Rehenes

Hay instantes de vida que reposan eternamente en el fondo de la amargura y del tedio; minutos que languidecen en un sillón con una copa de güisqui a mano; horas que se duermen en el despecho hacia una vida grosera; días, en definitiva, en los que el orgullo que te elevaba en tus primeras primaveras te abandona para no volver. O, al menos, para no volver por hoy. Como esos fotogramas que se incrustan en la memoria infantil y congelada de un niño para permanecer ilesos por mucho que el tiempo avance por su derecha. El reloj te mira, le miras y acordáis que el tiempo siga pasando. “¡Abran las puertas de la vida a otra persona: no quiero seguir aquí!” El aroma irrespirable de la habitación, unido a la congestión del pasado, acecha indecorosamente llamando a la puerta. Aparecen, en un juego de ilusión, las caderas hechiceras de La Mujer: su perfume y tibia tez elegante.

Parece la historia contada de cualquier escritor. Para que le citase, canta Andrés Calamaro que “para escribir es indispensable sufrir / y no puedo quitarle razón a tantos poetas./ Algunos se encierran solos durante cuarenta años.” Conozco a un maldito de chaleco y pluma de tinta negra que escribe tal y como vive. No sé hasta qué punto ha decidido inocular el humo del tabaco a su poesía no rimada; qué queda de él, si las colillas del cenicero o los borradores de letras magníficamente calculadas en un ejercicio preciso, casi geométrico. Suelo preguntarle hasta dónde le ha llevado su ciega y obsesiva ambición por recuperar el pasado; por qué sigue intentando corregir el tiempo vivido; qué queda de la vida de ahora, la de verdad. No me responde: extravagantemente, baja la vista, saca las manos de los bolsillos y se alborota el pelo. Aún sigue conquistando folios en blanco inútilmente. Cree que cualquier día en cualquier acera encontrará a La Mujer y todo marchará según lo planeado.

L.Tolstoi dibuja súbitamente en “La sonata a Kreutzer”, con el estilo de quien se sabe con la arrogancia de escribir en un diálogo divino entre letras y prosista, la triste historia de un escritor que fabula su vida entre las paredes de un tren, mientras que un rayo de realidad entra por la ventana para devolverle a la seriedad del mundo que es; y no del que debería ser. «Lo ocultado actúa en él de tal manera que extrae de su contexto un pequeño hecho verdadero destinado a garantizar el conjunto de la mentira. Pero, precisamente, es este pequeño hecho el que lo traiciona porque sus ángulos se adaptan mal al resto, revelan otro origen, la pertenencia a otro sistema» Era, simplemente, otro enamorado de la ficción; otro que cayó en las redes de la irrealidad porque la existencia le sabía a poco. Quizá, le amargaba.

Alejandro Menéndez | @Alejandro_Menmo

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