La caída de Troya

Año 1194 a.c., más o menos, cien años arriba o abajo. En la Esparta micénica el rey Tirádeo quiere casar a su hija Helena. Helena en verdad no era hija de Tirádeo, aunque él la quería como si lo fuera Era hija de su esposa Leda y de Zeus, que para que su esposa Hera no se enterara ni lo viera en acción se convirtió en cisne para copular tranquilamente con Leda, de esa unión Leda pondría un huevo y de él nacería Helena, cosa que quieras o no te marca —para que después digan que la mitología es aburrida—. Además de haber nacido de un huevo también era la moza más guapa de toda la Helade, y por eso se presentaron para casarse con ella pretendientes de toda Grecia: Diómedes, Idomeneo, Palamedes, Patroclo, Teucro, Menesteo, Menelao, Áyax, Filoctetes… Y también Odiseo, rey de Ítaca, una isla jónica llena de cabras. Odiseo tenía fama de astuto, fama totalmente merecida. Después de unos cuantos días en Esparta esperando la decisión se percató de tres cosas: 1) Los pretendientes perdedores iban a llevar muy mal el serlo, y la mayoría eran unos chalados de cuidado. 2) Helena estaba muy bien, pero era una chica problemática, que se lo dijeran a Teseo. Además, tenía unos hermanos muy raros y peligrosos, Cástor y Pólux. Oh, horror de cuñados. Mejor pasar. Y 3) Lo más importante, la sobrina de Tirádeo, Penélope, le hacía ojitos, pero a su padre Icario no le caia nada bien. Así que ideó un plan para que todos salieran ganando —y con vida— de esta reunión de machos alfa aqueos. Se acercó al palacio real y mantuvo esta charla con Tirádeo que reproducimos a continuación —aproximadamente, ya que la obra original se ha perdido y solamente nos podemos hacer una vaga idea de cómo se desarrolló—:

—ODISEO: Oye, Tirádeo, esto se te puede ir de las manos, ¿Has visto todos esos que tienes ahí fuera? Deberíamos de hacer algo para que esto no se saliera de madre.

—TIRÁDEO: Ah, Odiseo, siempre trazando planes… Tienes razón, no ha sido lo más prudente reunirlos a todos. Ya hace días que la decisión está tomada, pero no sé cómo anunciarla. Ayúdame, dime qué harías tú.

—O.: Primero una cosa, por curiosidad, ¿quién es el afortunado?

—T.: Menelao, hijo de Atreo, hermano del Rey Supremo Agammenón.

—O.: !¿El atontado ese?! Es verdad que Helena no ha sido una santa, todo eso de Teseo… Y lo de su madre con ese cisne… Pero no se merece tal cástigo. Qué horror.

—T.: No, si opino lo mismo. Pero ha decidido ella…

—O.: Ah, lo ha elegido ella… Interesante. Va por interés, entiendo. Uy.

—T.: Sí, seguramente también la ha influido su hermana Clitemnestra que está casada con Agamenón. Al final tendré a las dos niñas colocadas con los dos atreídas. No está mal. Pero va, cuéntame el plan.

—O.: Ah, sí. Tú todavía no digas el ganador, y haz un sacrificio solemne a los dioses del Tártaro, qué se yo, de un caballo, y que todos los pretendientes prometan defender el matrimonio, si alguno intenta alguna cosa rara los otros deberán actuar contra él.

—T.: Magnífico, Odiseo, magnífico, brillante. Y dime, ¿qué quieres a cambio? Que seguro que no lo haces de gratis…

—O.: Ah, sí. Jejeje. Hace ya unas semanas que estoy por aquí, y me he fijado —y creo que ella también— en tu sobrina. Tiene unos ojazos… Pues bien, su padre…

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Pero Odiseo no era el único que en ese momento tramaba cosas, Zeus desde la cumbre del Ida estaba pensativo. Ya hacía años que en el Olimpo el ambiente era francamente irrespirable. Por culpa de Discordia y su manzana de oro que debía ser para la diosa más bella se había originado una guerra fría entre Hera, Atenea y Afrodita, ya que las tres consideraban que la manzana debía ser suya. Pero por ahora no habían encontrado a nadie que estuviera dispuesto a hacer de juez. Estaba sumido en estas cavilaciones cuando vio que al pie del monte Ida un pastor hacía de juez entre un toro y Ares —las diversiones raras de Ares—, y no lo hacía nada mal. En este momento decidió que este era el hombre que necesitaba para terminar con este problema. UEste pastor era Paris, príncipe troyano, hijo de Priamo. Sí, por aquel entonces los príncipes también se dedicaban al pastoreo. Cuando nació vaticinaron que destruiría Troya, incluso lo abandonaron en el bosque, pero no se puede vencer al destino, y sobrevivió y volvió a la ciudad. Y decidieron que seguramente fuera un vaticinio erróneo. Pobres. Pues Zeus, también atado al Destino, envió a Hermes a por las diosas y les ordenó que fueran sometidas al juicio de Paris:

—HERMES: Paris, como tienes fama de justo Zeus te ha elegido para que arbitres en esta disputa, debes decidir qué diosa es mas bella: si Hera, Atenea o Afrodita. Ten esta manzana de oro que deberás entregar a la vencedora.

—PARIS: Yo sólo soy un simple pastor, no me metáis en este marròn. Dividiré la manzana entre las tres y todas contentas.

—H.: No, mira, no. Son ordenes de Zeus que vas a cumplir, te gusten o no. O serás fulminado por su rayo.

—P.: Bueno, si te pones así… Pero las perdedoras que no se enfaden, que ya me las conozco a las mujeres. Por cierto, ¿Las debo juzgar así o se deben desnudar?

—H.: Jejeje. Parecía tonto. Lo que tú decidas.

—P.: Ah, pues sí.

—ATENEA: ¡Qué va!

—HERA: ¡Ni en sueños!

—AFRODITA: De acuerdo.

—HE. y AT.: Será…

—H.: ¡Son las ordenes!

—P.: Lo haremos de una en una, iréis pasando, os observaré y al final diré la vencedorá. Primero tú, Hera.

—HE.: Mira, chiquillo, si me das por vencedora yo te entregaré el gobierno de toda Asia, serás el rey más poderoso que haya habido nunca.

—P.: Ay, no, yo no me dejo corromper tan facilmente, además, sería mucho trabajo y muchas preocupaciones, no me interesa gobernar a los hombres. Muchas gracias, ya te he tenido suficiente, dile a Atenea que venga.

—AT.: Mira, Paris, si me eliges a mí te convertiré en invencible, serás el guerrero más famoso, y el más apuesto e inteligente. Los aedos cantarán tus gestas.

—P.: No estoy interesado en estas cosas, además, ya soy apuesto e inteligente, no necesito que me dés estos dones. Los aedos ya cantarán mis gestas por mis propios méritos. Que pase Afrodita.

—A.: Ay, Paris, debe de ser duro vivir aquí donde sólo hay pastores y cabras. Sin mujeres…

—P.: Eh, eh, eh. ¿Qué insinúas?

—A.: No, yo nada. Pero un chico tan joven, tan guapo, y tan desaprovechado. Necesitarías compañía femenina…

—P.: ¿Te estás ofreciendo?

—A.: ¡No seas impertinente, niño! No me vas a poner ni un dedo encima, pero sí te puedo ayudar —con la ayuda de mi hijo Cupido— a conquistar a la mujer más hermosa de toda la Helade: Helena de Esparta. Una chica que endulzará tus días. Serás el hombre más envidiado.

—P.: Interesante… ¡Hermes, ya tenemos vencedora!

Afrodita cumplió su parte del trato, tardó un tiempo, pero cumplió. Príamo le encargó a su hijo Paris que liderará una embajada troyana a Esparta. Cuando Helena vio al joven Paris se enamoró locamente de él, no se sabe si gracias al buen oficio de Cupido o por el encanto natural del chico. Fueron pasando los días y cada vez estaba más encandilada. Menelao no sé dio cuenta de los tonteos que se traían en los banquetes, y estaba tranquilísimo, tanto que se fue a Creta al entierro de su abuelo y dejó a su esposa y a su huésped en el palacio. Obviamente Paris y Helena huyeron esa misma noche con el tesoro real rumbo a Troya. Cuando Menelao volvió a Esparta y se encontró el percal se enfadó bastante, bastante mucho. Y decidió que era un buen momento para activar el Pacto del caballo y que los otros pretendientes de Helena le ayudaran a recuperarla. Se puso en marcha. Los rumores viajan rápido, y más cuando son de este tipo. Así que cuando Odiseo vio acercarse las naves a su isla supo quiénes eran y a qué venían. Pero ya estaba preparado para tal eventualidad, había ideado un gran plan para escaquearse de esta expedición.

—MENELAO: Anda, Palamedes, pues Penélope tenía razón, se la ido la olla del todo. Mira, está arando el campo con un buey y una yegua y plantando sal en los surcos. Pobre, se habrá quedado así de tanto pensar…

—PALAMEDES: No creo, Menelao, no creo… Yo de este no me fío un pelo. A ver, coge a su niño y ponlo delante del arado, veamos qué grado de locura tiene su padre.

—M.: No, no, no. Sería matar a su hijo, no nos dejarían salir vivos de aquí.

—P: Qué va. Vamos, hazlo, que no tenemos todo el día. Ya te digo yo que al niño no le va a pasar nada.

—M.: Bueno, vale… Ven aquí, chiquitín…

—ODISEO: Vaya panda de hijos de mil ***** que estáis hechos. ¡Dame el niño! Pero qué sinvergüenzas.

—P.: Jé, lo que yo te decía.

—M.: Anda, pues es verdad, se estaba haciendo el loco, vaya morro.

—O.: Vosotros sí que tenéis morro, venir aquí a molestar a mi familia, casi me matáis al crío. Sé por lo que habéis venido, y la respuesta es no.

—M.: ¿Cómo que no? Hay un pacto, un pacto que fue idea tuya, mi esposa ha sido rapt…

—O.: No, no, nada de raptada, se ha ido libremente, como ya lo hizo con Teseo cuando…

—M.: ¡Imposible! Nunca me abandonaría, la han raptado, y debes ayudarme.

—O.: Boh. Que te ayuden a recuperarla tus cuñados, que ya tienen experiencia cuando lo de Tes…

—M.: Y dale con lo de Teseo. Además, mis cuñados murieron hace unas semanas en Arcadia. ¿No te has enterado?

—O.: Ah, pues no, que oportunos… bueno, no eran malos chicos, unos homicidas sanguinarios, pero buenos chicos. Pero mira, Menelao, ya encontrarás a otra mas bella y que sea un poquito más fiel, hombre, son cosas que pasan… Lo superarás con un poco de tiempo, que todo lo cura. Es una mujer madura y puede hacer con su vida lo que quiera.

—M.: Que no, es mi esposa, y ha sido raptada, y debe de estar sufriendo lo indecible en manos de ese bárbaro.

—O.: Este tío es tonto.

—P.: Un poco, bastante. Pero el pacto existe, un pacto ante los dioses. Además, será una cosa rápida, ir allí, saquear y volver.

—O.: Bah, los dioses… que me fulminen si están en contra de mi decisión…

—M.: …

—P.: …

—O.: … ¿Veis? No ha pasado nada. Ahora idos a tomar por ****, y no me molestéis más.

—M.: Odiseo, por nuestra amistad, necesitamos tu ingenio.

—O.: Que os zurzan.

—P.: Bien, si lo quieres a las malas… O vienes o antes de ir a Troya nos pasamos por aquí a entrenarnos. Con Agamenón, Aquiles

—O.: Mierda, ¡¿También habéis enrolado a ese pequeño monstruo?¡ Pero vaya panda de hijos de…

Y así se embarcó Odiseo hacia Troya. Y ya lo que sigue es muy conocido. La reunión en Áulide. Ifigenia. Nueve largos años acampados delante de la ciudad. Filoctetes y su herida incurable. Odiseo, Palamedes y un pozo muy profundo —Odiseo era un profundo rencoroso—. Briseida y Criseida. La peste que les envió Apolo. La cólera de Aquiles contra Agamenón por haberle arrebatado a Briseida. Héctor haciendo destrozos entre los aqueos. Patroclo. Aquiles dando caza a Héctor como a un conejo. Amazonas, etíopes —hubo de todo allí—. Paris y el talón de Aquiles. Áyax quijotesco contra un rebaño de ovejas. La muerte de Paris y el desconsuelo de Helena —que le duró poco, ya que se casó immediatamente con un hermano de Paris, Deífobo. Era así—. Odiseo, Diomedes y el Paladio. Odiseo y su caballo de madera. Laocoonte y esas culebras de agua de cinco metros de largo. El saqueo de Troya… Y aquí llegamos al penúltimo epidosio de esta historia. Odiseo y Menelao una vez salidos del caballo de madera se dirigieron al palacio de Deífobo a por Helena. Odiseo después de pasarse veinticuatro horas encerrado en un minúsculo y asfixiante habitáculo de madera con treinta sudorosos y malolientes guerreros no estaba de muy buen humor, y Menelao tampoco estaba mucho mejor. Llegaron al lugar con las intenciones más malas posibles. Pero he aquí que al llegar donde estaban Deífobo y Helena, esta apuñaló por la espalda a Deífobo y se echó semidesnuda en brazos de Menelao. Obviamente —obviamente para todo el mundo menos para Odiseo, al que se le debió quedar una impresionante cara de tonto—, la perdonó. El triunfo del amor, y un final feliz para la pareja —llegaron a Esparta haciendo escala en Egipto y vivieron y reinaron tranquilamente hasta morir de viejos—. Es fácil imaginar los pensamientos de Odiseo mientras abandonaba la destruida ciudad:

«Míralos ahí, tan felices. Hay que joderse, tantos muertos, tanta mierda, tantos peligros, tantos años durmiendo en ese campamento mugroso en la playa para esto, el triunfo del amor… ¡Quía! Dentro de cuatro días es capaz de fugarse con algún príncipe de Sidón y la volvemos a liar. Qué pereza todo. Pero bueno, si lo pienso bien tampoco me puedo quejar tanto, este era el objetivo inicial. El pacto… El pacto fue idea mía, sin él no nos hubiéramos vistos obligados a venir, o sea, creo que todo esto se ha originado por mi culpa… Qué horror, espero que los otros no lleguen a la misma conclusión. Será mejor largarse ya. Aunque en el fondo creo que todo esto empezó con lo de Te… Bah, da igual, dentro de una semana estaré en casa. Que les zurzan a todos.» Pobre, los planes nunca le salían del todo bien, pero esta es una historia que contaremos otro día.

Esto es —más o menos, el espíritu se mantiene— lo que recitaron los aedos y lo que unos cuantos siglos después de —supuestamente— haber ocurrido nos dejaron por escrito Homero y otros cuyos escritos se han perdido o nos han llegado fragmentariamente. Pero la verdad siempre suele ser menos poética. La verdad es que la lucha entre los reinos micénicos y la ciudad hitita de Wilusa (Ilión, Troya) no fue en realidad por Helena, fue por el Helesponto, el mar de Hele (Helena), el estrecho que comunica el Egeo con el Mar Negro, los modernos Dardanelos, un sitio por donde pasaban todas las mercancías entre estos dos mares. Y un buen día los troyanos cerraron el paso a los mercaderes micénicos, o les impusieron un peaje, o cualquier cosa parecida. Por este motivo se pelearon, una guerra comercial, el rapto de Helena es el rapto del Mar de Helena. El pacto de los pretendientes en la corte de Tindáreo no era para defender a Helena, era para defender el Helesponto y sus intereses comerciales, un juramento hecho sobre los pedazos de un caballo sacrificado, animal totémico de Posidón, dios del mar. Y por eso Odiseo, rey de una isla jónica, era el más reacio a acudir a la llamada, ya que a él el comercio con el Mar Negro no le aportaba mucho. Siempre queda más bonito decir —y el público lo agradece más— que todo fue por una chica que por el ámbar o el bronce. Y así el mitólogo va episodio a episodio desentrañando la verdad que esconde el mito. O no, puede que esto solamente sea una justificación racional que nos hemos inventado modernamente, puede que los poetas tuvieran razón y que los aqueos de hermosas grebas y los troyanos de broncíneas túnicas se destruyeran por una mujer. Porque, ¿quién no conoce a una Helena/o por la/el cual no merecería la pena hacer arder unas cuantas troyas?

Biel Figueras | @rincewindcat

Bibliografía de interés

Bernabé, Alberto: Fragmentos de épica griega arcaica, Gredos, Madrid, 1999.

Graves, Robert: Los mitos griegos, Gredos, Madrid, 2011.

Luciano de Samosata: Dialogos de los dioses, Tilde, Madrid, 2010.

Homero: Ilíada, Gredos, Madrid, 2004.

Homero: Odisea, Gredos, Madrid, 2001.

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1 Comment

  1. "Un buen día los troyanos cerraron el paso a los mercaderes micénicos, o les impusieron un peaje, o cualquier cosa parecida". ¡Dios mío qué prosa ratonera!
    Lo siento, ya se me ha acabado la paciencia, no vuelvo a pasar por esta revista

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