Taxachussetts

Taxachussetts es el nombre jocoso que los habitantes de Massachussets le dan a su commonwealth. Porque sí, MA no es un State, sino una commonwealth, muestra del enorme respeto que los habitantes de Nueva Inglaterra le siguen profesando a los britons, que en 1776 se levantó en armas contra la metrópoli. Boston es la capital de Massachussetts, y aunque parezca lo contrario, es una pequeña ciudad enclavada en una península entre el Río Charles y la bahía de Boston, a unas 150 millas al norte de Cabo Cod, donde los señores burgueses americanos pasan sus veranos de película. Cuánto hay que aprender de los estadounidenses.

Durante 10 días estuve en Cambridge, a menos del paso de un puente de la ciudad de Boston. Boston cuenta con 600.000 habitantes, pero el Gran Boston al menos posee 3 millones. Es un estado verde y limpio, en el que el tiempo atmosférico es poco agradable. No me hizo mal tiempo, pero el viento bostoniano cortaba la cara tanto como podía hacerlo el aire de la sierra de Guadarrama, tan patria. Es una ciudad que aunque no es grande, posee un downtown envidiable. El Río Charles, majestuoso a su paso por Kendall, justo en frente del MIT, permite las mejores vistas del West End y el downtown, el edificio Prudential y el John Hancock. Sus rascacielos no son impresionantes, pero cuando se hace de noche, lo cual ocurre sobre las 5 de la tarde, emiten una luz tan cinematográfica que reconoces típica de América.

Boston habla mucho español. No es raro encontrarse mexicanos, salvadoreños, colombianos, dominicanos y venezolanos por todas partes. Trabajadores esforzados, hablan inglés casi perfecto en su mayoría y cuentan con un sueldo aceptable, suficiente para vivir sin dificultades en la zona. La población negra, no obstante, es desigual. Los hay encorbatados, licenciados en Harvard y MIT, y los hay pidiendo en la calle, o trapicheando drogas en Chelsea o South Boston. Pero el español es omnipresente. Un español combinado, un español mixto, que combina todos los acentos posibles de todas las minorías que hablan nuestro idioma, una lengua ya totalmente americana, con un pequeño apéndice europeo.  Como le pasa al inglés.

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Boston cuenta con un nivel de vida inaudito. Muy posiblemente sea el mayor de todo EEUU, y uno de los más altos del mundo. El PIB per cápita de la zona es de aproximadamente 60.000$ anuales. Influye también encontrarse en la tierra de Harvard, MIT y Boston College. The Cradle of America y The Athens of America, así se conoce la ciudad. Ambas universidades son, en pocas palabras, inabarcables para el españolito medio. Es una oda a la inteligencia, una tabla en la que señalan todos los premios Nobel que han ganado tanto MIT como Harvard. Pero lo que más me sorprendió de América, y sobre todo, de la gente de Massachussetts, era su patriotismo no estatal.

Ni Harvard ni MIT se sostienen con dinero público, ni siquiera del dinero que los miles de freshmen que entran cada año o de sus estudiantes. Exalumnos de toda clase, que emprenden y tienen éxito, ponen al año miles de millones de dólares para que MIT y Harvard sigan siendo una referencia mundial. Porque todos allí quieren ser millonarios. Todos quieren dar con la característica clave que les convierta en ricos. No es de extrañar que de ambas universidades salga el ingenio americano. No conciben ayuda del Estado de ningún tipo. Para entenderlo, pregunté, porque no lo comprendía. “Los estadounidenses tuvimos que construir un país de la nada, sin ayuda. Hemos trabajado mucho para convertir EEUU en lo que es hoy, y por ello estamos tan orgullosos”. En el T de Boston, el nombre popular del suburbano bostoniano, hay muchas pegatinas con una barrada-estrellada con un texto que reza “United we stand”. Permanezcamos unidos, mantengámonos unidos, sobrevivamos unidos. Los americanos tienen muy claro que si son algo en el mundo, ha sido gracias a su capacidad de sacrificio y a su vasta unión. A pesar del tan criticado imperialismo norteamericano, que bien es cierto que durante gran parte del siglo XX fue la opción mayoritaria de los presidentes, qué bien funciona la democracia en América, que diría Tocqueville.

A los bostonianos les llega de vez en cuando propuestas de ley que pueden votar. Desconozco la participación media, pero la gente está muy metida en política. Se respira la política en la calle. Boston es un estado muy liberal en el sentido americano, aunque son muy criticados por haber convertido Massachussetts en Taxachussetts. Hay elevados impuestos en el Estado -pero ya les aseguro que nada que ver con el expolio fiscal al que nos vemos sometidos los europeos según en qué estados- con respecto a New Hampshire, Vermont o Maine, pero bien es cierto que en estos tres últimos estados el nivel de vida no es tan elevado como en el viejo Boston.

Boston es una ciudad que no tiene pérdida. Es una península flanqueada por el río Charles, y el resto de barrios, como Kenmore, South Boston o Chelsea, tampoco tienen ninguna maravilla a destacar. Los parques son una maravilla, poblados de ánades y ardillas, que se dejan tocar a cambio de un bocado y corretean manteniendo sus colas inmóviles, como si estuviesen estabilizadas con alguna clase de ingenio. Profundamente tocada quedó la ciudad después del atentado del Maratón. Mi anfitrión estuvo allí y me comentó que fue un ataque demasiado gratuito. Y que no existe ya placa conmemorativa en el lugar del atentado, porque parece ser que era un monumento ciudadano.

La gastronomía es algo también importante a destacar, puesto que hay mucha y es mejor que la media americana. Mucho marisco, mucho bacalao, y las especialidades estadounidenses de siempre. Tomé hamburguesa en un local mítico de Harvard, que se llamaba Bartley’s. Su carta de hamburguesas era verdaderamente tronchante. Desde la People’s Republic of Massachussetts (liberals love it) hasta la Obamacare (nobody knows what’s in it, price trillions) hasta la Snoop Dogg, que por cierto, fue la que tomé. Y la omnipresente langosta, la sopa de almejas, las ostras del Union Oyster House, 50 dólares el plato de langosta. Me quedé sin probarla en el restaurante más vetusto de América. Lástima, ya volveré.

En mi corto viaje también pude disfrutar de NYC, la cual me pareció inabordable e inabarcable del todo -mi pregunta constante era quién demonios podría vivir en un lugar así- y me sentí empequeñecido ante la soberana altura de aquellos imponentes rascacielos, ese tráfico tan loco, esas mareas de miles de personas alienadas hacia el consumo. Consumir, consumir, consumir. Eso es quizá lo que menos me gustó de América, su exacerbado apetito por el consumo. El burro grande, ande o no ande. Grandes coches, grandes platos, grandes bebidas, grandes precios. Pero quizá eso es lo que mueve su impresionante maquinaria económica. Donde me tuve que quitar el sombrero y sacar el pañuelo fue en el memorial del 11S. Al ver los pozos y las fuentes, sentí una amarga tristeza y frío, mucho frío. Todas las vidas evaporadas allí. No soy creyente, pero tuve que mostrar mi respeto a los allí fallecidos casi santiguándome de vergüenza.

Quién pudiera vivir en América, pero América está a otros temas. Regresé a España con la sensación de haber vuelto a un país distinto del que salí, un país cutre y empobrecido, volví a ver la cara amarga del de la coleta en televisión, y por un momento, creí que estaba aquí de vacaciones y que volvía para visitar a la familia desde Boston. Ojalá. Pero para residir en América hace falta suerte, coraje, ingenio y valentía. Como la de mi anfitrión, que salió de la Argentina postcorralito, creció en España, y gracias a su incansable esfuerzo, terminó la carrera en la universidad estadounidense. Y él se siente más español que argentino. Cuando marchas fuera, te sientes orgulloso de tus orígenes, pero los maldices sabiendo lo sencillo que sería corregirlos, y lo difícil que es poner a todos de acuerdo para terminar con los males.  Y me mandó una tarea al despedirnos de su apartamento. “Amigo, tienes que volver a España y cambiarla”. Algo fácil lo encomendado, como véis.

Guillermo Gómez de Salazar | @rickwwayne

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