suspects. No, David no es tan maquiavélico.

Grupo Salvaje: Una historia sobre tu relación con el fútbol desde pequeño. Ya sabemos que empezaste escribiendo octavillas como crónicas de la Liga que se jugaba en tu salón cada fin de semana; que si no fuese porque has acabado escribiendo serías un magnífico chico de los recados; que crees que ser del Barcelona es una horterada; y que el Fan de Pipita Higuaín sólo rompía su incorruptible tranquilidad para celebrar airadamente los goles del Pipa.

(Ríe) Lo que más recuerdo de aquel famoso desierto de octavos del Real Madrid es al pobre fan de Higuaín allí sentado. Era la última espalda que veía antes de marcharme del bar. Daban ganas de tumbarse encima de ella y quedarse a vivir hasta la siguiente Copa de Europa.

¿Cómo vives hoy los partidos del Real Madrid?

Los vivía con más tensión y pasión cuando peor le iba. Gritaba más, me ponía más nervioso. Ahora que la hegemonía es evidente, lo vivo menos. Yo recordaba los tiempos de la Novena sin celebrarlos tanto. La Décima sí, evidentemente, pero aquello fue el súmmum de la presión y la angustia. Últimamente me estoy acostumbrando a verlos como periodista sentado en una tribuna de prensa, rodeado de colegas, y no quiero parecerme al energúmeno que soy en el bar. Ni quitarme la camiseta, ni tirar vasos, ni subirme encima de las mesas. A veces lo consigo, pero en Valencia, con Bale, naufragué emocionalmente y casi me agarran entre varios para sentarme.

Y el de Ramos.

El de Ramos no, porque llevaba todo el tiempo pensando: «Va a pasar, y cuando pase, no debes gritar, no provoques una avalancha como de fondo de los ochenta.» Y así fue. Controlé la voz pero no pude controlar las piernas. Salté como un muelle. Cuando me tembló todo fue con el gol de Marcelo porque yo soy muy agónico, me torturo. Celebré el 1-3 como los clásicos, como Ancelotti. Mucha alegría con los anteriores pero… ¿quién sabía lo que podía suceder teniendo a Casillas en portería?  Cada vez que llegaba un balón aéreo parecía que caía una bomba en Hiroshima.

(Pedimos otras tres. Acepta rápidamente.)

Una frase tuya creo que describe de una manera excepcional la Era Mourinho: «José Mourinho devolvió a los hinchas del Madrid, de una manera dramática, el orgullo de serlo.» ¿El análisis de Mourinho sigue siendo el mismo?

Sí, porque estábamos en una época que era para tirarnos a la cuneta.

¿Un mal necesario?

No, un bien necesario. Sí, no era un entrenador ortodoxo. Sí, se podía haber ahorrado muchas cosas, pero la tensión que metió a ese equipo para quitarse el complejo del Barcelona –que lo hubo y grandísimo- fue necesaria. Eso sólo lo haces formateando las cabezas de los jugadores. E incluso ellos te dicen que el cambio de Pellegrini a Mourinho fue gigantesco. Mira: el mejor Barça que vi en mi vida fue el de la segunda parte de la final de Valencia. Y resistimos, y ganamos. Mentalmente el Madrid fue una roca y lo fue gracias a Mourinho. «¡Es que no le jugáis al ataque!» No, claro, no podíamos. Fue duro asumirlo, pero no pudimos. Entender eso ayudó a ganarles aquella final y la liga que vino después. Y aún entendiéndolo perdimos una semifinal de Champions. Se valora aún ahora muy poco lo que hizo Mourinho en el Madrid, pero una de dos: o el Barça era el mejor equipo del mundo o Mourinho hizo muy poca cosa en el Madrid. Las dos al mismo tiempo no pueden ser. Además tú no sabes lo que es tener al antimadridismo reunido hablando de la extraordinaria imagen; los inmensos títulos; los trajes de tres piezas; y el juego espectacular de ataque que tuvo el Madrid antes de que llegase él, que llevaba un año en el banquillo.

Historia que tú hiciste, historia por hacer”. Un verso tuyo para el nuevo himno del Real Madrid. ¿Qué sentiste cuando viste el tifo de El Clásico? ¿Estabas avisado?

No, no estaba avisado. Es un cartel que vio todo el mundo, pero ese día yo no estaba en el estadio y me enteré como todo lo importante: porque empezó a sonar el teléfono. Yo hace año y medio estaba viviendo en Pontevedra escribiendo del Real Madrid como quien escribe de Marte. Todo ha caído muy rápido. Me ha costado la sospecha generalizada y muchos ceños fruncidos que todo cuanto escriba del Madrid está mediatizado por el himno, y aunque no sea verdad, es justo que sea así: me lo he buscado. Pero vamos, lo que escribo del Madrid básicamente está mediatizado por mi madridismo. Sabía lo que hacía y no me arrepiento. Yo empecé a escribir del Madrid hace dos años y puedo dejarlo mañana. La canción de la Décima se queda ahí, y si algo siento es que no lo haya visto mi abuelo, con el que veía siempre los partidos cuando era chinorri. Me está sorprendiendo el control de las emociones siendo tan vanidoso como soy. Me imaginaba  abrazado a las farolas diciendo “sí, soy yo”.

¿Qué te gusta más escribir una crónica del Real Madrid o una crónica parlamentaria?

(Tras varios segundos pensando, arranca) Quizá ahora las del Madrid porque son muchas y ya no sabes qué figuras usar y demás. Pero a mí no cuesta escribir sobre la cosas que veo. Me cuesta pensar en abstracto, elaborar alguna teoría acerca de una actualidad, dar impulso a alguna idea propia para que el lector la entienda. Escribo rápido en costumbrismo, generalmente. La crónica es un género muy fácil, y con ella me refiero a escribir contando las cosas a mi manera. Únicamente tienes que escribir lo que has visto e introducir un estilo acorde a la situación. Una crónica del Madrid o una crónica parlamentaria me puede llevar media hora. Una columna de opinión, una semana.

¿Fama?

No, la suficiente escribiendo en un periódico de tirada nacional. Me paran por la calle cuando voy con los amigos y éstos se sorprenden. Pero no, ocurre que los que tocan para ese mes se han acumulado en ese momento. Nada más. Tampoco me lo he planteado excesivamente. Si viniesen por una exclusiva que ha tenido una repercusión  enorme –que aún no ha pasado-, me sentiría orgulloso. Pero no. Es por la cara que me pusieron en la primera página de El Mundo.

Sucumbimos a la moda y le presentamos una serie de nombres para que los defina rápidamente. Qué opina Jabois sobre…

Sabina: El cantante con el que crecí; el que nunca se va a ir; el que está siempre conmigo; y el que me descubrió a mi poeta, a mi poeta por encima de cualquier poeta, a César Vallejo.

Pablo Iglesias: Me pasa con él lo mismo que me ha pasado siempre con Izquierda Unida: me gustan muchas cosas de Podemos, pero las pocas que no me gustan, me espantan. A él le conocí hace poco. Es un tipo de mi edad, inquieto, curioso, yo creo que un poco asustado pero con enormes reflejos políticos para disimularlo. Tiene ganas, que es lo que le empieza a faltar a todo el mundo, incluidos sus adversarios. Recuerdo la frase de mi amigo Xacobe Casas«Sólo las semillas tenían ganas cuando empezó el mundo.»

Salvador Sostres: ¡Joder! Ha tenido mala suerte: después de una vida de independentista, cuando Cataluña está a punto de conseguirla le toca trabajar en El Mundo.

Loquillo: Un tipo duro, de los de antes. Lo compras entero o no lo compras, pocas medias tintas aquí. Yo lo he comprado entero y me ha distinguido con un cariño extraño, muy cercano, como el de cualquier tío así.

Rajoy: No me gusta casi nada de él, y lo poco que me gusta, me aterroriza.

Tallón: Un escritor, uno de los pocos que conozco con actitud y firmeza de escritor grande. Con todas las consecuencias de un escritor con conciencia artística.

Esperanza Aguirre: Un formidable sentido del espectáculo. Una política que tiene fans. Consecuencia de un tiempo y un país que ha asumido con naturalidad el cinismo como virtud pública. Un personaje de cojones.

Highway: Una prueba de lo mucho y valioso que es internet. Chavales de veinte años que hacen un periódico. Ahora depende de ellos (de vosotros): si dura y crece, si se para o si naufraga. Pero como al principio no depende del dinero, depende de las ganas. Y si no las tenéis vosotros no las va a tener nadie.

Un grupo de música: The Beatles

Un libro: Luces de Bohemia, de Valle-Inclán

Una bebida: He vuelto al vodka, al Absolut.

Una revista: La Semana. La revista de mi infancia, la que yo me encargaba de comprar para mi abuela.

Un futbolista: Qué gran pregunta para una mejor respuesta: Zinedine Yazid Zidane.

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