Feliz 1937

La estampa más recurrente de Madrid en Nochevieja, por clásica, es la de la Puerta del Sol llena de gente festejando. Sin duda es la fotografía navideña que con más éxito ha exportado bal mundo. Desde finales del XIX es tradición entre la madrileñidad arremolinarse en torno al edificio conocido como de Gobernación, antigua Casa de Correos, hoy sede del Gobierno autónomo de la Comunidad de Madrid; cuyo reloj, celebérrimo, marca a campanazos el tránsito del viejo al nuevo año. Etcétera. Es una historia que todos ustedes conocen muy bien, aunque quizá no conozcan esta otra que les voy a contar a continuación; uno de esos episodios extraños, a medio camino entre la tragedia y lo cómico, que le refuerzan a uno la creencia de que España es un país cuya singularidad se exhibe incluso en la devastación moral y humana más absoluta.

A finales de 1936, Madrid era una ciudad sitiada. Desde noviembre, el Ejército de África, la más temible fuerza de choque de las fuerzas sublevadas contra el Gobierno de la República, acampaba a tiro de piedra de la ciudad. Crudelísimos combates se sucedían desde entonces entre milicianos y soldados regulares en torno a las sierras circundantes y los propios barrios de Ciudad Universitaria, Moncloa y hasta la Casa de Campo. Las altas instituciones del Estado habían huido a Valencia en previsión de una inminente caída de la ciudad y en los sótanos del Palacio de Buenavista un viejo general coordinaba a duras penas la resistencia de un crisol de milicias gremiales, políticas y sindicales. Madrid también era la primera ciudad de Occidente bombardeada sistemáticamente por la aviación militar; fuego que se unía al que sostenía la artillería de Franco ubicada en los cerros estratégicos en torno a la capital desde los que podía tenerla sometida a placer gracias a la presión de sus obuses.

En diciembre de 1936, Madrid ofrecía «el impresionante espectáculo de un paisaje lunar», en palabras del periodista Manuel Chaves Nogales. Meses después, el  sevillano abandonaría  para siempre la ciudad en la que había alcanzado el cénit de su profesión; una ciudad que mostraba un «aspecto desolador»: las calles «cegadas por el cascote de los derrumbamientos»; manzanas enteras de casas «de las que sólo quedan los muros exteriores» y donde «se pudren al sol los perros muertos; salta de improviso disparatadamente el espectro erizado de un gato famélico y en el marco de una ventana, arrancado de cuajo, se bambolea al aire una jaula en cuyo fondo rueda, medio desplumado, un pajarillo que se murió de sed.» El cañoneo sobre la capital de la República era diario: artillería y aviación se simultaneaban en el castigo a la luz del sol; durante la noche, sólo los aviones pasaban vomitando fuego mas sólo las noches en que hubiera buena visibilidad. Esto cambió tras la Nochebuena, momento en que los nacionales decidieron mortificar el sueño de Madrid también con la artillería. De manera que «si hasta fin de año los madrileños sabían que durante la noche no tenían que temer más que los bombardeos de la aviación y que, a lo menos, las noches de niebla y nubes bajas podían dormir tranquilamente, en adelante no tendrán un solo minuto de sosiego ni de día ni de noche. En cualquier instante, con niebla o sin ella, la muerte puede ir a buscarles a sus lechos.» 

Aunque Madrid ya había naturalizado con casticismo y retranca popular la dramática circunstancia de los bombardeos, asumiendo lo extraordinario de la situación con una flema satírica (que llegó hasta el punto de bautizar con ánimo de choteo a los tres trimotores alemanes que puntualmente acudían a su cita con los asediados como Las tres viudas), se preveía que en aquella primera Nochevieja de la guerra nadie secundase el viejo rito de tomarse las uvas en la Puerta del Sol. Al respecto Chaves Nogales describía la plaza, púlpito de las Españas, como un lugar desierto donde «la torrecilla que sostenía las cuatro esferas iluminadas del reloj de Gobernación ha sido alcanzada por una bomba y no le queda ya más que una esfera sana.» Sol marcaba casi la frontera entre la parte de Madrid menos herida y la zona oeste, “un vasto cementerio, un inmenso pudridero de seres y casas que el cierzo de la sierra va aventando.»

puerta del sol nocheviejaEn un escenario tal, la noche parecía propicia para que los madrileños recibieran la llegada de 1937 en la dramática austeridad de la vida subterránea, en previsión de los últimos bombardeos nocturnos del año. Sin festejos, sin campanadas y, claro, sin multitudes en la calle. Así al menos lo recogía el ABC de Madrid el 2 de enero de 1937, en sus Notas del día:

«Los generales facciosos, que nunca conocerán al pueblo, porque jamás se tomaron la molestia de escuchar sus latidos ni encauzar sus anhelos, supusieron, insensatamente, que los madrileños iban a lanzarse a las calles en la última noche del año en inconsciente algazara, como en los tiempos en que ahogaba su dolor en grotescas farsas. Y al filo de las doce, cuando daba los primeros pasos este año, que todos, con la más firme convicción, llamamos de la Victoria, ordenaron a sus baterías que lanzaran sobre Madrid obuses y granadas, dirigiendo los tiros hacia los lugares en que en noches análogas de otros años el pueblo se congregaba para tomar las uvas, con la ilusión de más felices avatares.

Pero el pueblo madrileño, que no se ha acordado de las fiestas navideñas más que para sentir las penalidades de los que defienden sus lindes y procuran olvidarlas, vivió el último día de 1936 con la austera sencillez de todos los de esta epopeya, recluyéndose en sus hogares, en el rincón familiar, que no sabe si ha de conservar mañana. Las granadas estallaron sobre las calles desiertas.»

No obstante, sí que hubo gente en la Puerta del Sol abriéndole los brazos a 1937 bajo un cielo surcado de obuses de artillería.

Seis periodistas, o Cinco y un censor, como tituló el cronista de Política (el periódico de Izquierda Republicana) un texto recogido íntegramente en el ejemplar de La Vanguardia barcelonesa del sábado 2 de enero de 1937. Aquella tarde de jueves del último día de 1936 los periódicos habían cerrado a las 8 de la tarde por un acuerdo entre la Delegación de Propaganda y Prensa con directores y agencias. A pesar de las amenazas de Franco, los castizos madrileños tomaron las doce uvas en la Puerta del Sol comenzaba el periodista, quien en primera persona contaba el singular desafío de los reporteros de los que la Historia no ha conservado todos los nombres.

«Aprovechando las horas de vacaciones por el temprano cierre de los diarios, quiso el cronista esperar el año nuevo después de una apetecible cena, frugal en otro tiempo. Convino con otros compañeros de profesión mantener el casticismo de tomar las uvas en la misma Puerta del Sol. Y cuando el año viejo consumía su postrer cuarto de hora, salimos del edificio de la Telefónica cinco periodistas y un censor.»

Uno de estos periodistas era, naturalmente, Manuel Chaves Nogales, hombre probado en la  intrepidez del oficio del andar y contar cubriendo en avión la odisea entre España y las repúblicas soviéticas del Cáucaso en 1929 y, luego, acompañando a los soldados que tomaron plaza en Sidi-Ifni para la República en 1932. Cuenta en una de sus crónicas para Sucesos para todos, publicación mexicana en la que se editarían en 1938 sus textos sobre el Madrid republicano cercado por el Ejército de Franco, que «una tras otra, seis sombras han cruzado por la oscura y desierta plaza para juntarse frente a la única esfera visible del reloj y esperar allí a que suenen las doce campanadas que marcan la entrada del año. Son seis periodistas madrileños que no quieren que el rito del Año Viejo se interrumpa por la guerra.»

Foto: abc.es
Foto: abc.es

El ABC de Madrid, apellidado Diario republicano de izquierdas desde agosto de 1936, estaba dirigido por Elfidio Alonso, representante de la Unión Republicana. El 2 de enero del 37 publicaba en portada el parte del Ministerio de Guerra referente a las acciones bélicas acaecidas la Nochevieja de 1936. «Duelo de artillería en Madrid, a las cero horas de la noche de ayer», de una duración «aproximadamente de una hora». En efecto, según la narración de Chaves Nogales, «el lado de allá de las trincheras hay también quien quiere que Madrid celebre la entrada del año nuevo con todos los honores y al sonar la primera campanada de la media noche, da alegremente la orden de ¡Fuego! y un obús cruza por encima de los tejados de Madrid, buscando el corazón de la villa.»

«¡Es un obús!» consignó el reportero de Política. «Suena el reloj de Gobernación, quizá ciego, pero no mudo. Nos disponemos a comer las uvas. Las campanadas se funden con los silbidos de los proyectiles que cruzan sobre nuestras cabezas. El último ha estallado muy cerca. Guardamos silencio. ¡Las doce!»

A la vez que doce cañonazos de la artillería del ejército al que comandaba saludaba a los madrileños el nuevo año de 1937, Franco radiaba a la España nacional su mensaje de Nochevieja. «Al pueblo español, a las naciones hispanoamericanas y a cuantos comprenden y sienten la causa de España, que es la de una civilización y una cultura se dirigía el general, ya Generalísimo, asegurando que “el tradicional camino” emprendido “por el pueblo español, en el año que finaliza» está «pleno de espiritualidad y de ideales» en medio de «los materialismos presentes que bajo el engañoso escudo de la democracia se fraguan las revoluciones más terribles que ha registrado la Historia.» Estas palabras surcaban las ondas y el ABC de Sevilla, radicalmente opuesta a su cabecera matriz madrileña, las plasmaba en su edición del 2 de enero de 1937 junto a la crónica de Francisco Ors, corresponsal en primera línea del frente nacional en los suburbios de Madrid.

El reporte de Ors acerca de la actividad bélica en torno a Madrid de las tropas de Franco contrasta vivamente con el relato de los periodistas audaces que fueron a tomarse las uvas a la Puerta del Sol. El periodista del ABC sevillano destacó «la relativa calma en los distintos frentes de combates». En el frente de Madrid fue celebrada la entrada de Año nuevo muy «religiosamente: se dijeron misas para celebrar la entrada del nuevo año» y «en el campamento hubo gran alegría y animación, distribuyéndose entre los soldados rancho extraordinario y los obsequios que llegaron de todas las provincias, dedicados a las fuerzas que luchan por la conquista de Madrid.»

Algunos kilómetros más allá, en medio de «la humanidad estremecida» que habitaba una Madrid «silenciosa y hundida en las sombras», Chaves Nogales y sus cinco colegas de oficio pululaban como hormigas ante la boca del hormiguero destruido: «la media docena de periodistas que se habían juntado para comer las doce uvas en la Puerta del Sol tiene que buscar refugio pegándose a uno de los muros desenfilados del caserón de Gobernación, y allí acurrucados, oyen una tras otra las explosiones que, alegremente, como por broma, han llevado la muerte y destrucción a tantos hogares madrileños.» La crónica de política publicada por La Vanguardia para los lectores de la Barcelona -todavía- alejada del frente y los combates, recoge un último estertor patriótico entre algunos otros temerarios madrileños que habíanse congregado furtivamente entre las ruinas de Sol dando «golpes vergonzantes a una pandereta» y murmurando «frases de popular discurso de un orador oculto»:

«¡Viva la República! grita alguien desde el centro de la Puerta del Sol. Contestamos roncos, mientras estalla otro obús. Calla el reloj. ¡Hemos ganado el reto a Franco! Siguen los obuses estallando con rabia impotente. Avanzamos de regreso a la Telefónica. Apenas se ve la red de San Luis. Humo y polvo. ¡Humo que se introduce hasta en el pulmón! Por fin ganamos el vestíbulo de la calle de Valverde, mientras cruza silbando el último disparo.» Enmudecía ya Madrid tras el temporal y comenzaba el segundo año de la guerra entre los españoles, 1937. El ABC de Sevilla contaba después que la animación, entre los sitiadores de Madrid, «fue extraordinaria hasta altas horas de la madrugada, con acompañamiento de guitarras, acordeones y toda clase de instrumentos, entre los que no faltaron los consabidos e improvisados con los más rudimentarios artefactos.»

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