Nueva York para Dummies

«Living in NYC is like living in an abusive relationship with the coolest guy in the world» no sé quién fue la primera mujer en decir esta frase, pero la verdad es que desde que vivo en La ciudad que nunca duerme, me he dado cuenta de que cada día que pasa es más cierta.

Para los que no lo sepáis, hace dos meses que me trasladé indefinidamente aquí, básicamente porque necesitaba una desconexión de todo lo que me rodeaba pero también porque me parecía el lugar perfecto para buscar esa oportunidad perdida, ese Erasmus que nunca tuve, ese año sabático, ese primer trabajo.

Pues bien, después de haber estado dos meses de becaria para una ONG de ayuda a la mujer en distintas sedes repartidas por Brooklyn, Queens y El Bronx; y tras haber visto que sin el visado adecuado no llegaría muy lejos, decidí probar suerte haciendo aquello que, además de estar bien pagado, me permitiría conocer la cultura neoyorquina desde el interior: ser niñera en el Upper East Side.

«In Africa they have the saying: ‘it takes a village to raise a child’. But for the tribe of the upper-eastside of Manhattan, it takes just one person: the nanny.» Esta es una frase de la película The Nanny Diaries, que he rescatado en estos días previos a mi vuelta a la Gran Manzana. Pero no quiero adelantar acontecimientos, ya habrá tiempo para narrar mis peripecias en ese mundillo, de momento quiero hablaros simple y llanamente de la ciudad en sí, de esa Nueva York canalla y despreciable. De la Nueva York nocturna y de la Nueva York recién levantada, de las luces y las sombras que cualquier  recién graduado español se encontraría al llegar ahí.

Así que damas y caballeros, aquí van mis primeros cinco consejos para el español ilusionado, inexperto y corto de recursos económicos, que cruza el charco para hacer las Américas.

La metrocard es la tarjeta más importante que usarás a diario.

Esto habéis de tenerlo muy en cuenta. No importa si venís de un lugar pequeño donde podíais ir a cualquier lado andando o si sois de una gran urbe y no os separabais del coche, aquí vais a coger el metro. Y no una, o dos, o tres, sino muchas, demasiadas veces. Según dónde viváis y dónde trabajéis tal vez tengáis que hacer varios transbordos (los míticos transfers) yo hacía una media de tres al día, es decir, cuatro líneas distintas hasta llegar a mi destino, welcome to the jungle. Y podéis pensar «bueno, he oído que la red de metro de NYC cubre prácticamente lo más importante de los cinco distritos (boroughs) y que además abre las 24 horas, tampoco es tan horrible ¿qué puede salir mal?» Pues todo, hijos, todo. Desde que un tren local, ese que pasa por todas las paradas de la línea, de repente se convierta en express en hora punta y se salte la vuestra, hecho del cual no os percatareis hasta que no hayáis recorrido todo Manhattan, la gente se haya bajado y podáis ver a través de los cristales que estáis 60 manzanas más al sur de vuestro destino. Y eso si sois afortunados; porque puede ser que al llegar a Harlem la línea 5 decida ser 2 y circular por el Oeste en vez de por el Este, entonces decid adiós a llegar puntuales a donde sea que fueseis, pero no desesperéis; a no ser que la parada en la que decidáis bajaros no tenga conexión con el otro andén y tengáis que salir a la calle, encontrar la boca del metro correcta y volver a pagar. En ese momento solo podréis pensar quién os mandaba salir de la cama, o de España.

Una mañana de lunes cualquiera, creo que yo iba dentro
Una mañana de lunes cualquiera, creo que yo iba dentro.
La mejor hamburguesa de la ciudad, no es la mejor hamburguesa de la ciudad.

Una de las grandes obsesiones de las personas que viajamos a Nueva York es encontrar lo mejor de algo: el mejor perrito caliente, el mejor cupcake, la mejor rooftop el mejor jabón de lavadora, los mejores rulos para el pelo o en mi caso la mejor hamburguesa. Aquí va mi consejo cuando salgáis de caza: no os fieis de nadie. Me explicaré: prácticamente todos los restaurantes, puestos ambulantes y hoteles, tienen un cartel (en comic sans, sospechoso) que anuncia que ahí, precisamente ahí, en esa esquina perdida entre la sesenta y siete con la tercera en la que os halláis, se hace la mejor hamburguesa de la ciudad; y vosotros (o yo, porque a mí me pasa ha pasado) ilusamente entréis, os la pidáis y acto seguido la subáis a Twitter, a Instagram, y/o a Facebook pensando que habéis hecho el descubrimiento culinario del siglo y luego en el camino a casa tropecéis con otros cinco garitos de mala muerte donde ¡oh sorpresa! se oferta exactamente lo mismo. Así que hijos míos, si queréis dar con EL sitio os sugiero que os lo toméis como si de una tesis doctoral se tratara: que leáis, que investiguéis, que preguntéis, y por supuesto, que probéis. Os va a tocar comer muchas antes de dar con alguna que merezca ser llevada a vuestro top 5. Algún día, si consigo decidirme, os contaré el mío. De momento me quedan muchos puestos ambulantes que asaltar.

Encontrar alojamiento es más difícil que encontrar trabajo y todo el mundo cree tener el mejor.

 Leí en alguna parte (un artículo parecido a este pero mejor escrito) que «anyone who moves to New York and isn’t rich has to have a high tolerance for tiny spaces, weird apartment layouts, and barely functional kitchens» y no ha podido ser más cierto. Una de las cosas que más me llamaron la atención cuando llegué aquí fue la obsesión que hay por saber dónde vives. Nada más conocer a alguien, después del apretón de manos de rigor (ni se os ocurra inclinaros para dar dos besos o creareis un momento de tensión que durará toda la noche) os preguntarán dónde vivís. Nada de en qué trabajáis, cuánto tiempo estaréis por aquí o si tenéis pareja; no. Aquí lo importante es en qué barrio se vive y cuánto se paga por el alquiler. ¿Qué cuál es la mejor zona? Pues depende. De vuestro bolsillo, claro. Y del rollo que os guste. Tenemos los clásicos que no salen del Upper East Side (los detalles en Gossip Girl), los que se van a buscar tranquilidad a Roosevelt Island, los atrevidos que le dan una oportunidad al flow de Harlem, los hipsters de Chelsea o del Village, los nuevos hipsters de Williamsburg (ojo con estos, si alguien vive en Brooklyn, estará muy orgulloso de vivir ahí, os hartareis de oírles decir que tienen el skyline al mejor precio y que al final, el metro le lleva a uno a cualquier parte y vivir en downtown no tiene ningún sentido), o las que viven en la casa que la ONG les deja al lado del zoo del Bronx (sí, esa soy yo). En fin, que ahora que tengo que mudarme de zona me paso una media de tres horas al día buscando en Craiglist (ríete tú del Idealista) tres metros cuadrados donde caerme muerta por las noches, seréis los primeros en saber si he tenido éxito. De momento sigo sonriendo y diciendo que vivo ahí arriba, en la 180, da para un buen rato de conversación con el recién conocido y crea una halo de misterio a mi alrededor.

Manhattan y el Brooklyn Bridge por Santi González-Barros
Manhattan y el Brooklyn Bridge, por Santi González-Barros.
Fumar y beber son lujos asiáticos por los que venderías tu alma al diablo.

Aunque no soy fumadora, he de reconocer que si lo fuera, lo habría dejado al llegar a Nueva York. La broma de la cajetilla sale a unos 12 dólares y está prohibido fumar en casi cualquier parte. Además hace poco subieron la edad legal para comprar tabaco y ahora hay que tener 21 (lo sé, es una locura). Lo más sabio si se va a pasar una temporada larga, es traerse filtros, tabaco y papel de liar de España e ir tirando; eso sí, uno se expone a que le pare la policía para asegurarse de que lo que estamos fumando es tabaco y no otra cosa y a que todo el mundo le mire como si fuera un apestado social. Pero sed fuertes. O dejad el vicio.

Por otro lado lo que sí soy es bebedora, no concibo un fin de semana sin unas copas, ni tardes después del trabajo sin las cañas de rigor. Pues bien, en estos dos meses me he vuelto prácticamente abstemia, el concepto tomarse unas cañas un martes a las 6 no existe y la cerveza más barata que es la que  mi sueldo de becaria me permitía,que sabía a perro mojado, por no hablar de la vez que nos pedimos una jarra de sangría para compartir.

Pero lo peor eran los sábados por la noche al pedirte un cubata; daba igual que estuviésemos en la azotea del rascacielos más increíble de la Quinta Avenida, con vistas al Empire State y con Emma Stone y Taylor Swift jugando a pasarse los hielos en la mesa de al lado, el combinado es siempre el mismo: un vaso de chupito volcado en la copa y mezclado con Coca-Cola, Fanta o tónica que salían de una manguera de estas de pistola que están conectadas a un sifón como en el McDonald’s, y por eso te cobraban mínimo 15 dólares. Por agua con Coca-Cola y unas gotas de Tanqueray. Y encima tenías que considerarte afortunada porque no te hubiesen hecho pedir una botella entera para toda la mesa (a veces obligan a ello para asegurarse la consumición de todos, los precios de las botellas rondan los 250 dólares, si solo sois cuatro, echad cuentas).

Por ello lo mejor es comprar la bebida en una de las muchas liquor stores que hay por la ciudad y beber en casa o en el piso de alguien (¡ni se os ocurra beber por la calle o hacer botellón en un parque! Prohibidísimo y os aseguráis una multa o si el policía se pone tonto, una visita a comisaría).

La calle Houston se pronuncia Jauston. Os ahorrará tiempo saberlo.

Este punto no tiene más misterio, pero es algo que averigüé al poco de llegar y es algo que le digo a todo el mundo. Por contar, se lo he contado hasta a mi abuela que no creo que venga a Estados Unidos en la vida. Pero bueno, os daréis cuenta enseguida de que en la ciudad no importa tanto lo que dices sino cómo lo dices. Podréis enamorar a alguien con vuestro acento y sin embargo a otra persona causarle una gran animadversión. Ahí no puedo daros ningún consejo, expect the unexpected. 

En fin, realmente creo que el objetivo principal de todo esto era que vierais que sí, Nueva York es muy fotogénica, pero al final solo es una ciudad. Una ciudad en la que mucha gente no vive sino que sobrevive, que sí, te brinda oportunidades, pero no te regala nada.

Si miramos Manhattan desde abajo, desde el suelo, veremos que lo mejor de Nueva York es el cielo. La imagen que vende es el horizonte, los rascacielos, las azoteas. Y todos quieren alcanzar ese cielo pero la realidad es que la ciudad se divide en dos. La primera vez que llegas aquí, no puedes ser parte del mundo de “arriba”, tienes que trabajar tu camino hacia la cima desde abajo.

Lo reflejan genial en la película francesa Casse-tête chinois donde el protagonista dice: «Había oído que esta ciudad era simple y organizada, que Nueva York fue diseñada en una cuadrícula matemática para simplificar las cosas. Pero el hecho es que las cosas nunca son simples. El asfalto de Nueva York es como la piel de un boxeador después de un combate, un tatuaje, un piercing, grietas o la cara de un drogadicto.»

Así que queridos lectores, esta es mi vida ahí… por el momento. Seguiremos informando.

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1 Comment

  1. Que recuerdos… todo lo que apuntas es más sincero y real que la mayoría de cosas que lee uno sobre la ciudad, empezando por los "newyorkers" de 5 días que te aleccionan sobre lo fantástica que es la ciudad .. que pasen un invierno, busquen piso, les bombardéen por gorrear casa, les roben en casa… etc y después hablen.
    Paciencia y disfruta.. de tanto que la odio sería el único sitio dónde volvería sin pensarlo.
    Un ex de dumbo, cuando no era cool.. pero eso si, empezaba a serlo.

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