El precio del éxito

Como lo han sido prendas de vestir, grupos de música, zonas en las que veranear, expresiones, o ciertos estilos de juego en el fútbol, opinar sobre todo lo relacionado con el Real Madrid es una moda. De más de 100 años de edad, pero una moda. Casi que se ha convertido en tradición popular. Desde que no es un club cualquiera –si es que lo ha sido alguna vez- y se pasea por Europa dejando claro a sus rivales quién es, el club blanco ha sido el principal tema de conversación comodín en tascas, bares y plazas de esta España de cuñados. Es de esas modas que nunca pasan de moda –como Star Wars-, pero se acentúan en ciertos momentos del año. Me refiero al verano. Al periodo de fichajes.

El verano para mí ha ido cambiando de significado según las etapas de mi vida y el año: estudiar o no, ir de viaje o quedarme en casa, pasar 6 horas dentro del agua o meterme únicamente para remojarme, Eurocopa o Mundial, noviazgo o solterío, y un eterno etcétera de variables que hacían que no hubiera dos estíos iguales. Nada, salvo un par de detalles: el sofocante calor de Sevilla, y los fichajes del Madrid. Y es que, o yo soy muy joven y sólo he vivido esto, o ha sido siempre así. Tampoco hay en mi familia ningún abuelo madridista al que preguntarle. Lo más parecido que tengo son Ampudia y Mercutio. Mi primer recuerdo –porque yo las ayudas arbitrales de Franco me las perdí- es el escándalo con Anelka. A partir de ahí la incorporación de Figo -y su imagen rascándose las orejas en el Camp Nou-. Los millones que había venido a gastar Florentino en Zidane y Beckham. El fichaje de Owen que no terminé de entender. La marcha de Florentino y el comienzo de la etapa oscura. Calderón y los fichajes más patéticos de la historia del club. La vuelta de Floper tras un periodo para olvidar. La lista de cuántas familias podrían comer con el sueldo de Cristiano y lo que les había costado a los españoles por culpa de Bankia. La llegada del entrenador de Setúbal junto con más estrellas en las que se gastaron millones y millones que acabarían con el paro, la crisis, y el Ébola. Más reciente, las altas de Gareth Bale y James Rodríguez por cifras cercanas a los 90 millones de euros –y una hernia- que hincharon las venas de los moralistas de medio mundo. Y otro largo etcétera de sinsentidos comentados a voces de indignación por lo más demagogo de este país.

Porque desde pequeño pienso que cada uno hace con su dinero lo que le da la gana, nunca entendí todo esto. No entendía que, ateniéndose a las consecuencias de sus actos, cada uno gastara lo que quisiera en lo que quisiera. Quizás la solución a toda esta crítica feroz sea someterlo a referéndum -que también está muy de moda ahora pedirlo para todo- y comprar sólo los jugadores que a la ciudadanía le parezcan adecuados, con un coste que no parezca insultante o amoral.

Y aunque clubes que no deberían poder fichar, fichen a jugadores que no deberían poder ser fichados por cantidades que superan lo que gasta el Real Madrid en nuevos jugadores, las malas palabras y los consejos de humildad siempre los recibe el mismo club. Aunque haya clubes que en los últimos años hayan visitado más veces la Audiencia Nacional y el Ministerio de Hacienda que Canaletas, la mirada por encima del hombro y el trato infame por parte del pueblo –del que se dice, aunque lo dudo, que es sabio- siempre las recibe el primer equipo de la capital. La prensa –por llamarlo de alguna manera- que muchos dicen hace la propaganda fácil y directa al Real Madrid, no ayuda.

Quizás la ignorancia de quien no conoce aquello con lo que no simpatiza, unido a la envidia –deporte nacional de este nuestro país-, desembocan en miles de mentiras (con un porcentaje para el padre de Neymar) que ya nos limitamos a digerir con risas o lástima por todo pobre el infeliz que, citando a cierto periodista gallego, “renuncia voluntariamente a la felicidad”.

El odio es el precio más alto a pagar por el éxito.

Mario Hidalgo | @SherlockBond_

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