El segundo destape

Cualquiera que haya navegado alguna vez por los bravos mares de la bisoñez sabrá que todo comienzo es siempre difícil. Lo supo – o más le valdría haberlo sabido – Ulises cuando zarpó del puerto de Ítaca. Lo supo Dante cuando accedió a empezar su peregrinación por el más allá en el infierno. De haber estado cuerdo, lo habría incluso sabido don Quijote cuando cambió los libros de caballerías por el ‘baciyelmo’ de Mambrino. Pero si hay algo peor que tener que adentrarse por primera vez en una senda desconocida que se extingue en curvas de polvo más allá del amanecer, ese algo es tenerlo que hacer desnudo.

Asistimos hoy a la normalización de un fenómeno que rara vez es relegado a la categoría de excepción: preconocemos antes de conocer, nos pre-presentamos antes de ser presentados, y, en definitiva, desnudamos nuestra personalidad ante un público eventual antes siquiera de que se presente la ocasión de hacerlo como una concesión cortés a una demanda suspicaz, formulada entre palabras de complicidad y mutuo entendimiento. En una era en la que el ciudadano se acoge cada vez más al monopolio del anonimato, parece que la necesidad de significarse, de ser transparente en las redes y de dejar que estas mismas tejan alrededor de uno la silueta de una carácter más o menos singular se está convirtiendo en una costumbre más extendida de lo que lo está su reconocimiento sin ambages. Como toda criatura, el perfil nace virgen y es tarea del usuario ir haciéndolo suyo poco a poco: no en vano se dice que todos venimos al mundo siendo iguales. Con fotografías en las que el susodicho muestra lo mejor de sí mismo – aquel viaje en el que fueron necesarios hasta diez u once disparos para satisfacer al narcisista que todos llevamos dentro frente a la Torre Eiffel o la Torre de Pisa de turno; aquella una sonrisa subrayada por una celebérrima sentencia de Pablo Neruda o de El Club de la Lucha; aquella falsamente desatenta mirada que fija su devota atención en algún accesorio (esa guitarra, ese monopatín, incluso ese libro, en algún desafortunado caso) cuya utilidad se ve reducida a la de triste figurante –, el que ha sucumbido al sortilegio de lo social hecho virtual va progresando en la construcción de su personalidad cibernética. “Lo social hecho virtual”. A los detractores en la sombra del siglo XXI nos cuesta imaginar peor horror que tales palabras en una misma línea.

"No es bueno que un hombre esté sólo" una de las películas más destacadas del destape español
“No es bueno que un hombre esté sólo” una de las películas más destacadas del destape español

Y, de repente, un día nos encontramos subiendo al escenario (al “teatro de lo real”, que nos diría Le Carré) ante un público que conoce al dedillo nuestros gustos y nuestros temores, si veraneamos en la costa Brava o en la del Sol, si Barça o si Real Madrid, si Beatles o Rollings, si izquierda o derecha. Y todo ello antes de que se levante el telón de la función y de que logremos interpretar el ensayado guión de Quien decimos ser. Para los que se aventuran al encuentro virtual del prójimo antes de intercambiar con él un primer y vergonzoso saludo y para los que oyen en un momento dado el canto de sirenas de la curiosidad (la trampa con mejores resultados de la historia), los perfiles de las redes sociales son un suculento escaparate de virtudes improvisadas a través de las más novedosas técnicas de marketing. Por alguna razón, se ha perdido el encanto a lo desconocido, encanto que jamás  lo es para el que busca, pero sí para el que no quiere ser encontrado. A día de hoy, es conocida por muy pocos la satisfacción de reservarse un pedazo del latifundio que es su ser únicamente para el disfrute de su propia persona. O para la otredad de sí mismos, para el salto que existe entre lo que se dice ser y lo que se es y cuya contemplación, de vez en cuando, puede incluso llegar a redimirnos de no haber sido capaces de alcanzar nuestras propias expectativas.

La exhibición es el correlato objetivo de la modernidad, y ello no ha de ser juzgado ni con ojos puristas ni con entusiasmo progresista. Sin embargo, ha de ser constatado para entender por qué nunca antes los desconocidos podían dejar de serlo sin la autorización de las primeras personas implicadas o, en su ausencia, de una tercera con hartas ganas de darle a la sinhueso.  Sólo con nostalgia puede uno acordarse de la  anacrónica época en la que los pen-pals iban trazando progresivamente los rasgos de sus vidas sobre el papel, para que quienes tomaran la correspondiente epístola entre sus manos pudieran confeccionarse una idea adecuada de quiénes eran sus compañeros en la distancia. Ahí, en esas largas cartas entre confidentes que, en algunos casos, jamás llegaron ni a poder conocerse fuera de esa pre-virtualidad, el narrador tan solo disponía de la palabra para resultar interesante. Y tanto el ama de casa que dejaba correr su imaginación pluma en mano en un salón cubierto de tapetes de ganchillo como el burgués de reloj de bolsillo que guardaba en el cajón de su escritorio una primera edición de El retrato de Dorian Grey sabían que, al escribir a su narratario, las normas de la narrativa de todos los tiempos les prohibían revelar en las primeras líneas que el asesino era, como lo será siempre, el jardinero.

La progresividad adquiere un valor añadido en cualquier relación que se sustente en el interés o en su intuición prematura, sea este recíproco o no. La exposición de la personalidad es, en verdad, una obra de arte. Y, a pesar de que el contemporáneo parece empeñado en desencorsetarse del método (herramienta imprescindible para lograr la perfección cuando no se es un genio), una obra maestra siempre se ha comenzado con un boceto (objétese aquí, si se quiere, que la composición de Flamenco Sketches de Miles Davis – paradójicamente – se basó única y exclusivamente en la improvisación). Insinuación en estado puro, mas no definición temprana, porque la persona interesante no necesita demostrar que lo es en fondo, sino en forma. En cualquier caso, no es solamente cuestión de mantener a buen recaudo información personal que pudiera acabar siendo utilizada en contra de nuestros intereses; se trata de reconciliarnos de nuevo, como interlocutores, con el valor de las sombras, de lo opaco y del tener que llamar a la puerta ajena para terminar el dibujo o descubrir al asesino.  El asunto, al fin y al cabo, se reduce a la pura vanidad intelectual de no querer conformarse en la comodidad del pinchazo de la aguja hipodérmica lasswelliana.

Hubo un tiempo  en el que el destape se acogió en las pantallas españolas con un entusiasmo jovial que no podía ser sino fruto del fin de la censura retrógrada del régimen franquista. La exaltación del espectador se correspondía con la del ciego que recupera la vista tras décadas de visiones fundadas en la imaginación, la intuición, y, por qué no decirlo, el deseo. Por supuesto, pasó el tiempo y aquello que antaño se había vivido con una excitación tácita (quizás incluso acompañada de vergüenza pueril) dejó de ser suficiente. Y, como no había nada más que enseñar o si lo había ya se había perdido todo el interés por verlo, la industria tuvo que partir a la conquista de nuevas formas de atraer y retener la atención de la audiencia. Nihil novum sub sole. Ahora que no nos guardamos nada en el tintero, ahora que damos prioridad a la claridad antes de dársela a la suspicacia en lo que a nuestras propias personas se refiere, ¿no esteremos viviendo un segundo destape del que nosotros mismos podemos acabar siendo víctimas cuando, a los pocos minutos de navegar por nuestro perfil, no le quede al público nada más por descubrir? ¿No nos estamos arriesgando a presentarnos ante nuestros espectadores del “teatro de lo real” con una mano delante y otra detrás, pero sin que ello pueda ya significar para ellos más que la redundancia de lo ya visto o sabido? Cada cual es libre de emitir su veredicto. Pero, para finalizar, conviene recordar que cuando no queda apuesta sobre la que pujar y las cartas ya están sobre la mesa, la partida ha terminado. Incluso si jamás ha llegado a comenzar.

Martina Alcobendas Mauri | @Martinaalco

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1 Comment

  1. Me ha gustado la definición de “el segundo destape”. Somos exhibicionistas aunque nos quejemos cuando los otros se entrometen en nuestras vidas pero no lo podemos evitar. Queremos que nos digan “me gusta” pero nos molesta que sepan de nosotros más de la cuenta aunque lo mostremos. Por esto los “Recursos Humanos” antes de contratar a alguien rastrean la red informática para tener un perfil más exacto que el que pueda dar el exámen psicotécnico realizado. Cuando alguien busque Martina Alcobendas Mauri por internet encontrará este atinado artículo y decidirá si le interesa su contratación o no…

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