Antiguos desahucios, mismos inquilinos

Desahucios, precariedad en las viviendas, realquilados o la burbuja inmobiliaria son algunos de los dramas que azotan penosamente España desde hace demasiados años. La cinematografía hispana contemporánea, a menudo acusada de escapista, ha señalado semejante penuria desde diversos prismas en filmes como La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000), En construcción (José Luis Guerín, 2001), La caja 507 (Enrique Urbizu, 2002) o Cinco metros cuadrados (Max Lemcke, 2011). Asimismo, también en las series de ficción televisivas Crematorio (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2011) o la exitosa La que se avecina (Laura y Alberto Caballero, 2007-Actualidad) denuncian, cada una a su manera, los quebraderos de cabeza que supone acceder y mantener una vivienda en España sin morir en el intento. Sin embargo, invita a una reflexión más profunda echar la vista atrás y, como si de un flashback de TVmovie de sobremesa se tratara, encontrarse con el mismo problema en el seno de la España franquista.

el verdugo

Traspasada la cortina de humo de Lluvia de estrellas, estamos en 1951. En tan señalada fecha para la cinematografía nacional como acuerda la historiografía reputada, se estrenan Surcos (J.A. Nieves Conde) y Esa pareja feliz (Luis Gª Berlanga y J.A. Bardem). Dos largometrajes clave que desde distintos géneros apuntan la problemática de los realquilados en sus fotogramas. Queda patente ya en estas dos cintas como el lastre de la vivienda recorrerá el espinazo de esta maltrecha piel de toro y será un leitmotiv en el devenir del decenio y los primeros años sesenta. Sin Plataformas de Afectados por la Hipoteca y con el No-Do tapando concienzudamente las problemáticas sociales, hay en las cintas de mayor calado disidente del periodo una valiosa fuente histórica para cotejar los sinsabores que deparó el hacerse con un habitáculo.

En 1957, el director segoviano José Antonio Nieves Conde, conocido por su desencanto ligado al falangismo hedillista firmó El inquilino. Con una importante pátina de sainete teatral la cinta, con Fernando Fernán-Gómez a la cabeza, presenta el cañí proceso kafkiano al que se ve sometido su protagonista para encontrar un nuevo hogar ante el inminente derribo del edificio donde vive con su prole. Nieves Conde advertía en su vejez que “numerosos grupos especulativos estaban brotando como hongos en torno a la construcción de nuevas viviendas”, ¿Les va sonando? Fiel a esa sensación, el protagonista terminará asfixiado ante el insensible juego de inmobiliarias y organismos cristalizando en dos portentosas secuencias. Una donde Fernán-Gómez tonteará con el suicidio colocando una piedra sobre la vía del tren y la segunda, aquella que cierra el filme, cuando ya en la calle desahuciado, humillado, postrado en una esquina con sus muebles alrededor, espeta un memorable discurso a los viandantes. Piensen mal y acertarán, semejante osadía recibió un sablazo de la censura y allí tenemos al realizador de la película reunido con el Ministro de la Vivienda José Luis de Arrese quien la calificó de “dañina” para el prestigio de su cartera. ¿Se imaginan parejo encuentro en la actualidad? Yo sí. Los caminos de la censura son inescrutables y desgraciadamente la situación actual no dista mucho de la que vivieron esos españolitos – entiéndase en términos machadianos-.

https://www.youtube.com/watch?v=NK4fKPCek0Y

Pero retomemos ese cruce porque justo al año siguiente será un italiano, Marco Ferreri, de la mano del genial guionista riojano Rafael Azcona, quien plantee otra situación delirante en El pisito (1958). En este caso el personaje de José Luis López Vázquez contrae matrimonio con una anciana octogenaria con la esperanza de hacerse con el piso cuando ésta fenezca. Con el vehículo de la vivienda por bandera, es en ese magma de finales de los cincuenta donde se granjea un tipo de cine que galvanizará en la obra maestra El verdugo (L.G. Berlanga 1963). La película, ya en pleno desarrollismo, plantea la exasperante situación de su protagonista quien se ve obligado a ejercer de verdugo con el fin de obtener una vivienda. Semejante disparate, fruto de la rueda del consumismo a la que se ven lanzados estos personajes/títeres, se canalizó en mayor medida por la vía del humor negro y el esperpento. La risa, aquella que según Baudelaire “viene de la superioridad”, facilitaba una mordaz lectura social y política del pueblo español y, a su vez catapultó al cine de la época a su particular modernidad con el trasfondo de un tema nada baladí, el hogar, aquél que el filósofo francés Gaston Bachelard definió como “nuestro rincón del mundo”.

Miquel E. Ortega / @miqueleduard

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