Juan Tallón: «No escribo para satisfacer al lector, sino para rellenar un hueco que me falta.»

Juan Tallón (Ourense, 1975) es un hombre de libros. Estudió filosofía, trabajó como periodista y ahora es escritor. Tardó poco en darse cuenta que el periodismo no casaba con su estilo de vida. Se dispuso a abandonar la redacción y preparar el habitáculo preferido de un escritor: en la habitación frente a una pared. Ha publicado su tercer libro en castellano (Libros peligrosos, ed. Larousse) en un momento de euforia que aprovecha para dejar claro que el éxito es mentira. Nos reunimos con él y hablamos sobre su nuevo libro y sus obras. Además, le preguntamos sobre literatura, periodismo o filosofía. Hubo también tiempo para pedir más información sobre ciertas anécdotas suyas, lo cual provocó que en el bar donde nos reunimos, en Cock -detrás de la Gran Vía-, nos mirasen con curiosidad por ese hombre «que tan serio hablaba y tanto humor desprendía», según nos contó intrigado el camarero. Por si fuera poco, groseramente puntual, Juan Tallón aparece en la entrevista por sorpresa con Rafa Cabeleira, amigo, cronista del FC Barcelona a tiempo parcial y tuitero profesional, pese a que él se encuadre mejor en aquella definición que le otorgó Manuel Jabois: «Un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal». Tallón escribe tan bien como bebe. Irónico y despiadado consigo mismo, se describe como un escritor egoísta sin darse cuenta aún del humor que nos regala.

En primer lugar, quiero preguntarle algo que usted considera trascendental. ¿En qué medida ha influido la homosexualidad en su obra?

Juan Tallón: Esa es una pregunta clave en mi carrera literaria. Naturalmente he de preguntar a qué homosexualidad te refieres, si a la tuya o a la mía. Si es a la tuya no sé en qué medida calibrarlo y si es a la mía… tampoco. Es un McGuffie, que construyó Jabo* en la presentación de El váter de Onetti permite desviar la atención momentáneamente. Es una pregunta sin respuesta. Seguro que hay algún tipo de influencia, incluso en el hecho de que yo sea heterosexual y no homosexual, pero ha influido. ¿En qué medida? No lo sé, igual que no sé en qué medida ha influido Onetti, Oliver Stone, Vargas Llosa y otros muchos más que he leído.

* Según palabras de Tallón, en la presentación de El váter de Onetti, en Madrid, apareció un tipo desgreñado que se va a la barra directamente y pide un Gin-tonic, dando la espalda a la presentació. Al acabárselo, se da la vuelta, levanta la mano y mira a Tallón a los ojos. Abriendo el turno de preguntas, le dice: «Hola, soy Manuel Jabois. ¿En qué medida ha influido la homosexualidad en tu obra?»

Ha escrito tres libros en castellano pero casi son cuatro, porque estuvo a punto de traducirse. ¿Qué éxito tuvo en Galicia A pregunta perfecta (O caso Aira-Bolaño)?

T: De éxito de crítica, salvo un caso, las reseñas todas fueron positivas porque la propuesta narrativa en el ámbito de la literatura gallega no era muy común. Eso sí, como todo lo que abre un camino siempre va a encontrar un obstáculo. La acogida fue buena, pero en un tipo de literatura como la gallega tener éxito desde el mercado no se puede contemplar. Tener un éxito de ventas…

Rafa Cabeleira: no existe el éxito de ventas en Galicia.

T: Sí, es que el gallego está en decadencia y eso es muy triste.

C: Hace nada en el bar teníamos una discusión con un padre que no sabe hablar castellano. «¿por que o meu fillo ten que aprender a falar galego? Pues no sé… ¡por lo menos para entenderte a ti!» Mis padres siempre quisieron que aprendiese español.

T: Se han dado pasos en la buena dirección pero se han desandado desde el gobierno de Feijóo. Las últimas cifras dicen que solo habla gallego uno de cada cuatro adolescentes. Que la literatura gallega sobreviva es casi un milagro.

 ¿Cómo se puede hacer un gallego del Atlético de Madrid o del Barcelona?

T: Yo acabé cayendo por mi padre. Además viví un proceso traumático en una fase muy primaria de mi vida con el Real Madrid que me inhabilitó de por vida para ser algún día un aficionado más. Fui arrastrado con nueve años en un Land Rover a lo largo de 100 kilómetros a una concentración del Madrid. Era verano pero había nieve. Estábamos a 1800 metros de altitud y yo llevaba camisa amarilla, pantalón verde y antes de llegar ya había vomitado tres veces sobre esa ropa que había comprado mi madre expresamente para la ocasión. Al llegar allí, yo iba vestido de verano y el impacto fue: «Hostia, que estamos en invierno». Permanecí solo tres horas viendo entrenar a aquellos jugadores. Ochotorena, San José, Juanito… y mi padre continuamente me decía: «Ponte ahí que te saco una foto». Yo no entendía nada. Me llevaba de un lado a otro para solicitar estúpidos autógrafos de personas que yo no conocía. Y a la vuelta sigo vomitando. Con lo cual yo nunca más me planteé ser del Real Madrid. Además hay un encuentro con San José. En el entrenamiento sale el balón por la banda, muy cerca de donde estaba yo. Escupe de esa manera que solo escupen los estibadores del puerto de Nueva York y a mí me sorprendió el escupitajo y me quedé mirando al personaje. Él debió de sentirse compungido y me dijo: «¿Qué pasa chaval?»

 C: En mi caso era porque en mi pueblo, salvo cuatro tíos, todos eran del Madrid. Y ese señorío, ese siempre ganar… me hizo ir con el contrario. Además mi padre era del Barcelona pese a que mi abuelo era madridista. Hay una anécdota muy curiosa donde yo aprendí lo que significaba «las cosas solo las repito una vez» gracias al fútbol. Un día mi padre y mi tío colgaron un cuadro del Barcelona en el bar, pese a que sabían que mi abuelo no quería nada de ningún equipo allí. Cuando llegó mi abuelo, dijo tranquilo y serio: «Quitad eso de ahí». Se bajó a la bodega y mi padre y mi tío se hicieron los gallitos y al subir, cogió el cuadro, salió a la calle y lo estampó contra el coche recién comprado de mi tío, rompiendo el cristal. Volvió, se metió en la barra y dijo en alto: «Yo solo repito las cosas una vez».

 Cabeleira del Barcelona, Tallón del Atlético y Jabois del Madrid ¿Cómo conectaron?

T: El punto de conexión, que fue muy rápido y creo que no fue por el fútbol, se debió a la actitud que tenemos hacia nosotros mismos. Yo creo que los tres (y otra gente) no tenemos ningún inconveniente en ponernos en ridículo en un momento puntual. Porque además no te resta credibilidad. Ser capaz de reírte de ti mismo y de no tomarte en serio a través de la ironía… A veces ser gallego es no tomarse en serio y eso lo compartimos los tres. Hay mil detalles que pueden favorecer el pegamento. A veces lo pienso porque no es la primera vez que me lo preguntan. «Oiga, ustedes tres, qué comparten. Por qué se habla de un clan». Nos conocemos desde hace dos años solo. No nos hemos hecho pajas juntos (risas). Todavía hay muchas cosas que no sabemos.

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 Sobre esa ironía, es algo muy característico de los gallegos y en especial de usted.

T: Sí, puede ser. Es. Entiendo el humor como un engrasante que hace mucho más fácil la cadencia literaria. El humor no es humor, es serio, que es lo que te da la credibilidad. «Este señor es muy serio porque siempre está de coña». Eso sí, no me puedes preguntar como elaboro esa ironía porque es imposible y no lo sé ni yo. Tiene que ver con las lecturas que has tenido y también cómo tu entorno se ha tomado la vida. Siendo gallego también has podido caer en una familia de gente pastosa y que se toma muy en serio, con lo cual no hay forma de generar la ironía con cierta naturalidad. La puedes impostar o buscar, pero se va a notar que no es tuya.

 En El váter de Onetti la utiliza mucho.

T: Sí, El váter de Onetti es una historia de un hombre que no tiene misericordia consigo mismo, que se juzga con mucha dureza y que no se toma demasiado en serio. Las cosas graves que le pasan procura que no sean en el fondo demasiado graves.

En ese libro cuenta su trabajo como redactor de discursos del ministro de Justicia. ¿No se le escapó alguna ironía?

T: Sí, claro. Respetando el papel institucional que tenía el ministro de Justicia trataba de escribir los discursos no tanto para él sino para mí. Cómo me presento en Guadalajara para inaugurar un juzgado de primera instancia y que en la primera frase los presentes no se desplomen. En ese sentido no escribía como debía escribir el Ministro de Justicia sino como yo mismo. Calibrando siempre con lo que no puede decir un Ministro, claro.

 C: O no debería (risas).

 Al ministro le gustó el Caso Aira-Bolaño (A pregunta perfecta).

T: Sí, lo leyó pero guardó un amplio silencio. En un viaje salió el tema. No me expuso su opinión, sino la de su cuñado. Le dijo que estaba leyendo un libro de un tipo muy interesante que se llamaba Juan Tallón. «Ese joven trabaja para mí». Después de eso lo leyó e hizo una observación, y me dijo el Ministro que había demasiadas citas. Era algo que yo sabía, ya que quería escribir un libro de ese estilo.

Escribía los discursos pensando en usted. ¿Un escritor debe escribir para sí mismo o para el público?

T: Bueno, yo no tengo claro para quién debe escribir un escritor, yo tengo claro para quién escribir yo. Primero, no sé escribir para los demás y segundo no quiero escribir para los demás. Estaría traicionando la fórmula literaria en la que creo y de alguna medida traicionando también al lector porque no estaría proporcionando un texto auténtico, sino un texto a la carta, para que a ellos les guste. Y no. Yo tengo que escribir para que a mí me guste y tengo que cubrir un hueco que me falta. Yo no pienso si esto le gustará a alguien o no. Evidentemente tengo que pensar que es coherente, que ha de tener un propósito…

Que hay que vender algún libro, también.

T: No, no hago esa reflexión. No existe la fórmula para vender. Un libro. Vale. Hay escritores que  saben que existen ciertas fórmulas. Pero conocerla no implica utilizar bien esa fórmula. Sabes que hay que generar suspense, muy bien. ¿Pero sabes hacerlo, amigo? Y hay libros que después escribes con esas fórmulas y coño, luego no funciona. No facilita la venta. Como nunca he pensado que la literatura ayudaría a ganarme la vida, sino a favorecer la satisfacción a determinados vicios, no necesito buscar fórmulas que me conduzcan al éxito de ventas. Yo quiero escribir un buen texto. Como yo no busco vender no puedo escribir pensando en la persona que me va a leer. Yo tengo mi proyecto y solo quiero satisfacer mi proyecto literario. ¿Después fracaso? Oiga, todos fracasamos. A todas horas, todos los días. Este señor (Alejandro Menéndez, en referencia a su entrada tardía al bar) ha estado dando vueltas durante dos horas a la manzana sin encontrar este sitio. Y eso es un pequeño fracaso. Es así todos los días. Tú (a Rafa) has fracasado con la maleta.

C: Mi vida es un constante fracaso… se me ha olvidado la cartera.

T: Todas esas pérdidas te demuestran que a la vida hemos venido a perder, pero se trata de perder lentamente… Con eso me conformo.

Un amigo suyo me comentaba que ha hecho todo lo posible para no escribir una novela normal.

T: Yo no sé si he hecho todo lo posible para no escribir un libro normal con un planteamiento clásico. Presentación, conflicto y resolución. De hecho, he procurado siempre invertir esos planteamientos narrativos y he comenzado las novelas por el final, revelando un poco cómo va a acabar todo. También he propuesto textos sin argumento porque lo único que me interesaba no era contar una historia sino contar cómo se cuenta una historia y supongo que algún día acabaré escribiendo una novela con comienzo, desarrollo y desenlace. Es cierto que aún no lo he hecho.

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Dostoievski tenía un problema con el juego, Bukowski con la bebida y Baudelaire con la droga. ¿Todo escritor ha de tener un vicio?

T: Yo bebo. El juego no lo he cultivado mucho y las veces que he ido al casino he procurado arruinarme. No a propósito, pero yo recuerdo una entrada triunfal en el casino con 20.000 pesetas pensando que iba a reventar el local y a la media hora tenía que pedir dinero prestado porque ya ni siquiera podía pagarme las bebidas.

 C: ¿Las tragaperras tampoco?

T: No, siempre me han dado mucho miedo. Y voy a decir por qué. En mi pueblo, Vilardevós, asistí a un instante turbador entre un sacerdote y una máquina. Se produjo ese momento en el que el sacerdote, después de quemar todas las naves llegando al final de todos sus caudales, coge a la tragaperras por la solapa y le dice en gallego «¡Heite vencer!» algo así como ¡te venceré, te venceré! Eso me provocó mucha desazón y por tal motivo tengo miedo a las tragaperras. En cuanto a la bebida, bebo razonablemente…

Me han dicho de usted que nunca le han visto borracho pero siempre con una copa en la mano.

T: No hombre… Yo he estado borracho muchas veces, seguro que Rafa me ha visto alguna vez. Aunque quizá me haya pillado en una etapa donde cuanto más bebo más sobrio estoy.

C: Tienes ese punto de responsabilidad sobre el resto.

T: Salvo contadas ocasiones, sobre todo últimamente, yo he de hacerme cargo siempre de la gente que tengo a mi alrededor. En cuanto a fumar, fumé mucho, a veces dos cigarros a la vez. Pero un día lo dejé. Y sobre las drogas, decir que he tenido la relación de respeto y afecto que ha de tener una persona en algún momento con ellas…

C: Y una exnovia narcotraficante también.

T: Sí, se dedicaba al menudeo, no era una de las grandes, aunque acabó cayendo (risas). La relación acabó en cuanto se la llevaron y yo aseguré no conocerla.

Siempre sostiene que hay que leer a los rusos. Pero creo que en Dostoievski están los colores primarios de la literatura.

T: Sí, estoy de acuerdo. De los rusos a Dostoievski es al que más he leído. Tengo la sensación de que cada vez que lo leo es un descenso a unas profundidades de algo que podríamos denominar el alma humana. Por otra parte es algo que seguramente no existe. Tocaba con su narrativa ese punto que muy pocos tocan. Que te produce cierto estremecimiento. Como cuando el dentista buscando el foco del problema, te toca el punto de dolor y te revienta por dentro.

En Libros Peligrosos coloca a Crimen y castigo. ¿Cuál fue el proceso?

T: Fue la primera que leí, Crimen y castigo. También porque en el libro, a pesar de que parece que todo va surgiendo del caos, tiene una norma elemental. Y es que un libro ha de tener relación con el siguiente. Por eso digo, que si hubiese que encajarlo en un género, aunque yo no soy capaz de ello, diría que es una novela ligeramente ensayística. He de generar ficciones que enlacen un libro y otro. Crimen y castigo me venía mejor. Cogí 126 (aunque mejor 125 para manejarnos en cifras que acaben en cinco) y tenía mi equipo titular y los suplentes. Sobre esos empiezas a trabajar. Como tenía relación uno y otro yo preferí tener cierto margen.

Cuando cogí el libro, vi el índice y comprendí que no cogió los clásicos. De Faulkner, de Vargas Llosa, de García Márquez… Libros suyos pero que no son los más famosos.

T: Cuando yo concibo este libro, tengo claro qué no debo hacer. No debo hacer una antología o no debo aspirar a escribir un libro que alguien pueda confundir con uno que te dice los que tienes que leer antes de morir. Yo no voy a escribir sobre 100 obras maestras. Sé desde el principio que la gente va a estar muy atenta a lo que referencias pero sobre todo a lo que omites. Es un libro de muchas omisiones, pero el hecho de que omitas una obra no quiere decir que no merezca estar aquí. Es más, El ruido y la furia debe estar en todas partes. El ruido y la furia, Ulises, El Quijote… están en todas partes. Como yo quería construir una novela vagamente ensayística, decidí que habría personajes, que son los títulos. Y que solo podían ser esos personajes para construir este libro. Insisto, hay cien pequeñas ficciones que te permiten leer el libro en un solo capítulo. Si tu mueves un ladrillo, si quitas Crimen y castigo, ya no para poner un libro de otro autor si no otro de Dostoievski, estás rompiendo el equilibrio, estás poniendo en riesgo todo lo que viene después, que hay otros setenta.

En el Manual de fútbol no incluye la prórroga, aunque lo escribe antes del Mundial de Brasil, que es donde se produce el idilio.

T: La prórroga no aparece como capítulo sino como un elemento más del tiempo reglamentario. Es ese espacio extra donde se produce la muerte perfecta. En la prórroga todo te resulta cruel y sangriento. Después llegó el Mundial y empezaron las prórrogas en la segunda fase. Y recuerdo que las primeras fueron trepidantes. En octavos, Alemania llega a la prórroga contra Argelia y antes de comenzar puse un tuit: «Tendremos tres goles». Y se produjeron tres goles y me pareció un elemento fantástico para seguir dando la brasa durante todo el Mundial, especialmente en Jotdown. Lo convertí en un tótem y la gente se unió a esa conga. Era un postureo, algo de payasada.

En ese mismo libro cuenta que el dorsal representa la biografía de la vida de cada uno.

T: Yo tuve muy mala fortuna, se me daba mejor el baloncesto. Yo era portero y por aquella época no llevábamos dorsal. Aun así yo jugaba de portero-fumador. Aunque también me especialicé en morrearme con mi novia en el palo cuando mi equipo atacaba en tromba.

C: Yo llevaba el 4 o el 14, además por obsesión. Y me lo tuvieron que encargar, porque era un equipo de fútbol sala y solo había del 4 al 11 y tuvieron que hacer el 14 y además el 4 se lo cogió el capitán y era el hijo del patrocinador…

T: Contra eso no se puede luchar (risas).

Cuenta en ese mismo libro que no le gustó que ganase Grecia la Eurocopa de 2004. Entiendo que no es un romántico del fútbol.

T: Lo hicieron sin un estilo de juego. Se acabó imponiendo la vulgaridad y cada vez pasa más en el fútbol. Nadie recordará esa Eurocopa. Fue como un accidente. Esto nunca debió pasar. Al estilo de… «¿Qué hemos hecho mal, cariño?» para que gane Grecia (risas).

Cito una frase del Manual de fútbol. «El balón es una granada sin anillas». ¿Qué es el periodismo deportivo?

T: El balón ni siquiera tiene que ser un balón. El periodismo deportivo ha acabado volviéndose una deformación de la crónica del deporte. Por eso cuando te encuentras con pequeños milagros semanales como puedan ser los textos de Jabo, Enric González, de Gistau, de Hughes, de Rafa cuando se pone porque no siempre se pone… acabas congraciándote con la crónica deportiva. Todo lo demás, que es informativo, a mí me genera mucho aburrimiento. Saber cómo está el tobillo de Cristiano Ronaldo o si Messi es hoy el mismo que ayer… a mí todo eso me aburre muchísimo. Lo que me gusta no es el periodismo deportivo sino la literatura deportiva. No suelo frecuentarlo, pero cuando decido acostarme con él, somos buenos amantes.

¿Hay un nuevo libro en mente?

T: Resulta todo tan endeble que solo la posibilidad de hablar de él hace que se deshaga en el aire como humo de tabaco negro. No hay nada que no sea vago, entonces es mejor callar.

¿Rafa?

C: Yo tengo una pequeña propuesta que estoy trabajando. He pasado de no escribir nada en un año a esto y por tanto hacerlo de un tamaño tan grande cuesta. Porque además yo soy una persona que o lo hago muy bien o no lo hago. A mí me tiene que gustar y me está costando mucho encontrar algo que me guste. Hago diez páginas, las corrijo, me parecen correctas… pasan diez días, me gustan, y a los veinte días ya no me gustan y las borro. A mí me sorprende mucho que llegue a Madrid y me conozcan algunos. Gente a la que yo leía que me sigan… aún tengo que asimilarlo un poco. Esa inseguridad, de momento, en el libro sí que me está pesando bastante.

En Libros Peligrosos escribe sobre El proceso de Kafka: «Continúa el libro y sigues sin entender nada». ¿Cree que por eso Kafka no quería que se publicase después de su muerte?

T: No puedo saber a ciencia cierta qué es lo que le llevó a desertar de su obra, pero supongo que se daba cuenta que estaba haciendo algo distinto. Algo nuevo. A lo mejor él creía que estaba haciendo algo extraño, que no iba a ser entendido. Por eso quizá esa actitud final. Es verdad que estaba haciendo algo nuevo, y es verdad que estaba haciendo algo extraño. Y que no se entendía. Pero esa forma de no entender la realidad es lo que lo acaba haciendo célebre. Ese no avanzar hacia el interior del castillo… de no comprender el proceso judicial en el que estás inmerso, que no tiene sentido y sin embargo sigue todo adelante, o esa conversión en insecto cuando te despiertas por la mañana… todo eso no se entiende, es inverosímil. Sin embargo, Kafka lo volvió verosímil generando una nueva emoción literaria. La angustia, la desazón, la incomprensión.

Hablemos por un momento de un aspecto irrelevante, que como usted siempre dice son las cosas más importantes. ¿Qué pasó en aquel famoso tapón a Joan (Chichi) Creus?

T: Creo que fue uno de mis grandes éxitos de mi carrera como baloncestista. Es uno de mis grandes éxitos, sí, desde luego… ¡poco mencionado! Cuando puedo le recuerdo a la gente que están hablando con un señor de escasos 1.79 que en su momento puso a Joan Creus en su sitio durante un campus en Vigo. Yo no me acuerdo de dónde saqué la habilidad para hacerlo pero le puse un tapón a Chichi Creus. Ojalá lea la entrevista, aunque seguro que no lo recuerda.

Hay una anécdota muy curiosa sobre tu infancia. Incluso antes de empezar a escribir. Es sobre su primera paja.

T: Bueno, yo creo que la primera paja es algo más que una anécdota. Es un acontecimiento vertiginoso que lo cambia todo. La primera paja es un proceso de desanclaje, de cambio de paradigma. De una pequeña revolución personal. Todo lo que puedo decir en relación a mi primera paja sin que resulte vulgar ni obsceno es recordar que me la hice en un monasterio muy cerca de la casa de Rafa. Y creo que hasta ahí debería contar.

C: En el mismo lugar donde hice mi primera Comunión (risas).

¿Cuándo empezó Juan Tallón a escribir, antes o después de este suceso?

T: Mucho después de descubrir la masturbación, lo cual no es ninguna tontería. Hay muchos escritores que aseguran haber empezado a escribir mucho antes de masturbarse. A ver… te encuentras con autores que confiesan en algunas entrevistas que empezaron a escribir a los nueve años, y es más, a los nueve años, ¡escribieron una novela! Yo decidí mantener cierto orden en mi vida. Primero mastúrbate con fruición, y después escribe. En torno a los 16 o a los 17 años empecé a escribir las primeras gilipolleces.

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Volviendo a Libros Peligrosos, escribe «frases que hubieses querido escribir tú» sobre César Pavese. ¿Qué libro de los 100 que presenta hubiera querido escribir?

T: Probablemente todo. Yo creo que me hubiese gustado escribir Caja de herramientas, de Fabio Morabito, un libro poco conocido. Exige un reto de proporciones mastodónticas. Y después, me hubiera gustado escribir alguna novela de Robert Stone… sin ser demasiado ambicioso, claro, ya que no digo una novela de Vargas Llosa. Naturalmente que hubiese matado a Vargas Llosa para quedarme yo con la autoría, pero moderando mi ambición, me gustaría haber escrito… El mal de Portnoy, de Philip Roth… bueno, ya ves qué mal he moderado mi ambición (risas). Cualquier obra de Gay Talese, pero a mí nunca me han quedado los trajes como a él.

C: Si matases a Vargas Llosa, ¿Te harías cargo de los manifiestos que firma?

T: No, solo de determinadas novelas (risas).

El extranjero es una de las mejores críticas que hace en el libro. Tras terminarme la novela de Camus, me dieron ganas de salir a la calle y matar a alguien. Esa misma idea me transmitió su impresión del libro.

T: Claro. Esa presión a la que estás sometido. «Dios, este calor, esta playa…», y de pronto aparece el árabe. Y lo más natural es que los dedos se te muestren huéspedes y acabes presionando el gatillo y matando… con ese calor lo único que quieres es salir de ahí y procurarte una sombra, aunque sea la de la cárcel. Cualquier gran novela, por grande que sea la tragedia que encierra, no ha de renunciar nunca al humor. En caso de El extranjero, en el primer párrafo te encuentras el primer fogonazo humorístico que es brutal: «Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer». Lo que le desespera no es tanto la muerte sino las consecuencias que tiene para él: cambiarme de ciudad, ir al entierro, coger el autobús… hay un elemento humorístico. El humor no tiene por qué hacerte reír, pero sí descongestionar y creo que él lo consigue desde el primer momento.

Escribe sobre otro que también aparece en la lista de los Libros peligrosos y que además está presente en su obra en todo momento, El Gran Gatsby. Además de en este último, en Manual de fútbol y en el váter de Onetti. Le quería preguntar por qué existe tanta obsesión entre los escritores por un libro que aparentemente es «muy normal».

T: En El váter de Onetti lo saco porque hablo de mi mudanza, que solo me llevo dos libros y uno de ellos es el Gran Gatsby. No solo es ese libro. Para mí Suave es la noche podría haber sido otro libro que tendría que haber entrado. A mí de Fitgerald me fascina esa elegancia con la que afronta el fracaso. Sus personajes son a menudo individuos que llegan a la cumbre, no saben convivir con ella y se derrumban vertiginosamente pero con mucha belleza. Pasa en muchos de sus relatos. Para mí Fitgerald es el autor que más respeto me ha hecho sentir por los fracasos personales. Forman parte de tu vida. No le des nunca la espalda a una derrota. Acéptala y vístete bien para la ocasión.

Otra reseña es la de Desgracia, de Coetzee. Hay una frase que menciona de las palabras del premio Nobel: «Yo me veo a mí mismo como alguien que escribe libros cómicos de personajes que intentan llevar libros normales». En Verano, último libro que ha publicado de forma autobiográfica en tercera persona a través de entrevistas, esas personas dan a entender que Coetzee fue de todo menos normal.

T: La normalidad no existe. Algo absolutamente extraño puede ser lo más normal del mundo. El otro día me decían desde la editorial Larousse: «Tallón, hemos vendido X en dos semanas». ¿Y eso es normal? «No, la normalidad no existe pero está bastante bien». Cualquier autor con su propuesta literaria, por extraño que parezca, tendrá que estar haciendo algo normal pero que a ti como lector no te parece normal. Le ocurre a mucha gente.

¿Qué le diría usted a alguien que no ha leído ninguno de estos 100 libros que aparecen en su última publicación para que lo comprase?

T: ¿Que qué le diría? Nada. El libro creo que quedaría sin vender, sinceramente. Y me ha pasado en la Feria. Ni siquiera he sabido explicarles de qué iba mi libro, imagínate darle razones para que lo compren. Les diría que no compren tanto mi libro y sí los que están en esa lista. En definitiva, yo no sé vender nada.

¿Ha superado ya su obsesión compulsiva por volar el edificio de la Diputación de Orense?

T: He dado pasos importantes. De hecho me he trasladado a doscientos metros, me voy acercando poco a poco y con el propósito de algún día dar un zarpazo y quedarme con ella. En día de puertas abiertas, la gente que entraba preguntaba, ¿y dónde está la caja fuerte? (risas). Eso sí, algún día desaparecerá (risas).

No le gusta a usted escribir de política.

T: Me parece un tema banal. La política española me parece ese tipo de frivolidad en la que no conviene perder demasiado tiempo. Hay cosas mucho más intrascendentes a las que dedicarse. Yo he trabajado mucho en el ámbito político y he visto el infierno desde dentro y desde fuera. Sé que no merece la pena. Por otra parte todo lo que digas, inmediatamente, va a ser traducido a otro idioma y a otro mensaje que no es el que querías transmitir. Hay un fracaso inmediato y es muy difícil generar belleza hablando de política. Cuando uno se pronuncia ya sea escribiendo, ya sea hablando, es con el propósito de provocar un efecto en los demás. Trasladar a la gente una pasión. Y para hacerlo has de utilizar una expresión de belleza. Y la política no lo tiene. Siempre le he dicho a Rafa que no pierda el tiempo en discutir por Twitter porque no merece la pena. Cuando tuiteo algo y me contestan yo saco la bandera blanca y ya está. A Twitter hay que ir a follar (risas). Aún no lo he conseguido pero a Twitter hay que ir a follar. Fuera de micrófono yo podría contar historias excelentes de gente que conozco sobre el Twitter y el sexo.

C: Por qué te crees que nos hemos cambiado los avatares de Twitter.

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Me ha pedido un amigo suyo cercano que le pregunte acerca del concepto general del amor, que usted tiene una respuesta muy interesante.

T: Yo no sé si tengo un concepto general o particular del amor. ¿El amor a qué? ¿A los libros? ¿A las personas? No sé quién ha sido el hijo de puta que ha hecho esta pregunta. Es complicado. Mis dificultades para responderlas son, como mínimo, tan grandes como si me preguntaras el concepto general del ser. El amor es…

C: Un gran centrocampista (risas).

T: Me va a salir una de esas respuestas de: «Hoy toca redacción: el amor». Soy capaz de avanzar en la entrevista… Puedo decir que mis experiencias han sido positivas especialmente cuando han acabado en fracaso. El amor en general es algo finito. Tiene mucho que ver con el fin y el principio del amor. Ahora bien, para no trasladar un mensaje equivocado y que en mi casa se pueda leer mi respuesta como un  vaticinio del fin de la relación con mi pareja, también he de decir que el amor es, en cada experiencia, una aventura. Entonces, es muy posible que en esta ocasión sea la eternidad del mismo. Cariño, si finalmente lees esta entrevista, has de saber que te quiero y que este sentimiento nada ni nunca podrá debilitarse. Dicho esto… nos vamos a follar (risas).

Dijo Vargas Llosa que salvaría Conversación en la Catedral del fuego. ¿Qué libro salvaría Juan Tallón?

T: Recuerdo que Jean Cocteau, a la pregunta sobre qué salvaría en un incendio en el museo del Louvre, contestó que salvaría el fuego. ¿La pregunta cuál era? Ah, sí. Yo podría tratar de salvarlos pero creo que mis libros no podrían salvarse. Si me preguntas qué libro te ha generado una empatía más intensa después de las mierdas que publicaste a comienzos de tu carrera y con cual estarías dispuesto a salir a tomar unas copas y a follar (risas), salvaría El váter de Onetti. Es donde me he expuesto más desde el punto de vista personal.

En todas las entrevistas a los futbolistas, en la prensa deportiva, al ir acabando siempre le preguntan la misma tontería: ¿Que sería usted de no ser futbolista?» ¿Qué sería Tallón de no ser escritor?

T: Yo sería futbolista (risas). No, no sé qué sería. En esencia no sería algo muy distinto.

Carlos Jiménez Barragán | @JimenezBarragan

Alejandro Menéndez | @Alejandro_Menmo

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