Olvidar en los tiempos de Whatsapp

Anda quien les escribe tratando de superar un desengaño amoroso. El enésimo. Al ya conocido tour de force que todo hijo de vecino debe carear, aquél donde se engloba atemperar los pinchazos pectorales ante el alud de imágenes de su frondosa cabellera roja balanceándose de un costado a otro, su forma de reír, esos ojos verde miel, la exacta y estratégica distribución de sus pecas y demás particularidades de la damisela en cuestión. Si con eso no fuera suficiente, en ese marasmo donde uno rechazaría a la mismísima Blanca Suárez o una joven Claudia Cardinale – bueno, tampoco vayamos tan lejos-; en ese instante donde cual Bogart en Casablanca nos encaramamos a un vaso de whisky y envueltos de atribulado humo, espetamos tras golpear la mesa: «de todos los bares de todas las ciudades del mundo ella ha tenido que entrar en el mío», me sorprendí en el ángulo oscuro de la habitación extrañando sus WhatsApp.

Sí amigos, no contento con lo mencionado arriba, de repente a uno le falta esa foto matutina con el maldito filtro de Retrica, la de antes de ir al gimnasio, aquella donde regala un inofensivo ósculo, de excursión, mostrando su postrero dibujo en el esmalte de uñas y cómo no, aquella frente al espejo de marras. ¡Vamos! que de tanto selfie uno termina conociendo rincones de su hogar sin haber puesto un pie en él. Si a eso le sumamos estar en ciudades lejanas, todo valía: dibujos, paisajes, fiestas,… si hasta terminé tonteando con el autorretrato digital. Tal era el tráfico en mi romance que llegué a comprobar la similitud de rasgos entre la interesada y la madre de ésta en edad adolescente, lo típico que antaño apañábamos desempolvando el viejo álbum familiar. Habrá recaído el lector en la puerilidad del asunto, pero valga el estado embrionario de la relación como salvoconducto para tan azucarados envíos. Y es que los tiempos cambian y le convierten a uno en una especie de Leopoldo de Austria fantaseando ante el retrato de La infanta Margarita en traje azul (Velázquez, 1659). Es entonces cuando recaemos en que a pesar de llevar tanto tiempo con la imagen democratizada, nos seguimos “vendiendo” como en aquellos vetustos retratos cortesanos al tiempo que erosionamos nuestras huellas dactilares ante la instantánea de la particular princesa. Tanto es así, que en tiempos de duelo de nada servirá que entren amigos y familiares con retratos de amigas como si de Las infantas Isabel-Clara-Eugenia y Catalina-Micaela (Alonso Sánchez Coello, 1575) se trataran, con el fin de articular una política de alianzas en torno a ellas.

Para colmo, no sólo al ámbito fotográfico se ciñen las carencias del despechado del siglo XXI. Mensajes de voz, canciones –y no quieran imaginarse si éstas son de ella misma a la guitarra-, imitaciones, gracias y demás posibilidades de las que uno queda huérfano al partir ésta con las mismas fotos, distintas frases y otros audios hacia un mejor postor. Así pues, para tratar de desvanecer esa comezón, y si sus celulares también están atestados de este tipo de elementos, ahí va mi desinteresado consejo: Siéntase como una doncella decimonónica quemando la carta del amado traidor y borre ese contenido. Omito reprender tendencias sadomasoquistas como mirar la ventanita de chat a la espera de un inquisitivo en línea porque de rupturas anteriores quedó clara la lección de evitar semejante flagelado. De esta manera ganamos espacio en el móvil que rápidamente será cubierto por abominables memes arrojados por grupos en los que todavía no sabemos muy bien porqué estamos. En definitiva, se trata de actualizar aquella canción de La Mosca de inefable videoclip que enganchó a media España a finales del siglo XX por un “Yo borraré tus fotos, bloquearé tu WhatsApp, para no verte más”. De mientras, servirá con cambiar el estado a Olvidando…

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1 Comment

  1. Estupendo, el ingenioso texto detecta y describe un fenómeno contemporáneo que yo por lo menos no había visto antes comentado: las nuevas dificultades para el olvido (y la sanación) que imponen las nuevas tecnologías.

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