El florista tupamaro que cumplió el sueño de su mamá

Seré todo o no seré

mas es mi lema luchar

para ingresar en las filas

de los que saben triunfar;

y colmar la aspiración

de mi Patria y mi Mamá

***

El estudiante un poco rebelde pero eficiente en los resultados, el padre con ocho años de su hermana pequeña porque el verdadero falleció de una sífilis contraída en relación extramatrimonial, el ciclista más o menos profesional que pasó su juventud pedaleando, el cultivador y vendedor ambulante de flores que encandilaba a sus vecinas, el acompañante infatigable de su mejor amigo Nene –motero y mecánico– por las carreteras del país, el joven activista de tendencias más anarquistas que socialistas que tenía claros sus ideales sin caer en los dogmas, el guerrillero fruto de las circunstancias… Éstas fueron algunas de las ocupaciones de José Alberto Mujica Cordano, Pepe Mujica, antes de pasar una década y media encerrado entre rejas. El pasado domingo 30, al ser elegido su sucesor, completó la última de sus misiones, seguramente la que nunca esperó que llegaría a tachar de una lista: ser presidente de su país, la República Oriental del Uruguay.

Es el momento de los balances. La presidencia de Pepe Mujica no puede para nada relacionarse con las demás izquierdas populistas que campan por la región latinoamericana. El mujiquismo –si existe tal movimiento político– en poco se asemeja al kirchnerismo o al chavismo. Nunca ha sido dogmático, ni ha tenido esa peligrosa vocación personalista. Aún menos ha padecido tics caudillistas. Por el contrario, el demócrata Mujica ha sido realista y pragmático. Fiel a principios como la justicia social o la lucha contra la pobreza y la desigualdad, pero con los pies en suelo. Y por encima todo, un mandatario serio. Sin olvidar nunca al más débil, ha sido consciente de la realidad de un país chiquitito como el suyo, la “Suiza de América”, en un mundo globalizado. O como diría el mismo Mujica: “Somos un pequeño país de tres millones de habitantes y trece millones de vacas”. Es por eso que ha decidido mantener Uruguay abierto al mundo. Se ha alejado de la creciente tendencia al repliegue nacional, ha ofrecido seriedad y seguridad a los inversores internacionales y ha dejado un país que sigue avanzando a pasos agigantados hacia el desarrollo.

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Su legado también son las políticas progresistas (de verdad), innovadoras en un continente donde la izquierda es tan o más conservadora que la derecha. La más conocida, la de legalizar la producción y venta de marihuana, a cargo del Estado, como una forma de luchar contra el narcotráfico, después del fracaso de la guerra contra las drogas. Ningún presidente latinoamericano se había atrevido a hacerlo desde el poder; todos se han subido al carro tras abandonar sus responsabilidades. Pero también es un enorme progreso la legislación sobre el aborto, un tema tabú en América Latina con muy contadas excepciones. “La cosa es sencilla y es de sentido común: nadie puede estar a favor del aborto como cuestión de principios, pero hay un cuadro de mujeres en todas las sociedades que se ven en la amargura de tener que tomar esa decisión contra viento y marea (…) Y ese mundo vive en la clandestinidad, y la explota y se juega la vida”.

Lo que más ha llamado la atención de él seguramente sea su vida austera, sobria, sin más lujos de los necesarios. Las pocas referencias que tiene el mundo de Uruguay es que ya se puede comprar y fumar marihuana de forma legal y que tiene un presidente con aspecto de abuelo bonachón y campechano, capaz de aparecer en sandalias en una rueda de prensa, que se mueve en un viejo escarabajo de color celeste y que vive en una pequeña chacra junto a su esposa y su perra coja Manuela. “¿Qué es lo que le llama la atención al mundo? ¿Que vivo con poca cosa, en una casa simple, ando con un autito viejo…? ¿Esas son la novedades que tiene el mundo? Este mundo está loco, le sorprende lo normal”, critica Mujica.

Me perdonarán sólo por un momento el uso de la primera persona. En mi viaje a Uruguay, hace medio año, escuché muchas, muchísimas críticas a Pepe Mujica en solamente cinco días. Frente a la favorable opinión pública internacional, mayoritaria y generalizada, no era difícil encontrar los pequeños problemas del día a día en voz de los uruguayos. Un ejemplo de ello es el reportaje publicado este viernes por la BBC sobre “los uruguayos que están cansados de estar de moda”. Sin embargo, la figura de Pepe no deja de maravillarme. Uruguay es un país complejo, sumergido en muchas contradicciones y batallitas internas, pero el ya expresidente Mujica ha sabido proyectar al mundo lo mejor de su tierra. Algunos podrán decir que la imagen que se tiene de él en el mundo puede ser fruto de una actitud impostada –en Uruguay hay quienes lo creen–, pero, más allá de eso, no deja de ser un reflejo –fingido o no, sobreactuado o no– del uruguayo real.

Es importante poner el foco en que Mujica no es un dogmático, ni lo ha sido nunca. Tampoco en sus tiempos de adolescencia –normalmente sinónimo de ingenuidad e inocencia–, en la América Latina de la Guerra Fría. El activismo político le llevó a conocer con sus propios ojos las grandes experiencias revolucionarias que maravillaban a la izquierda ortodoxa del momento. Viajó hasta La Habana, Moscú y Pequín, invitado a encuentros de juventudes de izquierda. Y para los tres sistemas tenía críticas, especialmente para la Unión Soviética, por su falta de libertad de expresión y las purgas sistemáticas de Stalin.

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–Héroes de la revolución, líderes del Partido, artistas, simples campesinos o militantes… ¡todos ejecutados! –criticó Pepe en un debate donde casi llegan a las manos- ¡Yo no estoy de acuerdo con eso!

–La traición se paga -le respondió uno de esos jóvenes.

–No me digas que todos eran traidores: ¿tener discrepancias con el gobierno es ser traidor?

–Eran enemigos del Pueblo y del Partido

–Ese es un concepto inventado por Stalin para justificar su barbarie.

–En Cuba también se ejecuta a los contrarrevolucionarios.

–Sí, y no me gusta.

–Vos no sos un revolucionario.

–Y vos sos el Che Guevara.

Esta escena se repetía a menudo. “¡No se puede matar a un empresario por querer ganar plata!”, aseguraba con rotundidad lo que para sus camaradas no era tan obvio. Y añadía: “A los oligarcas hay que perseguirlos, pero al que con mucho sacrificio pone una empresita, un tambo, vive de una chacra, no. Esto no está bien para mí”. Y es que siempre se ha sentido cómodo en la crítica, en la disidencia política. Tanto es así que llegó a hacer campaña por la Lista 41 del Partido Nacional, de los blancos (junto a los colorados, uno de los dos partidos fundacionales de Uruguay) , liderada por el también crítico diputado Enrique Erro. Ese mismo partido al que derrotó en la segunda vuelta de las presidenciales de 2009, y al que su sucesor Tabaré Vázquez también ha vencido en dos ocasiones, en 2004 y hace dos semanas. Y, sin embargo, se sigue definiendo como blanco: “En mi interpretación histórica de este país, soy blanco, perfectamente blanco”.

Uno de los episodios más oscuros de su biografía es ciertamente el de su pasado como guerrillero, después de unos cuantos años de militancia estudiantil y sindical. Empujado por las circunstancias que vivía el país, de fuerte represión policial y militar –y en medio de atentados impunes de grupos neonazis–, decidió pasar a la acción, pese a las dudas que tenía sobre la lucha armada. Se integró en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), una organización guerrillera de extrema izquierda. Se encargó sobre todo de robos, asaltos y secuestros para financiar al grupo. Aunque disparó en varias ocasiones, especialmente en huidas de la policía durante su clandestinidad, no se tiene constancia de que matara a nadie. Su alias: comandante Facundo. Aunque ya no queda rastro de Facundo en Pepe.

El motivo de este sobrenombre lo explica su biógrafo Walter Pernas en el libro Comandante Facundo: El revolucionario Pepe Mujica (Aguilar, 2013): “Pepe había elegido ese nombre de guerrillero por Facundo Quiroga, el controvertido caudillo argentino, tan aguerrido, temible y violento para enfrentar y castigar al oponente en la batalla, como sensible y resuelto por la humanidad a ciertas horas triunfales en que pudiendo tomarse revancha contra su gran enemigo, el coronel Gregorio Aráoz de La Madrid quien había torturado a la madre de Quiroga, haciéndola barrer en la plaza pública con los pies encadenados— , optó por enviarle a su familia, con escolta militar para asegurarse de que llegara sana y salva a su casa”.

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La lucha armada tuvo sus consecuencias. Fue detenido y llevado a prisión hasta en cuatro ocasiones. Dos de ellas fue a parar al Penal de Punta Carretas –una prisión reconvertida hoy en Puntas Carretas Shopping, un angustiante centro comercial donde encontré a un hombre que quería montar el círculo uruguayo de Pablemos–, y las dos veces consiguió escapar a través túneles subterráneos. En uno de estos arrestos fue herido con seis disparos en el abdomen, de los que tardó en recuperarse, y fue llevado antes al hospital. “El sedicioso Mujica se debate con la muerte”, titulaba la prensa. En total fueron cerca de quince años entre barrotes. El período más largo fue el último, durante la dictadura, entre 1972 y 1985.

En todas las detenciones fue brutalmente torturado, como el resto de tupamaros. “Desnudo, encapuchado, con su cuerpo amoratado por los golpes de ablande, Pepe era arrastrado a las patadas por el piso de la sala de vejámenes”, narra Walter Pernas una de esas escenas. Y añade más detalles: “Lo tiraron sobre la parrilla de hierro, como un pedazo de carne, le ataron pies y manos a cada ángulo del camastro siniestro, lo mojaron con un baldazo de agua, y con la punta acerada del instrumento largo y recto, los verdugos de verde oliva y risas histéricas comenzaron a hacerle sentir los efectos del sadismo: glande, testículos, corazón…”.

Finalmente, cuando el grupo guerrillero ya había sido casi desmontado por el Estado y sus líderes estaban todos encarcelados, ocurrió aquello contra lo que desde el principio habían luchado: un golpe de Estado. El presidente Juan María Bordaberry disolvió la Cámara de Representantes y el Senado con la ayuda del Ejército, apelando a que “la acción delictiva de la conspiración contra la Patria, coaligada con la complacencia de grupos políticos sin sentido nacional, se halla inserta en las propias instituciones, para así presentarse encubierta como una actividad formalmente legal”. E instauró la dictadura. “Ahora que el pueblo uruguayo dispuesto a resistir nos necesita más que nunca, no nos tiene. ¡Nuestro error es imperdonable!”, reflexionaba Mujica desde su celda.

Sin embargo, aún en su penúltimo periodo de encarcelamiento, Mujica fue uno de los principales y firmes apoyos al abandono de la lucha armada y la integración en una gran coalición de izquierdas, una fuerza política capaz de ganar elecciones, que pronto tuvo nombre: Frente Amplio. “Esto no implica abandonar la revolución, sino explorar nuevos caminos que nos acerquen a ella”, rebatía a los partidarios de mantener la acción violenta cuando aún se encontraba encarcelado en Punta Carretas. Al final el MLN-T se integró a la nueva formación a través de su “brazo legal”, el Movimiento 26 de Marzo, fundado en 1971.

En el último periodo de privación de libertad, durante trece años, se gestó el salto de Pepe a la política institucional. Fue el punto de partida de un viaje que lo llevaría hasta la Presidencia, de forma planeada o no. Leyó y escribió mucho. Sobre bioquímica, sobre física, sobre ganadería, sobre el sector primario en países como Nueva Zelanda, Estados Unidos o el Reino Unido. La Universidad de la República se enteró de que estaba tomando notas y, desde su Facultad de Agronomía, le enviaron varios libros y apuntes. Y sobre todo reflexionaba mucho, pensaba en el Uruguay que estaba por venir con la democracia, sin la lucha armada.

Casi una década después de ser puesto en libertad, volvió a juntarse con su pareja, la también tupamara y hoy senadora Lucía Topolansky. Y empezó su ascenso meteórico en las instituciones políticas uruguayas. En las elecciones de noviembre de 1994 fue votado como diputado por Montevideo. En octubre de 1999 fue elegido senador. En 2005 fue designado ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca por su predecesor y sucesor Tabaré Vázquez, que formó el primer gobierno en la historia de Uruguay como país independiente que no era ni del Partido Nacional ni del Partido Colorado. En junio de 2009 se impuso en las primarias presidenciales abiertas del Frente Amplio con el 52% de los votos. Y finalmente, en noviembre de ese mismo año, era escogido presidente de la República, venciendo en segunda vuelta al blanco Luis Alberto Lacalle, y en primera al colorado Pedro Bordaberry, hijo del dictador Juan María Bordaberry.

Los versos que encabezan estas líneas los escribió José Alberto Mujica Cordano, Pepe Mujica, en 1949, cuando tenía tan sólo catorce años. Desde muy joven ya tenía esa aspiración al servicio público. Su activismo político empezó muy pronto, una tarea que compaginó durante muchos años –incluso cuando ya era guerrillero tupamaro– con el cultivo de flores, que luego vendía en los mercados para ayudar a tirar adelante la familia. En este contexto, resulta sintomática la conversación que Pepe tuvo a mediados de los cincuenta con su madre Lucy, blanca de corazón, sobre el golpe de Estado en Guatemala, auspiciado por la CIA. La relata Walter Pernas en el noveno capítulo de su libro, respetando los uruguayismos:

–Menos mal que eso acá no va a pasar… -dijo Lucy.

–Yo qué sé, vieja –respondió Pepe.

–Vos creés que sí…

–No sé.

–Pero si acá ya tenemos un gobierno proyanqui, Pepe.

–¡Tenés razón, vieja, tenés razón!

–Ahora, para cuando te toque ser presidente, no sé cómo va a estar el mundo.

–Qué fe que me tenés, viejita, ¿eh?

–Mirá que todavía guardo tu tarjeta de los catorce años.

–¡Ah, pero ahí nunca dije que iba a ser presidente!

–No, eso lo digo yo.

Y el sueño de su mamá se hizo realidad.

Nicolás Tomás | @nicolastomas

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1 Comment

  1. Gracias, Nicolás Tomás. Un texto lleno de información sobre un personaje ciertamente carismático en su aparente sencillez, bien escrito, sin florituras, directo, y además ha reproducido un documento fascinante: los versos que compuso Mújica a los 14 años. Me he quedado con las ganas de que se hubiera explayado sobre esas críticas que oyó en su estancia en Uruguay. Pero con lo que me ha dado ya estoy más que satisfecho.

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