Lo que no se ve desde la Puerta de Alcalá

Escucho y atiendo a mucha gente que habla de Podemos. Me gusta hacerlo, me sirve para ir desanudando toda la fenomenología construida en torno al hecho político de este partido. Es interesante, sobre todo, porque quienes interrogo al respecto se sienten horrorizados ante la posibilidad cierta de un gobierno formado por Pablo Iglesias; más que nada por una circunstancia que ellos consideran inexplicable: que la gente declare abiertamente su intención de votarles. Parto de la premisa de que para mí Podemos es un vestigio anacrónico, residual, del siglo XX. Es un despojo de la Guerra Fría, chatarra ideológica alimentada por el triunfo de los indigenismos irredentistas en América y por la crisis endémica de los sistemas parlamentarios liberales en Europa, agujereados por una grave falla ética que afecta a muchos de los representantes legítimos de la soberanía popular en estas naciones.

En tiempos de catástrofe económica, no hay nada que nutra más al ogro antiliberal y antipolítico(“¡nosotros no somos ni de izquierdas ni de derechas, nosotros no somos casta!”) que el desapego popular y la pérdida sustancial de poder adquisitivo de las clases medias. Este ogro fueempequeñecido y domeñado a finales del siglo XX pero sólo en apariencia, como estamos viendo en España y también en Francia, Holanda, Escandinavia o Grecia. De ese ogro surge Podemos y a mí en particular me asombra la incapacidad de muchos de los integrantes de esta clase media o media-alta con los que sostengo discusiones al respecto, profesionales independientes (liberales, como se decía antes) para detectar estas deficiencias del sistema; del asombro mudo en estupor cuando compruebo además esa prejuiciosa voluntad de achacar el éxito de esta chatarra desfasada que vende Podemos a una burda explicación que asume la premisa de que todos sus votantes (ciertos y probables) son unos ignorantes. Creo que esto es algo suicida.

Foto: elconfidencialdigital.com
Foto: elconfidencialdigital.com

No hablo ya de esa apolillada élite social afincada principalmente en lo más granado de las grandes ciudades, para quienes todo este asunto de Podemos no significa más que el enésimo grito del extrarradio, rojerío vociferante y paletadas de provincia. Para esta gente el mundo carece de complejidad y tanto lo bueno como lo malo está muy bien definido desde la cuna: no me interesan. Me refiero al ingeniero, al abogado, al periodista, al profesor, al médico o al arquitecto cuyo origen social viene determinado por una holgada posición familiar fruto de la laboriosidad, del ahorro y del trabajo; esa gente, como yo mismo, educada en la urbanidad de la democracia, hija del Estado del Bienestar y echada al mundo con un cierto bagaje cultural, académico y vital. Esa gente obvia en sus análisis algunas circunstancias a mi juicio capitales.

El relato de Podemos, cuya narrativa aglutina y fija la linde entre el ellos y el nosotros; cerca el Mal, lo identifica, le pone cara y ojos, y acota el Bien (metiéndolo dentro de su garito, the place tobe, al que para entrar tienes que pagar una consumición en forma de voto y aquiescencia); el relato, como digo, es un mensaje que crece como un hongo multiplicándose en las humedades del parlamentarismo. Algunas de estas humedades afectan directa e indirectamente a la situación personal de algunos millones de españoles que viven en provincias como Cádiz, Sevilla, Huelva, Jaén u otras partes de esa Andalucía castigada con severidad por la indolencia de sus propias instituciones y el carácter auto-excluyente de muchos de sus habitantes; viven en otras regiones de España donde un alto porcentaje de sus moradores son nietos de una tradición democrática cuyo subconsciente opera aún con códigos procedentes del enjuage alegal de la dualidad partidista de la Restauración y del paternalismo comarcal (casi vecinal) legado por el franquismo, sobre cuyas estructuras socioculturales estableció el socialismo de verbena y pañuelo rojo su edificio clientelar; viven en lugares como Cataluña, Galicia o País Vasco, que son en la práctica marcas territoriales carolingias ancladas a raíces casi metafísicas de donde sólo logran salvarse núcleos urbanos, y no todos; estoy hablando de Valencia y Madrid, feudos de modernidad agotados por los círculos del poder local mediante modos gangsteriles propios de los personajes de Boardwalk Empire.

Podemos flota ahí, en esa ciénaga. Lejos de los confortables cafés madrileños existen realidades imposibles de abordar sin empatía y sin paciencia de equilibrista. Los diagnósticos apocalípticos que hace esta clase social urbana, cosmopolita pero de provincias, orgullosa de su independencia y acendradamente opuesta a la acción depredadora del Estado (fácil de comprender si uno entiende lo que les cuesta salir adelante cada día conservando sus cuotas de libertad personal), liberal y profesional, se fundamenta casi siempre en claves frías, racionales y muchas veces, exclusivamente fiscales. Esto no consiste en nada de eso, y ahí reside el error.

Antonio Valderrama | @fantantonio

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