La socialdemocracia a través del espejo

¿Qué es la socialdemocracia? ¿Por qué este ideario político pierde fuerza en Europa? ¿Son las ideas las que se han quedado desfasadas? ¿Son sus líderes los que han dejado de conectar con sus bases? ¿Es la globalización la que hace inviable su proyecto de redistribuir rentas y oportunidades?

Para tratar de dar respuesta a estas cuestiones es necesario realizar un breve ejercicio retrospectivo, un análisis de andar por casa, tanto del propio concepto como de su actualización e implementación práctica en España en estos primeros pasos del siglo XXI.

Los socialdemócratas son una suerte de híbridos: comparten con los liberales la defensa de la tolerancia religiosa y cultural; pero en la política pública creen en la posibilidad y en las ventajas de la acción colectiva para el bien común.

Si bien es cierto que una doctrina, un movimiento político como es la socialdemocracia, ha sido modificado a través del tiempo en respuesta a determinados paradigmas, llegando a reconfigurar su propia naturaleza, la esencia de esta ideología a la hora de entender el mundo ha permanecido intacta.

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En este sentido y desde su nacimiento a finales del siglo XIX en la Alemania Bismarckiana, a través de una revisión de la teoría marxista, estableciendo sus errores y contradicciones, la socialdemocracia se postula como un «partido» de reformas socialista y democrático, que lucha por el progreso social para de esta forma construir una sociedad más justa e igualitaria.

A diferencia de la consigna del marxismo originario, por la cual solo por medio de la destrucción del Estado será posible la constitución de una sociedad sin clases, el planteamiento socialdemócrata parte de la utilización de ese instrumento para impulsar reformas políticas y sociales.

Hasta finales de los años cincuenta del siglo XX, la socialdemocracia siguió basando sus acciones en tesis marxistas. Sin embargo, las circunstancias históricas obligaron a dar un viraje ideológico radical. Y la verdad es que no nos fue nada mal.

Más de dos décadas de grandes éxitos llegaron a su fin con la quiebra del sistema capitalista y el denominado «consenso del bienestar». La ortodoxia económica dominante desde el final de la segunda guerra mundial iba siendo sustituida por una práctica radicalmente distinta, inspirada en las hipótesis de Milton Friedman y la Escuela de Chicago, e implementada políticamente por la primera ministra británica Margaret Thatcher y el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan.

En el reino de España el surgimiento de la socialdemocracia se produce justo después de la celebración del XXVIII Congreso del PSOE, en mayo de 1979, ante la negativa del joven Felipe González a presentar su nombre para la reelección como Secretario General. Un momento histórico en el que el viraje desde el socialismo clásico significaba escoger una serie continua de avances en el cuadro de la sociedad establecida, lastrada por una larga y dura dictadura franquista.

Este momento histórico es recogido en un libro extraordinario de Alfonso S. Palomares, titulado «El socialismo y la polémica marxista: la sal, el fuego y la rosa». En palabras del autor, la pretensión de la corriente marxista y revolucionaría del PSOE era «rendir culto y servidumbre al marxismo, transformar en idolatría lo que es solo ideología».

Esta facción había hecho de Marx un fetiche y un amuleto, lo cual no deja de ser un insulto a la filosofía marxista. Así, se acordó adoptar el marxismo como instrumento teórico, crítico y no dogmático para el análisis y la transformación de la realidad nacional.

Volviendo al plano internacional, con la caída del muro de Berlín, parecía haber llegado el final de la izquierda. La desaparición de la URRSS y la progresiva desintegración del bloque comunista fue transcendental.

Ante este nuevo panorama la socialdemocracia respondió una vez más con una propuesta alternativa: la tercera vía –The third way–, o lo que algunos académicos y analistas han denominado «socio-liberalismo». Una posición que en palabras de su gran ideólogo, el sociólogo británico Anthony Giddens «se refiere a un marco de pensamiento y política práctica que busca adaptar la socialdemocracia a un mundo que ha cambiado».

En la práctica, esta tendencia fue representada por el gobierno británico de Tony Blair –y su «Nuevo Laborismo»–, en Alemania por Gerhard Schröder –y su «Nuevo Centro»– y en Estados Unidos por el gobierno del demócrata Bill Clinton.

Estos gobiernos aceptaron  las condiciones de disciplina fiscal, estabilidad macroeconómica, y reformas políticas que demandaba el neoliberalismo. Sin embargo, fueron capaces de mantener la esencia del modelo socialdemócrata: un Estado socialmente responsable, regulador último de la economía –que no supervisor–, así como un firme compromiso con el bienestar social de las mayorías.

En España la socialdemocracia siguió políticas de clara tradición socialista en el período 1982-1993, facilitadas por la presión popular. Ahora bien, en 1993 –cuando el déficit de gasto público social había sido reducido a la mitad– se dio un cambio tanto en las políticas económicas como sociales, que en resumen supusieron un espectacular descenso del gasto público social por habitante, y que continuaron por esa senda durante las dos legislaturas populares.

Durante el primer mandato del presidente Rodríguez Zapatero, la dimensión socialdemócrata del PSOE apareció claramente en las áreas sociales.  Pero su segundo mandato, lastrado por la crisis estructural del sistema capitalista, y por las crisis económica, política y social del Estado español, será recordado por la reducción sustancial de los derechos laborales y sociales.

Para revertir este estigma, el nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que representa la gran esperanza socialdemócrata española, debe demostrar que su partido es capaz de romper con el paradigma neoliberal. Hasta que esto no suceda, la socialdemocracia no renacerá y recuperará su identidad propia.

Las expectativas generadas no se han diluido por el sólo hecho de que los protagonistas de la «Tercera Vía» no supieran cumplirlas. Mientras el objetivo de los socialdemócratas fue convencer a sus votantes de que era una opción respetable dentro del sistema liberal, esta posición defensiva tuvo sentido. Pero hoy esa retórica es incoherente.

¿Tiene futuro la socialdemocracia? A esta pregunta trató de dar respuesta el historiador británico Tony Judt en su libro «Algo va mal», un apasionado llamamiento a resucitar los valores colectivos y el compromiso político, afirmando que «la socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal, pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano».

De lo que se trata es de que la izquierda de una respuesta no-defensiva a la transición desde la sociedad industrializada clásica hacia una sociedad post-industrial. Para ello la socialdemocracia necesita trabajar por el prestigio del Estado, reconstruir un lenguaje propio y encontrar un relato moral.

Jorge Hernández | @JorgeJ_Her

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2 Comments

  1. El problema de la socialdemocracia y del Estado del Bienestar, pues no pueden ir separados ambos conceptos, es que nació para proteger a la cuidadanía europea tras el drama de la II Guerra Mundial. Las autoridades del centro-izquierda, en especial los laboristas británicos, establecieron una serie de principios básicos asignados a favorecer la seguridad de sus concuidadanos: seguridad social, sistema de pensiones, educación obligatoria y sanidad gratuita. Éste sistema funciono con moderado éxito hasta los años 70, cuando la primera gran crisis del capitalismo tras las contiedas bélicas hizo reajustar los presupuestos nacionales de toda Europa. ¿Qué es entonces el Estado del Bienestar? Pues es nada si no hay ni dinero ni intención de protegerlo. La única corriente que hizo, puede hacerlo y no se si hará es la socialdemocracia, una corriente que en los últimos años a virado tanto a la derecha que está a punto de diluirse. Si quiere tener futuro tienen que mirar hacia aquellas políticas sociales claramente favorables al conjunto del país, no recortar presupuesto de forma drástica y mantener las diferencias con otras corrientes políticas situadas en sus márgenes. La socialdemocracia debe, ante todo, asegurar el Estado del Bienestar, su futuro pasa por ahí, por volver a conquistar lo que una vez impulsó.

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  2. El problema de la socialdemocracia y del Estado del Bienestar, pues no pueden ir separados ambos conceptos, es que nació para proteger a la cuidadanía europea tras el drama de la II Guerra Mundial. Las autoridades del centro-izquierda, en especial los laboristas británicos, establecieron una serie de principios básicos asignados a favorecer la seguridad de sus concuidadanos: seguridad social, sistema de pensiones, educación obligatoria y sanidad gratuita. Éste sistema funciono con moderado éxito hasta los años 70, cuando la primera gran crisis del capitalismo tras las contiedas bélicas hizo reajustar los presupuestos nacionales de toda Europa. ¿Qué es entonces el Estado del Bienestar? Pues es nada si no hay ni dinero ni intención de protegerlo. La única corriente que hizo, puede hacerlo y no se si hará es la socialdemocracia, una corriente que en los últimos años a virado tanto a la derecha que está a punto de diluirse. Si quiere tener futuro tienen que mirar hacia aquellas políticas sociales claramente favorables al conjunto del país, no recortar presupuesto de forma drástica y mantener las diferencias con otras corrientes políticas situadas en sus márgenes. La socialdemocracia debe, ante todo, asegurar el Estado del Bienestar, su futuro pasa por ahí, por volver a conquistar lo que una vez impulsó.

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