Vindicación del hacerse mayor

Hace unos cuantos días que me hallo guardando cama por culpa de un catarro, gripe, resfriado, lo que sea —el segundo de esta temporada—. No se preocupen, creo que voy a sobrevivir, ya que no veo el famoso canto del cisne que anuncia la muerte imminente por ninguna parte, al contrario, estoy en un estado altamente lamentable. Y cuando me hallo en estado de moribundidad, física o psicólogica, me da por pensar, pensar en mí. Una cosa terrible. Porque la sentencia délfica de «conócete a ti mismo» es muy sensata y terrible a la vez, ya que uno empieza a bucear en sí mismo y se puede encontrar de todo. No sé otros, pero yo tengo una vida interior riquísima y muy interesante, puede que demasiado interesante —últimamente me ha dado por soñar con avestruces, a las cuales me dedico a defenestrar, si esto no es interesante ya me dirán—, y cuando rebusco siempre me encuentro cosas inesperadas.

Todo esto viene a cuento de que charlando sobre fútbol con una bloguera de éxito, sobre el Barça, sobre los malos gestores que ha tenido el club durante su historia, le comenté que Gaspart era un desastre como presidente pero que por lo menos quería al club, no como algún dirigente más moderno del cual no pienso pronunciar el nombre porque le he aplicado una damniato memoriae. Y entonces me he dado cuenta de una cosa: ella no había tenido edad suficiente para haber vivido conscientemente el gasparato. En ese preciso instante me he sentido mayor.

Gaspart

No es la primera vez que me pasa, ni mucho menos. Me ha pasado hablando de Aznar o González con amigos veinteañeros. O manteniendo debates serios con chicos de dieciséis años. Dieciséis años… ¡Podrían ser mis hijos biológicos! ¡Alguno incluso me encantaría que lo fuera! O cuando algún niño repelente —y no tan niño— me ha llamado SEÑOR, ese drama. Lo que digo, no ha sido la primera vez que me he sentido mayor, pero ahora he tenido tiempo para darle vueltas a la cuestión. Y sí, no soy viejo, ni mucho menos, pero ya hay una generación —casi dos— de gente competente y preparada por debajo de la mía. Y esto ha pasado muy rápido.

El cambio experimentado en la última década ha pasado rápido, el tiempo cuando quiere va rapidísimo, y también me parece bastante radical, cosa que nos debe de haber pasado —o pasará— a casi todos. Ahora soy más descreído que con veinte años, he pasado de parecer un integrante de Héroes del silencio a parecer una persona de orden. Tengo canas y un poquito de alopecia occipital, ya hay pequeños achaques, ya no aguanto tanto de marcha, llevo las resacas mucho peor que antes, no me gustan los mismos planes. He pasado de ser un socialdemócrata atípico a ser un atípico liberal. También he descubierto que la carerra que tanta ilusión me producía no me ha servido para mucho, pero que pese a todo ya tengo la vida más o menos encarrilada, cosa que entonces me preocupaba bastante. Tampoco busco lo mismo en las personas, ni en las amistades ni en lo otro. Las prioridades y el enfoque cambian, y cosas que antes eran principales ahora ocupan un segundo plano. Lo que sí que he mantenido es el buen gusto, exquisito.

Pero para mí el cambio más importante es el que se ha producido en el campo de la experiencia. Tengo más experiencia en todas las cosas, ni que esta sea mínima. Y ya se sabe lo que se dice: sabe más el diablo por viejo que por diablo. Algunos de mi quinta ya dicen que «ojalá volver a tener veinte con lo que sé ahora», pero tampoco sería necesario, a los treinta todavía te mantienes muy bien, no hay necesidad, además, estás a un paso de convertirte en un madurito interesante. En resumen, ir haciéndose mayor en general es un ascazo, no nos engañemos, y cada año que pase será más ascazo, pero no hay que obviar las cosas buenas —algunas mucho— que tiene el paso del tiempo. Pese a que a cambio de estas cosas buenas deba de estar cuatro días en la cama por un resfriado cuando antes tenía suficiente con dos y eso me permita ir dándole vueltas a las cosas como un hámster en su rueda.

Biel Figueras | @rincewindcat

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