Henry y Jordan

Acuda al corazón de cualquier ciudad o centro comercial y, brazos en jarras como el personaje de Robert Duvall en Apocalypse Now (F. Ford Coppola, 1979), inspire fuerte por la nariz. ¿Lo huele? No, no es el olor a NAPALM por la mañana, es capitalismo. Esa mezcla entre fritanga, perritos calientes y hamburguesas de los puestos de comida rápida, dulzones aromas ricos en colesterol bañados en chocolate y el penetrante perfume (barato) de las tiendas de ropa, a eso huele nuestro amigo. Ese magma en el que navegamos penosamente día tras día encontró la plasmación de una de sus más puntiagudas aristas en El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013).

Hace poco tuve el placer de revisitar esta cinta estrenada en España en enero de 2014. Excesiva, hilarante, negra y pasada de vueltas, la película del septuagenario director neoyorquino señala sui generis el caldo de cultivo del que ahora recogemos los frutos. Protagonizada por el sospechoso habitual número uno, Leonardo DiCaprio (Jordan Belfort), en ella el realizador de monumentos como Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980), Casino (1995) o Infiltrados (2006) plantea la otra cara de la moneda del ascenso social occidental personificado en los febriles tiburones de la bolsa al acecho de dinero fácil. Allí, en el Wall Street los noventa, el lugar donde se gestaron las turbias bases sobre las que se sostiene la economía del siglo XXI, entre hedonismo enfermizo canalizado por excesos sexuales y drogadictos, es donde se mueve como pez en el agua nuestro protagonista. Scorsese, consciente del material que atesora y bajo los estilemas propios de su mise en scène, imprime una nueva vuelta de tuerca sobre la concepción de “mafia” que tantas décadas lleva escudriñando. El director de Queens desvía ahora su índice hacia los nuevos gángsteres, aquellos que se esconden en los rascacielos de Wall Street donde están los mercados y sus incomprensibles primas de riesgo, Goldman Sachs o aquellas caras sin rostro de engominados sin escrúpulos a los que han entregado nuestros ahorros.

Henry2

Por ello, no es casualidad que en el histriónico corredor de apuestas interpretado por DiCaprio encontremos mucho del gángster Henry Hill (Ray Liotta) de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990). Desde esos planos congelados marca de la casa que les presentan ya atisbamos una equiparación que reviste cierta ironía. Si aquellos dispuestos en 1990 servían para señalar hechos remarcables en la infancia y juventud del mafioso, actualmente ponen de manifiesto una clara voluntad socarrona. Pero no terminan allí las coincidencias entre estos antihéroes que nos narran en primera persona los dudosos vericuetos de sus negocios. Ambos son dos jóvenes estadounidenses con la vida por delante dispuestos a comerse el mundo. A su vez, los dos son capaces de llegar donde haga falta para alcanzar un estilo de vida que les seduce sobremanera y el dinero que ello acarrea; el primero el hampa de los setenta y el segundo, la esquizofrénica bolsa de los noventa. En su ascenso por hacerse ricos a toda costa – proporcional a la caída de su catadura moral-, no tendrán ningún reparo en sazonarlo todo con buenas dosis de coca, ludes y las pertinentes putas. Una retorcida manera de alcanzar el sueño americano bañado de billetes porque ese sigue siendo el remedio de todos los males en la sociedad capitalista. Es un mundo obsceno donde las orgías son el pan de cada día y donde los excesos con las drogas se transfieren al espectador con sutiles saltos de raccord y cámaras lentas que dotan de ese estado de continua crispación o alucinación. En su paroxístico comportamiento se refleja aquello que el filósofo Zygmunt Bauman atribuye como uno de las características principales de nuestra era: “Así, seguir corriendo, la gratificante conciencia de seguir en carrera, se convierte en la verdadera adicción, y no en el premio que espera a aquellos que crucen la línea de llegada”.

Otra alteración en relación a Goodfellas la encontramos en el helicóptero. Si hace más de dos décadas era la imagen de los cuerpos de seguridad persiguiendo a un desbocado Henry, en la actualidad lo pilotan las inconscientes manos de Jordan como un juguete más de su megalomanía. Sin embargo, a cada cerdo le llega su San Martín y ambos deben enterrarse en el anonimato tras caer en manos del gobierno, aunque nuestro coetáneo Jordan reaparezca de entre las cenizas convertido en gurú del coaching como un Harv Eker cualquiera. A pesar de los veintitrés años que separan ambos largos Scorsese, o Scozzeze como es el nombre original de la familia en Italia, sigue transpirando esa fascinación que nos hace extensiva por su protagonista. Quizás sea porque en Marty hay algo de Henry y Jordan y con ello rezuma cierta ambivalencia e incluso un regusto nostálgico hacia lo otro, aquello no ligado a la delincuencia donde está algo peor o menos excitante como mínimo: el tedio de la norma social.

Miquel E. Ortega / @miqueleduard

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2 Comments

  1. Si usted considera que el capitalismo es lo que cuenta Scorsese en esta película creo que no ha captado bien la idea. Por lo demás una magnífica película. La escena de las Majorettes es desternillante. Aún no comprendo cómo no le dieron el Oscar a Di Caprio por su inconmensurable interpretación. No sé qué más tiene que hacer este chico para que se acuerden de él.

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  2. Si usted considera que el capitalismo es lo que cuenta Scorsese en esta película creo que no ha captado bien la idea. Por lo demás una magnífica película. La escena de las Majorettes es desternillante. Aún no comprendo cómo no le dieron el Oscar a Di Caprio por su inconmensurable interpretación. No sé qué más tiene que hacer este chico para que se acuerden de él.

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