Pesos pesados

Se supo hace pocos días que el gasto militar ruso está a punto de alcanzar el alarmante 5% del PIB de la economía de la zona y queda poco espacio para las dudas acerca de la política de rearme que se está llevando a cabo desde el Kremlin. Ante tal tesitura, el ex presidente ruso y Nobel de la paz en 1990 Mijail Gorbachov alertó de la posibilidad de que se regrese a un clima similar al de la Guerra Fría. Las cabeceras de los principales estados occidentales se han hecho enorme eco de las palabras del personaje, lo cual no es disparatado, pues Gorbachov acostumbra a despertar simpatía y hasta condescendencia tras su pilotaje en el tramo final de la URSS. Pero más allá de los respingos repentinos que despiertan las numerosas portadas de él en la memoria del lector, y apartando la naturaleza de estos, pocos pueden negar a Gorbachov su condición de sabedor de las desastrosas consecuencias que acarreó entonces la llamada política del rearme.

Allá en la década de los ochenta, el sistema soviético suspiraba sospechoso de su final hemorragia interna. La pésima situación económica de la macro-potencia lastraba la manutención de los países de la órbita de la URSS, lo que venía a significar una perpetua inviabilidad para financiar la vida en la Europa del Este. De hecho, el propio Gorbachov admitió años después que nunca supo con certeza la cantidad de dinero que, estando él al mando de la URSS, se inyectaba en aquel “barril sin fondo” que debía servir para rearmar el sistema. Lo cierto es que la labor del Nobel de la paz cosechó enormes éxitos en lo tocante a la política internacional y al diálogo con los principales líderes europeos del momento, a saber: Ronald Reagan y Margareth Thatcher. Sin embargo, poco se pudo hacer por recuperar las famélicas arcas públicas que debían amamantar las dimensiones de la URSS.

Cuando en noviembre de 1982 el presidente Bréznhev fallece, la tutela del sistema soviético se queda en manos de Iuri Andropov, una vieja reliquia de 68 años de edad a quien una grave enfermedad le acarreó un mandato casi íntegro desde el hospital. A pesar de unas marradas conversaciones con el presidente Reagan, quien entonces mantenía un tono agresivo que más adelante amedrentó, Andropov tuvo tiempo suficiente como para cambiar, quizás sin saber hasta en qué medida, el transcurso de los acontecimientos. Se fijó en un joven socialista, de talante aperturista, y le aupó hasta las primeras filas del Politburó en su época presidencial, en medio de una cúpula muy hecha a la antigua usanza, en la que destacaba el papel del ministro de Defensa Ustinov, un nostálgico militar.

 Thatcher saluda a una multitud de soviéticos que acuden a verla en su visita a la capital rusa en 1987
Thatcher saluda a una multitud de soviéticos que acuden a verla en su visita a la capital rusa en 1987

El 11 de mayo de 1985 Gorbachov asumió la Secretaría General del Partido a la edad de 54 años, no sin la ayuda del ministro de Exteriores Andrei Gromyko, quien entonces gozaba de una notable influencia en la toma de decisiones de la URSS. Empero, antes de aquella fecha, en 1984, había un actor externo que ya realizó la primera toma de contacto con el más imberbe de los dirigentes soviéticos. Thatcher recibió a finales de aquel año a Gorbachov en Downing Street, hospedaje que causó una fuerte sorpresa en la esfera británica. Se sabe de aquella iniciática charla que ambos líderes acudieron a ella con la disposición de, como mínimo, escuchar el uno al otro. Y aunque no hubieron las ínfimas concesiones en la acérrima defensa de sus respectivos sistemas como baluartes del bienestar ciudadano, Thatcher relató días después, en una entrevista para la BBC, que Gorbachov era “un hombre con el que se puede hacer negocios”, lo que se convertiría en una famosa sentencia de amabilidad.

De algún modo nada descabellado se puede decir que los líderes congeniaron. Entre la multitud de correspondencia privada que intercambió la Primera Ministra británica con Reagan, entonces morador de la Casablanca, Thatcher describió a Gorbachov como un tipo distinto a “los anquilosados líderes soviéticos que sólo repiten clichés e ideas trilladas”. Ella sospechó desde buen empiece que aquel novato socialista era su hombre. O más bien que era ella su mujer. En la misma misiva al presidente estadounidense, Thatcher confesaba: “tuve la sensación que de alguna manera él [Mr. Gorbachov] me usó como pretexto para llegar a vosotros”. Desde Downing Street siempre se negó que la voluntad de la Primera Ministra fuera la de jugar un papel de intermediaria entre las dos potencias, y seguramente así lo fue. Aunque sólo hasta cierto punto.

Mientras Thatcher afirmaba con ligereza -antes del nombramiento de Gorbachov- que era un hombre que le gustaba, una vez éste ya asumió el mando del sistema soviético, en 1985, el presidente Reagan anotaba en sus diarios personales que era “demasiado cínico como para creer a Gorbachov”. Hubo un distinto nivel de cuajado, más allá de las formalidades y distancias que debieran guardar siempre la URSS y los Estados Unidos. En 1987, fue la dirigente británica la que visitó Moscú para mantener otra nueva charla con el líder soviético. Aquella vez se habló de todo en una atmósfera que ambos coincidieron en catalogar de “clima de libertad y cordialidad”, en la que Thatcher incluso llegó a sugerir a Gorbachov que lo que Occidente esperaba era que la URSS abandonara la doctrina comunista para siempre, puesto que, según ella, era lo que “preocupaba” a la otra mitad del mundo.

Entre agravios hacia los respectivos sistemas que organizaban las sociedades británica y soviética y disertaciones exhaustivas sobre la administración estatal así como la gestión del capital, aquella conversación, que sí ha sido transcrita de manera prácticamente íntegra, tomaba de vez en cuando un cariz amigable. “Tenemos personalidades similares, a los dos nos interesa superar la mentalidad de los años 40”, comentó en un momento dado Thatcher. Las irreconciliables diferencias entre las respectivas visiones que tenían del mundo ambos líderes salían a la luz de manera continúa sin por ello suponer el cese del diálogo y la renuncia a las aproximaciones.

En honor a la verdad, es cierto que Gorbachov vio en la primera ministra británica la posibilidad estratégica de acercarse a EEUU, lo cual no fue óbice para que durante su discurso en el Politburó días después -y a cuenta de la reunión- reservase un generoso lapso temporal para lanzar una sarta de elogios dirigidos a la dama de hierro. Los mismos cumplidos que no se ahorraba Thatcher cuando le contaba a Reagan acerca del joven soviet.

Puede que aquellas buenas palabras y maneras constituyan a día de hoy poco más que una formalidad. Pero no es aventurado confirmar la sintonía que entre ambos hubo a la luz de las conversaciones mantenidas; una relación meramente estratégica no culmina con la emotiva carta de despedida que a la muerte de Thatcher escribió Gorbachov y que publicó el diario The Guardian. Ella jamás se dobló a la retórica colectivista que a menudo despertaba en el calmado Gorbachov, pero fue más que la ferviente anti-comunista ansiosa de catastróficas consecuencias para la URSS. En sus encuentros, la Primera Ministra era ante todo una británica que comprendió el amor que el dirigente socialista sentía también hacia su propio país, por más equivocado que lo considerara. Cuando Gorbachov se mostró sinceramente alarmado por la posible pérdida de infraestructura militar para la URSS, esta fue la respuesta de Thatcher: “No sois débiles. Sois poderosos. Nosotros [el Reino Unido] no esperamos que nadie se muestre débil defendiendo a su país. Estoy segura de que si el Reino Unido fuese débil no nos respetaríais”.

Andrea Mármol | @AndreaMarmol_

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